Las corridas de toros: un asunto cultural | Razón Pública 2024
Foto: Canal Capital

Las corridas de toros: un asunto cultural

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Tras una decena de intentos fallidos, un proyecto de ley del gobierno propone la prohibición definitiva de las corridas de toros para contribuir a la cultura de la paz. Pero las corridas son la expresión de una cultura con raíces hondas en la historia de Colombia.

Iván Darío Ávila Gaitán*

Prohibición definitiva 

A través de la Sentencia C-133 de 2019, la Corte Constitucional había exceptuado las corridas de toros de la prohibición por maltrato animal que establecen las leyes 84 de 1989 y 1774 de 2016, siempre que se demuestre que esta práctica tiene “arraigo cultural”; pero la Corte reconoció en esa sentencia que en las corridas existe sufrimiento animal, ordena minimizarlo y prohíbe el uso de recursos públicos para construir instalaciones dedicadas a este tipo de eventos.

La Corte intentó equilibrar el derecho a la expresión artística y cultural con el deber de protección animal. A partir de ese momento, la cultura se convirtió formalmente en terreno de disputa para una eventual prohibición total. El Proyecto de Ley 219 de 2023 asumió este desafío al proponer la completa prohibición de las corridas, y por eso fue impulsado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes. 

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Un asunto cultural 

El proyecto declara que su objetivo es “aportar en una transformación cultural que se fundamente en el reconocimiento y respeto por la vida animal, y que contribuya al avance de la cultura de la paz”. 

Frente a una concepción patrimonial y estática de la cultura, este proyecto comprende que la cultura es múltiple, híbrida y que se transforma constantemente, pero que, además, una cultura de paz, en la que se pone en el centro la defensa y el potenciamiento de las formas de vida humanas y no humanas, resulta incompatible con los supuestos culturales que fundamentan las corridas de toros y otras actividades similares. 

Cabría preguntarnos, en primer lugar, sobre dichos supuestos culturales y si los argumentos contra las corridas en realidad plantean una alternativa ajustada a la cultura de la vida y la paz. 

A menudo se dice que las corridas de toros son una herencia española, colonial, y por lo tanto anacrónica y feudal. Se contrapone una concepción moderna de nuestra relación con la naturaleza a una supuesta relación bárbara y poco racional. Así, se desliga la matanza moderna, industrial y racionalizada, guiada por principios de “bienestar animal”, de una actividad simplemente cruel. 

Por un lado, tenemos a un sujeto civilizado que usa de manera limpia y eficiente la naturaleza, incluyendo a los animales y, por el otro, a un sujeto que goza con el dolor y el sufrimiento de un ser indefenso, inocente y que no entiende lo que le está sucediendo. 

No son feudales, son modernas  

Si repasamos el desarrollo histórico de las corridas de toros, podremos constatar que, pese a la historia que sus propios defensores desean construir, estas no son de ningún modo prácticas feudales. Es verdad que en nuestro territorio son un legado colonial, pero no por ello feudal.

Las corridas guardan poca relación con la taurocatapsia griega y minoica, con el culto romano a Mitra, con los espectáculos circenses romanos o con el lanceo medieval a caballo, cercano a los torneos donde los caballeros mostraban su “heroísmo” ante la nobleza feudal.

Las corridas de toros empiezan a desarrollarse a mediados del siglo XVI y se consolidan hacia el siglo XVIII, es decir, su constitución es paralela a la aparición del mundo moderno. 

El viejo lanceo a caballo medieval era una práctica asociada con la nobleza, que por lo menos se remonta al siglo XIII, y que, contrariamente a lo que se cree, no fue bien vista por el clero.

Pensar que existe un desarrollo lineal de las corridas, que se remonta a la antigua Grecia, pasa por el mundo romano y se extiende al mundo medieval para llegar hasta la modernidad es solo un efecto de aquello que Enrique Dussel denominó “mito de la modernidad”. En realidad, aludimos a actividades culturales muy diferentes entre sí y que, en ocasiones, entraron en tensión dentro de eso que solemos llamar “cultura occidental”. 

Del caballero al soldado de infantería 

La especificidad de las corridas de toros radica en que su constitución y consolidación es paralela a la de la burguesía, en contra de la nobleza medieval. El universo de los caballeros heroicos, que se preparaban como señores de la guerra y demostraban sus habilidades en espectáculos que estaban dirigidos esencialmente a la propia nobleza, le da paso, a partir de 1554, al mundo de los guerreros a pie.

En su momento, Maquiavelo expresaba esta lenta transformación como la de la primacía de la infantería popular sobre la caballería noble en la lenta constitución de lo que serán los ejércitos populares y permanentes, característicos del Estado-nación moderno.

El toreo a pie constituye una metáfora viva de acuerdo con la cual quien se enfrenta a la bestia o a la naturaleza, encarnada por el toro, es un individuo común, no un individuo excepcional o aristócrata como lo pretendían los antiguos caballeros. 

Hondas raíces culturales

Por supuesto, las corridas de toros reeditan la idea occidental de que la cultura es superior a la naturaleza y debe trascenderla, así como lo humano es superior a lo animal, pero esta vez dicha idea se encuentra asociada a un imaginario “democrático”, en el que el torero, al ubicarse a la altura del toro y del pueblo en general, no es un ser excepcional, sino la muestra del potencial de cualquier miembro de la humanidad. 

Esta transformación acontece al mismo tiempo que autores como Descartes apelan a la luz natural o a la razón como capacidad humana universal (en realidad masculina), en contraste con las ideas aristocráticas. La burguesía, para este periodo, es una clase emergente que debe establecer una alianza con los sectores populares para convertirse en la nueva clase dominante. Las corridas de toros son, pues, una actividad burguesa desde sus orígenes y dan cuenta de sus entramados simbólicos y culturales en general. 

Las corridas en la cultura colombiana 

Reconocer lo anterior no es baladí ya que en el periodo post-independentista se fueron desarrollando en nuestro territorio dos tipos de culturas burguesas con cierta adherencia entre las clases populares: una cultura asociada con la herencia española, latifundista, rentista y ligada a la ganadería extensiva, y otra de corte más estrictamente capitalista e industrial. 

La primera es la que, erróneamente, se confunde con la cultura feudal y se proyecta, desde el punto de vista de la segunda, como bárbara, cruel e irracional.

Pero las corridas de toros se componen de elementos típicamente modernos: escenifican la dominación de la naturaleza por parte del “hombre cualquiera” (“de a pie”, “hecho a sí mismo”); se conectan con el negocio capitalista de la ganadería; son un espectáculo eminentemente mercantil y refuerzan los valores, intereses y vínculos de ciertos sectores de la burguesía más conservadora. 

Foto: Cámara de representantes - El toreo a pie constituye una metáfora viva de acuerdo con la cual quien se enfrenta a la bestia o a la naturaleza, encarnada por el toro, es un individuo común, no un individuo aristócrata.

Confrontar la cultura a la que hacen alusión los defensores de la tauromaquia es cuestionar un proyecto burgués-conservador que ha primado en la estructuración de nuestra historia nacional, pero que se encuentra en tensión con los proyectos de otros sectores, tanto privilegiados como subalternos.

Adicionalmente, las corridas de toros reproducen ideas típicamente modernas y eugenésicas, al parecer no lo suficientemente controvertidas, como que el “hombre” es capaz de crear y mejorar razas técnicamente, y que este puede hacer uso de aquellas —consideradas como mercancías— para afirmar su propia superioridad racional. 

El concepto de raza, entendido como atributo biológico, carece de todo sustento en la biología contemporánea, pero es sostenido por disciplinas como la medicina veterinaria y la zootecnia, las cuales se encuentran mayoritariamente al servicio de la ganadería moderna. La raza “toro de lidia” no se puede extinguir, ya que la “raza” es un constructo moderno al servicio de la subordinación y la explotación, no una entidad biológica.

Confrontar la cultura a la que hacen alusión los defensores de la tauromaquia es cuestionar un proyecto burgués-conservador que ha primado en la estructuración de nuestra historia nacional, pero que se encuentra en tensión con los proyectos de otros sectores, tanto privilegiados como subalternos.

Un proyecto problemático 

Sustituir los imaginarios culturales asociados con las corridas por unos relacionados con una cultura de paz y de la vida, que en sí misma reconoce la pluralidad de las formas de vida humanas y no humanas, es un paso sustancial para avanzar hacia otro tipo de sociedad.

Si el asunto ha tenido tantos impedimentos para avanzar en el Congreso no es debido a que la práctica como tal sea vital o altamente controversial para sus defensores, sino porque simboliza un proyecto cultural entero, moderno-conservador, que a su vez es un proyecto de clase. 

En momentos como el actual, sustituir los imaginarios culturales asociados con las corridas por unos relacionados con una cultura de paz y de la vida, que en sí misma reconoce la pluralidad de las formas de vida humanas y no humanas, es un paso sustancial para avanzar hacia otro tipo de sociedad y relato de nación, quizás uno más “popular”. 

Lo que está en juego es, en síntesis, un proyecto cultural hegemónico en crisis frente a la proliferación de las artes y las culturas, a saber, la pluralidad de formas de vida que están obligadas a establecer nuevas alianzas si desean triunfar en su batalla cultural. 

Lea en Razón Pública: Vulnerabilidad y crisis en el Museo Nacional

4 comentarios

Ivan Dario Avila

Escrito por:

Ivan Dario Avila

* Doctor en Filosofía, magíster en Estudios Culturales de la Universidad de los Andes, politólogo, docente e investigador de la Universidad Nacional.

4 comentarios de “Las corridas de toros: un asunto cultural

  1. El autor debería leer «pan y toros» de Juan Ignacio Codina, así no repetirá imprecisiones sobre la profesión del torero -ejercido no por nobles ni burgueses; sino por gente desesperada y venal- o sobre la regulación de la tauromaquia -la cuál fue contemplada incluso en épocas de Alfonso XIII «el sabio»-.

  2. Resulta confusas algunas afirmaciones de este texto: ¿Se puede equiparar la cría de animales a la eugenesia? ¿La visión racista que ha definido a distintos grupos políticos puede ser comparada a la noción de «raza», manejada por ganaderos y veterinarios? En todo caso, es interesante el enfoque decolonial del escrito; aunque algunas afirmaciones dejen mucho que desear.

  3. Interesante artículo, aunque un poco confuso en su abordaje y en sus aparentes conclusiones, como si no se quisiera comprometer.
    Me ilusionaba su título refererido a los toros como asunto cultural pero lo prometido No se logra, no hay análisis e interpretación cultural de un evento tan complejo como es una corrida de toros. Donde está la fiesta colectiva y multiclase, donde está el ritual, donde la descripción de cada momento, donde está el asunto religioso, de vestuario, del público, de lo que significa un sacrifico, de la relación torero/toro, del arte, de los diferentes actores que participan. Aun falta el asunto cultural

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