Valenciano o la obsesión por las cabezas de la mafia - Razón Pública
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Valenciano o la obsesión por las cabezas de la mafia

Escrito por Juan Diego Jaramillo
Juan Diego Jaramillo

Juan Diego JaramilloLukas JaramilloCrónica salpicada de reflexiones agudas e interesantes sobre el itinerario criminal que llevó a “Valenciano” a ser capturado en Venezuela. Líder tenebroso de la Oficina de Envigado, capo innovador, pero contrincante desafortunado. La caza de cabecillas mafiosos con ribetes espectaculares ha hecho perder credibilidad a la Policía. Todo parece un show montado que se repite hasta la saciedad.

Juan Diego Jaramillo*  – Lukas Jaramillo-Escobar**

Crónica de un fracaso

Tras la captura de Valenciano — una de las dos cabezas responsables por un muy violento periodo en Medellín — nos preguntamos por el futuro de emblemas tenebrosos como la Oficina de Envigado. Por sí sola, esta captura no tiene mayor trascendencia, aunque sí deberíamos revisar nuestra obsesión colectiva por cazar cabecillas sin adoptar medidas integrales que socaven el terreno sobre el cual reposan los fenómenos que nos aquejan.

En 1985, en medio de una balacera, cayó asesinado al noroccidente de Medellín el padre de Maximiliano Bonilla, conocido más tarde por el alias de “Valenciano”, uno de los cabecillas de la Oficina de Envigado.

Maximiliano o “Max” como le decían para la época, se convirtió en la mano derecha de Diego Murillo Bejarano, alias “Don Berna”, quien para la época trabajaba para los hermanos Galeano (socios de Pablo Escobar), en la temida banda la Terraza de Manrique.

De ahí en adelante, la historia de “Valenciano” no sería más que un correlato de la historia criminal de “Don Berna”. Las acciones sicariales de la Terraza por toda la ciudad y el asesinato por parte de Pablo Escobar de los hermanos Galeano. “Don Berna” se salva, surgen los PEPES (Perseguidos por Pablo Escobar) aliados con los hermanos Castaño. “Valenciano” y “Don Berna” compartieron la guerra contra la que antes fuera su banda, la Terraza, y el inicio del camino a la desmovilización.

Sin embargo, justo en ese momento los caminos se separarían. Para el año 2003, “Don Berna” lideraba el Bloque Cacique Nutibara con algo más de 4.000 hombres armados en Medellín, quienes entregarían sus armas al gobierno nacional junto con su jefe.

Por el contrario, alias “Valenciano” nunca se desmovilizó y ese mismo año inició contactos en la Costa Atlántica y en el Urabá antioqueño, con el objetivo claro de tener el control sobre sus propias rutas para el tráfico de drogas.

En Medellín no tenía todo asegurado, pues varios hombres de Don Berna que figuraban por debajo de la jerarquía criminal cuando éste se desmovilizó, también querían un lugar en las ganancias del narcotráfico. Algunos de estos han sido “Yiyo”, “Douglas”, “Rogelio”, “Danielito”, “Kener”, “Nito”, entre otros.

A diferencia de “Valenciano”, todos estos enfocaban sus operaciones en Medellín y en el área cercana, de tal suerte que mientras esta estructura criminal se reacomodaba en la ciudad tras la desmovilización, “Valenciano” ganaba más fuerza aprovechando dos coyunturas que le darían pleno control de las rutas de la región Urabá y la Costa Atlántica: primero, la desmovilización de alias Jorge 40 y Hernán Giraldo y, segundo, la captura de “Don Mario”.

Estrategias divergentes

Para el 2008, después de trasegar por varias cárceles del país, “Don Berna” fue extraditado junto con otros 17 jefes paramilitares más, circunstancia que llevó a que muchos traicionaran a quien también se conocía como el “Viejo”, el mayor capo de estas redes con estructuras simbólicas de familia.

Los reacomodos ya habían empezado de forma violenta, pero tras la extradición de “Don Berna, se empezaron a dibujar dos bandos enemigos, dispuestos a todo y a compartir poco de las rentas o del poder criminal en la ciudad.

Una historia que no se ha contado sobre Medellín es cómo se produjo una cierta rebelión del joven criminal de barrio, que logró alguna autonomía penetrando en más fases del negocio y creando una estructura financiera autosostenible, que le permitía resistir en un territorio contra otra red mayor.

Los criminales que seguían en la jerarquía tras “Don Berna” fueron asesinados o capturados. El derecho de sucesión se perdió, a la par que los nuevos jefes de las oficinas de cobro perdieron la conexión con el barrio donde habían crecido y podían reacomodar sus muy violentas pandillas.

No es nada nuevo que del barrio surjan jóvenes extremadamente violentos, que empiezan a ascender movidas por la ambición de controlar una porción del mercado de las drogas. Era la consecuencia natural del fin de la primera generación de narcotraficantes y la forma que adoptó el relevo generacional en medio de la ruptura.

En este nuevo escenario, se formaron varios bandos en Medellín. No se puede hablar de sólo dos facciones, aunque sin duda sí fueron dos las que concentraron rentas y violencia. La confrontación entre las dos facciones se intensificó en el 2009, con reflejos claros en la cifra de homicidio. Al final quedaron solo dos cabezas visibles, que los medios y el Estado se encargaron de reforzar: “Sebas” y “Valenciano”.

Una revisión de prensa de la época podría mostrar cómo Valenciano” “empezó a contratar bandas para disputarse el control del negocio, pero al parecer perdió algunos contactos claves en la ciudad y le apostó a otra expansión: abrió una ruta nacional e internacional y logró consolidar una alianza con el Chapo Guzmán en Méjico.

La estrategia de “Valenciano” — por necesidad y por economía — consistió en arraigarse menos en Medellín y utilizar un esquema mercenario, que le restó apoyo y fidelidades comunitarias, aunque en un principio parecía contar con más recursos. Esto condujo a un punto de inflexión en esta guerra urbana: los hombres de valenciano se hicieron más violentos y menos dispuestos a negociar. Todo indica que “Sebas” logró crear una red menos extendida, pero mucho más densa en el Valle de Aburrá.

La descomposición de esta ya descompuesta pelea, permite explorar los terrenos emocionales de la competencia en el narcotráfico. Hubo hasta mejores amigos y ex esposas muertos, que por aquellos menesteres del cuidado del honor y la autoridad dentro de sus redes respectivas, hizo que la confrontación entre “Sebas” y “Valenciano” ya no tuviera marcha atrás ni salida “negociada”.

Inclusive, se rumora que uno de los factores de descomposición fue utilizar la justicia y hasta los medios de comunicación en contra del enemigo y, entonces, la inestabilidad se hizo extrema, dado que cada uno conocía tantos secretos del otro.

Se viene diciendo desde hace más de un año en Medellín que “Valenciano” estaba perdiendo la guerra y desde hace seis meses que efectivamente la perdió. Una mirada un tanto plana del cuadro estratégico de estos competidores hubiera señalado que “Valenciano”, oriundo del Meta, llegó a perder el arraigo en Medellín y que despachaba desde una hacienda en la Costa Atlántica, cerrando rutas y casi asfixiando a sus enemigos en la ciudad.

Esta perspectiva subestima formas diferentes de impactar el tráfico hacia otros países y, en especial, las rentas mafiosas, distintas del narcotráfico, generadas en Medellín, que rápidamente pusieron a la otra facción al mismo nivel de poder relativo de “Valenciano”.

Más redes tupidas que figuras visibles

El fenómeno del narcotráfico está construido — como explica Isaac Beltrán — más por densas y cambiantes redes, que por estructuras grandes y rígidas. Estos personajes apenas son nodos y voceros de tales redes.

La captura de “Valenciano” en Venezuela parece fortalecer en realidad a la Oficina de Envigado, que no es menos débil por tener menos cabezas. Es importante resaltar cómo los capturados — como sucede en el caso de “Valenciano” — ya no eran tan relevantes en el mundo del narcotráfico.

Hoy tardíamente capturado “Valenciano” de 39 años, vale la pena recordar que Maximiliano conoció a Don Berna a los 13 años y que alcanza el liderazgo de una red cuando tenía 31 años. Si hacemos el paralelo, “Don Berna” fue gran jefe entre el 2001 y el 2003, pero su poder no disminuiría con la desmovilización y se mantendría hasta su extradición debido a los pocos controles, primero, y la corrupción del sistema carcelario, después.

Sólo pretendemos acá hablar de seguridad y no de justicia, aunque como lo plantea desde hace unos años Juan Sebastián Betancourt, la justicia colombiana es un producto roto: capturas sin judicialización, judicialización sin capturas, medidas de aseguramiento sin condenas y, lo más útil para este análisis, condenas sin aislamiento de las actividades delincuenciales.

No invitamos a extremar las medidas, ni a desplegar escuadrones que disparen primero y luego pregunten, ni a reabrir el debate cerrado sobre la pena de muerte. Más bien, es una invitación a despersonalizar los fenómenos mafiosos, sin que la justicia se haga laxa.

El baile de las capturas

La Policía se mueve en un baile con la opinión cada vez más improductivo, para lo que se han prestado los medios de comunicación: primero, creamos el enemigo público, el eje del mal y la cabeza de las más temibles organizaciones; luego, lo capturamos, y a los quince días, como nada ha cambiado mucho en cuanto a indicadores de seguridad y el impacto de esa captura se desdibuja en la sociedad civil, buscamos el siguiente objetivo, pues con seguridad estas organizaciones se renuevan y en ellas operan esquemas efectivos de ascenso y de relevos.

Las rituales celebraciones mediáticas pueden reflejar una cierta realidad si los golpes a los monopolios mafiosos redundan en una disminución de la cifra de homicidios. Compramos una aparente tranquilidad, sabiendo que las redes se fortalecerán más para desafiar a la institucionalidad y para someter a la sociedad civil cuando las circunstancias en el interior del negocio así lo requieran y sus relaciones políticas hayan cambiado.

Nuestros ajedrecistas de la seguridad urbana olvidan que la partida no termina cuando se derrocan los reyezuelos. Aunque la justicia debe funcionar y capturar a estos criminales de carreras cortas, se requiere en paralelo mucho más para construir una sociedad menos mafiosa: mejorar la cotidianidad del Estado a nivel barrial, inducir la catarsis cultural, bloquear el lavado de activos en el actual sistema financiero, frenar la corrupción, estimular la censura moral contra todo empresario de la violencia, mejorar el sistema carcelario y habilitar los espacios de socialización de los adolescentes…Un vasto programa.
 

* Economista, actualmente cursando la maestría en estudios culturales, investigador en observatorios de violencia, con interés investigativo en redes de arte urbanas, violencia y economía del crimen, actualmente es subdirector de www.casadelasestrategias.com.

**Politólogo y especialista en Resolución de Conflictos de la Universidad de Los Andes. Autor del libro Cultura Política en Tiempos Paramilitares. Investigador del Grupo Método y GESCCO, actualmente es Director de www.casadelasestrategias.com. 

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