Si Mockus es ateo, ¿Santos es sacrílego? - Razón Pública
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Si Mockus es ateo, ¿Santos es sacrílego?

Escrito por Nicolás Parra

Nicols ParraEn un país donde la religión es una forma de exculpar a quienes no quieren asumir la responsabilidad por sus acciones, el presunto ateísmo de uno de los candidatos presidenciales se ha convertido en problema de Estado.

Nicolás Parra*

La separación radical entre la religión y la política ha sido una de las ideas de teoría política que hemos heredado de la modernidad. Sin embargo, como todo lo heredado y todo lo teórico, desafortunadamente se ha convertido en algo obsoleto, y su valor se ha devaluado por las prácticas políticas, especialmente en épocas electorales.

A pesar de esa herencia, quizá más liberal que moderna, la escena electoral ha vuelto borrosa esa presunta distinción. Las acusaciones contra el candidato del partido verde, Antanas Mockus, por su supuesto -o no supuesto- ateísmo, han socavado pero, sobre todo, han puesto en duda la separación entre religión y política, convirtiendo a la religión en un instrumento, bien para conseguir determinados resultados políticos, bien para tildar al contrincante de "ateo", y así incluir en los debates temas tan irrelevantes para la discusión como sagrados para la profanación.

En un país de cuña principalmente judeocristiana como el nuestro, el mesianismo político es un fenómeno que permea las costumbres culturales y políticas. Es marcada nuestra propensión a ser gobernados por un personaje con poderes "sobrenaturales" que nos lidere para salir del conflicto armado. De ahí que la religión se haya convertido en una herramienta imprescindible para las elecciones presidenciales, ya que el silogismo del inconsciente colectivo consiste en que todos los presidentes deben ser unos mesías, especialmente si recordamos una de las definiciones de la Real Academia Española en la cual el mesías es un sujeto en cuyo advenimiento hay una confianza desmedida, algo que se puede aplicar a un candidato presidencial en época electoral, alguien que, hablando irónicamente, se sacrificará por nosotros. Y como es obvio, quien no sea religioso, o se presuma ateo, no podrá ser representado como mesías, y por tanto tampoco como presidente.

Este silogismo algo artificial tiene su génesis en el mandato del presidente Uribe, quien en su momento fue tildado de mesías "todopoderoso", que tenía un vínculo directo con la divinidad. El presidente dejó de ser presidente para convertirse en un salvador, y así la política comenzó a adquirir una indumentaria religiosa de la cual nuestro país simplemente era un escenario más, donde la religión se tomaba el ámbito público. Aquellas semillas mesiánicas cultivadas por el gobierno de Uribe han dado sus nefastos frutos en la actual campaña presidencial. Su autoproclamado heredero, Juan Manuel Santos, ha utilizado esa indumentaria religiosa y ese linaje "santo" para meterle un elemento sinuoso a la contienda política.

Fresa o banano, ateo o creyente

En una muy conocida entrevista con el periódico español El Mundo, Santos afirmó que su diferencia con Mockus es que él "sí cree en Dios". Al analizar sus implicaciones, una declaración, que a primera vista no es peligrosa ni mal intencionada, se convierte en lo opuesto. Un candidato presidencial no debe utilizar a los medios de comunicación para establecer diferencias entre él y otros candidatos que no sean de orden político. Si queremos hablar de diferencias en términos pragmáticos tenemos que hacerlo señalando las que sean efectivamente diferencias en los contextos en los cuales las establecemos, y no diferencias de índole privada que no afectan la coherencia, viabilidad y el contenido de las propuestas políticas. Con este tipo de declaraciones se ha comenzado a cometer sacrilegio: convertir la religión en una herramienta política para inclinar la balanza electoral a favor del candidato que las ofrece, en este caso, Santos.

Como respuesta a esa declaración, Mockus, con su mente analítica, cultivada por las matemáticas y la filosofía, estableció una distinción crucial con atisbos apologéticos: "una cosa es ir a misa y otra muy distinta es creer en Dios". Pero, aún así, por más lúcida que parezca, la distinción parece no dar en el clavo, parece eludir el problema central y la distinción requerida: "Una cosa es la filiación religiosa de un candidato presidencial, y otra la capacidad para gobernar un país."

Si bien la religión no puede ser equiparada a una cuestión de gusto, en época electoral y en deliberaciones políticas, creer en Dios o no debería ser tan irrelevante para los electores, como el hecho de que a un candidato le guste la fresa mientras que el otro prefiere el banano. La distinción elaborada por Mockus subleva el inconsciente social colombiano, por el cual creemos que la religiosidad de una persona se reduce a unas prácticas que tienen más connotaciones sociales que espirituales, y que en algunas ocasiones se han convertido en las palmaditas en el hombro de aquellos que no quieren asumir la responsabilidad de sus acciones, de sus modos de ser, y de la forma como nos relacionamos con los otros y con nosotros mismos.

Teóricamente, la propuesta mockusiana no supone un contexto religioso específico. Simplemente implica desarrollar una conciencia de responsabilidad social e individual más robusta, una conciencia que comprenda la necesidad de desprenderse del mesianismo político, que entienda que el poder de llevar a cabo un cambio político y social no es cuestión de un individuo, denominado presidente, sino de una colectividad, llamada nación, en fin, una conciencia menos presidencialista y más democrática. Por lo tanto, su propuesta incluye como presupuesto básico, la diferenciación entre ámbito político y religioso.

Lo sagrado y lo adánico

No obstante, en la práctica la teoría se devalúa y las cosas comienzan a adquirir un matiz diferente. Ni siquiera Mockus se exime de la confusión de los dos órdenes. Lemas mockusianos como "la vida es sagrada" o "los recursos públicos son sagrados", o incluso algunas de sus declaraciones como "el empalme con Uribe se hará sin parar, no me voy a creer Adán", introducen el lenguaje religioso en el discurso político. En este sentido la espada de Damocles ha afectado también al candidato del partido verde, quien muy probablemente está utilizando la terminología religiosa como herramienta pedagógica para traducir ideas secularizadas a unas mayorías cuya idiosincrasia es principalmente religiosa, específicamente, judeo-cristiana.

Si bien tanto Mockus como Santos utilizan la religión como herramienta política (algo que debería estar excluido de los debates políticos desde hace tres siglos), entre los dos hay una verdadera diferencia. Mientras que Santos la emplea para sacar a luz creencias privadas de su contrincante político en aras de desprestigiarlo, Mockus usa la religión a manera de utensilio pedagógico para recuperar la importancia de nociones como respetar la dignidad humana y no despilfarrar los recursos públicos, nociones que se han venido banalizando por sus interminables violaciones. Ninguna manipulación se justifica. Sin embargo los matices existen.

Al pan, pan, y al vino, vino

En pocas palabras, que un candidato sea ateo o no, que vaya a misa o no, que comulgue o no, que le guste el fútbol o no, son, a la postre, disyuntivas irrelevantes para los problemas que realmente deberían estar preocupándonos. Por un lado tenemos que dejar de lado nuestras inclinaciones de traducir la política en términos religiosos. El presidente es el presidente y no el mesías. Es más, Mockus ha demostrado que esa es precisamente la finalidad de su proyecto: reconstruir la forma como nos relacionamos con la política y entender que la política no se reduce a las deliberaciones en un Congreso o los decretos de un presidente. La política la hacemos también nosotros, es sencillamente nuestra forma de ser con los otros.

El proyecto político de Mockus no es mesiánico, todo lo contrario, busca demostrarnos que para reconstruir la política se requiere de cada uno de nosotros.

Por otro lado, seamos religiosos o no, hay que dejar de instrumentalizar la religión, sea cual sea, para fines políticos. Por eso creo que los ataques que le han hecho a Mockus por su presunto ateísmo no sólo son infundados, sino que, como lo sugirió Ricardo Silva, si aquellas personas que los lanzan se consideran religiosos, están violando uno de los mandamientos: no usar el nombre de Dios en vano. Y yo añadiría no usar la religión en vano para alcanzar fines personales.

Es hora de dejar que las deliberaciones se sustenten en argumentos. Es hora de desear que tanto la religión como la política recuperen su propia dignidad.

 

* Estudios de Filosofía y Derecho en la Universidad de los Andes. Actualmente es estudiante de la maestría de Filosofía de la misma y Visitor Scholar del departamento de Filosofía de Pennsylvania State University.  

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