
La hora oscura venezolana
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La duración del régimen chavista y su extensión y recrudecimiento bajo el mando de Nicolás Maduro permanecen como un enigma para muchos. Aquí analizamos los factores más importantes para entender la persistente deriva autoritaria en Venezuela.
Alejandro Cardozo Uzcátegui*
Crónica de una autocracia anunciada
Si se consolida la autoproclamación de Nicolás Maduro, el chavismo en Venezuela sumaría al cabo de este nuevo periodo presidencial 32 años en el poder. Superaría cronológicamente en el poder a la dictadura más oscura de ese país, el gomecismo, que subyugó a los venezolanos 26 años continuos.
Hugo Chávez comenzó su agenda de autocratización desde la Asamblea Nacional Constituyente de 1999. Todavía insatisfecho, propuso la reforma constitucional donde definió al Estado como socialista, se desconoció la naturaleza privada de la propiedad, se institucionalizó la expropiación, aumentó el período presidencial y añadió la reelección continua.
Estas reformas se sometieron a referéndum en 2007, elecciones que el chavismo perdió. Pero Chávez, después de calificar aquella primera victoria opositora como una “victoria de mierda”, negó la voluntad popular por medio de la Asamblea Nacional de mayoría chavista y aprobó en segunda discusión aquellas reformas con el subterfugio de la “mayoría evidente”.
La autocratización de Venezuela fue el proyecto central de Chávez. Por eso, no es de extrañar las imágenes del 29 de julio con las estatuas del “comandante supremo” derribadas en todo el país. La imagen es poderosamente simbólica. Es el juicio histórico de los venezolanos en contra de quien condenó a un país rico y democrático a transformarse en una pesadilla socialista autoritaria.
El autoritarismo de Maduro es un laboratorio de nuevos tipos de represión, y las fórmulas políticas de salida también son experimentales.
Chávez le heredó a Nicolás Maduro un Estado con capacidad de opresión sofisticada. El actual presidente utiliza la inteligencia cubana para controlar a los militares, reduce las protestas con colectivos armados y disciplina a sus élites con alianzas criminales. El autoritarismo de Maduro es un laboratorio de nuevos tipos de represión, y las fórmulas políticas de salida también son experimentales.
La hipótesis central de salida falló durante dos décadas. La idea de que el chavismo es meramente una autocracia militar, un “Estado pretoriano”, despistó a la oposición.
Esta hipótesis condujo durante las diferentes crisis a buscar la alianza con los militares, cuando los detentores del poder son los cuadros civiles chavistas que, inclusive, penetraron las fuerzas armadas para ideologizar, corromper, desarticular e incomunicar sus mandos operativos.
Esa tarea se logró con la intervención de la inteligencia cubana que monitorea las comunicaciones entre el alto mando y dentro de los cuarteles con diferentes métodos, desde sistemas de intrusión telefónica hasta el uso de delatores.
Evidentemente hay incentivos económicos para los mandos operativos más leales y, además, un código más bien mafioso de obediencia, donde los más involucrados con la estructura de poder participan en esquemas de narcotráfico, extracción de oro, minerales estratégicos, contrabando de combustible y monopolio de chatarra metálica. Fuera del sistema, sus prerrogativas peligran, tanto por traidores como por candidatos a la judicialización internacional.
Entre 2017 y 2021 ocurrieron 30.191 protestas. Solo en 2017 el madurismo apresó a 2.553 personas con 3.802 heridos y 143 asesinados. En 2018, Maduro ganó unas elecciones controversiales no competitivas que desde EE. UU. calificaron como “un insulto a la democracia”.
Hoy van unos 2.200 detenidos o desaparecidos y más de 200 muertos por efectos de la represión política, represión reconcentrada en los sectores humildes, castigando así a la antigua base de apoyo chavista.
En cada ciclo de protestas se buscó la empatía de las fuerzas armadas como conducto para presionar al gobierno, olvidando que los militares—aún no corrompidos—están avasallados como cualquier dirigente político. Los más de cien oficiales de mandos medios que han promovido alguna acción de cambio están muertos o presos, algunos en condiciones inhumanas.

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El impacto económico del régimen
Entre 2017 y 2018 la crisis económica tocó fondo: hiperinflación anual del 862,6%, desabastecimiento y hambre. El golpe mortal que propinó Chávez al sector agrícola, invitando a invadir unidades productivas y expropiando empresas agropecuarias, conllevó a que no hubiera alimentos.
La caída de los precios del petróleo y la devastación de su industria, otro legado operativo de Chávez, condujo a la rápida precarización de las importaciones de comida y medicamentos que llevó a buena parte del país a emigrar en grandes oleadas, fenómeno que no se ha detenido hasta hoy. Un país que recibía inmigrantes pasó a ser un país productor de emigrantes.
Si el chavismo tradicional reivindicó, solo retóricamente, los derechos económicos y sociales de los humildes, el madurato en su nueva visión económica pragmática y dolarizada ha sido, sin importar el costo social, un pagador puntual de los tenedores de bonos de la deuda venezolana en Wall Street, donde Maduro tiene buenos aliados que inclusive presionaron a Joe Biden para relajar las sanciones petroleras.
Así mismo, está rediseñando un país para los ricos que han crecido bajo la sombra del gobierno. Tanto así, que el otrora aliado de la revolución, el Partido Comunista, en medio de la crisis ante el descomunal robo de las elecciones de Edmundo González y María Corina Machado, se pronunció con una declaración contundente que señalaba tanto el fraude electoral de Maduro, como su gestión contra la clase trabajadora.
La cruda realidad de la oposición
María Corina Machado fue víctima del legalismo autocrático al momento de su inhabilitación política. El plan maestro de la oposición fue inscribir en el Consejo Nacional Electoral a Edmundo González, exembajador, veterano de la cancillería socialcristiana, con bajo perfil político que logró inscribirse sin levantar sospechas dentro del partido madurista y, como un caballo de Troya, pasó a liderar una de las votaciones más concurridas y aplastantes de la historia política venezolana.
La otra cara del plan maestro fue unificar a la oposición en una sola estrategia electoral, aceptar el liderazgo endosado de Machado a González y, sobre todo, despedir de una vez por todas la nefasta tesis de la abstención.
El plan maestro se consolidó al resguardar las actas de votación en la nube con acceso y varios verificadores auditables para cualquiera que quiera comprobarlo, en diferentes servidores de la nube cifrados contra ciberataques.
Maduro acudió a unas elecciones que no pudo sabotear con las inhabilitaciones, ni con falsos candidatos opositores, acaso confiado en el recurrente error de la oposición de dividirse y erosionar a última hora a sus propios liderazgos alternativos.
Esta vez fue un solo candidato que, potenciado con el inesperado consenso popular en torno a María Corina Machado, hizo que por primera vez el chavismo fuera un paso atrás de la oposición.
La contienda discursiva
La líder opositora llegó a todos los puntos del país en lanchas, motocicletas y a pie, venciendo obstáculos que solo incrementaron su popularidad.
Esta campaña será recordada por la historia política futura. Machado luchó contra todos los medios del gobierno, sin poder usar aviones ni aeropuertos, con carreteras bloqueadas por la Guardia Nacional, donde el Servicio Nacional Integrado de Administración Aduanera y Tributaria castigaba a cualquiera que le prestara apoyo logístico, clausurando restaurantes y hoteles.
La líder opositora llegó a todos los puntos del país en lanchas, motocicletas y a pie, venciendo obstáculos que solo incrementaron su popularidad.
La clave del discurso de Machado es tan sencilla como potente: recuperar la libertad y la democracia para que regresen a sus hogares millones de hijos en el exilio económico y político, la reunificación familiar. También aboga por sanear políticamente al país para que una economía del trabajo y de propietarios dé sus frutos, y el retorno de millones de conciudadanos sea viable.
Estas claves discursivas fueron invencibles ante la retórica antimperialista y clasista de Maduro, desgastada y vacía. La construcción chavista del adversario como enemigo desde un sentido existencial y clasista (burgués, pitiyanqui, oligarca) hoy no le dice nada al pueblo venezolano.
Las protestas actuales son un acto espontáneo del cansancio y de la superación de los paradigmas populistas-revolucionarios del chavismo histórico, su errático proyecto económico, su altísima corrupción (600 mil millones de dólares), sus enormes despojos al tesoro (el último en 2023, de 26 mil millones de dólares contra la petrolera nacional), la ruina de la infraestructura nacional y su consabido régimen de opresión neofascista.
La nomenclatura chavista no esperaba ni los resultados en esa dimensión de paliza electoral, ni la resiliencia popular en torno a Machado. El gobierno fue burdo desde el punto de vista estratégico al mostrar cifras irreales, tanto que pocos aliados regionales del madurato reconocieron su triunfo.
Autocracias como Rusia, China, Nicaragua o Cuba sí saludaron su victoria, lo cual pone en evidencia a una internacional autocrática que respalda crímenes de lesa humanidad y apoya el fallecimiento de la democracia y de las libertades fundamentales, sea donde sea.
Venezuela y el resto del mundo
Como nos recuerda Javier Corrales, las relaciones internacionales de Maduro importan: Cuba protege su única fuente de combustible; la Colombia de Petro percibe a Machado como “la Uribe” de Venezuela, desconfía en que ella sea la decisora de Miraflores; Brasil quiere mantener al único gobierno que reconoce a Lula como indiscutible líder regional. México ha sido acrítico y pasivo ante la crisis actual de Venezuela, pero sabe que debe mediar como actor influyente, por el propio prestigio de la nueva presidencia en ciernes de MORENA.
En otras latitudes, Rusia desea conservar su pivote estratégico antiestadounidense; Turquía es el puente del gran contrabando de oro venezolano hacia el mercado euroasiático; Irán comparte intereses sensibles: un eje de resistencia diplomático evadiendo las sanciones estadounidenses, proveedor tecnológico, de armas anfibias y drones; China es la principal financiadora y acreedora de Maduro y Pekín está enfrentando cuestionamientos en Latinoamérica, excepto desde Caracas.
La lección de esta hora oscura es que, por un lado, en los regímenes autoritarios 2.0 el voto no es una medida de elección y cambio, pero sí es una impredecible fórmula de presión.
Por el otro lado, si Maduro se mantiene en el poder, el máximo umbral de represión alcanzado hasta hoy será por muchos años la atmósfera política normalizada, la opresión extrema será cotidiana en Venezuela.
El fascismo no ha muerto, la nueva consigna de poder de la nomenclatura madurista es que ante las protestas del pueblo venezolano se debe responder con la «Unión cívico-militar-policial», probablemente el eufemismo más fascista jamás dicho en América Latina.
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Acerca del autor

Alejandro Cardozo
* Politólogo e Historiador, PhD en Historia. Profesor e investigador a tiempo completo en la Universidad Sergio Arboleda. Autor de la última biografía política de Hugo Chávez "El huérfano de la Guerra Fría" (2023).
2 comentarios






Te felicito, estas bien informado. No se puede llamar fraude a lo que sucedió con las elecciones en Venezuela. Fue, sin duda, un autogolpe apoyado en una conspiración por los demas Poderes Públicos, que operan como simples Ministerios o Secretarías, bajo las ordenes del autocrata, asesino y narco Maduro y todo su combo de asesinos y milicos narcotraficantes.
Muchas gracias por su comentario, José Alfredo.