La paradoja del progreso: lo que Tocqueville nos advirtió
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La paradoja del progreso: lo que Tocqueville nos advirtió

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A medida que las sociedades progresan y sus ciudadanos acceden a más oportunidades y privilegios, tiende a aumentar su malestar social. Es decir, las personas tendemos a exigir y reclamar más en la medida en que ya tenemos más.

Alexis de Tocqueville fue un pensador y político francés que vivió entre 1805 y 1859. Es reconocido, principalmente, por ser uno de los ideólogos del liberalismo más influyentes del siglo XIX, por haber realizado uno de los primeros análisis sobre la democracia estadounidense y por su tesis según la cual la Revolución Francesa no representó una ruptura con el pasado, sino una continuidad del proceso de centralización heredado del Antiguo Régimen. Aunque el siguiente aporte no suele ser tan discutido ni recordado como los anteriores, Tocqueville también formuló, a partir de su percepción sobre las reformas en Estados Unidos y la Revolución Francesa, una idea provocadora: a medida que las sociedades progresan y sus ciudadanos acceden a más oportunidades y privilegios, también tiende a aumentar su malestar social. A primera vista, esta postura parece contradictoria, razón por la cual recibió el nombre de “paradoja de Tocqueville”. En esencia, plantea que las personas tendemos a exigir y reclamar más en la medida en que ya tenemos más.

A pesar de haber sido formulada hace más de 180 años y en el contexto de dos sociedades muy distintas a la nuestra, vale la pena preguntarse si la paradoja de Tocqueville puede ofrecernos alguna clave de lectura para entender la realidad colombiana. Esta reflexión nos lleva, en primera instancia, a cuestionarnos si las condiciones de vida en nuestro país han mejorado con el paso del tiempo.

En efecto, Colombia ha logrado avances notables, entre los cuales vale la pena destacar tres. El primero es el crecimiento en la generación de riqueza, pues según cifras del Banco Mundial, el PIB real per cápita es hoy tres veces mayor que hace sesenta años, lo que significa que somos, en promedio, tres veces más ricos que nuestros abuelos. El segundo se relaciona con la reducción de la pobreza. De acuerdo con el DANE, entre 2021 y 2023, 3,1 millones de personas, una cifra equivalente a la población combinada de los departamentos de Atlántico y Arauca, salieron del umbral de pobreza. El tercero tiene que ver con el progreso en la provisión de servicios esenciales como la educación y la salud. Hoy día, la educación básica en Colombia es completamente gratuita y la cobertura en salud supera el 98% de la población, lo que en ese aspecto nos sitúa por encima de algunos países desarrollados como Estados Unidos.

Aunque se han logrado estos avances importantes, los datos sugieren que Colombia podría ser un ejemplo elocuente de la paradoja de Tocqueville, ya que el malestar social ha venido en aumento de forma considerable en los últimos años. Así lo demuestran las cifras. Según datos de Fundación Ideas para la Paz, en 2013 se registraron 294 protestas sociales en el país, mientras en 2023, según la Defensoría del Pueblo, la cifra ascendió a 2.046. Esto significa que en tan solo una década el número de manifestaciones sociales se multiplicó por siete. En este contexto, la conclusión resulta clara: Colombia nunca había ofrecido mejores condiciones para vivir (al menos, con base en los indicadores analizados), pero sus ciudadanos parecen estar sumidos en un profundo malestar social. El reto, entonces, consiste en comprender las causas de ese malestar, que, a modo de adelanto, distan mucho de ser triviales.

Foto: Canal Capital

Una primera causa del malestar social en Colombia es la persistente desigualdad en la distribución de los ingresos y la riqueza. Cifras del DANE muestran que el índice de Gini se mantiene en torno a 0,546, un nivel que refleja una marcada concentración de los ingresos del país. De hecho, si se toma este indicador como referencia, Colombia se suele ubicar dentro de los cinco países más desiguales del mundo, sin contar los países del continente africano. A esto se suma que, según datos del World Inequality Database, el 1% de la población más rica concentra más de un tercio de la riqueza total de la nación. 

La segunda causa responde al abandono histórico de ciertos grupos poblacionales como las mujeres y los jóvenes. La Organización de las Naciones Unidas advierte que alcanzar la igualdad de género a nivel global podría tomar cerca de trescientos años, y en un país con una arraigada tradición machista como Colombia, ese horizonte parece aún más lejano. Es decir, ni nuestra generación, ni la de nuestros hijos, y probablemente tampoco la de nuestros nietos, llegará a presenciar una Colombia con verdadera paridad de género. En lo que respecta a los jóvenes, datos de la Organización Internacional del Trabajo señalan que la tasa de desempleo en este grupo supera el 19%, mientras entre los adultos se sitúa en torno al 8%. Esta diferencia pone de manifiesto una verdad contundente que suele pasar inadvertida. La persistencia de una tasa de desempleo de dos dígitos en el país no se debe a la situación laboral de los adultos, cuya cifra se mantiene en un solo dígito, sino a la elevada tasa de desempleo entre los jóvenes, que permanece en niveles ampliamente más altos. 

Una tercera fuente de malestar está en la baja calidad de los servicios públicos esenciales. Con todo y los avances en cobertura, persisten fallas estructurales en salud y educación, como demoras en la atención médica, escasez de medicamentos y de profesionales en algunas regiones, así como bajos resultados educativos evidentes en exámenes estandarizados a nivel nacional, entre ellos las pruebas Saber, y a nivel internacional, entre los que se destacan las pruebas PISA.

En suma, habitamos un país que, aunque ha progresado en indicadores clave, todavía enfrenta problemáticas profundas que afectan de manera significativa a la sociedad. Por ello, no sorprende que Colombia sea un caso ejemplar de la paradoja de Tocqueville. El propio autor francés sugiere que, a medida que una sociedad supera ciertos obstáculos, su mirada se desplaza hacia otros problemas que antes no generaban mayor inquietud. En otras palabras, comenzamos a reclamar aquello que generaciones anteriores ni siquiera contemplaban como derecho o prioridad.

Por último, sería revelador preguntarles a nuestros abuelos y, si fuera posible, a nuestros bisabuelos si entre sus preocupaciones se encontraban asuntos sobre los que hoy exigimos mejoras sustanciales, tales como la distribución del ingreso y la riqueza, la igualdad de género, las oportunidades para los más jóvenes y la calidad de la educación y la salud. Incluso podríamos añadir temas más recientes, como la protección del medioambiente y la garantía de la libertad de expresión. También valdría la pena comenzar a cuestionarnos, y sobre todo a identificar, aquellas problemáticas que hoy no nos generan mayor inquietud pero que podrían convertirse en fuentes inagotables de malestar social para las generaciones futuras.

Le recomendamos: La desigualdad en las regiones: unas cifras preocupantes

Acerca del autor

Andrés Narváez
anarvaez@razonpublica.org | + posts

*Economista, magíster y estudiante del doctorado en Economía de la Universidad Nacional y máster en Análisis Financiero y Gestión Bancaria de la Universidad Carlos III de Madrid. Director del área académica de Economics, Accounting and Taxes de PRIME Business School y profesor de la Universidad Nacional.

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Andrés Narváez

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Andrés Narváez

*Economista, magíster y estudiante del doctorado en Economía de la Universidad Nacional y máster en Análisis Financiero y Gestión Bancaria de la Universidad Carlos III de Madrid. Director del área académica de Economics, Accounting and Taxes de PRIME Business School y profesor de la Universidad Nacional.

Comentarios de “La paradoja del progreso: lo que Tocqueville nos advirtió”

  1. La mayoría de las causas del malestar social que se mencionan no corresponden a reclamos post-materialistas ni a una sociedad que ya resolvió lo esencial. Más que una paradoja del progreso, lo que refleja el caso colombiano es la desigualdad en su distribución: mientras una parte del país avanza y puede enfocar sus exigencias en nuevas dimensiones, otra aún espera lo más básico.

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