
Hacia un Estado emprendedor basado en biodiversidad
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Colombia tiene la oportunidad histórica de desarrollar un modelo propio de Estado emprendedor basado en biodiversidad, conocimiento y transformación territorial. ¿Tendrá el próximo gobierno la voluntad política y la capacidad de organización para convertir ese potencial en un proyecto nacional de largo plazo?
La bioeconomía como estrategia de desarrollo nacional
En medio del debate sobre el futuro económico de Colombia, el país enfrenta una pregunta fundamental: ¿Cómo construir un modelo de desarrollo capaz de generar bienestar, seguridad y crecimiento económico sin profundizar la destrucción ambiental ni depender exclusivamente de la extracción de materias primas?
La respuesta no puede limitarse a sustituir unas exportaciones por otras. Colombia necesita una transformación estructural de largo plazo, y en ese contexto la bioeconomía podría convertirse en uno de los ejes centrales de un nuevo proyecto nacional de desarrollo.
No se trata únicamente de impulsar negocios “verdes” o de crear mercados de carbono. La bioeconomía representa la posibilidad de construir un modelo económico basado en biodiversidad, conocimiento, ciencia, innovación y transformación territorial. Un modelo capaz de aprovechar las ventajas biológicas y culturales del país para generar productos y servicios de alto valor agregado, fortalecer las economías regionales y reducir las presiones sobre los bosques y ecosistemas estratégicos. Al mismo tiempo, puede contribuir a sacar el país de la trampa de ingreso medio mediante la diversificación productiva, la sofisticación tecnológica y la generación de nuevas capacidades industriales basadas en conocimiento y biodiversidad.
Colombia posee condiciones excepcionales para ello. Es el segundo país más biodiverso del mundo y más de la mitad de su territorio está cubierto por bosques. Pero el verdadero potencial del país no radica solamente en su biodiversidad: también está en su talento humano, sus universidades, sus centros de investigación, sus conocimientos campesinos e indígenas y la posibilidad de construir nuevas formas de articulación entre Estado, ciencia y territorio.
Sin embargo, transformar esas ventajas en una estrategia de desarrollo exige superar una visión limitada de la bioeconomía como simple nicho productivo. La bioeconomía debe asumirse como una verdadera política de Estado.
La economista Mariana Mazzucato ha insistido en que los grandes procesos de transformación económica no surgen espontáneamente del mercado. Detrás de las principales revoluciones tecnológicas modernas han existido Estados capaces de orientar inversiones, coordinar actores, asumir riesgos y construir capacidades de largo plazo. La internet, la industria farmacéutica moderna y la transición energética no habrían sido posibles sin una acción estatal estratégica.
En esa perspectiva, el desafío colombiano consiste en construir un verdadero Estado emprendedor: un Estado capaz de coordinar universidades, institutos de investigación, comunidades locales, sector productivo y gobiernos territoriales alrededor de una misión nacional de transformación productiva y ecológica. Esto implica también fortalecer la articulación entre las mismas entidades públicas y superar las fragmentaciones que históricamente han existido entre ministerios y otras entidades con competencias sobre desarrollo rural, ambiente, energía, ciencia y planeación territorial. Diversos actores institucionales coinciden en que uno de los principales obstáculos para la bioeconomía en Colombia no es la falta de potencial, sino la débil coordinación estratégica entre entidades públicas y la dificultad de construir agendas comunes de largo plazo.
La bioeconomía puede convertirse en la gran misión capaz de dinamizar un Estado emprendedor para Colombia.
El desafío institucional: capacidades estatales y transformación territorial
Para lograrlo, es necesario reconocer que los obstáculos principales no son exclusivamente tecnológicos o financieros. La primera fase de mi investigación doctoral sobre la transición hacia bioeconomías sostenibles en Colombia identificó siete grandes categorías de desafíos: creación e intercambio justo de conocimiento, financiación, infraestructura y tecnología, marco institucional, participación de actores clave, producción y cadenas de valor sostenibles, y estructuras políticas y económicas.
Los hallazgos muestran que muchos de estos problemas están profundamente interconectados. La falta de capacidades institucionales limita la coordinación territorial, la debilidad de la infraestructura científica reduce la innovación, la baja articulación entre actores impide consolidar cadenas de valor, y la ausencia de estrategias estables dificulta construir procesos de largo plazo.
Colombia ya cuenta con capacidades importantes en materias ambiental, científica y productiva. Universidades, centros de investigación, empresas y organizaciones territoriales han construido avances significativos durante décadas. El reto consiste en fortalecer esas capacidades, articularlas mejor y dotarlas de continuidad estratégica.
La experiencia internacional muestra que las transiciones productivas exitosas requieren burocracias técnicas estables, con capacidad de aprendizaje institucional y coordinación intersectorial. Resulta difícil construir políticas de largo plazo cuando los equipos cambian constantemente y muchos procesos deben reiniciarse desde cero cada pocos años. Una bioeconomía sofisticada basada en conocimiento necesita instituciones capaces de acumular experiencia, construir confianza territorial y sostener estrategias más allá de los ciclos políticos.
La presencia estatal sostenida y articulada es particularmente importante en regiones históricamente marginadas donde el vacío estatal ha sido ocupado durante décadas por economías ilegales y actores armados. En territorios amazónicos afectados por deforestación, conflictividad y baja presencia institucional, la seguridad no puede entenderse únicamente desde una perspectiva militar. La consolidación territorial también requiere alternativas económicas sostenibles; acceso a infraestructura, ciencia aplicada, crédito, mercados y acompañamiento técnico multidisciplinario permanente.
La ausencia de capacidades institucionales hace que muchas veces el Estado aparezca únicamente mediante misiones temporales de funcionarios desplazados desde Bogotá, mientras comunidades y emprendimientos locales deben enfrentar solos las barreras regulatorias, logísticas y técnicas necesarias para desarrollar iniciativas de bioeconomía. En algunos casos, la implementación de proyectos de corto plazo y altamente dependientes de consultorías externas también ha dificultado la consolidación de capacidades institucionales permanentes en los territorios.
En ese contexto, la agroforestería adquiere una importancia estratégica.
La investigación realizada en la Amazonia colombiana muestra que los sistemas agroforestales diversificados pueden contribuir simultáneamente a la restauración ecológica, la seguridad alimentaria, la diversificación de ingresos y la reducción de la presión sobre los bosques. Además, permiten integrar conocimientos tradicionales con innovación científica y fortalecer economías rurales más resilientes frente a la volatilidad de los mercados y al cambio climático.
A diferencia de los modelos extractivos extensivos o de ciertos monocultivos, la agroforestería genera valor económico manteniendo funciones ecológicas fundamentales. En ecosistemas amazónicos, donde la fertilidad del suelo depende en gran medida de la cobertura forestal y de complejos ciclos biológicos, los modelos productivos integrados al bosque ofrecen ventajas ecológicas y económicas de largo plazo. Además, los procesos de restauración asociados a sistemas agroforestales pueden contribuir gradualmente a recuperar terrenos degradados, acercándolos nuevamente a estados ecológicos más complejos y facilitando la regeneración progresiva del bosque.
Diversas investigaciones también muestran que, bajo condiciones adecuadas, la agroforestería brinda una rentabilidad muy superior a las actividades tradicionales asociadas a la expansión de la frontera agrícola y la ganadería extensiva.
Parte de los desafíos históricos del desarrollo rural en Colombia provienen de modelos productivos diseñados desde visiones homogéneas del territorio, que muchas veces no consideran suficientemente las características ecológicas, culturales y sociales de regiones como la Amazonia. La transición hacia bioeconomías sostenibles –entendidas como múltiples modelos territoriales posibles– requiere estrategias diferenciadas capaces de dialogar con las condiciones locales, los conocimientos tradicionales y la diversidad biológica del país. Ello implica también repensar los modelos tradicionales de infraestructura y conectividad en regiones de alta biodiversidad, donde esquemas convencionales de expansión vial pueden acelerar procesos de deforestación.
Este modelo no puede reducirse a una simple mercantilización de la biodiversidad. Si reproduce lógicas extractivas, monocultivos o esquemas de explotación intensiva desvinculados de las dinámicas ecológicas y sociales locales, corre el riesgo de convertirse en una nueva forma de presión sobre los ecosistemas. El desafío consiste en construir cadenas de valor capaces de generar prosperidad sin destruir las bases biológicas y culturales que hacen posible esa riqueza. Si nos limitamos a exportar materias primas derivadas de biodiversidad sin transformación productiva ni agregación de valor, Colombia terminará reproduciendo nuevas formas de dependencia extractiva.
Otro desafío central es el fortalecimiento de mercados internos para productos derivados de la biodiversidad y sistemas agroforestales sostenibles. Actualmente, el consumo nacional de este tipo de bienes sigue siendo limitado y carece de estrategias sólidas de posicionamiento, comercialización y articulación con cadenas de valor nacionales.
La construcción de nuevas economías rurales también es fundamental para ofrecer horizontes de vida dignos a las juventudes rurales. Una bioeconomía territorializada, capaz de generar innovación desde lo local, puede contribuir a fortalecer el arraigo, crear empleo calificado e impulsar nuevas formas de emprendimiento rural basadas en conocimiento y valor agregado.

Gobernar la transición: el reto del próximo gobierno
La transición energética y la bioeconomía pueden convertirse en dos pilares complementarios de esa transformación nacional. La primera busca reducir la dependencia de combustibles fósiles; la segunda puede permitir diversificar la estructura productiva, fortalecer economías regionales y desarrollar nuevas industrias basadas en biodiversidad y conocimiento. Ambos procesos requieren planificación estatal, infraestructura, investigación científica y coordinación institucional.
Por eso resulta preocupante que recientemente la inversión en ciencia, tecnología e innovación haya mostrado señales de debilitamiento. Aunque la bioeconomía ha ganado relevancia en los discursos de política pública, esa priorización aún no se refleja plenamente en inversiones estratégicas de largo plazo. Ningún país ha logrado construir sectores sofisticados de alto valor agregado sin fortalecer sostenidamente su sistema científico y tecnológico. Una bioeconomía avanzada requiere investigación robusta en biodiversidad, agroecología, biotecnología, materiales sostenibles, restauración ecológica y transformación industrial, así como un fortalecimiento significativo de los sectores farmacéutico y cosmético nacionales.
Se trata de una agenda multisectorial y multidisciplinaria que puede convertirse en una estrategia integral de reindustrialización verde, construcción de paz territorial y fortalecimiento del Estado. La bioeconomía puede ayudar a articular transición energética, desarrollo rural, conservación forestal, innovación científica y generación de empleo digno para miles de jóvenes profesionales altamente preparados que hoy, ante la falta de oportunidades, prefieren abandonar el país. Al mismo tiempo, puede ofrecer alternativas frente a economías asociadas a la deforestación y al extractivismo, que históricamente han profundizado la degradación ambiental y la fragilidad institucional en numerosos territorios.
Pero ello exige una visión de país que combine ambición ecológica con capacidad institucional. Requiere entender que la biodiversidad no es simplemente un recurso natural, sino una base estratégica para construir soberanía productiva y nuevas capacidades económicas.
Colombia tiene la oportunidad histórica de desarrollar un modelo propio de Estado emprendedor basado en biodiversidad, conocimiento y transformación territorial. Un modelo que no copie mecánicamente experiencias externas, sino que responda a las realidades locales.
Del potencial de Colombia para transitar hacia bioeconomías tropicales sostenibles ya se ha hablado bastante. La verdadera pregunta es si el próximo gobierno tendrá la voluntad política y la capacidad de organización necesarias para construir las instituciones y la visión estratégica que permitan convertir ese potencial en un proyecto nacional de largo plazo.
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Acerca del autor

Attila Lenti
*Magíster en Relaciones Internacionales de la Universidad Corvinus de Budapest. Magíster en Ciencia Política de la Universidad de los Andes, Bogotá. Doctor en Economía de la Universidad de Sopron Investigador y asesor en entidades de Hungría y Colombia
2 comentarios




coincido plenamente!
voluntad política para el desarrollo del país es lo único que hace falta en Colombia