¿Memoria o sostenibilidad? Un falso dilema para los lugares de memoria
Foto: Salón del Nunca Más

¿Memoria o sostenibilidad? Un falso dilema para los lugares de memoria

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Detrás de la polémica sobre emprendimientos asociados a iniciativas y lugares de memoria se encuentra una discusión más amplia: las condiciones materiales necesarias para garantizar la permanencia de estos espacios comunitarios.

Lugares de memoria de y para las comunidades

La consigna de que los museos deben estar conectados con sus comunidades es frecuente en artículos de corte académico, en manuales de gestión y en documentos rectores de museos contemporáneos.

Menos frecuente en su aplicación porque adelantar acciones de cocreación y participación efectiva impacta el presupuesto y el cronograma de cada proyecto, por lo que muchas veces no llegan a implementarse.

Sin embargo, hay proyectos museales que nacen con una base profundamente social. Se trata de los ecomuseos o museos comunitarios, manifestación de los postulados de la nueva museología y la museología social.

Los lugares de memoria en Colombia

La tríada edificio-colecciones-visitantes, reflejo de la museología tradicional, se amplifica en las corrientes museológicas actuales, orientadas a territorio-patrimonio-comunidades. Es natural que en un país como Colombia, con un conflicto armado único en el mundo, este tipo de ejercicios adopte un matiz particular.

Los lugares de memoria son espacios creados o designados en los territorios para desarrollar, de manera recurrente, prácticas de memoria en el marco de la violencia sociopolítica y el conflicto armado colombiano. 

No todos los lugares de memoria son museos, ya que también hay casas, centros de memoria, bosques y jardines, entre otros, pero en conjunto sí pueden considerarse fenómenos museales por su trabajo con la memoria, la identidad y el patrimonio.

Si bien pueden ser creados por Alcaldías y Gobernaciones o por mandatos judiciales en cuanto a medida de reparación simbólica, los principales gestores de estas iniciativas son las víctimas y organizaciones sociales, es decir, son producto de una demanda social.

De allí que se pueda considerar que los lugares de memoria son herederos y continuadores de los principios de la museología social y comunitaria, adaptados al contexto del conflicto armado colombiano. Por supuesto, crear un lugar de memoria con un carácter reparador que se mantenga activo y vigente en el tiempo implica un enorme esfuerzo colectivo.

El Salón del Nunca Más y la sostenibilidad responsable

Un caso emblemático en este sentido es el del Salón del Nunca Más en Granada, Antioquia. El Salón es conocido por ser el primer lugar de memoria creado y gestionado por una comunidad. 

Una de las mayores virtudes de Granada se convirtió en su yugo, como ocurre en distintas regiones del país: su posición estratégica la puso en medio de la disputa por el control del territorio entre guerrilleros y paramilitares, por lo que sufrió la crueldad de múltiples hechos victimizantes.

Como expresión de la resistencia y la capacidad organizativa de la comunidad, surgió la Asociación de Víctimas Unidas por la Vida (Asovida), que lideró la búsqueda de alianzas y apoyos para la creación del Salón, inaugurado en 2009 como resultado tangible de un proceso comunitario de largo aliento que contó con el apoyo de entidades como el Cinep y el PNUD, y de profesionales como la museóloga Lorena Luengas.

Estas alianzas son evidencia de la preocupación temprana de Asovida por generar un proyecto sostenible, apropiado por la comunidad y activo en múltiples sentidos, tanto por su vigencia como por la adecuada gestión de sus iniciativas y recursos.

Con este propósito, Asovida está trabajando actualmente en dos frentes: la renovación de su exposición y el desarrollo de un café como emprendimiento para cubrir los gastos básicos del lugar. Este café trabaja con productores campesinos beneficiarios de programas de fortalecimiento productivo, a quienes se les paga de manera directa e inmediata, en contraste con las dinámicas de los cafés de índole comercial.

Foto: Hacemos Memoria

La memoria como apostolado 

En la gestión de museos suelen asumirse los espacios de consumo (tiendas, cafeterías y restaurantes) como servicios adicionales para los visitantes, más que como un ingreso que garantice el funcionamiento de la entidad. En el caso del Salón del Nunca Más, los ingresos han permitido el pago ─por un precio prácticamente simbólico─ de la persona que atiende el café y de un encargado de la apertura y visitas guiadas del Salón. 

Si bien es claro que no hay fines de lucro con la iniciativa y que existe un beneficio directo para los cultivadores campesinos, este caso recuerda un debate ya conocido. Ciertas posturas muestran inquietud ante la presencia de recursos económicos en proyectos relacionados con la memoria, por la posible desviación del propósito reparador de la iniciativa.

Sin embargo, quienes comulgan con esta visión no parecen mostrar la misma preocupación por la falta de autonomía de víctimas y organizaciones en el momento de desarrollar y sostener sus procesos, y quedan dependientes de las agendas de entidades públicas y su disponibilidad presupuestal.

Lejos de una preocupación genuina por los avatares de la memoria, estas posturas muestran un posicionamiento hegemónico y dominante respecto del “deber ser” de las víctimas y de los procesos de memoria. Se trata de una cierta visión romántica de la memoria, que espera que las víctimas permanezcan en el lugar del sufrimiento, mientras miran con sospecha cualquier ejercicio de agencia económica.

Se ha construido una imagen de las víctimas como guardianas morales de la memoria. Se espera que recuerden, testimonien, eduquen; que acompañen procesos, que trabajen en red y exijan justicia, pero desde el ejercicio voluntario, movidas por su afán de justicia y dignificación.

Nada se dice del tiempo y esfuerzo que esta labor implica, de los sacrificios y las horas extra, muchas veces con afectaciones a su vida personal y laboral, incluso a su salud, que los líderes, lideresas y demás miembros de las organizaciones de víctimas entregan a este propósito. Su labor se reconoce únicamente por su valor simbólico.

Confrontando el asistencialismo

En casos como el Salón del Nunca Más y la Casa de la Memoria de Nariño, que también cuenta con un espacio de café, estas actividades difícilmente pueden entenderse como expresiones de acumulación de capital. Se trata, más bien, de estrategias de sostenibilidad que contribuyen al mantenimiento de los lugares de memoria, aunque no son suficientes por sí solas para garantizar su funcionamiento.

Respecto a la asociación de los lugares de memoria con la museología social, es importante señalar que los ecomuseos o museos comunitarios nacieron explícitamente vinculados a procesos de desarrollo territorial y de bienestar comunitario.

El desarrollo de este tipo de emprendimientos, que no desvirtúan la misionalidad principal del lugar de memoria en relación con la dignificación y la reparación, no solo es aceptable, sino también deseable. Ojalá todos los colectivos de víctimas tuvieran la capacidad organizativa para gestionar estos procesos, que nunca están exentos de dificultades en su implementación.

Si bien el gobierno nacional y los entes territoriales no pueden desentenderse de su responsabilidad de acompañar y reparar a víctimas individuales, colectivas y organizaciones, se deben establecer medidas que garanticen que los lugares e iniciativas de memoria no caigan en prácticas asistencialistas que, precisamente, atentan contra su dignificación.

Es nuestro deber, como sociedad y comunidad extendida, apoyar este tipo de iniciativas. Después de todo, durante las consultas realizadas para la renovación de la exposición, los jóvenes del municipio señalaron que hacía falta tener razones para volver al Salón, no querían encontrar siempre lo mismo. Esto depende en gran medida de la experiencia expositiva y la agenda de actividades en torno al Salón, pero ¿por qué no volver para tomarse un café 100% campesino?

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Acerca del autor

Diana Galindo Cruz
digalincru@razonpublica.org.co | + posts

*Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Javeriana, magister en Museología y Gestión del Patrimonio de la Universidad Nacional de Colombia.

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Diana Galindo Cruz

*Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Javeriana, magister en Museología y Gestión del Patrimonio de la Universidad Nacional de Colombia.

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