Los Nunca son los de Siempre contra los Nadie: a propósito de la “contrarrevolución cultural”
Foto: Registraduría Nacional del Estado Civil

Los Nunca son los de Siempre contra los Nadie: a propósito de la “contrarrevolución cultural”

Compartir:

Al parecer, los Nunca son los de Siempre contra los Nadie. La “contrarrevolución cultural” es la antigua contrainsurgencia operando en el plano cultural.

En una columna publicada el 8 de agosto del presente año, Camilo Noguera Pardo realizó un llamado a emprender lo que él mismo denomina una “contrarrevolución cultural”. Lo hizo influido por el entorno propagandístico de las nuevas derechas, al que él pertenece. Esta contrarrevolución es más profunda, afirma, que la “batalla cultural” o la disputa por la hegemonía cultural promovida por otros propagandistas como Agustín Laje. Considerando que planteamientos como los de Noguera se han convertido en habituales en el contexto de las plataformas digitales, la columna no habría despertado un especial interés de no ser porque su autor es el nuevo viceministro de educación superior. Adicionalmente, recordemos que es la ministra de Educación, o en su defecto el viceministro, quien debe presidir el Consejo Superior Universitario (CSU) de la Universidad Nacional de Colombia, máxima instancia de gobierno de la principal universidad pública del país. La inquietud crece toda vez que llevo veinte años vinculado a esta institución como estudiante, trabajador, docente e investigador, y que uno de mis principales campos de investigación es el de la teoría política.  

El señor Noguera comienza su texto estableciendo una distinción a todas luces reduccionista. Nos dice que en el terreno ideológico, de un lado se encuentra el progresismo (“liberal o radical”) y del otro la tradición cristiana (“católica o protestante”). Mientras el primero presenta como necesaria la ruptura con la tradición, la segunda aprecia el orden y defiende los valores heredados. Los partidarios de la “contrarrevolución cultural” son “auténticos reaccionarios”, asevera Noguera parafraseando a Nicolás Gómez Dávila, pues aspiran a restaurar el horizonte cristiano que le dio forma a Occidente. La tesis que recorre el texto, aun cuando se resguarde en argumentos de autoridad, resulta realmente simple: pequeños pero sostenidos ataques a la cristiandad han terminado minando el orden, por lo que la tarea fundamental consiste en reaccionar ante cualquier elemento orientado a subvertir dicho orden; en el terreno cultural, esto conduce a insistir en la restauración de una nación y una civilización occidentales en esencia cristianas.  

Dicho relato carece de consistencia historiográfica, politológica, antropológica y sociológica, pues la tradición cristiana nunca es definida con precisión, ni en cuanto a sus aspectos constitutivos en el presente ni en lo que respecta a su desarrollo histórico. Pero eso no importa. Lo que cuenta es que estamos ante un escrito propagandístico, el cual abiertamente suscribe dicho carácter al situarse en las discusiones ideológicas de las nuevas derechas y al atreverse a proponer una orientación incluso más radical. En tal horizonte, la indefinición deliberada de la tradición cristiana forma parte de la estrategia discursiva. De hecho, la idea que concretamente el texto se dispone a propagar es la del “orden cristiano”, respecto al cual toda oposición o disidencia significativa queda reducida a la perversidad o la patología. El significante “orden cristiano” funciona allí como aquello que el teórico político Ernesto Laclau denomina un “significante vacío”. Este último es un significante que, al vaciar parcialmente su contenido específico, asume la representación de una universalidad imposible, con lo que articula demandas heterogéneas bajo una identidad común. No obstante, esa universalidad resulta siempre contingente puesto que se halla construida a partir de un proyecto particular. 

Los círculos de extrema derecha que actualmente pretenden contribuir a construir y liderar el nuevo bloque de poder en Colombia saben que en nuestro país la mayoría de la población se identifica como católica, protestante, evangélica o, en todo caso, “creyente”, una categoría que aglutina a numerosas personas, quienes, sin ser necesariamente practicantes ni adherir conscientemente a ninguna tradición religiosa, reconocen “creer en Dios” o poseer algún tipo de “vida espiritual”. En un escenario tal, la identificación de la cristiandad con el orden y con todo lo bueno, bello y deseable, pero más especialmente con determinado orden social, económico y político, es una estrategia para lograr la adhesión de diversas capas sociales, empezando por los sectores populares. 

Así, si el “orden cristiano” es una suerte de candidato a nuevo significante vacío, que por el momento permanece flotante (en disputa), se debe a que tiene un potencial enorme para la aparente identificación universal. En un país con las características mencionadas no es tan difícil conseguir la legitimidad suficiente para darle un recubrimiento teológico tanto al proyecto estatal como al nuevo bloque de poder. En Colombia, como nos lo recuerda la contradictoria alusión a Dios en el preámbulo de la Constitución política de 1991, la idea de Estado laico no se ha correspondido con una sociedad que haya asumido como ethos la laicidad. Ahora bien, el problema de los significantes vacíos radica en que, aunque se presentan como universales, responden a proyectos particulares. En este caso hablamos del proyecto de élites vinculadas a actividades esencialmente rentistas, extractivistas y presuntamente ilegales. Pero además a una versión de la cristiandad de carácter neocolonial, heteropatriarcal, racista/etnocéntrica y xenófoba.     

El “orden cristiano” que los “contrarrevolucionarios” se proponen “restaurar” no es más que el viejo país excluyente y violento que precariza, explota y se apropia de las fuerzas vitales de la mayoría de los seres humanos, de los animales y de la tierra. El señor Noguera comprende a la perfección el vínculo entre ciertas jerarquías —humanas y con la naturaleza— y el pensamiento verdaderamente conservador (¡auténticamente reaccionario!). No es casual que el primer milagro de la Patria Milagro haya sido revivir el laureanismo y, en general, las viejas ideologías de hacendados, latifundistas y rentistas improductivos de todo tipo. Esos mismos que no han dejado de promover una retórica contrainsurgente, orientada a la continua determinación de enemigos internos.

Cuando la cimentación del orden político se vale de fundamentos esencialmente teológicos —alertaba Eric Voegelin en su magnífica investigación Las religiones políticas—, toda oposición se tiende a presentar como la mismísima encarnación del Mal. Y, ante la aparición del Mal, no hay más camino que el de su erradicación. Esto ocurre cada vez que se reactiva con ímpetu la forma religiosa de la política. Según Voegelin, las diversas comunidades humanas han poseído siempre una tendencia a buscar lo absoluto, independientemente de que adquiera la forma de Dios, de múltiples deidades, de lo Uno o de un Misterio inefable. La aseveración de Voegelin podría ser controvertida en términos antropológicos, pero lo interesante de su tesis radica en que el problema aparece cuando una realidad particular —la raza, la nación, la clase, la religión, el Estado— es elevada a la condición de realidad suprema (Realissimum). Cuando esto sucede, esa realidad deja de percibirse como un constructo histórico y se transforma en una fuente indubitable de sentido, la cual ofrece salvación colectiva respecto a todo lo que atenta contra la comunidad. Siempre que confundimos los impulsos que nos conducen a preguntarnos por lo trascendente con la pedestre deificación del humano poder soberano, es la vida en su conjunto la que pierde valor. 

Transmutado en elemento trascendente mediante su posicionamiento en el ámbito discursivo como significante vacío, el “orden cristiano” no es sino la coartada mundana para desplegar un antiguo poder de muerte y exclusión sobre las vidas desprotegidas de mujeres, disidencias sexo-genéricas, población racializada, estudiantes, jóvenes, trabajadores, campesinos y niños y niñas. En suma, esa Colombia que definitivamente dejó de ser invisible a partir del estallido social y que ciertos sectores desean volver a poner en cintura. Pese a que Noguera insista en que sus palabras no constituyen un llamado a la guerra, sino a la argumentación razonada, autores como Voegelin señalaron hace décadas, con lucidez, que la distinción reduccionista entre quienes defienden el “orden cristiano” y quienes son sus enemigos conduce a la exclusión o eliminación del adversario político. 

Asimismo, cuando Noguera realiza un llamado a “restituir la verdad frente al relativismo, la naturaleza frente al constructivismo, la familia frente a la ingeniería afectiva, la tradición frente al desarraigo, la autoridad legítima frente a la insubordinación permanente y la educación como transmisión de un legado frente a la pedagogía estatal de la identidad”, el resultado práctico es la reivindicación de la verdad absoluta amparada en la fe religiosa o en una noción premoderna de ciencia (“precrítica”, diría Kant); el establecimiento de una concepción prácticamente predarwiniana y también premoderna de la naturaleza (es decir, inalterable); la imposición del modelo de familia heteropatriarcal; la confusión entre tradición y patrioterismo o arraigo a la comunidad de fe; la equiparación de la autoridad legítima con la obediencia irrestricta al orden imperante, y la reducción de la educación al aprendizaje de una dogmática asentada en la violenta homogeneización cultural. 

En tales condiciones, en las que el campo se divide entre amigos y enemigos del “orden cristiano”, la alusión a la “argumentación razonada” no pasa de ser un oxímoron. ¿Cómo evitar la guerra cuando los propios términos de la discusión descansan en una clásica política de la hostilidad, a saber, en donde el enemigo es asimilado al Mal radical?  

Al parecer, los Nunca son los de Siempre contra los Nadie. La “contrarrevolución cultural” es la antigua contrainsurgencia operando en el plano cultural.             

¡Dios nos libre de un nuevo ciclo de guerra “auténticamente reaccionaria”!   

Le recomendamos: La verdad bajo examen: el libro anticorrupción de De la Espriella   

Acerca del autor

Ivan Dario Avila
Iavila@razonpublica.com.co | + posts

* Doctor en Filosofía, magíster en Estudios Culturales de la Universidad de los Andes, politólogo, docente e investigador de la Universidad Nacional.

5 comentarios

Ivan Dario Avila

Escrito por:

Ivan Dario Avila

* Doctor en Filosofía, magíster en Estudios Culturales de la Universidad de los Andes, politólogo, docente e investigador de la Universidad Nacional.

5 comentarios de “Los Nunca son los de Siempre contra los Nadie: a propósito de la “contrarrevolución cultural””

  1. Columna tan confusa, no sé como pasó el filtro de Hernando José Gómez. 2do, el escritor cree que el estallido social fue un proceso natural como una «revolución social que cambió al país». 3ero, cree qe dureante el anterior gobierno 22-26, se adelantaron cambios significativos en la sociedad y se les dio espacio a los nadie, no sé en qué país crree que vivió, pero nada de eso pasó. El espacio que ese gobierno dió fue soimbólico, efimero y no sostenible, y no porque haya una batalla cultural, fue porque hicieron las cosas de manera superfluea, y solo con buenos deseos, por eso el mismo país voto para que no continuaran.

    1. De acuerdo en el análisisdel comentarista, no me parece bien enfocado el autor, siempre se están buscando los extremos en todo, el asunto no es entre cristianos o no cristianos, es entre éticos y no éticos. Defender los «logros inexistentes del anterior gobierno» lo considero equivocado desde cualquier punto de vista, se debe recuperar la integridad de la nación y sus valores éticos tan en decadencia.

  2. Quisiera aclarar el significado de «educación laica». «Laico» no es un sinónimo de «ateo». Educación laica es una educación que no está sujeta a control de autoridades eclesiásticas, y que se rige por la libertad de cátedra. Incluso en instituciones educativas regidas por órdenes religiosas, por ejemplo, de los jesuitas o de los hermanos de La Salle, la educación es «laica», porque la doctrina católica oficial no se impone como verdad absoluta y se respeta la libertad de cátedra. Lo contrario, es la educación «confesional», que puede llegar a ser claramente fundamentalista, donde los textos considerados sagrados de una determinada Iglesia se pueden llegar a considerar como una «verdad absoluta», hasta en temas científicos. Pero también, se puede llegar a una educación «confesional» de signo contrario, donde la ideología «Woke», asume un papel hegemónico que pretende imponerle sus valores a toda la sociedad. Lo que se está perdiendo, por un lado o por el otro, es el valor de la educación liberal, respetuosa de creencias e ideologías y que busca formar ciudadanos con mentalidad crítica.

  3. Magistral respuesta. Estas son las voces autorizadas que necesita Razón Pública. Felicitaciones al profesor Ivan Dario Avila.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

últimos artículos

Camilo Cardenas
Política y Gobierno

Desastres socio-naturales ¿Y ahora quién podrá defendernos?

Política y Gobierno

La restitución de Petro: feria de contradicciones

Hernando Gomez Buendia
Política y Gobierno

Reforma a la justicia: Golpes de Estado

Política y Gobierno

Las relaciones entre Colombia y Venezuela y el conflicto interno colombiano

ISSN 2145-0439

Razonpublica.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en razonpublica.com.

Click to listen highlighted text!