El pueblo negro no se rinde, ¡carajo! - Razón Pública
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El pueblo negro no se rinde, ¡carajo!

Escrito por Jaime Arocha

Las comunidades chocoanas ejercen una forma de resistencia a través de la producción tradicional de sus alimentos.  Mediante nuevos circuitos de mercado buscan hacer uso pleno de sus derechos y mantener tradiciones que son parte de ellas.

Jaime Arocha*

Procesos de resistencia

La protesta en Buenaventura de mayo de 2017 enfrentó al ESMAD con la consigna: “El pueblo negro no se rinde, ¡carajo!”. Esa frase proviene de la insumisión que la gente esclavizada ejerció en busca de su libertad. Hoy ese espíritu guía hace parte de la reconstrucción económica que llevan a cabo varias comunidades afro-chocoanas excluidas de las reparaciones acordadas entre el gobierno y las FARC.

La reconstrucción económica tiene como base la agricultura de tumba y descomposición, y otros procedimientos caracterizados por no hacer uso de agroquímicos y contribuir a la conservación de las selvas biodiversas:

  • No talar todos los árboles del área boscosa donde se hará la siembra;
  • Plantar semillas de los árboles derribados, dejando sobre la superficie despejada los troncos y ramas para que se descompongan (como lo hacen los miembros del Consejo Comunitario Mayor de la Asociación Campesina Integral del Atrato – Chocó COCOMACIA- en Munguidó).

Gracias a la materia orgánica que queda en el suelo, hongos como los que en el Baudó llaman «oreja de perro», cuyos sistemas reticulares transportan agua, azúcar y proteínas, crecen con mucha facilidad. Así, ese diálogo subterráneo entre especies vivas nutre la nueva siembra y los árboles que rodean el cultivo; la barrera boscosa acelera el crecimiento del barbecho o “monte biche”, cuando hay que dejar descansar el suelo.

  • Juntar plantas como plátano, yuca, chocolate, lulo y borojó, con claritos de arrozales o maizales sobre los cuales vuelan abejas, avispas y colibríes, entre otros polinizadores, además de libélulas, mariposas y cucarrones, cuya demografía la controlan lagartijas y ranas. Según los campesinos, la disminución del tamaño de los nidos de hormigas es labor de los osos hormigueros en lugar del veneno.

La tierra que rodea las colonias de hormigas la recolectan las mujeres con sus hijos e hijas para rellenar sus zoteas (canoas viejas que montan sobre plataformas próximas a sus casas). De allí proveen aliños para la cocina, yerbas para curar dolencias, y cocos germinados para ombligar o hermanar a sus hijos e hijas con el territorio. La respectiva ceremonia para ombligar consiste en trasplantar desde la zotea el pequeño cocotero y sembrarlo sobre la placenta del bebé recién nacido, a quien le enseñan que la palmera que está creciendo al mismo tiempo que su cuerpo es su ombligo.

  • Sincronizar las tareas agrícolas con la cría de cerdos y aves de corral, con la caza, pesca, recolección, y minería artesanal de oro. Actividades ligadas a períodos de más o menos pluviosidad.

Si la evolución consiste en proliferar la diversidad de las especies vivientes, estos sistemas polimorfos de tumba y descomposición riman con las leyes de Darwin. Todo lo contrario de lo que sucede con monocultivos agroindustriales, como los de pastos y palma aceitera.

Conflicto territorial

Las comunidades chocoanas han encontrado en sus sistemas de producción tradicionales formas de resistencia
Las comunidades chocoanas han encontrado en sus sistemas de producción tradicionales formas de resistencia
Foto: Unidad de Restitución de Tierras

El cimiento social de este sistema consiste en los troncos o ñuncos, estructuras que integran a varias familias extendidas.

De la sabiduría de sus mayoritarios depende el dominio colectivo sobre los paisajes. Por primera vez en la historia, la Constitución de 1991 les ofreció visibilidad, legitimidad y amparo a estas autoridades y sus territorios. Las organizaciones del movimiento negro diseñaron la Ley 70 de 1993 que concretó las salvaguardias territoriales.

En el alto Baudó, el ELN les prohíbe a las mujeres tener sus zoteas, para evitar posibles brujerías que debiliten el poder guerrillero.

Entre 1996 y 1997, mientras el INCORA cumplía los pasos para entregarles a los recién creados consejos comunitarios los primeros títulos colectivos sobre sus territorios ancestrales, el presidente o Samper revivió el proyecto del canal interoceánico Atrato-Truandó. Quizás animados por el nuevo valor que adquiría la cuenca media y baja del río Atrato, con el apoyo del ejército, los paramilitares pusieron en marcha operaciones como las de Ríosucio y Génesis e inauguraron masacres y destierros masivos en Curvardó, Jiguaminadó, Cacarica, y Pavarandó, entre otros lugares.

Completamos 25 años sin alcanzar la reparación territorial de esos pueblos. Años en los que hemos constatado que los usurpadores han hecho uso de artificios jurídicos para retener los monocultivos agroindustriales de palma y pasto instalados en territorios colectivos, y que ha habido una intensificación del conflicto entre el ELN y las Autodefensas Gaitanistas, ocasionando una crisis humanitaria a la cual se ha referido Human Rights Watch. En el alto Baudó, por ejemplo, el ELN les prohíbe a las mujeres tener sus zoteas, para evitar posibles brujerías que debiliten el poder guerrillero.

Revivir las prácticas tradicionales

Según la Corte Interamericana de Derechos Humanos, el daño cultural está separado del daño ambiental y del daño moral, por el sufrimiento causado debido a las crisis de identidades individuales y colectivas.

En el Chocó, el daño cultural lo causó el desplazamiento o muerte de las mujeres y hombres conocedores de las plantas (quienes domesticaron especies del monte bravo en sus zoteas), y con ello, la mutilación y el aniquilamiento del polimorfismo productivo; la escasez de plátano, chocolate y arroz, y la desaparición del chontaduro. Al sur del Atrato, el complejo vial Quibdó – Istmina (que destapó el valle del Baudó por la vía de Puerto Meluk) atrajo nuevos colonos, facilitó la movilización de maquinaria pesada para la explotación masiva de oro, y aceleró el auge de la coca.

En el libro De río en río, Alfredo Molano describe cómo en Paimadó, sobre el río Quito, afluente del Atrato, el mercurio para separar el oro acabó con la pesca: “No obstante —lo escribo con dolor—,  a la gente poco le importa porque con lo que el oro les deja pueden comprar […] bocachico importado de Vietnam […]”.

No obstante, una lectura alternativa ofrece los proyectos que en 2016 presentaron al Programa Nacional de Concertación Cultural las instituciones educativas de Villa Conto y San Isidro, con los que buscan recuperar conocimientos sobre plantas tradicionales, incluyendo saberes culinarios. Esas iniciativas hacen parte de un conjunto mayor que los consejos comunitarios y los colegios de otros pueblos diseñan para que el Ministerio de Cultura los apoye en el entrenamiento de estudiantes y líderes jóvenes. Mediante capacitaciones aspiran que ancianos y ancianas sabias les enseñen sobre plantas en riesgo, técnicas agrícolas en desuso, prácticas botánicas y médicas, y recetas de cocina.

En el trabajo «La vida campesina y los circuitos del plátano en la configuración del Chocó» de un grupo de investigadores del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH), encontraron que la gente negra rechaza el plátano llevado de Quindío, Risaralda y Urabá ya que “sabe mal y llega contaminado con químicos”. Por esta razón, durante los últimos diez años surgieron despensas ancestrales alrededor de varios centros urbanos.

Así es como Mojarra I, Mojarra II, y Profundó exportan plátano y otros alimentos hacia Istmina; Jigualito hacia Opogodó y Condoto; Pingaza y San Jerónimo hacia Nóvita, y Paimadó hacia Andagoya. Hay un vínculo confiable entre Munguidó, Rio Sucio, Bojayá y Quibdó; además de la apropiación que los baudoseños han logrado de la carretera de Puerto Meluk, gracias a la cual el Baudó ahora compite en Istmina con otros vendedores de plátano.

Este trabajo ratifica el hallazgo de Daniel Varela (integrante del grupo) en Andagoya: durante la década de 1970, el polimorfismo tradicional ofreció la redención para la crisis que ocasionó la salida de la compañía minera Chocó Pacífico. Lo anterior demuestra que esta agricultura va más allá de la subsistencia y surte mercados regionales.

Hay alternativas, hay futuro

Movilización Social.
Movilización Social.
Foto: Alcaldía de Medio Baudó

Como miembro del Comité Cívico Departamental por la Salvación y Dignidad del Chocó, Rudecindo Castro logró financiamiento para la agricultura de tumba y descomposición dentro de los compromisos para finalizar el paro de 2016. Sin embargo, en 2017, la nueva protesta excluyó esa meta Podría suponerse que así triunfaba la tesis de que los monocultivos agroindustriales son la panacea del desarrollo económico, la cual domina los planes de desarrollo que cada año el presidente de turno presenta para aprobación parlamentaria.

La Corte Constitucional declaró al río Atrato como sujeto de derechos.

Por fortuna, la Sentencia T-622 de 2016 de la Corte Constitucional declaró al río Atrato como sujeto de derechos. De esa manera respondió a la Acción de tutela interpuesta por el Centro de Estudios para la Justicia Social “Tierra Digna”, en representación de COCOMACIA, el Consejo Comunitario Mayor de la Opoca (Cocomopoca), y el Foro Interétnico Solidaridad Chocó (FISCH), contra la Presidencia de la República.

Orientadores de la sentencia fueron los derechos bioculturales “que tienen las comunidades étnicas a administrar y a ejercer tutela de manera autónoma sobre sus territorios […] y los recursos naturales que conforman su hábitat, en donde se desarrollan su cultura, sus tradiciones y su forma de vida con base en la especial relación que tienen con el medio ambiente y la biodiversidad […]”.

Esta sentencia permite alternativas de producción agrícola por las cuales Darwin no se revolcará en su tumba. Las investigaciones como la del ICANH y proyectos comunitarios para salvaguardar conocimientos ancestrales, apoyados por el Programa Nacional de Concertación Cultural, le dan todavía más fuerza. Estas últimas iniciativas consisten en una muestra adicional de que el pueblo negro no se rinde, ¡carajo!

 

*Miembro fundador del Grupo de Estudios Afrocolombianos de la Universidad Nacional

 

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