Del capital humano al capital geopolítico: por qué la inteligencia cultural define el éxito global
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Del capital humano al capital geopolítico: por qué la inteligencia cultural define el éxito global

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Se ha demostrado que la inteligencia cultural es tan o más importante que el coeficiente intelectual y la inteligencia emocional juntos.

Durante mucho tiempo nos han enseñado que el éxito se da por el conocimiento, la cantidad de títulos y la experiencia que redunda en productividad. Sin embargo, el contexto de los diez últimos años, con eventos como el covid-19, la guerra comercial China-Estados Unidos, la orientación a la sostenibilidad, la explosión de la IA, entre otros, ha hecho que, en términos de fragilidad, ansiedad, no linealidad e incomprensión, nos hagan cuestionar si aquello de lo que Gary Becker, nobel de Economía, proponía como capital humano, se tenga que repensar. En efecto, bajo las actuales circunstancias el valor económico representado en el conocimiento y las habilidades técnicas se deprecia rápidamente, más si permanecen anclados en una visión estática y geográficamente centrada en lo local. 

Usando un iceberg como metáfora, lo que sobresale son las habilidades técnicas promovidas en el capital humano. Pero para navegar en un mundo como el actual, se debe ver por debajo del agua, revisando habilidades blandas, soft-skills, orientadas a las interpersonales y emocionales, que recientemente se han reinterpretado para llamarlas power-skills que refuerza un enfoque integral que combina la mente, las emociones y las acciones. Acá lo que se pondera es la comunicación no-verbal, el pensamiento crítico, las normas culturales, los valores y crecientemente la competencia intercultural. En esas aguas todavía hay mucho que descubrir y el peligro está en no saber navegarlas.

La inteligencia cultural como nueva divisa 

Es precisamente haciendo énfasis en la competencia intercultural en que el saber cómo (know-how) del capital humano trasciende fronteras y debe proyectarse al capital geopolítico del saber dónde y el saber a quién (know-where & know-whom), aquel que entiende que las fronteras son políticas, pero que para alcanzar el éxito internacional se debe pensar en redes fluidas conectadas a nodos, Parag Khanna lo llama “conectografía”. De esta forma, el valor de un profesional o de una organización se medirá por la habilidad para conectarse entre puntos más allá de sus fronteras físicas, influir en el sistema global movilizando su stock de personas internacionalizadas, sus redes transnacionales y su inteligencia. Pero no cualquier inteligencia, la de mayor interés para este caso es la inteligencia cultural, aquella que permite a los individuos funcionar efectivamente en culturas nacionales, étnicas y organizacionales diversas. David Livermore y otros autores han mostrado que la inteligencia cultural es tan o más importante que el coeficiente intelectual y la inteligencia emocional juntos.

El problema para personas, organizaciones y países que creen estar internacionalizados es que solo lo miden por datos duros (intercambio comercial, migrantes, etc.) y no por la sostenibilidad de las relaciones (más compleja de medir). Puede decirse que los conflictos suscitados entre diferentes grupos de interés se dan por la falta de inteligencia cultural. Un embajador que no conoce siquiera el idioma de país al que está siendo comisionado o un empresario que no entiende el significado de llegar a tiempo o entregar, por ejemplo, una tarjeta a dos manos en otro país, está condenando las relaciones a futuro a un fracaso casi seguro e hipotecando la credibilidad de un país o una organización para futuros encuentros.

Para entender el estado en que una organización o incluso un país está respecto a su capital geopolítico, es menester medirse. Por ejemplo, se puede medir el número de líderes con experiencia mayor a dos años, esto no es conforme al número de sellos en el pasaporte por viaje de turismo, sino aquellos con un conocimiento experiencial en terreno que pueda al menos garantizar lo vivencial y, sobre todo, el desarrollo de la inteligencia cultural. Asimismo, ya existen índices en los cuales puede haber una base empírica que respalde el capital geopolítico. El Insead elabora anualmente el índice de competitividad de talento global que con diferentes factores permite comparar países bajo indicadores estandarizados. También se puede hacer uso del número de acuerdos y convenios como parámetro de lo recorrido. Por supuesto, puede haber un número grande de acuerdos firmados, aunque los que estén en ejecución son los que deben importar. Finalmente, un recurso que muchas veces se olvida medir es el de la diáspora. Todos esos nacionales que por diferentes razones han emigrado se pueden convertir en embajadores, informales primero, y formales después, para nuestro país u organización. El contexto de la fuga de cerebros (brain drain) debe repensarse como circulación de cerebros (brain circulation), como lo ha denominado AnnaLee Saxenian, quien explica en esa diáspora un potencial de valor económico en países que reconocen el capital geopolítico como fuente de crecimiento económico, por ejemplo con las remesas que llegan efectivamente, pero también por lo social en las interacciones que se puedan derivar. Singapur, Israel, India y la misma China son ejemplos claros del uso de la diáspora para su beneficio; no son solo los ciudadanos que regresan, sino los que permanecen en los países anfitriones los que con sus saberes trascienden el capital humano para efectivamente convertirlo en capital geopolítico.

Hoja de ruta para transformar la diáspora en capital geopolítico

Pensando en la hoja de ruta para desarrollar el capital geopolítico, se sugiere como primera etapa la medición antes mencionada que sirva de diagnóstico. Luego, comenzar una segunda etapa para diseñar estrategias de movilidad en doble vía, que fortalezcan el capital geopolítico. En el desarrollo de este proceso se debe continuar en la tercera etapa con la alfabetización en inteligencia cultural propiciando un círculo virtuoso. El camino se refuerza en la cuarta etapa con la activación de redes de la diáspora como elemento estratégico. Finalmente, la hoja de ruta se reinicia con la medición esta vez del retorno geopolítico con indicadores de impacto más allá de lo económico y reconociendo factores intangibles como claves de la medición.

La pregunta final de políticas o estrategias de desarrollo del capital geopolítico recae si en los países, organizaciones y personas están conscientes de estos cambios para fomentar el desarrollo de competencias interculturales o si se continuará teniendo una actitud parroquial más cerrada al mundo (creyendo estar abierto) o, en el peor de los casos, continuar siendo el patio trasero de alguna superpotencia.

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Acerca del autor

Jahir Lombana
jahirlombana@razonpublica.org | + posts

*Ph.D. Profesor asociado en competitividad y negocios internacionales de la Universidad del Norte

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