Irenología fast track: la Paz Total con el sol a cuestas
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Irenología fast track: la Paz Total con el sol a cuestas

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Entendida la irenología como la ciencia o la disciplina que estudia la paz, tenemos ahora el reto de apostar por una irenología con propuestas innovadoras para el corto, el mediano y el largo plazo.

Faltan tan solo tres meses para el fin del período del presidente Gustavo Petro y la política de Paz Total tiene poco tiempo para demostrar logros tangibles o victorias tempranas. Esta política desde sus inicios enfrentó tres grandes retos, el primero relacionado con la cantidad de actores con los que se está negociando; el segundo, con la denominación o naturaleza de estos grupos, y el tercero, con el alcance territorial de las negociaciones. 

Clases de actores armados en negociación

Si tomamos el alcance o nivel territorial de las negociaciones (nacional/local) nos encontramos con procesos de paz de alcance nacional clásicos, como el que se desarrollaba con el ELN, y procesos de paz subnacionales, como el que se desarrolla con los Shottas y Espartanos en Buenaventura. A continuación, presentamos una tipología en la que ubicamos algunos de los grupos en negociación.  

El otro criterio de la tipología es la naturaleza que se atribuye al actor. Explicado de manera sencilla, en el marco de la política de Paz Total, el Gobierno los dividió en grupos armados organizados (GAO), con los que se pueden adelantar las tradicionales negociaciones de paz, con actores con motivaciones político-ideológicas más o menos claras, y grupos delictivos organizados (GDO), con los que se pueden adelantar mesas de conversaciones sociojurídicas, más enfocadas en procesos de sometimiento a la justicia. 

Si bien, analíticamente, la distinción entre grupos ideológicos y grupos criminales puede ser clara, en la práctica no lo es tanto. El mismo Derecho Internacional Humanitario (DIH) no pone las motivaciones político-ideológicas de los grupos como un requisito para que un actor pueda ser denominado GAO en el contexto de un conflicto armado interno, pues con que este tenga una estructura de mando reconocible, una organización con división de funciones, capacidad militar para atacar o defenderse del Estado de manera sostenida y algo de control territorial, ya estaría cumpliendo con lo básico para el DIH.

¿Gobernar o no gobernar? Esa es la cuestión

Puede que un grupo armado no tenga un discurso ideológico claramente definido, pero esto no quiere decir que no tenga o desarrolle motivaciones políticas. Con el paso del tiempo, en el contexto de un conflicto armado, un actor criminal puede verse enfrentado a dos cambios organizacionales profundos: la creación de gobernanzas armadas territoriales y la construcción de un discurso político-ideológico. 

Como han demostrado los trabajos de Danilo Mandic, Sandra Ley y Guillermo Trejos, las mafias, señores de la guerra, cárteles de la droga y bandas criminales pueden participar activamente en los procesos de construcción de Estado. En guerras criminales prolongadas, para perdurar en un territorio, los actores criminales tienen incentivos para establecer regímenes de gobernanza armada, lo que implica no solo extraer riqueza humana y material, sino proveer alguna clase de bienes públicos a las comunidades (justicia, infraestructura civil, orden, etc.) para generar relaciones de lealtad y apoyo de estas. ¿Qué más político que convertirse en un pequeño Estado de facto a nivel local? 

También, en muchas ocasiones, los grupos criminales se ven forzados a crear discursos político-ideológicos que justifiquen sus acciones ante las comunidades internacional y nacional, otros actores armados y las mismas comunidades en las que hacen presencia. Más allá de lo bien construidos que estén estos discursos o lo artificiales que puedan parecer, entran a formar parte de sus repertorios comunicacionales y relacionales. Reynell Badillo y Víctor Mijares llamaron a este tipo de actores “grupos armados politizados”.

Obviamente no todos los actores armados hacen esto ni tienen la necesidad de hacerlo. Algunos grupos criminales no tienen que ejercer gobernanza armada ni crear discursos políticos, pero otros sí lo hacen. Más que distinguir entonces entre criminales puros y políticos puros, la diferencia clave que el Gobierno debería distinguir es entre los que ejercen gobernanza armada territorial y los que no tienen necesidad de hacerlo. Esto es clave para proponer en las mesas de conversación los diseños institucionales apropiados que generen los incentivos adecuados no solo para la desmovilización de los combatientes, sino también para construir Estado, ciudadanía y mercado de la mano de las comunidades que habitan esos territorios. 

Cuatro propuestas para el ahora y el más adelante

En este sentido, proponemos cuatro estrategias para que, en estos últimos meses, la política de Paz Total pueda mostrar algunos logros y proyectar algunas soluciones en el mediano y el largo plazo:

– Una fuerte estrategia comunicativa y relacional: Si el Gobierno considera que tiene logros importantes en temas de reducción de la violencia, humanitarios, comunitarios, locales, etc., conseguidos en el marco de alguna de las mesas de negociación o sociojurídicas, debe comunicarlos de manera más amplia, ágil y masiva. Además, independientemente de la actitud y las prevenciones de ciertos actores económicos y políticos con respecto a la Paz Total, el gobierno o la Consejería de Paz debería adelantar mesas de alto nivel con gremios como la ANDI, Fenalco, SAC o Fedegán, para socializar el estado de las conversaciones.

– En el mediano plazo, proyectos de inclusión masiva para excombatientes: Deben existir procesos de inclusión orientados a los excombatientes y a las comunidades donde dichos grupos tienen presencia. Por ejemplo, más allá de los tradicionales proyectos productivos o capacitaciones laborales a excombatientes, luego de un proceso riguroso y exigente que especifique las responsabilidades penales, muchos de los excombatientes podrían hacer parte de la fuerza pública, bajo alguna figura de guardias locales con bajo poder de fuego articuladas con las Policías municipales, pues estos excombatientes tienen un conocimiento profundo (y en ocasiones legitimidad) de las comunidades y territorios donde han estado por años, de sus dinámicas de conflictividad social y delincuencia común.

– En el mediano plazo, proyectos de inclusión masiva para comunidades: Pero los proyectos de inclusión masiva no solo pueden ser para los excombatientes, puesto que esto generaría resentimiento en las comunidades locales que han padecido la violencia de estos grupos durante años. También en esos territorios, en concreto, el Estado tiene que realizar grandes inversiones focalizadas, orientadas a demandas concretas de las comunidades, que generen cambios profundos y relativamente rápidos: vías terciarias, conectividad, articulación con mercados locales, servicios básicos, programas de vinculación laboral, etc. Algo así como los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET), pero vinculantes y con presupuesto. 

– Por último, políticas de formalización o regularización de economías informales o ilegales: Sabiendo que la legalización o regularización de las drogas duras es un debate que no lo resuelve solamente el Estado colombiano con una política pública nacional, sí existen otras economías que financian los ejércitos privados en Colombia, donde el Estado puede entrar a concertar con las comunidades que se dedican a estas actividades informales unas reglas del juego claras que les generen ganancias a las comunidades y al Estado, como la minería ilegal del oro. No se nos puede olvidar que donde el Estado no llega, en ocasiones se generan incentivos perversos para que actores armados regulen las transacciones sociales y cobren por ello. 

Meterle creatividad responsable a la cosa

En la que es quizás la mejor definición de paz que he leído, Johan Galtung sostuvo que la paz es la capacidad que tienen los actores de afrontar los conflictos a través de la no violencia, la empatía y la creatividad. Esto último, creatividad, es lo que hay que meterle a la cosa. 

Sabemos que muchas de las propuestas que se plantean pueden ser complejas y difíciles, pero si no proponemos cosas nuevas (algunas de ellas incluso polémicas) será difícil cerrar nuestros ciclos de violencia. Hemos sido muy buenos polemólogos (es decir, conflictólogos) durante más de cincuenta años. Si entendemos la irenología como la ciencia o la disciplina que estudia la paz, tenemos ahora el reto de apostar por una irenología con propuestas innovadoras para el corto, el mediano y el largo plazo.  

Adenda: En este sentido, invito a leer la magnífica compilación de análisis y propuestas que el Instituto Colombo Alemán para la Paz (CAPAZ) y la Red Caribe de Académicxs por la Paz lanzaron recientemente en la Feria del Libro de Bogotá. 

Le recomendamos: La Paz Total y las órdenes de captura

Acerca del autor

Armando José Mercado
Armandomercado@razonpublica.org.co |  + posts

*Politólogo, magister en Conflicto Social y Construcción de Paz, profesor de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Tecnológica de Bolívar (UTB) e investigador en el Grupo Regional de Memoria Histórica (GRMH-UTB) de la misma universidad.

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Armando José Mercado

*Politólogo, magister en Conflicto Social y Construcción de Paz, profesor de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Tecnológica de Bolívar (UTB) e investigador en el Grupo Regional de Memoria Histórica (GRMH-UTB) de la misma universidad.

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