
El elegante cinismo de Carlos Granés
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“El Rugido de nuestro tiempo” es un manifiesto conservador y, en parte, un libro cínico. Justo cuando las élites liberales de Estados Unidos y Europa muestran su apoyo a un genocidio y a un proyecto colonial, sale un texto a exaltar las maravillas de la “civilización occidental y a denunciar como una forma de apoyo al terrorismo, las críticas a la salvaje reacción israelí a los ataques del 7 de octubre.
Hegel sostenía que la función de la filosofía es la “aprehensión de lo presente y de lo real”. Contra todo utopismo, la pretensión de la filosofía no es anticipar el futuro, sino reconstruir conceptualmente aquello que ha llegado a existir. Desde esa perspectiva, se trata de un programa intelectual conservador. No obstante, también contiene un cierto potencial crítico: medir los resultados efectivos de una época con sus propios ideales. Cada época engendra posibilidades que no se materializan de golpe en sus obras, leyes e instituciones. El futuro no trae así nada muy nuevo, pero tampoco tiene que ser la repetición mecánica de lo ya conocido. Según qué tanto coincidían las expectativas y la realidad efectiva, los hegelianos, en los años treinta del siglo XIX, se alinearon así a la izquierda o a la derecha. Para los primeros, la modernidad es un proyecto emancipatorio aún por consumar. Para los segundos, el presente ya era la consumación de la historia moderna y de la civilización occidental. Toda aspiración de cambio, en consecuencia, no era sino voluntarismo y fantasía arbitraria.
La obra del afamado ensayista colombiano Carlos Granés tiene, en ese sentido, algo de hegeliano. De hegeliano de derecha, sobre todo. No, por supuesto, debido a que Granés lo declare o porque abunden en sus textos referencias filosóficas. En absoluto. La conexión se debe, por una parte, a que su propósito, como ensayista y columnista, no es otro que ser un sobrio intérprete de la actualidad. Frente a la “locura del mundo”, y el entusiasmo desmedido de la derecha y la izquierda, la tarea consiste en tomar distancia y reconstruir, a posteriori, el sentido del presente. Así lo declara al inicio de su último ensayo, “El rugido de nuestro tiempo”. Si la política es asunto de estridentes leones o de tigres, lo suyo es la serenidad de la comprensión racional. Por otra parte, su hegelianismo involuntario se debe a que él concibe el presente como una desviación arbitraria del cauce de la historia: el triunfo de la razón, bajo la forma de la “modernidad liberal”. Eso significa, para él, del capitalismo, del comercio internacional, de la democracia procedimental, de las libertades individuales, del universalismo moral y del secularismo. El sentido de la historia ya está claro. Se trata de acabar de realizar el potencial pendiente –Granés reconoce la existencia de un par de pequeñas verrugas en medio de una época reciente, a su juicio, de incomparable paz, prosperidad y libertad– y de desmontar la falta de conexión con lo real, asociada al “populismo”.
La modernidad liberal como destino
“El rugido de nuestro tiempo”, dedicado a Mario Vargas Llosa, es un corolario de un ensayo del nobel peruano de 2009: Sueño y realidad de América Latina. Allí Vargas Llosa, con el castrismo y el chavismo como trasfondo, declara que “los latinoamericanos, queramos o no, estamos infectados de fantasía y utopismo”. Frente a las “fantasías románticas”, con su afán de cataclismos, el punto es retomar una “visión realista”, orientada por el “pragmatismo” y la búsqueda del “progreso y la prosperidad”. Mientras la política debe ser el terreno de la sobriedad, el arte debe ser el espacio de la experimentación, siempre y cuando se mantenga en el plano de la experiencia individual: “Que la utopía se confine en nuestra literatura y nuestras artes, o en nuestras vidas privadas, donde siempre es estimulante y provechosa”. Granés acoge, punto por punto, las tesis de Vargas Llosa, y esto lo conduce, de la mano de la apología de la ‘modernidad liberal’, a un doble conservatismo: estético y político.
Para Granés, desde 2008, y con el impulso nefasto de movimientos sociales como el 15-M español, Occupy Wall Street y Black Lives Matter, el mundo moderno perdió su rumbo. De ahí resulta, de una parte, un arte que abandona las provocaciones frívolas, y bien remuneradas, de un Jeff Koons para dedicarse, ahora, al moralismo y a la denuncia (del patriarcado, del colonialismo, del capitalismo, etc.). De otra parte, el desencanto ante la modernización, derivado de la crisis económica, condujo a un auge del caudillismo y de proyectos neocomunitarios, tanto a la izquierda como a la derecha, junto con sus repercusiones a nivel de la política internacional: el derrumbe del orden liberal, resultante de la derrota del fascismo, en nombre de discursos identitarios. De ese modo, se hizo trizas el establishment liberal, que, según Granés, había integrado los valores de Mayo del 68 en el funcionamiento de las instituciones, sin necesidad de rupturas con el capitalismo. El arte juega un papel en esa crisis, pues el espíritu experimental y transgresor de las vanguardias dejó de alimentar las experiencias privadas de los individuos y se trasladó a la vida pública, mediante una teatralización de la política y su transformación, de una objetiva resolución tecnocrática de “problemas concretos”, en espectáculo disruptivo y performance. De esta forma, se trocaron los papeles: aparecieron políticos artistas para los cuales “gobernar es crear”, mientras el arte, en lugar de crear mundos amorales, se dedicó a los mensajes edificantes y a intentar hacer del mundo un lugar mejor. “El mundo, definitivamente, se estaba desordenando”, dice Granés, a la par que reivindica con nostalgia el orden internacional liberal bajo la bienhechora hegemonía de Estados Unidos.
Granés repite la actitud de los hegelianos de derecha, pero como ideólogo y no como filósofo ni como científico social. Sus omisiones son reveladoras: el “Rugido de nuestro tiempo” describe transformaciones históricas globales, pero poco se pregunta por sus raíces. El libro describe, pero no explica. Reconstruye los imaginarios de los políticos que quieren reinventarse el mundo –siempre poniendo en el mismo costal a la izquierda (Petro, AMLO, Boric) y la derecha (Milei, Trump, Bukele)– y, como parte de ello, usa, como adjetivos peyorativos, conceptos psicológicos (narcisista, megalómano, etc.), pero nunca pasa del registro de los síntomas. En su análisis de la crisis de la democracia liberal no hay nada de la abundantísima literatura politológica contemporánea sobre el tema. Tampoco hay ninguna reflexión en términos de economía política sobre sus orígenes. Y esto no es casual. Intelectuales tan disímiles políticamente como Francis Fukuyama y Wendy Brown han señalado cómo la crisis del liberalismo remite a los efectos anómicos de la racionalidad neoliberal, a la financiarización de la economía, al control de las comunicaciones en manos de grandes corporaciones o a las grandes desigualdades en los niveles nacional e internacional. Granés, al respecto, no pasa de rápidas insinuaciones. Y el motivo es claro: si la “modernidad liberal” es el punto de llegada de la “civilización occidental”, ella no puede ser el origen de los males que critica.

Describir la crisis sin explicarla
Granés habla mucho de la “ciencia” y la “razón”, pero sus análisis históricos no solo carecen de un método reconocible –¿y no es la idea de método un elemento central de la ciencia moderna?– sino que, en lugar de evaluar, por ejemplo, cómo las políticas públicas concretas se desenvolvieron en contextos institucionales específicos, con resultados ambivalentes, pasa rápidamente a la adjetivación y a la denuncia de su carácter “fantasioso”. El tono general de “El rugido de nuestro tiempo” es panfletario. En vez de analizar actores, procesos políticos, juegos de fuerzas y marcos institucionales, el texto contrapone, en clave centrista y dogmática, siempre a partir de rígidas dicotomías, a los “caudillos” arbitrarios contra unas deshistorizadas, abstractas y desconflictualizadas “instituciones”. Petro, el narcisista delirante, contra un Congreso sacrosanto salido del artículo 114 de la Constitución, por ejemplo. Y no se trata acá de violentar la libertad creativa del ensayista. Bien podría Granés integrar la literatura científico-social, del todo afín al problema que aborda, en su mirada personal, pero él prefiere, eso sí en buena prosa, compartirnos sin muchas mediaciones sus preferencias ideológicas. Se habla mucho de la “realidad”, pero se hace poco esfuerzo por apresarla en su complejidad más allá de tópicos y cantinelas. Si, volviendo a Hegel, en su caso la discriminación entre qué es la realidad efectiva y qué es lo históricamente arbitrario e ilusorio se basaba en una sofisticada ontología, aquí, de un modo muy cándido, se identifica la “realidad” con las “cifras” y se asume, como un acto de fe cientificista, que los tecnócratas sí saben qué es lo real. Ellos y Granés lo saben y, por tanto, pueden denunciar a los soñadores.
Lo importante no es revisar, con detalle y matices, qué resultados arrojaron aquí y allí los intentos de reforma, sino designarlos, de un plumazo, una forma crónicamente fallida de “estetización” de la política. Aunque Granés ha integrado aquí a la extrema derecha, a partir del surgimiento de la alt-right en Estados Unidos, su destinatario inicial, de la mano de Vargas Llosa, es la izquierda revolucionaria. Lo importante, siempre con una crónica desconfianza frente a la acción colectiva y a lo popular, en nombre del “individualismo”, es denunciar la desviación del status quo liberal. Al arte también le corresponde aquí una tarea: servir como espacio para el desfogue y la simbolización de lo irracional en medio de la racionalización tecnoeconómica. El arte, como heredero del romanticismo, acoge lo “oscuro”, lo ambivalente, lo “vital”, de modo que el individuo pueda compensar emocionalmente los costos de una vida guiada por la competencia, el esfuerzo, la técnica y la profesionalización. El arte, por tanto, “no incita a la acción”, pues su lugar es el de un placer desinteresado, al margen de la voluntad, y libre de todo lo colectivo. En consecuencia, no reconfigura el sentido de la “realidad” –de ellas solo saben los tecnócratas– ni tampoco genera sensibilidades compartidas que transformen la forma de vivir en común, los modos de interactuar y permeen el debate público. No, nada de esto. Artistas como Doris Salcedo son indeseables. El lugar del arte es el goce privado y catártico de la dimensión irracional de la experiencia humana. El reto, en el presente, es devolverlo a su función “natural”.
“El Rugido de nuestro tiempo” es un manifiesto conservador y, en parte, un libro cínico. Justo cuando las élites liberales de Estados Unidos (Biden, Harris, los Clinton) y Europa (Ursula von der Leyen, Starmer, Merz, etc.) muestran pornográficamente su apoyo a un genocidio y a un proyecto colonial; justo cuando las élites del capitalismo global se muestran, en ese mismo contexto, más despiadadas y omnívoras, justo ahí sale un texto a exaltar las maravillas de la “civilización occidental”, el capitalismo y el universalismo abstracto, y a denunciar, como una forma de apoyo al terrorismo, las críticas, en las universidades europeas y americanas, a la salvaje reacción israelí a los ataques del 7 de octubre. Tal como si la crisis del orden internacional liberal se debiese a factores exógenos –al “expansionismo ruso”, por ejemplo– y no a nada recientes contradicciones internas. Muy a su estilo, Granés simplifica, establece otra dicotomía fuertemente adjetivada (modernos vs. tradicionalistas) y omite cualquier reflexión sistemática sobre las causas de la crisis. Una vez más, pasa por alto la complicidad del liberalismo en su surgimiento, pues reconocerla implicaría reconocer, también, cómo es una de sus causas primordiales, y no la salida y la solución. Pero su liberalismo acrítico, su modernidad sin emancipación y su apenas camuflado eurocentrismo le cierran ese camino.
Al modo de los hegelianos de derecha, pero con una pizca incluida de espíritu crítico, Granés es, ante todo, un apologeta de una época. De una época que se deshace, sin embargo. De ahí también, más allá de sus méritos personales, de su trayectoria académica y de la elegancia de su prosa, su omnipresencia en los medios de comunicación, su lista larga de reconocimientos y su posicionamiento en instituciones culturales. La desfalleciente hegemonía liberal necesita sus ideólogos. De ahí también, sin embargo, el fracaso de su proyecto intelectual: lo suyo no es, en realidad, captar el Zeitgeist desde una posición desinteresada, sino militar, con una retórica sobria para que todo vuelva a ser como tiene que ser y se consume, lejos de ridículos utopismos y en medio de un arte despolitizado, el triunfo del liberalismo político y económico. Pero esto es, justamente, lo que está en vilo, y no lo que puede contar como certeza. El dogmatismo y el subjetivismo, diría Hegel, nunca son aliados de la razón.
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Acerca del autor
Carlos Ramirez
Politólogo y filósofo de la Universidad de los Andes y doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg. Es profesor asociado del Departamento de Ciencia Política y Estudios Globales de la Universidad de los Andes. Sus intereses giran en torno a la teoría política y social, la militancia política, la relación entre religión y política y los métodos de investigación cualitativos.
3 comentarios





Supongo que las salvajes matanzas y secuestros de octubre 7 fueron un paseo en el parque. Jewish Lives [also] Matter.
Hamas realizó una acción sumamente violenta, masiva y dirigida contra civiles. Tan violenta, masiva y dirigida contra civiles como la conducta regular del Estado de Israel contra el pueblo palestino. Frente a esa violencia, justamente, consumada con el genocidio de alrededor de 70mil palestinos y todos los crímenes de guerra asociados, protestaron miles de personas, particularmente estudiantes universitarios, a nivel global, Confundir antisemitismo y antisionismo es una desgastada estrategia propagandística – promovida y financiada por el Estado de Israel – en la cual ya nadie razonable cree.
Muy conveniente Anónimo: Parece que recordar los muertos y secuestrados del 7 de octubre de 2023 es un delito de lesa humanidad. Es tal la lluvia de comentarios en Colombia en los que predominan el antisemitismo y la idea de la conspiración mundial («Los protocolos de los sabios de Sión») que han agregado un odio más a «la combinación de todas las formas del odio» en el país. Para la muestra dos botones: 1. La «disertación» de Petro en la Feria del Libro de Caracas en la que sentenció que el capital israelí es dueño de la banca norteamericana (remember Hitler?) y su acusación de que los israelíes manejan la prostitución en Bogotá (¡!). No en vano la profesora Deborah Lipstadt, embajadora de Biden contra el antisemitismo, acusó a Petro de antisemitismo; la respuesta de Petro fue burlarse del apellido de la prestigiosa historiadora, ¿le pareció muy alemán o muy judío? 2. Los artículos de «investigación» y las columnas de la revista RAYA, valientes guerreros (supongo) que combaten a los judíos que se quieren tomar el mundo y «destapan» conspiraciones a diestra y siniestra y se creen el venerable programa «60 Minutes» en sus diatribas en la televisión oficial.
En la historia de Colombia el antisemitismo del siglo XX provenía de las elites: órdenes oficiales, hasta presidenciales, de prohibir la entrada de judíos europeos durante los horribles años 30 y 40; temores de las élites en que protestantes y judíos «contaminasen» la pureza y jerarquías de la República del Sagrado Corazón de Jesús y prevenciones por la eventual competencia que pudieran presentarles en una república de oligopolios y clanes.
Lo peor -y más triste- es que la paranoia del siglo 21 es difundida por sectores y personajes de la izquierda: desde la omnipresente bronca del Führer nacionalista-socialista hasta la la gritadera de un senador del Valle quien no tolera empresarios extranjeros en el país. Irónicamente la renovada defensa del Sagrado Corazón de Jesús ya no viene de la derecha sino de la siniestra.
Cordial saludo.