Donald Trump y el geopersonalismo | Razón Pública 2025
Foto: United States Department of Defense: Benjamin D Applebaum

Donald Trump y el geopersonalismo

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Parecería que Trump prefiere las lógicas geopersonales: hacer negocios petroleros con Pakistán porque Asif Ali Zardari lo propuso al Nobel de la Paz, a Argentina por el afecto de Javier Milei, a El Salvador por recibir deportados y presos del ICE, y castiga a Brasil porque su presidente persigue judicialmente al Bolsonaro, su admirador declarado.

Por qué Trump prefiere la “amistad” de Putin y el odio de Europa

La cercanía de Trump hacia Putin ha sido relacionada con una debilidad disfrazada, como admiración autoritaria o, simplemente, como un afecto irracional de quien quiere caer bien a su mayor antagonista. Estas ideas vienen desde su primera Presidencia en 2017 hasta la actual. No pocos han dicho que el presidente de Estados Unidos es un “loco” con aires de faraón y que en el fondo desprecia la democracia.   

Pero probablemente Trump es, por ahora, un incomprendido. Andrés Malamud dice que “Trump puede ser malo para la democracia, pero en principio sería bueno para la paz” porque, entre otras cosas, no decide en términos de alianzas sino de superpotencias, y, aún más, no solo de superpotencias sino de líderes “duros”, como Xi Jinping, Kim Jong-un y, especialmente, Vladimir Putin. Trump admira a Putin y a aquellos líderes que son más o menos coherentes con sus ideas, no necesariamente ideas concebidas desde la democracia, y desprecia a aquellos que se ven blandos y débiles ante los desafíos de Rusia y de la inmigración descontrolada, como la mayoría de los presidentes europeos. Trump aborrece la crisis de identidad que está padeciendo Europa y culpa a sus líderes. 

En tal sentido, parecería que Trump no está existencialmente comprometido con la soberanía y la supervivencia democrática de Europa, ni de Ucrania, ni Taiwán: Europa debe pagar por su seguridad y por el club de la OTAN, Ucrania debe negociar en detrimento de su territorio para estabilizar las cosas y Taiwán, un poco como Europa, debe pagar para mantener ese lazo especial con Estados Unidos.

¿Qué pasa con India? Desde el peculiar punto de vista de Trump, se puede admirar a un solo tipo de “hombre duro”, de la clase relativamente universal —como Putin y Viktor Orban— o Xi y Kim, quienes son villanos más o menos aceptados por el imaginario cinematográfico y competitivo de Trump, villanos que vale la pena respetar para luego derrotar, como sacados de una película vieja de James Bond. Eso no ocurre con Narendra Modi; probablemente para Trump representa más a un gurú metido a político; el mismo prejuicio cultural es un obstáculo, su kurta de media manga y ese halo de superioridad mística de un prometedor líder autoritario que desafía a Estados Unidos en varios flancos como comprarle petróleo a Rusia para revenderlo a Occidente con una ganancia importante; esa traición, mezclada con el juego sucio en los negocios —que Trump conoce perfectamente bien—, hizo que los aranceles a India sean del 50%, más altos que los de China, su verdadera rival estratégica. Si faltara poco, Trump quiere desarrollar reservas estratégicas de petróleo con Pakistán, el gran adversario indio. Además, como sostiene Happymon Jacobel, el “multialineamiento”, la política predilecta de India de tener amigos en todas partes sin hacer alianzas claras, crispa la mala idea de Trump sobre India. 

Asimismo, parecería que Trump retribuye a sus amigos, por encima de la tradición de las alianzas geopolíticas —25 años con India, ochenta años de sociedad y cooperación con Europa, histórica confraternidad con Canadá, ochenta años de amistad y cooperación con Brasil, etc.—, prefiere las lógicas geopersonales: quiere hacer negocios petroleros con Pakistán porque Asif Ali Zardari lo propuso al Nobel de la Paz, a Argentina por el manifiesto afecto de Javier Milei, a El Salvador por los brazos abiertos de Nayib Bukele a deportados y presos del ICE, y castiga a Brasil porque su presidente persigue judicialmente al expresidente Bolsonaro, admirador declarado del presidente estadounidense.

Foto: United States Department of Defense: Benjamin D Applebaum

¿Trump es otro líder irracional de la era posdemocrática? 

Marikje Breuning advierte que, en ocasiones, debido a algunas decisiones se puede pensar que un líder está loco o perdió el juicio; sin embargo, efectivamente, pocos individuos se podrían denominar irracionales en la toma de decisiones. Por ejemplo, a pesar del nefasto recuerdo del rescate frustrado de los rehenes estadounidenses en Teherán (1980), nadie diría que Jimmy Carter estaba loco. 

Algo similar pasa con Trump en el momento de amenazar que retomará el Canal de Panamá, que se anexionará a Canadá, que comprará Groenlandia o que convertirá a Palestina en unas Vegas mediterránea; en principio parecen delirios de un faraón, pero si se observa desde otros ángulos, parecerían nuevas visiones del futuro de un Estados Unidos que llevaba, desde Barack Obama hasta Joe Biden, sin una clara doctrina en política exterior y, todavía más inusual, sin una “gran estrategia”, entendida como el plan integral que utiliza todos los instrumentos de poder de la nación para lograr sus intereses nacionales a largo plazo, incluidos medios militares y no militares. Trump probablemente piensa en el acceso estratégico al Ártico —tarea que ya ha adelantado Rusia—, de ahí la idea de Groenlandia o Canadá; asimismo, un cortocircuito de China en Centroamérica es parte de estos incomprendidos “delirios”, por ello la insólita presión sobre el presidente Mulino para que aleje a Panamá del proyecto geopolítico chino. 

Desde Obama hasta Biden (descontando los cuatro años intermedios de Trump 2017-2021), solo se cuidaron algunos puntos clave como la rivalidad estratégica con China —sin embargo, se abandonó a los históricos aliados asiáticos de Estados Unidos—; asimismo, se menospreció y subestimó a Rusia; se toleró apáticamente a los socios del nuevo “eje del mal” —Venezuela, Cuba, Irán, etc.—, aunque Biden fortaleció la sociedad atlántica OTAN tras la invasión rusa al Donbas en 2020; no olvidemos que Obama en 2014 hizo muy poca cosa cuando la anexión rusa de Crimea, un verdadero pivote geopolítico, no una franja fronteriza.

Todo esto lo estuvo observando Trump, como aspirante al poder, como candidato, como expresidente y, otra vez, como presidente, desde su peculiar punto de vista de las cosas. 

En tal sentido ¿quién es Putin para Trump? Posiblemente sondea al hombre duro y creyente que pretende salvar a Rusia —y la civilización occidental— de la ideología de género, del islam y de los enemigos naturales de Rusia (la Unión Europea y la OTAN). Putin es un líder que Trump percibe como coherente y, por ende, lo respeta desde un ángulo psicológico íntimo y desde un ángulo meramente político, porque Trump saluda, desde una visión geopolítica muy clásica, a las superpotencias y sus áreas de influencia. 

Eso podría explicar la supervivencia de Maduro en Venezuela o, en otro sentido, las imposiciones tarifarias muy negociadas con China, al tiempo que castiga desproporcionadamente a un aliado tradicional como Brasil (cuya balanza de comercio es deficitaria con Estados Unidos) no por su conducta comercial, sino porque Lula está persiguiendo a Jair Bolsonaro, un adepto simbólico de Trump. También explica la antipatía hacia Volodímir Zelenski, quien a los ojos de Trump es caprichoso por joven, un outsider devenido de la TV, ilegítimo por escándalos de corrupción de su entorno familiar y tal vez muy europeo para su gusto. 

China tiene varias infracciones para ser más castigada por Trump: compra petróleo ruso, pasa de largo las sanciones impuestas a Venezuela e Irán, le vende tecnología sensible a Rusia; no obstante, admira a Xi. Por ello la suerte de Taiwán en buena medida depende del desenlace de Ucrania y de esta nueva “gran estrategia” trumpista: China no es una rival como superpotencia imperialista, es un hegemón regional que desafía a Estados Unidos en la balanza comercial a corto plazo y en tecnología cuántica, IA y nano procesadores a largo plazo.

Finalmente 

Trump admira, pero suma y resta también; dejarse burlar por Putin podría traer consecuencias en su ego como en su entorno político, tolerar más escapismos del presidente ruso desmejora la nueva gran estrategia de Trump, que es realista e hiperpragmática guiada por una lógica geopersonalista. Posiblemente Putin ha entendido esta lógica y ha sabido cómo capitalizar la admiración de Trump a favor de su plan en Ucrania, por ello aceptó ir a la cumbre en Anchorage, Alaska, un lugar cargado de mensajes en ambas direcciones —la venta rusa a Estados Unidos en el siglo XIX, la región geográficamente más cercana entre ambos países, la historia compartida en Anchorage entre el Ejército Rojo y el estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, las maniobras y la paranoia sobre ese límite entre las dos superpotencias en la Guerra Fría, y ahora, una de las cumbres más importantes de la última década. 

Cuando Hillary Clinton fue secretaria de Estado quiso hacer un “reseteo” de las relaciones Moscú-Washington, y así lo llamó, el “reset buttom” para comenzar desde cero unas relaciones muy deterioradas por la participación de Rusia en la guerra civil Siria, la cercanía de Putin al régimen de Hugo Chávez, la iniciativa de los BRICS, las guerras del Cáucaso (2008), la creación del microestado y satélite Pridnestrovie (2003), entre otros eventos. La diferencia con Hilary es que Trump quiso resetearlas, pero vino allanando el terreno desde su peculiar doctrina del geopersonalismo y su mantra “paz a través de la fuerza”. Probablemente la única muestra de fuerza entre el 15 y el 16 de agosto en Anchorage fue el despliegue visual de lo mejor de la Fuerza Aérea estadounidense para alardear capacidades y poder a Putin. 

La reunión fue simbólicamente favorable a Putin, los resultados tácticamente ambiguos para Trump —aunque un éxito que Rusia aceptara asistir— y estratégicamente desalentadores para Ucrania, pues se mantiene la idea de intercambio de territorios, no hubo un compromiso firme de cese al fuego ni la devolución de niños ucranianos, una demanda fuertemente dramática de Zelenski que desnuda el carácter catastrófico del conflicto.  

El nuevo enfoque de Trump, probablemente arriesgado y experimental, pero, sin dudas, novedoso, se desluce por un incidente pequeño que podría exteriorizar muchísimos defectos de la falta de práctica y poco profesionalismo del trumpismo en política exterior: en la impresora de un hotel en Alaska quedaron documentos sensibles de la cumbre, un incidente de seguridad grave. Esto, proyectado ante otros escenarios decisores, pone en duda la experiencia, el instinto y el conocimiento de Trump para lidiar con quienes posiblemente sean los más astutos, sagaces y pragmáticos diplomáticos del mundo, los rusos. 

Le recomendamos: La traición intelectual a Ucrania

Acerca del autor

Alejandro Cardozo
acardozo@razonpublica.org |  + posts

* Politólogo e Historiador, PhD en Historia. Profesor e investigador a tiempo completo en la Universidad Sergio Arboleda. Autor de la última biografía política de Hugo Chávez "El huérfano de la Guerra Fría" (2023).

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Alejandro Cardozo

* Politólogo e Historiador, PhD en Historia. Profesor e investigador a tiempo completo en la Universidad Sergio Arboleda. Autor de la última biografía política de Hugo Chávez "El huérfano de la Guerra Fría" (2023).

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