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El encanto del anarquismo

Escrito por Camilo Castillo

semáforo en rojo

Camilo Castillo

¿Si una ley es absurda, podemos incumplirla? ¿Por qué una tienda es en efecto más barata que un supermercado? ¿Qué tan verdad es que los colombianos seamos  avivatos? Preguntas con respuestas sorprendentes desde la tradición del anarquismo.

Camilo Castillo*

Elogio del Anarquismo
James Scott
Editorial Crítica, 2013

Las reglas absurdas

Después de haber cumplido todos los requisitos académicos, un estudiante se acerca a la unidad administrativa a entregar los documentos para el grado. Tras revisarlos con atención cancina – la de quien hace lo mismo todos los días- el funcionario le dice al estudiante que sus papeles están en regla pero le falta el original del registro civil. El estudiante le explica que es imposible entregarle ese documento porque reposa en una notaría y lo único que entrega el notario es una copia certificada del mismo.

Al cabo de muchas explicaciones y ruegos, el estudiante desiste de su intento porque el empleado repite que el requisito está en los reglamentos. No importó que poco antes el alumno le explicara al dependiente que el famoso requisito contradice la ley porque el notario está en la obligación de guardar los documentos y mal podría entregar nada distinto de una copia por él certificada.

El autor pretende recuperar algunos tópicos del pensamiento anarquista, como el individualismo o la necesidad del autocuidado de la comunidad

En otras palabras: el estudiante se declaró en desobediencia civil, sin importar las consecuencias de su acto. ¿Exagerada la reacción del estudiante? ¿Vale la pena sacrificar el esfuerzo de tantos años para demostrar las equivocaciones de la administración? ¿Pueden existir formas de organización comunitaria que pongan límites al poder del Estado?

Algunas pistas para responder estas preguntas se encuentran en el libro Elogio del Anarquismo, de James Scott. El libro no es una historia de la doctrina anarquista, ni una teoría académica sobre su naturaleza, ni un instrumento de difusión ideológica para crear  algún partido político.

El autor pretende recuperar algunos tópicos del pensamiento anarquista, como el individualismo o la necesidad del autocuidado de la comunidad, para vivir en medio del peso agobiante del poder del Estado y el desencanto con la revolución.

El libro se divide en seis capítulos que a su vez se subdividen en muchos fragmentos, donde se muestra cómo detrás de los beneficios del orden se esconde la necesidad de dominar por parte del Estado o de las élites políticas.

En esta reseña aludiré a dos de los muchos temas que examina el libro y son centrales dentro de la tradición anarquista: (1) cuándo es posible desobedecer una norma jurídica en aras de la libertad individual, y (2) la necesidad de mantener al Estado lo más lejos posible a través del auto-cuidado que ejerza la comunidad. Voy a hacerlo a partir de dos casos que utiliza el autor.

Manifestantes durante el Paro Agrario Campesino del año 2013.
Manifestantes durante el Paro Agrario Campesino del año 2013.
Foto: Edison Sánchez

El test de desobediencia

El primer ejemplo es el de la obediencia ciega al derecho. Scott comenta el caso de un semáforo en un poblado alemán sobre una avenida por donde no pasa ningún carro. Los habitantes del pueblo sin embargo solo cruzan la calle cuando el semáforo está en rojo; si alguien cruza y el semáforo pasa a verde, el ciudadano es objeto de una severa sanción social. Sobre la base de esta realidad, el autor se pregunta sobre la razón para  obedecer una regla sin sentido.

La obediencia ciega se asemeja a una renuncia a la racionalidad y por tanto el escritor invita a utilizar la “gimnasia anarquista” es decir, el ejercicio de pasar por el tamiz racional ciertas reglas jurídicas para averiguar si tienen sentido o no.  Sin embargo, desobedecer una regla es un acto complejo que merece una reflexión profunda.

La pequeña burguesía

La otra anécdota que presenta Scott se refiere a las tiendas de barrio, cuya presencia es ubicua en una ciudad como Bogotá. La variedad y cantidad de estos lugares los  convierten  en espacios donde se fomentan la solidaridad social y la acción pública.

En estas tiendas se reúnen los vecinos a conversar sobre los problemas locales. Los propietarios se preocupan por los vecinos, están pendientes de ellos y colaboran para que el vecindario esté seguro. Aunque sus productos sean un poco más caros que en los supermercados, la mayoría de los vecinos prefiere ir a estas tiendas donde son atendidos por su nombre y donde sus historias personales son conocidas de sobra por los dueños.

Este modelo pequeño burgués está amenazado por las grandes cadenas de almacenes. Mediante almacenes “exprés” o “minimercados”, las grandes compañías están desplazando a los tenderos tradicionales. En su afán por controlar los resquicios del mercado, abaratan las mercancías y traen nuevos productos que no tienen los tenderos, lo cual poco a poco lleva a la ruina de estos pequeños propietarios.

Sin obstar sus precios un poco más elevados, los tenderos cumplen una función que no puede ser satisfecha por los empleados de las grandes cadenas. En las instalaciones de estos supermercados no es posible socializar, puesto que los empleados cambian constantemente de lugar. Los jefes de un supermercado deben responder por muy distintas cosas y carecen de tiempo para oír las quejas de los vecinos o para preocuparse por los asuntos del barrio, donde además no residen. La desaparición de las tiendas puede ayudar al aumento de la delincuencia y a la soledad de personas mayores que antes podían reunirse en ellas.

Manifestación contra la locomotora minera.
Manifestación contra la locomotora minera.
Foto: Colectivo desde el 12

Un anarquismo de a pie

Retomo la situación del estudiante que mencioné al principio. Igual que el reclamó su derecho a no obedecer una norma irracional, los muchos ciudadanos que desobedecen las leyes no porque sean “avivatos” ni  taimados, o porque busquen conservar sus privilegios, sino porque la ley es tan difícil o enrevesada que el único camino para conservar la salud mental es desconocerla.

Los colombianos suelen decir cosas como: “yo quiero arreglar las cosas a lo legal, pero   no se puede”. La propuesta de Scott, centrada en un individualismo muy propio de la tradición anarquista, es que las cosas que “no se pueden arreglar a lo legal” no deben ser obedecidas porque el ciudadano no puede convertirse en un simple instrumento del Estado.

La ley es tan difícil o enrevesada que el único camino para conservar la salud mental es desconocerla.

La desobediencia de las normas acaba por volverse importante porque señala al Estado los errores en su tarea legislativa, y de esa forma ayuda a volver más legítimas y eficaces las normas jurídicas- siempre que ellas regulen aspectos necesarios de la vida social y permitan conservar a las personas una esfera de libertad significativa. La lectura del libro de Scott puede servir para que los ciudadanos ayuden al Estado a depurar las normas innecesarias.

Asimismo, importa resaltar el llamado de Scott a conservar las redes de sociabilidad que facilita la pequeña burguesía, pues de otro modo el Estado habría de asumir tareas que implicaran recortes de la libertad y los derechos personales so pretexto de garantizar el orden público, y de paso, porque no decirlo, la ganancia de los supermercados. En este orden específico de ideas, el Estado debe tomar medidas para evitar el desastre que supone la desaparición de los pequeños propietarios.

El libro es relevante en el contexto colombiano porque presenta una nueva perspectiva sobre el incumplimiento de normas y sobre la necesidad de preservar los espacios de reunión comunitaria. Dentro de la literatura nacional es común afirmar decir que el incumplimiento de las leyes se debe al carácter indómito de los colombianos, una especie de vaqueros que se sienten dueños de su destino sin  ningún miramiento por el  orden jurídico.

Al mismo tiempo, el libro marca una posible ruta de investigación sobre el papel de la  “pequeña burguesía” en la construcción de tejido social, que no puede ser asumido por las grandes cadenas, pues en últimas muchas comunidades son seguras no tanto por la presencia de la policía en las calles, sino por los lazos que se crean entre comerciantes y vecinos para defender su integridad ante cualquier amenaza.

* Licenciado en Filosofía y letras de la Universidad Santo Tomás de Bogotá. Abogado y Especialista en Derecho Constitucional de la Universidad Nacional de Colombia. Candidato a doctor en Derecho por la Universidad del Rosario. Profesor de Teoría del Derecho de la Universidad del Rosario.

 

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