Elecciones presidenciales en Colombia: lo que está en juego
Foto: Fotografía oficial de la Presidencia de Colombia

Elecciones presidenciales en Colombia: lo que está en juego

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Cómo se resuelve la contradicción entre la política entendida como la forma de solucionar conflictos a través de mecanismos democráticos, y la política como un juego de intereses personales o de grupo.

Por estos días en que la campaña presidencial se acerca a una fecha definitiva, se hace más intensa la aparente contradicción que existe entre la política entendida como la forma en que las sociedades resuelven sus conflictos a través de mecanismos que se consideran democráticos —el debate. la discusión y la elección por parte de la ciudadanía—, todo lo cual se entiende enmarcado en unos principios de libertad, justicia y de reconocimiento y protección de derechos, y la política como un juego, no siempre limpio y pocas veces transparente, de intereses personales o de grupo. En esta última expresión es donde se fabrica una imagen que apela a las emociones tratando de generar una especie de identificación, muy poco racional, entre el candidato o candidata y sus electores, todo lo cual ayudado por la industria de los asesores de imagen; la caja de resonancia de los medios de comunicación, y cada vez con mayor intensidad el uso de las redes sociales, la inteligencia artificial con su comprobada capacidad de crear realidades paralelas, y la presencia cada vez más notoria de las y los influenciadores que ahora ocupan un espacio central en los ámbitos de representación como lo es el recientemente elegido Congreso de la República.

El argumento central de esta nota es, siguiendo el trabajo del profesor Andrew Dunsire, que esta aparente contradicción no se resuelve simplemente contraponiendo los nobles ideales de la política con las ruines prácticas de la politiquería, de las cuales nos dan cuenta a toda hora noticieros y opinadores. La solución apunta en una dirección más promisoria y de hondas implicaciones para las decisiones que habremos de tomar los colombianos en el transcurso de las próximas semanas: la política es un proceso que tiene lugar en distintos niveles de la vida social, enmarcado en los ritos y alimentado por los mitos propios de los distintos escenarios en que ella tiene lugar y, algo muy importante, con procesos que ocurren en dimensiones de tiempo también distintas.

La fabricación de la imagen política

Por estos días predomina ese nivel de la política que gira alrededor de las propuestas que presentan los candidatos al electorado, enmarcadas en los programas de los partidos y movimientos que los respaldan y que buscan reflejar las creencias y promover los intereses de los sectores sociales que los respaldan. Este nivel se caracteriza por una gran volatilidad que se refleja en cambios de tendencias, favoritismos y apoyos que varían día tras día. En todo caso, la vocería de esas creencias e intereses, que siempre se formulan como los de la totalidad o la inmensa mayoría de los colombianos, se encarna en una figura cuya personalidad —real, acentuada, moderada o simplemente fabricada— busca ser la encarnación misma de tales creencias e intereses, o al menos de aquellos que resulta posible y conveniente declarar. 

Las personalidades en juego, encarnadas en los candidatos y candidatas, suelen situarse a lo largo de un continuo que va desde la defensa acérrima, y en ocasiones violenta, de un estado de cosas que se considera encarna y protege los grandes valores de la nación, orden que se considera amenazado siempre por reformistas y revolucionarios que buscan romper un orden que juzgan injusto o inapropiado. Los valores en juego tienen que ver, entre otros aspectos, con las fuentes de autoridad que se consideran legítimas y con el respeto hacia la misma; con la noción que se tenga sobre quiénes y en qué ámbitos tienen derecho a participar e incidir en las decisiones colectivas; con la conformación y los derechos de la o las familias, las garantías y límites al derecho de propiedad, y el reconocimiento de distintas expresiones culturales, algunas que podríamos entender como dominantes y otras que por razones históricas han estado sometidas al desconocimiento o la exclusión. 

Valores culturales y conflicto social

Al otro extremo del polo conservador se sitúan aquellas propuestas que plantean transformar las creencias dominantes, abriendo espacio a los grupos de población que por sus condiciones étnicas, de género, de origen y situación social, de orientación sexual u otros aspectos de la cada vez más acentuada y beligerante noción de la identidad, pueden considerarse en una situación de desventaja frente a los sectores del establecimiento a cuyos intereses, protegidos por las instituciones vigentes, se contraponen los intereses de las clases, comunidades, grupos o sectores excluidos. 

Como es apenas natural, algunas propuestas políticas plantean la necesidad de ocupar un espacio medio, moderado, en medio de esta contraposición entre cambio y continuidad. Podríamos aquí señalar que mientras más profundas sean las grietas que separan a distintos sectores de la sociedad en términos de situación social y económica, de origen regional, identidad étnica, de género y de los valores culturales con los cuales se genera identidad, más contrapuestos estarán los intereses y más agudos y difíciles de resolver serán los conflictos que existen en toda sociedad. También cabe señalar que cuando menos adecuados resultan los marcos institucionales, las formas que asumen los estados con sus modelos de representación y participación, cuando menos amplios y flexibles para reconocer y acomodar los intereses en conflicto, más proclive al uso de la violencia será una sociedad.

Los valores culturales y las instituciones que los protegen y promueven suelen tener un cierto grado de estabilidad, y sus transformaciones suelen tomar décadas y en algunos casos siglos. En razón de los largos siglos de experiencia colonial como parte del imperio español en la América Latina, nuestras raíces  sociales se forjaron con unos elementos que aún perduran a pesar de las profundas transformaciones que ha tenido el país en las décadas recientes: la noción de una autoridad que surge de la posición que se ocupaba en una sociedad marcada por grandes desigualdades entre los colonizadores y sus herederos criollos, y las comunidades indígenas colonizadas y los grupos humanos esclavizados. La desigualdad social, con su base económica centrada en la propiedad de la tierra, adquirió así un tinte étnico y una presencia regional que puede identificarse claramente en la política de nuestro país y de otros de la región. Otro tanto puede decirse en relación con la posición que dentro de dicha estructura social se asignaba a hombres y mujeres, con sus distintos roles, recursos y fuentes de poder. Los valores católicos, con su orden moral, definieron por siglos los comportamientos aceptados tanto en el espacio privado como en el público, incluidos aspectos que hoy están en permanente discusión como los de la identidad de género, las identidades sexuales y su diversidad, y los derechos en lo atinente al comportamiento sexual, la maternidad, las formas de expresión y relacionamiento, y hasta el vestido como elemento simbólico. Basta mirar con atención a los candidatos y candidatas presidenciales y sus fórmulas a la Vicepresidencia para reconocer la manera como dichos valores culturales se expresan y contraponen, apelando a los anhelos de cambio que alientan el quehacer político de ciertos sectores sociales, o a los temores que dicho cambio genera en otras capas de la sociedad.

Foto: Fotografía oficial de la Presidencia de Colombia

Instituciones frente a una sociedad en cambio

La política en Colombia, por largas décadas ha estado enmarcada en el quehacer de unos partidos tradicionales que en su propia denominación reflejaban su postura en ese continuo de tradición y cambio, conservadurismo —tradición, familia y propiedad privada—, a la cual se contraponía la idea de liberalización con sus promesas de igualdad social, derechos de la mujer, ampliación de las esferas de participación política y reconocimiento del carácter laico del Estado. La marcada crisis de los partidos tradicionales, Liberal y Conservador, disgregados en un amplio espectro de denominaciones cuya identidad y propósito resulta cada vez más difícil identificar, es el resultado y la expresión clara de que los valores e intereses que tales partidos pretendían representar y defender no se avienen con las profundas transformaciones que ha vivido el país en los campos de la cultura a los cuales se ha hecho tangencial referencia, como tampoco de los conflictos a que da lugar la rápida transformación de la economía, marcada por los profundos cambios tecnológicos que han tenido lugar en las décadas recientes.

Los resultados de las próximas elecciones serán el producto de los tratos y negociaciones muchas veces alcanzados en recintos oscuros a los cuales no tenemos acceso la mayoría de los ciudadanos y que conforman ese entramado omnipresente del clientelismo; de la capacidad de partidos y movimientos de articular intereses de distintos sectores sociales y de traducir creencias y valores en votos; de las tensiones que generan los cambios culturales profundos que ponen en cuestión valores dominantes asociados al clasismo, el racismo o el machismo y su correlato, la homofobia, que constituyen elementos arraigados de nuestra cultura; de la irrupción de nuevas identidades en materia de género u orientación sexual, y de los intereses en conflicto que surgen de los modelos económicos en rápido proceso de transformación, impulsados por procesos de escala planetaria como lo son el cambio climático y la inteligencia artificial y la robótica, y el desmoronamiento de un orden internacional surgido de las cenizas de la guerra mundial, para mencionar sólo algunos de los problemas que enfrenta la sociedad actual.

La invitación es, entonces, amigo/a lector/a, a ubicarse en el continuo que va desde el mantenimiento del estado de cosas a la rápida y profunda transformación del orden social, económico, político y cultural, tratando de comprender los propios intereses y valores, tratando de identificar en los programas de partidos y candidatos aquellas  propuestas que mejor reflejan dichos valores e intereses para, yendo más allá de las imágenes que proyectan asesores, medios y redes, apoyar al candidato o candidata que mejor encarna y garantiza el modelo de sociedad que a cada uno y cada una resulta deseable. Dicho modelo podrá existir y prosperar en medio de las instituciones y de la forma de Estado actualmente existente, o demandará cambios profundos en la concepción de la autoridad, sus fuentes y límites, en las nociones de representación y participación, y en la mayor o menor flexibilidad para tramitar y resolver los retos que plantea una sociedad con los niveles de desigualdad, exclusión, corrupción y violencia que prevalecen en nuestro país. Qué tipo de educación, para quién y para qué; qué tipo de economía, basada en qué sectores y cuyos resultados se distribuyen sobre qué base; qué regiones se benefician de los procesos económicos y cómo se compensan las desigualdades que ellos por naturaleza generan; cómo reducir los niveles de una violencia que se transforma en su naturaleza, pero que se mantiene en su capacidad destructiva. He aquí algunas de las preguntas a cuya respuesta se encaminan las propuestas electorales en juego. Ojalá que acertemos todos y todas en nuestra decisión.

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Acerca del autor

Fernando Medina
FerMedina@razonpublica.org | + posts

* Abogado de la Universidad Nacional, especialista en Derecho
Administrativo de la Universidad del Rosario, magister en Problemas
del Desarrollo Económico y Social, y Ph.D. en Ciencia Política de la
Universidad de York de Inglaterra.

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Fernando Medina

* Abogado de la Universidad Nacional, especialista en Derecho Administrativo de la Universidad del Rosario, magister en Problemas del Desarrollo Económico y Social, y Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de York de Inglaterra.

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