
¿A qué serán leales las mujeres precandidatas a la presidencia?
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En Colombia está ocurriendo algo extraordinario: catorce mujeres se han inscrito como candidatas a la presidencia de la República. Este dato, que a simple vista puede pasar desapercibido en medio de la avalancha de noticias políticas, merece ser observado con detenimiento. No he encontrado registros de otro país en la región —ni en el mundo— que, en una sola elección presidencial, presente un número tan alto de mujeres postulándose al máximo cargo.
El solo hecho ya es histórico. Colombia, un país marcado por décadas de conflicto armado, desigualdades profundas y una cultura política fuertemente masculina, pone sobre la mesa la posibilidad de un giro simbólico y real: que las mujeres no solo participen, sino que disputen con fuerza la conducción del Estado.
Más allá de las causas y razones que explican este fenómeno, las mismas son múltiples y seguramente se entrelazan: la paridad como bandera de movimientos sociales, el cansancio con la política tradicional, la visibilidad creciente de liderazgos femeninos en la región. Sin embargo, detenernos a enumerarlas correría el riesgo de diluir lo esencial: qué significa que tantas mujeres decidan hoy presentarse a la presidencia y qué puede implicar para el futuro político de Colombia, Latinoamérica y el mundo.
Porque la verdadera pregunta no es solo cómo llegaron hasta aquí, sino qué representan. ¿A qué le serán leales estas candidatas? ¿Qué alianzas estarán dispuestas a tejer y cuáles se animarán a romper? ¿Qué posibilidades se abren al desafiar el statu quo?
Conviene detenerse en una distinción fundamental. Hay 14 mujeres. Hay una importante presencia de lo femenino. Lo femenino va más allá del género. Femenino no es lo mismo que mujer. Lo femenino es una cualidad, una energía que, aunque suele expresarse con más fuerza en las mujeres, también está presente en los hombres. Se asocia con la capacidad de cuidar, de escuchar, de cooperar, de poner en el centro la vida y no solo el poder.
Del mismo modo, lo masculino tampoco es exclusivo de los hombres. Es la energía de la firmeza, la dirección, la acción inmediata. Ambas son necesarias. Pero en sociedades atravesadas por la violencia, la polarización y la desconfianza, lo que parece más urgente es la capacidad de integrar: sumar sensibilidad a la razón, ternura a la justicia, compasión a la seguridad.
Por eso, la presencia de estas catorce mujeres candidatas abre la posibilidad de preguntarnos qué pasaría si el ejercicio del poder se organizara también contemplando todo lo que el femenino puede aportar.
Ahora bien, aunque el número de candidatas es inédito, hay algo que no cambia: los partidos políticos siguen mostrando resistencias para respaldar a las mujeres en las más altas aspiraciones y esto se combina con un mismo techo de cristal para 14 mujeres.
En la izquierda, por ejemplo, seis de las candidatas enfrentan el hecho de que el propio liderazgo partidario parece inclinarse por apoyar a un hombre. En la derecha ocurre algo similar habiendo tres de ellas. La puerta de entrada a la contienda se amplía, pero los techos de cristal siguen estando ahí: invisibles para algunos, pero bien palpables para quienes intentan romperlos.
Imaginemos por un momento que una de estas mujeres llegara a la presidencia. ¿Cómo sería la administración de un país que busca la paz si la gobernanza se ejerciera desde la ternura y la compasión? ¿Qué pasaría si, en lugar de privilegiar la competencia, se fomentara la colaboración?
El liderazgo femenino no garantiza automáticamente una transformación, pero sí abre la posibilidad de nuevas formas de gobernar. Una mujer presidente podría significar más espacios de diálogo, más disposición a la escucha, más atención a las políticas de cuidado, de salud, de educación, de reconciliación. Significaría también una ruptura simbólica: la interrupción de un patrón histórico en el que la conducción política ha sido monopolio masculino.
Si gana una mujer, quizá no sea solo un cambio de nombre en la Casa de Nariño. Podría significar un cambio de paradigma: privilegiar la colaboración por sobre la confrontación, la empatía por encima de la agresión, la construcción de hogares además de viviendas, la búsqueda del consenso antes que la imposición de una verdad única.
Esto no implica idealizar ni suponer que el género por sí mismo resuelve problemas estructurales. Se trata de reconocer que, en contextos de profunda crisis, la entrada de nuevas sensibilidades y enfoques en la política puede ser la llave para abrir caminos diferentes.
La eventual victoria de una candidata mujer no solo sería un triunfo personal ni partidario. Sería una ruptura en el statu quo. Un corte en la inercia histórica que, por sí solo, abriría nuevas posibilidades para la sociedad colombiana.
Porque cuando se rompe un patrón, surge lo impensado. Y en un país que ha convivido tanto tiempo con la violencia y la desconfianza, lo impensado puede ser el inicio de la esperanza.
Colombia sabe muy bien lo que significa que el terror y la mafia se sostengan con eficacia; lo ha padecido durante décadas. Pero quizás ha llegado el momento de demostrar que también el amor y la esperanza pueden organizarse, que la ternura y la compasión no son debilidades, sino estrategias políticas poderosas.
Si eso llegara a ocurrir, no sería fruto del azar. Llegar al poder ha sido, hasta ahora, un ejercicio dominado por lo masculino: se llega “para algo”, se llega “para vencer”. Cuando una mujer alcanza ese lugar, no significa que la sociedad se transforme de inmediato. Representa, más bien, el inicio de un cambio profundo.
Un cambio que podría abrir la posibilidad de que el amor y la magia se organicen con mayor fuerza que el terror y la mafia, y que la inocencia de creer en lo imposible encuentre espacio en la mujer que se atreva a liderar para abrir nuevas posibilidades desde otro lugar: desde lo femenino.
Acerca del autor
Ana Zivkovic
*Consultora. Mediación en conflictos y Empresas Familiares.
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