La reconstrucción, una oportunidad para servir - Razón Pública
Foto: Solidaridad terremoto

La reconstrucción, una oportunidad para servir

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Tras el sismo, reconstruir no significa solo levantar edificios: exige devolver la autonomía a los damnificados, coordinar capacidades públicas y privadas y convertir la crisis en una oportunidad real de servicio.

Del impacto inicial a la pérdida de autonomía

Hay situaciones en la vida que nos dejan perplejos, atolondrados, como si nos hubieran dado un mazazo en la cabeza. Esta puede ser, para muchos de nosotros, la circunstancia que experimentamos después del impacto, físico y emocional, del sismo del pasado 10 de agosto de 2026. Y es entendible, en los primeros instantes nos sentimos desubicados, nos ha costado trabajo reponernos.

En el primer momento, la adrenalina y el instinto de supervivencia que la activa están dirigidos a salvar la vida, y el mundo se empieza a reconstruir a partir de ese evento, que es una gran ruptura material y psicológica, con frases como: gracias a Dios estamos vivos, lo importante es la vida, lo material se vuelve a conseguir. 

La reacción inmediata, más o menos generalizada entre quienes sobrevivimos, puede resumirse en una exaltación de la vida por encima de los bienes materiales. Pero, el tiempo va pasando, la adrenalina va bajando y las cosas se empiezan a considerar de una manera más completa y objetiva. Y resulta que lo material también importa, y mucho. Es una parte funcional, necesaria y complementaria de la vida. Perderlo también conlleva un cambio dramático de la existencia que se llevaba hasta el momento de la pérdida. 

Es la situación de muchos de los damnificados a mes y medio de la ocurrencia del trágico evento. Están vivos, sí, pero están malviviendo; han perdido su independencia física, sus medios materiales de subsistencia, su autonomía. Están arrimados a familiares o en albergues improvisados. Y este hecho, que sobrevino de repente, es un golpe que genera desconcierto y gran incertidumbre sobre la viabilidad de recuperar un estado de cosas que se parezca a una relativa normalidad.

En momentos como estos, la población masivamente perjudicada (y las afectaciones de este sismo son, por extensión y número de personas, las más grandes del último siglo en Colombia) espera que alguien la oriente, le muestre un camino viable, lógico y entendible mediante el cual en un tiempo previsible se pueda llegar a una nueva estabilidad.

La crisis como prueba del liderazgo

La incertidumbre aumenta dramáticamente a medida que pasan los días y esa respuesta no llega. ¿Quiénes están directamente obligados a proporcionar esa guía? Pues los que llamamos, posan, o se hacen llamar líderes. Los que se postularon, y fueron electos, a cargos de elección, que conllevan grandes responsabilidades sobre las vidas a las que prometieron bien gobernar.

La cuestión es que, la mayoría de las veces, esas postulaciones y la respectiva elección por los ciudadanos suceden en momentos de estabilidad. Gobernar cuando todo va rodando no requiere grandes habilidades de liderazgo, ni de la comprensión de situaciones complejas; tampoco parece importar el carácter, que es requisito para hacerse cargo de sus conciudadanos en momentos de crisis. ¡Cuando todo parece una fiesta, nos permitimos elegir a quien suponemos que sabe organizarlas! 

Cuando gobernar exige preparación

Pero las comunidades no siempre viven épocas de tranquilidad y prosperidad. La historia nos muestra que la vida alterna entre momentos de abundancia y de escasez. Esta realidad es tan inherente a la historia de la humanidad que está presente tanto en los relatos de origen como en la Biblia. 

Lo que pasa es que hemos llegado a un momento de decadencia y banalidad tales, que ya ni siquiera conocemos la Biblia, y no lo afirmo necesariamente desde un punto de vista religioso, sino desde un sentido socioantropológico. 

Nuestro desconocimiento de lo humano, de la historia, de lo que se repite una y otra vez —algo que se puede redondear en la palabra ignorancia— nos juega malas pasadas, y tomamos decisiones, individuales y colectivas, desde ese desconocimiento que es temerario y contraproducente; y no pocas veces repetimos grandes calamidades que creíamos superadas, y, casi sin excepción, terminamos contribuyendo con nuestras decisiones a crear condiciones que nos perjudican a nosotros mismos de manera grave.

La carencia de formación y experiencia se nota sobre todo cuando es menester echar mano de lo que no se tiene para desempeñar una posición a la que se está obligado por las circunstancias del cargo que se ocupa.

Esta falta de pertinencia y preparación, de diligencia en la respuesta, ha sido variable y de diferentes niveles de solvencia y ausencia en los mandatarios actuales, desde el presidente de la República hasta los delegados que ha designado para hacerse cargo del proceso de atención a los damnificados, los alcaldes y gobernadores actuales de las zonas más devastadas, etc.

Capacidad, liderazgo y acceso a los recursos

Una distribución de responsabilidad es, al tiempo, una competencia: (i) los más preparados y capaces, (ii) los que tienen mayor liderazgo para hacer oír su voz con contundencia, y (iii) quienes han sabido dirigir la construcción de planes, proyectos y programas: son estos los que se van a llevar la mayor cantidad de los recursos disponibles para la atención y la reconstrucción. 

Los grupos más capacitados pueden mostrar de mejor manera a los que toman las decisiones sobre la repartición del presupuesto, y también a sus gobernados, un horizonte más claro y posible. 

Y están los otros, los que ocultan detrás de sus lágrimas, fingidas o reales, su incapacidad. Los que se postulan a asumir responsabilidades para las que no tienen suficiente competencia, los que no han podido salir de su propia perplejidad.

No es sólo una cuestión de disponibilidad de recursos. Es, sobre todo, un tema de aptitud, honestidad y disposición al servicio. Lastimosamente, a mes y medio del sismo, ya se pueden identificar los diferentes perfiles; sus actuaciones nos dan cuenta de quiénes cumplen con las condiciones anteriores de manera más adecuada para el ejercicio cabal del cargo que ostentan, y quiénes no. 

Si bien es cierto que los mandatarios que desempeñan sus labores son los que hay y que con ellos hay que trabajar, las gentes, en general, no son tontas ni indiferentes: el pueblo hace sus propias evaluaciones. Y, sobre todo, se da cuenta, siente y se resiente, y sabe establecer las diferencias en el desempeño de unos y otros. 

Foto: Voluntariado para gestionar ayudas terremoto

Reconstruir con participación y sentido de lo público

De la pertinencia de la respuesta general del gobierno, el nacional y los locales; de la participación de las comunidades damnificadas, incluidas las organizaciones de la sociedad civil, los gremios y los empresarios, entre otros, dependerá que todas las zonas afectadas, y en particular las ciudades como Pereira —la más perjudicada por el sismo en términos relativos al tamaño de su población y a su economía—, puedan recuperarse. 

Hay que acometer este proceso de manera incluyente, no excluyente. Que, además de recoger los destrozos, se ofrezcan soluciones para todos. Y, un detalle que no es despreciable: se debe actuar con sentido de lo público, con ánimo de generosidad y de filantropía, a la hora de diseñar y crear oportunidades que antes no estaban en el horizonte. 

Más allá de la imagen: método, pericia y temple

Porque, para usar una frase manida, “toda crisis es una gran oportunidad”. Pero las oportunidades no solo se intuyen o enuncian, hay que saber verlas y, sobre todo, conocer la forma de llevarlas del dicho al hecho. Esta hora nos exige trabajar sobre el problema con sentido de urgencia, con método; no sólo contando con el dominio de los temas relevantes sino, y, sobre todo, con persistencia y temple de ánimo.

En tiempos de la dictadura de la imagen, y del predominio de la velocidad y lo superfluo de los contenidos en redes sociales, no nos bastará para salir de esta tragedia con una puesta en escena “linda”, “firme”, “exitosa” o “voluntariosa”, del tipo: ¡Vamos a salir adelante! No, no es tan simple. 

Un evento catastrófico, que ha dejado consecuencias de las magnitudes de las que estamos sufriendo, es feo, produce dolor, sudor, y rechinar de dientes. Enfrentarlo acertadamente exige profundidad de análisis, pertinencia en la planeación y pericia en la ejecución, sin olvidarse de mantener siempre presente la generosidad como valor superior de toda acción. 

Resolver, en estas circunstancias, exige apretar el alma, controlar las emociones, reprimir las propias ambiciones y deseos, e implica entregarse plenamente a la causa. No es deseable aproximarse a esta dificultad desde una confianza ilusa, sino con la solvencia que habita en el conocimiento de causa. 

A esta batalla tenemos que ir equipados, no solo con buenas intenciones, sino con las armas requeridas para vencer los múltiples retos a los que nos estamos enfrentando: la falta de recursos, la amplitud de daños, el estado sicológico y de ánimo de la gente, la premura del tiempo, el caos que propicia la piratería que se ha desatado a sus anchas en muchos frentes, la corrupción que se pasea oronda mostrando sus fauces, la cultura del vivo —que está sacando provecho de la ausencia de organización e información—, entre muchos y desafiantes obstáculos.

¿Cuáles de los actores de esta tragedia están preparados para cumplir cabalmente el papel que les corresponde, con una correcta interpretación de la situación, que permita llevar a las comunidades aquejadas de nuevo a buen puerto, en modo y tiempo razonables?

¿Cómo devolver a estos habitantes, angustiados, traumatizados y llenos de incertidumbre, a una nueva buena vida posible? El tiempo lo dirá, pero desde ya se pueden valorar los distintos desempeños, y en muchos de ellos ya son evidentes las flaquezas, que no hacen más que aumentar el desconcierto general de las comunidades.

Solo el paso de los días nos mostrará de qué, y para qué, están hechas; a quiénes sirven, y que propósito buscan todas esas puestas en escena que hoy vemos. Y si estas condujeron, o no, a brindar soluciones y respuestas efectivas ante el tamaño del desafío que nos ha dejado el sismo del 10 de agosto pasado.

Aprender del pasado para corregir el rumbo

Debemos escuchar a los que vivieron otras tragedias similares y que lograron conducir a los damnificados del pasado de nuevo por horizontes con un cierto nivel de certeza y serenidad. Es imperativo que recojamos la experiencia de los ingenieros que tienen un conocimiento profundo de la vulnerabilidad sísmica de la región en la que habitamos y que han acumulado, a lo largo de su ejercicio profesional, no pocos aprendizajes. 

Bien serviría a los mejores intereses de los habitantes de las zonas involucradas en esta catástrofe y, en especial, a Pereira, que se corrigiera el mal rumbo que llevamos. 

De lo contrario, las facturas que se pagarán serán de diversa índole. Las más evidentes y próximas son la factura política y, las más importantes y duraderas, la factura económica y la social. Este terremoto dejó el país, y especialmente las regiones directamente afectadas, sobre una bomba social inminente.

Le recomendamos: Después del terremoto: estamos repitiendo los errores del pasado

Acerca del autor

Martha Álzate
Malzate@razonpublica.org | + posts

* Ingeniera civil de la Universidad Nacional, MBA de la Universidad de los Andes y Doctora en Literatura de la UTP. Ha trabajado en los sectores público y privado; y ha publicado dos libros: "Hojas de viaje" (crónicas) y "El libro de los días" (novela).

4 comentarios

Martha Álzate

Escrito por:

Martha Álzate

* Ingeniera civil de la Universidad Nacional, MBA de la Universidad de los Andes y Doctora en Literatura de la UTP. Ha trabajado en los sectores público y privado; y ha publicado dos libros: "Hojas de viaje" (crónicas) y "El libro de los días" (novela).

4 comentarios de “La reconstrucción, una oportunidad para servir”

  1. Bien como lo dices Martha, con sensatez y con conocimiento de lo que hay involucrado en acertar, lo que debe ser hoy el propósito de todos!

  2. Muy buen artículo!!

    La historia nos enseña, pero no aprendemos. Los sismos anteriores nos muestran zonas de riesgo donde se licencia, la norma NSR-10 tiene una actualización no adoptada por autoridad.

    Sobre el artículo, agrego:

    Nos cogió este terremoto con un bajo capital social en la dirigencia.

    Y se reveló un alto capital social en los jóvenes que acudieron prestos a solidarizarse con el otro. Ese es un haber muy importante!!

  3. La ingeniera Martha Alzate una gran profesional en nuestra región, escribe desde el conocimiento, la EXPERIRNCIA y con el alma puesta en nuestra ciudad. Con lo que nos tocó tenemos que salir de esto y victoriosos. Desaprovechar la experiencia y no ver la triste y trágica pero finalmente oportunidad de hacer las cosas bien sería esperar a la siguiente tragedia con alfombra roja. Presidencia hágase sentir, autoridades locales es hora de gobernar.

  4. La oportunidad en la respuesta es clave. Recuperar el optimismo se logra con planes concretos, acciones concretas, normas concretas. Se requiere visibilizar con mayor fuerza y sin critica la problemática económica y social actual y de corto plazo, para que desde todas las aristas de la economía, se logre la participación con recursos. La reconstrucción no es solo ladrillo

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