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España en la encrucijada de formar nuevo gobierno

Escrito por Diego Ortiz Vallejo

Sesión en el Salón de Plenos en el Palacio de las Cortes, en Madrid, España.

Diego Ortiz Aunque la derrota del bipartidismo es clara, los nuevos movimientos no tienen fuerza bastante para formar el gobierno. ¿Quiénes y cómo se asociaran en esta coyuntura?

Diego Ortiz Vallejo*

La caída del bipartidismo

En el sistema político español, el presidente de gobierno es elegido por mayoría de votos en el Congreso de los Diputados, que a su vez son elegidos por el pueblo. Una vez cumplida la votación popular, el rey encomienda al jefe del partido ganador que integre la mayoría necesaria para proceder a su investidura.

Pero después de las elecciones generales del pasado diciembre, y como nunca había sucedido en casi 40 años de vida democrática, el proceso de investidura del nuevo presidente de gobierno ha fracasado de manera estrepitosa. La herida grave que sufrió el bipartidismo entre el Partido Popular (PP) – actualmente en el gobierno- y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en los últimos comicios a manos de dos nuevas fuerzas políticas (Podemos y Ciudadanos) le arrebataron un gran porcentaje del electorado joven. Y esto explica el bloqueo institucional.

En efecto: dentro de este escenario a cuatro bandas las opciones son (a) desbloquear la investidura mediante coaliciones sumamente improbables, o (b) convocar a nuevas elecciones generales a finales de junio.

El desastre se anunció desde el momento en que el rey dio comienzo a las consultas para  designar al nuevo presidente. A lo largo de las intervenciones en la Congreso se repitieron con bastante frecuencia palabras como “bluf”, “sainete” o “culebrón”. Podríamos decir que el fin del bipartidismo fue un síntoma de la “espectacularización de la política”, como si su propia ruptura tuviera que representarse como un “sainete” en el teatro del Congreso de España. Y no podía ser de otra manera: el mismo concepto “investidura por el rey”, como lo ordena la Constitución de la “monarquía parlamentaria”, ya nos anuncia un intenso clima teatral.

En todo caso los síntomas definitivos del fin del bipartidismo español empezaron a manifestarse con los resultados electorales del 20 de diciembre de 2015, cuando el PP perdió más de 3 millones de votos respecto de las elecciones de 2011 y el PSOE obtuvo su peor resultado en todo el período de la democracia.

Pese a haber obtenido el primer y segundo lugar, tanto el PP como el PSOE quedaron incapacitados para formar una mayoría absoluta. A partir de entonces comenzaron a armarse y a deshacerse combinaciones estratégicas en un enfrentamiento a cuatro bandas. Los medios describieron esta situación como un cambio en las reglas del ajedrez al parqués porque al perderse el dominio del bipartidismo, las piezas se dispersaron y volvieron a sus “casas” respectivas para volver a comenzar el juego.

Las negociaciones

El Presidente del partido político español Ciudadanos - Partido de la Ciudadanía, Albert Rivera, junto al Presidente español Mariano Rajoy.
El Presidente del partido político español Ciudadanos – Partido de la Ciudadanía,
Albert Rivera, junto al Presidente español Mariano Rajoy.
Foto: La Moncloa Gobierno de España

Antes del desenlace y por razones estratégicas se presentaron dos libretos diferentes donde cada actor anticipaba probables resultados. Y en esta encrucijada se presentaron tentaciones e invitaciones indecentes pero difíciles de resistir – como la de unir partidos ideológicamente antagónicos o la de “salvar la patria” sacrificando los intereses partidistas-.

El primer libreto, modelado por el análisis de las encuestas, veía en la primera ronda de contactos un cerrar de filas entre los dos partidos tradicionales (PP y PSOE) contra las dos nuevas formaciones políticas (Podemos, desde la izquierda, y Ciudadanos desde el centro-derecha), que habían logrado el 34 por ciento del total de los votos el 15 de diciembre.

El hilo es como sigue: el candidato del PSOE Pedro Sánchez, a quien el rey le encomendó formar gobierno tras la negativa del presidente en funciones Mariano Rajoy (del PP), fracasó en el  intento porque el PP bloqueó su propuesta de formar gobierno en unión con Ciudadanos alrededor de una plataforma de 200 puntos.  

Esta propuesta buscaba atraer al PP a una gran coalición y paralizar las maniobras de Podemos, que ya había ofrecido al PSOE un gran pacto de izquierda. Las presiones por parte de los barones territoriales del PSOE contra este pacto frustraron este matrimonio, de modo que decidieron pactar con Ciudadanos otra boda orquestada según los límites del liberalismo económico y la moderación política frente al proyecto temerario en inversión social que ya había propuesto Podemos. Las agendas se encontraban en un punto de colisión previsible.

La jugada tenía dos blancos intrínsecamente antagónicos:

  • Por un lado Ciudadanos, la formación liderada por Albert Rivera, de acuerdo con una línea ideológica de centro y europeísta y que había emergido gracias a la defensa de la unidad nacional frente al desafío independentista catalán, quería exaltar la idea de un pacto de gran coalición (formado por ellos, su socio el PSOE y el PP) bajo la enseña de un diálogo que haría posible la confluencia de tres partidos en torno a una agenda común con muchos puntos en disputa:
  • Cambios sustanciales a la reforma laboral del PP,
  • Transformación de la Ley Orgánica de Educación (LOMCE) y
  • Modificaciones  importantes de la Ley de Seguridad Ciudadana.

Estos temas fueron los de mayor dificultad a la hora de gestionar un hipotético acuerdo con el PP, toda vez que se trataba de leyes vertebrales en el programa del gobierno en funciones.

  • Por otro lado Pedro Sánchez (del PSOE) intentaría convencer a Podemos de suscribir un pacto posible solo a través de lo que llamó un “mestizaje ideológico” que permitiera trabajar en función de un programa social amplio, expresado en las 200 propuestas para el diálogo.

He aquí la encrucijada: la estrategia puesta en marcha para este segundo acto consistió en establecer un campo de tensión lo suficientemente sólido que desafiaría la resistencia de la izquierda: Podemos pactaría con PSOE siempre y cuando no se incluyera a Ciudadanos.

El fracaso no podía ser más estrepitoso, quizá porque el escenario se parece a una cuerda tensa que sostienen por los extremos los nuevos partidos, diametralmente opuestos en su visión de país (Podemos-Ciudadanos), mientras en la mitad están los representantes de los viejos partidos (PP-PSOE).

La encrucijada en perspectiva

Pablo Iglesias, Secretario General del partido político español PODEMOS.
Pablo Iglesias, Secretario General del partido político español PODEMOS.
Foto: GUE/NGL

Para poner la encrucijada en perspectiva basta con leer algunos trazos ocultos del escenario político español. Sobre la mesa de negociaciones circulan dos opciones para el desbloqueo:

  • Se consigue un pacto de “gran coalición” que una al bipartidismo en un mismo grupo.
  • El PSOE acepta una coalición amplia de izquierdas liderada por Sánchez, aceptando la paridad de cargos ministeriales con sus compañeros de coalición, incluida la vicepresidencia de Pablo Iglesias, candidato de Podemos. Este es todo un desafío para la reciente formación, por ser un trato de igual a igual que el PSOE ha rechazado de manera rotunda.

El escenario de coalición mantiene las fichas del parqués sin el golpe de dados que haga avanzar la solución. La campaña del establecimiento político y los poderes económicos para frenar cualquier avanzada del pacto de izquierdas ha tenido en Albert Rivera una pieza estratégica bastante eficaz. Lo que busca un acuerdo de semejante calado es blindar los intereses del capital financiero, la permanencia en el euro y el freno al desafío soberanista desde Cataluña.

En contraposición, el reverso de un programa de cambio viene siendo sometido a bombardeos mediáticos permanentes, donde los ataques, a falta de argumentos contundentes al programa de izquierdas, lanzan acusaciones de populismo o nexos con gobiernos como el venezolano e iraní.

Tal como está el escenario europeo: asediado por la crisis migratoria, el control deflacionario del Banco Central Europeo a través de la compra de deuda pública, y el contexto de incertidumbre política en España, no ha sido bien recibida la osadía de proponer la derogación absoluta de la ley de reforma laboral, anunciar un programa de fiscalidad progresiva de exigencias tributarias fuertes al patrimonio y un impuesto de solidaridad a los bancos, así como la revisión de la deuda y derogación de la Ley 135 de la constitución que permite al gobierno emitir deuda pública a la vez que mantiene medidas de austeridad sobre el gasto.

Alberto Garzón, líder de Izquierda Unida advertía en el hemiciclo durante el debate que no era viable aglutinar en un mismo discurso un programa de reformas políticas de alto contenido social con un programa económico liberal, lesivo de los derechos de los trabajadores del país.

Su advertencia desmontó un poco el teatro de gestos vacíos vivido en el Congreso durante la investidura. Quizá entonces deba esperarse que la orden externa de un pacto de gran coalición sea el imperativo de los países progresistas que, como en Alemania, sentaron a la derecha y a la izquierda socialdemócrata en el solio de gobierno.

Habrá que esperar 54 días antes de la disolución de la Cámara para saber si la agonía del bipartidismo en España encuentra su contraveneno.

 

* Historiador de la Universidad Nacional de Colombia, magister en Historia y Memoria de la UNLP en Argentina, investigador de Archivos Históricos de España (AHE)).

 

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