
Espectros de Marx, filosofía y memoria histórica en Chile
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La conexión entre filosofía, democracia radical y memoria histórica se materializa en los jóvenes chilenos: una sociedad abierta al futuro y capaz de albergar hoy el enigma de las fuerzas históricas.
La Filosofía sigue viva Primero: un libro de Derrida, editado sobre la base de una conferencia dictada en 1993 en Riverside, una sede de la Universidad de California. Segundo: una constatación sobre el revivir de los partidos comunistas y otros socialismos a lo largo del mundo. Y tercero: la fuerte conexión entre ambas cosas a la entrada del segundo decenio del siglo XXI.
Lo que todos los capitalismos se obstinan en no ver — o sea la íntima relación entre lo dicho por un filósofo diez años antes de su muerte y lo que está pasando en muchos lugares del mundo — a la vez que tratan de afianzar los brotes de algo que parece el florecimiento de una utopía… o de muchas utopías irrealizables. Y lo confunden todo. La supuesta primavera árabe, los indignados españoles, los poquísimos iracundos de Wall Street, y todo lo que resulte mediático. Pero, ¿y los partidos comunistas? No, eso es otra cosa, pues no necesitan propaganda en los medios, ellos pueden solos. Conviene evitar, eso sí, que todo eso tenga los mínimos asomos de una luz filosófica, nueva y esclarecedora. Y sin embargo, la cosa se mueve. El infatigable Derrida, había fundado el Collège International de Philosophie (CIPh) en 1983 para combatir la extinción de los estudios filosóficos en las normales francesas. Y en 1998, había creado el Parlamento Internacional de Escritores y promovió una alianza con el periódico Le Monde, para publicar una separata mensual. Resulta fácil perder de vista las acciones del Collège: la separata no alcanzó a salir más de seis meses y el Parlamento siguió su errática vida entre el dilema de convocar escritores canonizados por las editoriales o escritores canonizados por la academia. Pero en cambio, esa Internacional invisible ha seguido dando frutos dilectos y selectos, a través del CIPh. Entre democracia radical y utopía En verdad, los partidos comunistas en este momento, en todo el mundo, ostentan una densa ambigüedad. Desde una visión pragmática, son la lámpara que usa la burguesía para que los ilumine en ese asunto tan delicado llamado la justicia social; es decir, son controlados, tolerados, temidos y en cierto sentido, utilizados. Desde otra perspectiva teórica, donde se aloja ese asombroso mundo de las cantidades, los partidos comunistas constituyen ese inefable 5 por ciento de las elecciones. En muchos casos son el fiel de la balanza: deciden si un socialismo blando se endurece o si un socialismo duro puede llegar al poder. Tal vez, lo que sí los distingue de cualquier otra fuerza es que están utilizando las elecciones, tal como se conciben en las democracias liberales, pero tienen los ojos puestos en una democracia radical, hasta este momento teórica, y que va desde la definición de Derrida, de una promesa inalcanzable, hasta la confianza de Castoriadis, en el gran globo de una imaginación instituyente. Así las cosas, la democracia radical es el punto de encuentro del mensaje que los partidos comunistas, sus miembros y sus juventudes vehiculan unos a otros cuales hormiguitas lanzándose un mensaje de supervivencia. Cuando se habla de la cantidad se habla de organización, de la capacidad de organizarse que tienen los seres humanos en pleno siglo XXI, de las grandes glorias de los partidos comunistas europeos en el siglo XX, incluyendo ese gran dolor de cabeza que fue el partido comunista italiano, fuerte hasta su muerte en la década de los ochenta. ¿Cómo van a ser los partidos comunistas en el siglo XXI? No solamente serán un problema de cantidad, no solamente tendrán que seguir navegando en la ambigüedad descrita anteriormente, sino que tendrán que acercar la utopía de la democracia radical a unas bases de construcción colectiva, prontas y efectivas. ¿Y cómo? Chile y memoria histórica Todo esto pasaba por la cabeza de quien esto escribe después de haber recorrido esa larga tira de geografía entrañable que es Chile, a donde había sido invitado — en compañía de unas académicas colombianas — a participar en un seminario sobre “democracia, derechos humanos y memoria histórica”.
Al parecer, el problema de la memoria histórica se va a constituir entonces en el eje sobre el que girarán los tópicos que le dan titulo a esta columna: las diez plagas denunciadas por Derrida en Espectros de Marx, con su constitución de una internacional invisible. Pero cabe resaltar la visibilidad combativa y desenfadada con la que el partido comunista de Chile es capaz de llenar estadios y de movilizar estudiantes de 14 a 17 años en pos de la bandera de la educación gratuita, a la vez que llenan otros estadios, como el 8 de diciembre de 2012, para celebrar los 100 años del partido comunista, típico evento de memoria histórica. Mientras Camila Vallejo — la joven y bella líder del movimiento estudiantil — entra ovacionada, al compás de una trompeta que ejecuta la melodía Carnaval toda la vida, de los Fabulosos Cadillacs, y cae el verano sobre 50 mil personas entre quienes yo debí ser uno de los mayores… qué sutil tejido es la memoria histórica… Los 700 kilómetros que unen a Santiago con Concepción se iban transformando en uno de los hilos de la red de una memoria histórica mundial… todos estuvimos en ese concierto y Silvio cantó “eso no está muerto, no me lo mataron, ni con la distancia ni con el vil soldado”… Antes había declarado: “estoy en este estadio, porque fui amigo de un hombre llamado Víctor Jara”. Cuidadoso tejido el de la memoria histórica. Si hay dos palabras difíciles de manejar en el idioma son esa dos: memoria e historicidad, o historia y memoricidad. Para muchos la memoria es lo contrario de la historia: la memoria abriga lo individual, tanto como secreto, como movimiento de la acción. Como hasta ahora se piensa, la historia en cambio es ese relato móvil en donde la memoria individual se pierde y en donde el historiógrafo se pasma de la densa e intensa crueldad de la acción colectiva de los grupos dominantes y los avasallados. ¿Cómo unir sin fracasar en el intento esas dos acciones? Yo me acuerdo de Víctor Jara, dice Silvio Rodríguez, a un público de muchachos que no habían nacido en 1973, y sin embargo, de esa imposibilidad de trenzar esas dos palabras: memoria e historia, debe surgir la posibilidad de una democracia radical, de una filosófica actuante y no contemplativa, y de una liberación contra las fuerzas del mercado. Chile. ¡Increíble! Durante los descansos del concierto de Silvio, los guardianes del orden del concierto — ni un carabinero — dejaron filtrar los dos grandes gritos que en este momento trenzan el enigma de las fuerzas históricas: “¡No queremos que Chile sea un supermercado!” – gritó una joven líder – y en un descuido de la guardia, se filtró un muchachito del Opus Dei, trémulo y pálido, y dijo: “¡Nada de esto hubiera sido posible sin la voluntad de nuestra Sagrada Virgen y su Inmaculada Concepción!” Nadie se sorprendió con esas dos consignas: ese es el Chile profundo y la América Latina profunda, encerrada entre los dos palos de ese corral. Después, cantaron Inti-Illimani, los rockeros… y mi amiga me tomó por la cintura. Yo le dije: vámonos, que mañana sale muy temprano el avión para Bogotá. * Profesor universitario y escritor.
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| ![]() Manuel Hernández*
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Manuel Hernández
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“¡No queremos que Chile sea un supermercado!”: grito de los estudiantes chilenos.




