
La comunidad efímera
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Ahora, estando a cargo de una columna, quisiera acoger la incertidumbre de Marías y basarme, para intentar aclararla, en mi propia experiencia de lector de columnistas interesados en temas políticos. Se me ocurren 6 motivos por los cuales un lector y un autor, en relación a ese género de escritura periodística que es una columna, pactan iniciar una comunicación: la pertenencia ideológica, el desprecio moral, el placer, la valoración de la agudeza, el saqueo y la contemporaneidad.
Una primera forma de pacto remite a las credenciales ideológicas del autor y las simpatías del lector. Se lee a quien corrobora, explicita o amplía la propia perspectiva. En mi caso leo con simpatía, por ejemplo, a Lisandro Duque o a Cecilia Orozco. Son muy distintos pero sus antipatías, o sus odios, son también los míos. Las ideologías no son discursos privados, pero verlos en escena, saber que alguien está pensando como uno también podría haberlo hecho, genera una inevitable complicidad. Pensar, al fin y al cabo, es hacer uso en silencio de signos públicos.
El pacto también se puede basar en todo lo contrario: el desprecio moral. En ciertos momentos he leído con regularidad a autores que me resultan indigeribles. Los Montenegro o el señor Botero, por ejemplo, en El Espectador. En el pasado remoto curioseé los textos de D’Artagnan en El Tiempo. Una mezcla de masoquismo y curiosidad ante formas de pensar lejanas como la Galaxia de Andrómeda me ha motivado a hacerlo. Tal vez algunos compartan esa práctica insana y yo consiga lectores entre quienes me detesten
El placer también es un móvil del lector que el autor puede saber estimular. En mi caso, pero respecto a un pasado también lejano, leí con gusto a Antonio Caballero. No me parecía un tipo agudo. Sus ideas eran repetitivas y simples. Pero tenía una voz propia, un estilo, refunfuñaba con gracia. Su escritura, poblada de ironía y referencias culturales reconocibles, mantuvo viva mi fidelidad hasta cierto momento. Pascual Gaviria, en sus orígenes, antes de volverse un periodista bastante convencional, escribía textos experimentales y poéticos, a pesar de aparecer en un medio periodístico. No lo leí, en ese entonces, por informarme. Lo leía por gusto.
La valoración de la agudeza también puede hacer parte del pacto. Álvaro Forero y Francisco Gutiérrez Sanín me parecen impecables y lúcidos en sus análisis de coyuntura. Alejandro Gaviria, en este sentido, también fue un columnista de mis afectos. Rodrigo Uprimny me parece el rey del aburrimiento, pero es claro y preciso en sus conceptos jurídico-políticos. Si quiero entender mejor una decisión de las altas cortes o tener una visión más completa sobre si se debe o no reformar la procuraduría o la fiscalía, acudiré a sus columnas.
El afán de saqueo también es motivo del pacto. Dado que los lectores, a través de las redes sociales, somos autores potenciales, lo que otros dicen también puede servirnos para producir nuestros propios textos. Pero no todas las fuentes son útiles. Yohir Akerman o Daniel Coronell no tienen ni una escritura seductora, ni una agudeza labrada en el trabajo académico, pero su modalidad de periodismo investigativo me surte de datos útiles. No los valoro como autores, pero sí como fuentes.
Resta un último motivo del pacto: la contemporaneidad. Uno no solo comparte con otros creencias y fines sino, antes de esto, comparte un mismo tiempo. Los contemporáneos son sencillamente esos otros, con los que no se tiene contacto directo y quienes, en su mayor parte, permanecen siendo unos desconocidos, pero quienes viven en el mismo presente. Un presente siempre escurridizo que, sin embargo, emplaza a los participantes en una forma de existencia compartida y unos dilemas comunes. Todos somos nuestro presente y el periodismo es un oficio dedicado exclusivamente a él.
Sin excluir los otros puntos mencionados, sino, más bien, como integración de todos ellos, el pacto entre columnista y lector puede basarse en la búsqueda común de captar el sentido del presente. Este es un pacto frágil. La caducidad del presente siempre está al acecho y, por tanto, siempre puede surgir la pregunta, para salseros y no salseros, de para qué leer un periódico de ayer. Una columna siempre corre el riesgo de ser extemporánea. No obstante, a falta de una comunidad basada en la memoria común o en una expectativa compartida, aquí también surge un nosotros. Una comunidad efímera, sin duda, pero una comunidad. Una familia, quizás disfuncional, en la cual uno encuentra hermanos pasajeros. Ojalá así lo piense usted, estimado lector o lectora, y regrese a esta columna.
Acerca del autor
Carlos Ramirez
Politólogo y filósofo de la Universidad de los Andes y doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg. Es profesor asociado del Departamento de Ciencia Política y Estudios Globales de la Universidad de los Andes. Sus intereses giran en torno a la teoría política y social, la militancia política, la relación entre religión y política y los métodos de investigación cualitativos.
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