
De La Guaira a La Guaira: el chavismo nació y murió en una tragedia
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El chavismo nació con una tragedia en La Guaira y murió con otra. Entre el deslave de 1999 y el doble terremoto de 2026, la misma ideología convirtió dos catástrofes naturales en catástrofes políticas: corrupción, demagogia y desprecio por la vida.
La tragedia política, social y económica de Venezuela comenzó con una tragedia en La Guaira: La “tragedia” (1999), como la llaman los venezolanos desde aquel evento fatal cuando las lluvias incesantes ocasionaron deslaves e inundaciones en toda la región, con miles de muertos y desaparecidos y cientos de miles de damnificados.
La tragedia fundacional
Las lluvias comenzaron días antes del referéndum en el que el recién llegado al poder, Hugo Chávez, sometía a aprobación la nueva Constitución redactada por su Asamblea Constituyente, el arma política más poderosa para demoler la institucionalidad democrática y el Estado histórico venezolano. Para el día de la votación, las lluvias ya empezaban a destruir carreteras, urbanizaciones y casas. Los sensatos le pidieron a Chávez que suspendiera la votación del referéndum para dedicar toda la atención del Estado a la tragedia en ciernes —ya se había declarado la alerta por lluvias, ¡once días antes del referéndum! —. Y Chávez, en su reconocible soberbia y orgullo, respondió repitiendo las palabras de Bolívar tras el devastador terremoto de 1812: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. La primera tragedia moderna de La Guaira fue el día en que comenzó la autocratización de Venezuela.
La tragedia de La Guaira de 1999 está registrada en el libro Guinness World Records como la mayor cifra de muertos causados por un deslave. El desastre se extendió hasta el 21 de diciembre. El gobierno de Estados Unidos ofreció ayuda a Venezuela; la experiencia y la capacidad logística de los estadounidenses en labores de rescate son conocidas por todos. Chávez rechazó el envío de dos navíos que traían a La Guaira 450 ingenieros de la Armada y de los marines, y maquinaria altamente especializada para trabajar en la catástrofe estructural de la zona arrasada. El gobierno chavista rechazó esa ayuda humanitaria, pero aceptó US$3 millones y cuatro helicópteros de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid).
Asimismo, este evento sirvió de excusa para crear las condiciones para el primer gran contingente de cubanos que llegaba a Venezuela como parte de un esquema humanitario enviado por Fidel Castro: 1.600 agentes cubanos. Ahí comenzaría la alianza estratégica entre el castrismo y el chavismo, un convenio vigente en los asuntos policiales y represivos de Venezuela hasta el 3 de enero de 2026.

El dinero que se esfumó
Varios países y organizaciones internacionales, como el Banco Mundial y la Comisión Europea, así como la Asociación Bancaria de Venezuela entregaron en una primera fase de donaciones unos US$1.188 millones, además de insumos, medicinas, materiales, helicópteros, maquinaria, alimentos y potabilizadoras de agua.
Chávez se inventó una autoridad única para la reconstrucción de La Guaira que convivía con cuatro entidades públicas de competencias y autoridad idénticas, a las que se les asignaron presupuestos multimillonarios. La Asamblea Nacional venezolana aprobó US$1.000 millones del presupuesto, de los cuales solo se ejecutó la mitad; el resto se perdió en la corrupción de militares y contratistas leales a Chávez. Hubo denuncias desde el Parlamento venezolano de que el dinero donado y asignado desapareció a instancias del Plan Bolívar 2000 (una gerencia paralela manejada por militares inmiscuidos en obras de infraestructura civil) y del Fondo Único Social.
Los damnificados de La Guaira —a quienes Chávez, en su característica demagogia, renombró como “dignificados”— vivieron en refugios y albergues improvisados durante más de once años; también se expropiaron hoteles y se obligó a otros a abrir sus instalaciones para recibir a más damnificados, quienes permanecieron allí durante años. Más tarde, se ubicó a miles de ellos en urbanismos de la Gran Misión Vivienda Venezuela, construidos con esquemas de corrupción, sobreprecios y abaratamiento de los materiales, de espaldas a la norma y a los códigos de construcción civil; por ende, un cuarto de siglo más tarde, miles de los sobrevivientes de 1999 murieron en 2026 en el doblete sísmico que destruyó La Guaira.
Tras la primera tragedia, a La Guaira se le hicieron poquísimas mejoras; hubo grandes zonas que jamás se recuperaron y solo quedaron escombros. Chávez expuso en una rueda de prensa, el 29 de diciembre, desde el Palacio de Miraflores: “Pido el apoyo de todo venezolano que pueda aportar algo. ¿Tiene usted una casita de campo? ¿Y por qué no la presta? Yo creo que llegó el momento. ¿Por qué no la presta? ¿Tiene usted cuatro casas? Yo conozco gente que tiene cuatro casas y, a lo mejor, una ocupada y las otras alquiladas, o alguien que las cuida. ¿Por qué no las presta? ¿Por qué no da un poco de sí mismo? Creo que llegó el momento. Yo llamo a todos porque el problema no es del Gobierno nada más”. Solo populismo fratricida, corrupto e inoperante.
No solo fue el hecho de que Chávez manejaba partidas de dinero suficientes para enfrentar calamidades naturales como las lluvias de 1999; no solo que la comunidad internacional respondió rápidamente con dinero e insumos; no solo que Chávez, en una suprema muestra de demagogia y autoritarismo, pidió casas “prestadas” a los ciudadanos para albergar a los “dignificados” del deslave —y expropió hoteles—; no solo que desaparecieron las donaciones internacionales y el presupuesto de emergencia aprobado por el Parlamento para la reconstrucción de la devastada Guaira. No: el problema es que la historia se repitió 26 años después, pero en una dimensión apocalíptica.
2026: la historia en clave apocalíptica
Ocurrieron dos terremotos seguidos que hicieron desaparecer buena parte de una ciudad, de una cultura, de un pueblo, de una tradición y de una historia. El hecho ocurrió en el momento en que el Estado autoritario chavista —un Estado canalla— era apenas una criminocracia con permiso de Estados Unidos para gestionar algunas tareas. El gobierno encargado, el interinato autoritario Rodríguez-Cabello, ha dado toda una clase magistral de lo que no debe hacerse tras una calamidad como el terremoto doble del 24 de junio: ha bloqueado ayuda tanto internacional como nacional; ha perseguido a periodistas y traductores; ha movilizado una mínima parte de la fuerza pública para ayudar en el rescate de los sobrevivientes y de los fallecidos; se ha preocupado más por rescatar cajas fuertes, habitaciones de pánico y caletas de la nomenclatura chavista —que había escondido dólares en efectivo y oro en apartamentos de La Guaira para poder sacar del país ilegalmente sus riquezas, llegado el momento—: durante los primeros días paralizó por completo operaciones de rescate de sobrevivientes porque había cajas fuertes y caletas. Esto último ha sido denunciado por rescatistas, socorristas, bomberos y voluntarios, tanto venezolanos como de otros países.
Han falseado las cifras: me consta, por entrevistas telefónicas que hice a varios bomberos que están trabajando en el lugar —y que piden reserva de identidad—, que la cifra, al día 13 de julio de 2026, ha superado los 40.000 muertos, mientras la presidenta encargada habla de poco más de 4.000 fallecidos. Han minimizado el daño tanto estructural como humano. Han hecho cárceles de control político en los pocos albergues —que han sido obra del voluntariado civil, nacional e internacional, no del Gobierno—, donde ni siquiera dejan entrar donaciones que no estén tramitadas o autorizadas por el partido (PSUV). Y, paradójicamente, a pesar de ese esfuerzo represivo y policial, no han detenido una calamidad que corre en silencio y en paralelo: la desaparición sistemática de niños sobrevivientes que, muertos sus padres o familiares más directos bajo los escombros, quedaron solos ante las circunstancias y han sido robados en hospitales y refugios. La policía represiva chavista, del más puro tenor de la Stasi, ha sido incapaz de encontrar a un solo niño entre los cientos de denuncias que circulan por las redes sociales sobre redes criminales de tráfico de menores activas en medio de la peor tragedia venezolana del siglo XXI, sin contar el propio chavismo, claro.
El final del ciclo
La única diferencia entre la inhumana gestión de la tragedia de 1999 y la de hoy es que esta vez la nomenclatura chavista aceptó la ayuda de Estados Unidos —claro, después del 3 de enero de 2026—: la patriotera, nacionalista y antiimperialista nomenclatura se volvió un animal dócil que solo quiere sobrevivir con sus privilegios de riqueza más o menos intactos. Ya ni siquiera luchan por el poder, pues saben que le demostraron al Departamento de Estado que no fueron capaces de gestionar el terremoto del 24 de junio de 2026 con un mínimo de dignidad humanitaria.
Si buscáramos un cierre con señales historicistas y milenaristas, deberíamos concluir que el chavismo nació con una tragedia en La Guaira (1999) y murió con otra en La Guaira (2026). Eso lo están pensando millones de venezolanos y también lo está pensando Marco Rubio —aunque en una clave más conveniente—, al darse cuenta de la pésima gestión de los Rodríguez-Cabello y comprobar lo mediocres y poco confiables que son, precisamente por su ineptitud. Esa mediocridad esencial que siempre fue el chavismo puede desembocar esta vez en una espiral de insuficiente gobernanza del interinato, que no le conviene a Estados Unidos, pues lo único que le pidieron a Delcy Rodríguez fue estabilidad para hacer negocios. Por ello, probablemente, Rubio acelere la fase de la transición política y descarte a los Rodríguez de la ecuación política del protectorado venezolano.
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Acerca del autor

Alejandro Cardozo
* Politólogo e Historiador, PhD en Historia. Profesor e investigador a tiempo completo en la Universidad Sergio Arboleda. Autor de la última biografía política de Hugo Chávez "El huérfano de la Guerra Fría" (2023).
2 comentarios





Un valioso debate sobre la relación entre la gestión de desastres y las instituciones públicas. Una recuperación eficaz depende de la transparencia en la toma de decisiones, una infraestructura fiable y la cooperación entre comunidades, expertos y autoridades.
Este autor historiador de entrada muestra un sesgo ideológico antichavista y presenta muchas falacias para sustentar afirmaciones que no coinciden con la realidad Venezolana. Me preocupa este tipo de profesionales egresados de una universidad privada defensora del statu quo. Hoy está demostrado la falta de solidaridad del gobierno de los EE UU. Le falta contrastar datos históricos y al parecer opina desde informaciones que siempre han desacreditado un régimen político.