Cobertura sin bienestar: la paradoja nortesantandereana

Cobertura sin bienestar: la paradoja nortesantandereana

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El departamento recortó casi a la mitad su pobreza multidimensional y se acercó al promedio nacional. Pero detrás de ese éxito estadístico sigue intacto un núcleo rígido que el índice no alcanza a ver.

Hay cifras que merecen aplausos y cifras que merecen preguntas. La caída de la pobreza multidimensional en Norte de Santander pertenece, paradójicamente, a las dos. Entre 2018 y 2025 el departamento recortó su Índice de Pobreza Multidimensional del 29,5% al 13,3%: dieciséis puntos en siete años, una de las reducciones más veloces del país. La brecha que lo separaba del promedio nacional, que rozaba los diez puntos, se encogió a dos y medio. Visto así, el relato es de éxito. Pero un índice que baja no siempre cuenta una vida que cambia, y vale la pena preguntar si Norte de Santander se transformó o apenas mejoró su fotografía.

Gráfica 1. Evolución del IPM de Norte de Santander frente al promedio nacional, 2018–2025. Fuente: DANE – ECV.

Pienso en la imagen de una casa a la que por fin llegaron las redes. Tiene luz, agua, recolección de basura, hasta internet; en cobertura, el departamento iguala o supera al país, pero sus paredes siguen agrietadas, el techo gotea y el piso es de tierra. Eso es, casi literalmente, lo que dice el dato: uno de cada cuatro hogares —el 25,5%— arrastra un déficit habitacional cualitativo superior al promedio nacional. La red entró al hogar, la vivienda digna no. Amartya Sen lo advirtió hace décadas: disponer de un bien no equivale a poder convertirlo en una vida mejor, conectar tuberías no es lo mismo que habitar con dignidad.

La sospecha se confirma cuando uno mira qué sostiene la caída del índice. No fue el trabajo ni la educación, sino la expansión de coberturas en salud y saneamiento. El núcleo duro no se movió: la informalidad laboral sigue en el 81%, el bajo logro educativo en el 45,4% y el rezago escolar en el 25,6%. Son las dimensiones que más pesan en la pobreza que queda, y son justamente las que menos cedieron. Una economía volcada al comercio menudo, a los servicios de baja escala y al pulso de la frontera no difunde progreso técnico ni produce empleo de calidad: reproduce, año tras año, la misma estructura. Que el 70,4% de los afiliados a salud esté en el régimen subsidiado es la huella nítida de cuántos hogares viven de ingresos inestables.

Y luego está el mapa, que es donde la desigualdad se vuelve más cruda. La pobreza de Norte de Santander no es solo social: es territorial. En la cabecera, el alcantarillado cubre casi todo; en el campo, apenas a 19 de cada cien hogares. La brecha urbano-rural en ese servicio llega a 77,9 puntos, una de las más hondas del país. En la ruralidad, el déficit de vivienda alcanza al 74,8% de los hogares. Conviven, en un mismo departamento, una ciudad que se parece a las urbes intermedias de Colombia y un campo que se parece a los territorios más rezagados del mapa nacional. El Catatumbo, la periferia de Ocaña y Pamplona, los corredores de frontera no esperan políticas pensadas para la ciudad: esperan justicia espacial, esa que entiende que el lugar donde se nace todavía decide cuánto se vive.

Gráfica 2. Brechas urbano-rurales en acueducto, alcantarillado y déficit habitacional, 2025. Fuente: DANE – ECV.

Lo más inquietante es lo que no aparece en las quejas; aunque el 39,8% de los hogares dice que sus ingresos no alcanzan para lo mínimo —ocho puntos por encima del país—, la proporción de quienes se consideran pobres es casi idéntica a la nacional. Es el viejo mecanismo de las uvas amargas (Elster): cuando una privación dura lo suficiente, el hogar deja de desear lo que aprendió que no tendrá y termina por normalizarla. Esa resignación callada es funcional al estancamiento, porque vuelve invisible lo que debería alertar. Mientras tanto, las familias apenas cubren la subsistencia y no logran ahorrar ni acumular nada, viven por debajo de ese umbral a partir del cual un hogar empieza a salir solo de la pobreza. Cualquier sacudida —una devaluación, una mala cosecha, un año sin trabajo— las devuelve al punto de partida.

Gráfica 3. El IPM agregado frente a las privaciones estructurales en Norte de Santander, 2025. Fuente: DANE – ECV.

Nada de esto le resta mérito al avance. Recortar dieciséis puntos de pobreza no es un accidente estadístico, y la convergencia con el país es genuina. Pero el departamento llegó al límite de lo que la cobertura puede ofrecer por sí sola. Lo que sigue es más difícil y menos vistoso: formalizar el trabajo, mejorar las viviendas que ya están en pie, llevar saneamiento al campo disperso, sostener esas apuestas más allá de un período de gobierno y de un corte de cuentas electoral. La pregunta no es si Norte de Santander celebra el número —puede hacerlo, lo ganó—, sino si se atreve a ir tras lo que el número todavía esconde. Porque una estadística puede bajar en silencio mientras la herida sigue abierta, y ningún territorio se transforma de verdad solo porque aprendió a no quejarse.

Notas sobre las gráficas 

Gráfica 1. Evolución del IPM de Norte de Santander frente al promedio nacional, 2018–2025

Variables: Incidencia de Pobreza Multidimensional (%) de Norte de Santander y del promedio nacional en 2018 y 2025, con la brecha en puntos porcentuales entre ambos.

Mensaje visual: El departamento cayó con fuerza (29,5 % → 13,3 %) y se acercó al país, pero todavía se mantiene por encima del promedio nacional: la brecha pasó de 9,9 a 2,6 puntos.

Nota para el lector: La reducción es real y veloz, pero acercarse no es alcanzar: la distancia con el país se redujo, no desapareció. Se grafican los años extremos del período, que son los que precisan los informes.

Gráfica 2. Brechas urbano-rurales en acueducto, alcantarillado y déficit habitacional

Variables: Porcentaje de hogares con acueducto, con alcantarillado y con déficit habitacional, según área: cabecera urbana frente a zona rural.

Mensaje visual: La fractura territorial. La ciudad tiene coberturas casi plenas, el campo se desploma —alcantarillado de 96,8 % frente a 18,9 %, una brecha de 77,9 puntos— y concentra el déficit de vivienda (74,8 %).

Nota para el lector: En déficit habitacional, un valor más alto es peor. La desigualdad del departamento no es solo entre ricos y pobres: es entre la cabecera y el campo.

Gráfica 3. El IPM agregado frente a las privaciones estructurales

Variables: Para Norte de Santander: porcentaje de hogares con trabajo informal, afiliación al régimen subsidiado (proxy de informalidad), bajo logro educativo, ingresos insuficientes, rezago escolar y déficit habitacional cualitativo, frente al IPM agregado (13,3%).

Mensaje visual: El índice resumen quedó muy por debajo de las privaciones que lo alimentan: la informalidad (81%) y los ingresos insuficientes (39,8%) siguen altos aunque el IPM haya caído.

Nota para el lector: Cuando el indicador agregado mejora, pero el trabajo y la educación no se mueven, la pobreza puede volver ante cualquier choque. Es el rostro de una trampa estructural.

Le recomendamos: Aeropuertos de Cartagena y Palestina, negativos ejemplos de planificación regional

Acerca del autor

Mario de Jesus Zambrano Miranda
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* Docente de la Escuela Superior de Administración Pública, Territorial Norte de Santander-Arauca.

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* Docente de la Escuela Superior de Administración Pública, Territorial Norte de Santander-Arauca.

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