Antanas Mockus y la frase de von Clausewitz - Razón Pública
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Antanas Mockus y la frase de von Clausewitz

Escrito por Andrés Contreras

Andres F. ContrerasEl candidato verde parece haber ensayado muchas veces, en su modo singular y atípico de practicar la política, una manera distinta de entender la política a la planteada por el famoso autor austriaco. ¿Hasta dónde podrá llegar con su convicción?

Andrés Francisco Contreras *

I

Casi todos conocemos la frase del militar y genio teórico prusiano Carl von Clausewitz: "la guerra es la simple continuación de la política por otros medios" (De la guerra, 1832, lib. I, cap. I, §§ 11 y 24). De acuerdo con esta idea, la guerra es un acto político mediante el cual un Estado, o una comunidad, obligan a otro a asumir una conducta determinada o a aceptar ciertas condiciones.

Se trata, como lo dice su autor, de "un medio serio para un fin serio" y no de un fin en sí mismo (§23). Esta idea es de suma importancia, pues significa que la guerra no es nunca completamente irracional y sinsentido, aunque en ella las pasiones exaltadas del pueblo  jueguen también un papel fundamental.

Pero si la guerra tiene, por su propia naturaleza, un componente racional, es decir, una motivación política de fondo, es preciso preguntarnos si necesitamos o debemos permitir, que nuestros fines políticos se transformen en guerra o en actos de violencia. En caso de  divergencia con alguien, si conseguimos hacer a un lado nuestras pasiones, siempre es posible llegar a un acuerdo con nuestros oponentes y resolver el conflicto sin violencia.

Sin embargo, como seguramente nos habrá sucedido a todos, nuestros intentos por conseguir acuerdos y resolver problemas, también pueden fracasar: los argumentos se acaban, renunciamos a escucharnos y el diálogo se termina. ¿Qué hacer entonces? ¿Pasar a las mutuas ofensas verbales? ¿Dejarnos llevar por nuestra ira y venirnos a las manos?

Los filósofos y juristas de la Conquista de América, introdujeron en sus tratados el concepto de "guerra justa".

Pero ¿acaso todos los medios son válidos cuando el fin es percibido como "justo"? ¿En qué condiciones es legítimo el uso de la fuerza para alcanzar un determinado objetivo político? Yo quisiera plantear las cosas de una manera diferente, que nos permita explorar otras alternativas: ¿Son la guerra y la violencia medios justificables para llevar a cabo fines que, en cuanto tales, son políticos y podrían, por tanto, ser resueltos mediante un diálogo racional entre las partes? ¿Cómo evitamos que se emplee la violencia o se desate una guerra, cuando nos hemos quedado ya sin argumentos?

El controversial matemático y filósofo, dos veces alcalde de Bogotá y actual candidato a la presidencia de Colombia, Antanas Mockus, parece haber ensayado muchas veces en su modo singular y atípico de practicar la política, algo que quizá pueda servir de alternativa y de respuesta para esta difícil cuestión: "Y cuando las palabras se agotan, queda el arte". Eso decía Mockus en una conferencia en París en 2004 titulada Ampliación de los modos de hacer política.

Esta respuesta parece insólita, igual que muchas de las cosas que ha dicho y hecho el ex alcalde. En efecto, el arte -tanto como la poesía o la filosofía- nos parece inicialmente una ocupación, por decirlo claramente: ¡de lo más inútil y harto ociosa! ¿Puede realmente el arte evitar que lleguemos al uso de la violencia, cuando ya se nos han agotado las razones y carecemos de nuevas palabras o de lenguaje? ¿No es el arte un "arma" demasiado "frágil" contra nuestros adversarios?

II

Da mucho qué pensar el hecho de que en la actual campaña por la presidencia de Colombia, la mayor parte de los candidatos haya comenzado su cruzada, disputándose entre sí la bandera del actual presidente. Este país no sólo ha tenido que vivir una larga guerra, sino que actualmente, el debate público, parece agotarse casi por completo, en la pregunta de quién será el verdadero heredero de la "seguridad democrática", es decir, quién será, a fin de cuentas, el nuevo comandante de una política que, como sabemos, tiene el fin último de alcanzar la derrota militar y/o la desmovilización de los grupos armados ilegales, mediante el empleo de la fuerza.

Esta reducción del discurso político al tema de la guerra, está acompañada de una especie de miedo social generalizado, en medio de una atmósfera de desconfianza, intolerancia y suma polarización. En los últimos tiempos, la palabra "diálogo" ha ido adquiriendo un cierto tinte negativo. Hablar de ello o proponer algo en esa línea, implica para quien lo hace una cierta desaprobación social y un cierto descrédito. En algunos casos, se ha llegado al extremo, sumamente irresponsable, de acusar a quienes no ven en la opción militar una salida adecuada, de colaborar activamente con la guerrilla, lo que puede implicar un riesgo serio para sus vidas.

Esta situación resulta, por lo menos, grave. No sólo significa que se ha hecho cada vez más difícil expresarse libremente en Colombia, sino que a los ciudadanos de este país se les parece estar cerrando la posibilidad de pensar su propio futuro, más allá de los muy estrechos límites en los que se mueve el debate público, esto es, más allá de una pretendida lucha entre el "bien" y el "mal".

¿Es la continuación de una política que privilegia la vía militar, como se pretende generalizadamente en el discurso común, la única opción posible para hacer viable este proyecto de país y para gobernar en él?

III

Mockus ha estudiado, para el caso de Bogotá, una de las ciudades con mayores índices de violencia en América Latina, ciertas conductas de los ciudadanos que podrían dar cuenta muy bien del problema más general del país y del tipo de "racionalidad" que parece estar operando en él en forma privilegiada. De acuerdo con él, existe una gran tendencia a tolerar la utilización de medios indebidos, para llevar a cabo fines socialmente aceptados y considerados como "buenos". Lo anterior se denomina "anomia", es decir, ausencia de "auto-regulación" y puede ir acompañada de la tendencia a utilizar atajos para conseguir privilegios.

Quienes actúan de esta manera, no miden las consecuencias de sus actos a largo plazo ni toman en cuenta al "otro" o a los "otros" a los que dichos actos afectan (2004, p.6).

Lo anterior, tiene que ver con un cierto tipo de racionalidad, muy estudiada en filosofía y economía, que se conoce con el nombre de "racionalidad estratégica". Se actúa estratégicamente según el propio interés, considerando el peor escenario posible, es decir, uno en el que se considera que los "otros" son los peores y que compiten "conmigo" y se enfrentan a "mí", con base en el mismo cálculo de conveniencia que "yo" hago.

Evidentemente, una presuposición semejante, termina aumentando la desconfianza y puede conducir, incluso, a la realización de "ataques preventivos", como reacción lógica al peligro que se percibe. La consecuencia de todo ello, es la creación de un "nosotros parcial y crispado" y el consecuente aumento de la distancia entre este "nosotros" y "ellos" (2004, p.2).

Estas ideas recogen, en gran parte y de modo sencillo, actitudes de las cuales, por desgracia, pueden citarse numerosos ejemplos concretos en todo el mundo. En el caso de Colombia, algunos de los comportamientos más frecuentes son estos: desvío de recursos del Estado y otras formas de corrupción; ejercicio de la política entendida como un "intercambio de favores"; ausencia de respeto por la separación de poderes en las más diversas formas; usos abusivos del poder legítimo; empleo ilegal de medios violentos, entre otros.

En todas estas actitudes, como en un juego de estrategias, se promueve, se tolera o se lleva a cabo directamente, el empleo de cualquier tipo de medio para conseguir determinados fines colectivos o privados. En pocas palabras: ¡todo vale!

El espacio político colombiano, parece moverse desde hace ya años, de acuerdo con una cierta lógica circular, muy perjudicial, que puede ser explicada en los siguientes términos: El uso de la violencia genera miedo, el miedo incrementa la sensación de inseguridad y genera reacciones violentas, es decir: más miedo y más violencia. En la actual situación, esto se traduce en el continuo incremento de la polarización y la permanente afirmación del discurso de guerra. Así, la discusión pública se ve continuamente reducida a la idea de que es necesario emplear la fuerza a toda costa (o de que un "otro", desconocido y anónimo, debe hacerlo por "mí"), como único medio posible de garantizar la supervivencia del país. Evidentemente, la insistencia en ese tipo de discurso, no solamente no conduce a una salida, sino que hace parte integrante del problema, pues alienta y perpetúa esta lógica maniqueísta de miedo y de infinita agresión mutua.

Para el caso de Colombia, la importancia de las reflexiones de Mockus, se encuentra en que ellas permiten ver la realidad de este país, bajo una perspectiva distinta a la que impera en el discurso común. Ello ofrece a sus ciudadanos la posibilidad de pensar, por primera vez, estrategias diferentes para solucionar sus problemas, que van más allá del empleo obstinado de la fuerza como único medio aparente de solución.

IV

Sin lugar a dudas, alcanzar la paz es uno de los objetivos, acerca de los cuales parece haber pleno consenso en Colombia desde hace varios años. Pero ¿qué queremos decir cuando hablamos de "paz"? Podemos nombrar muchas cosas que se dan en tiempos de paz, como la tranquilidad pública o diversos gestos de amistad, de reconciliación etc. Podemos también definir "paz" por vía negativa como ausencia de "conflicto armado" o de "guerra".

En todo caso, conviene tener claro lo que algo significa, si es que se quiere realmente llegar a verlo y a tocarlo. Es probable que muchos evoquen la misma imagen que a mí me viene a la mente cuando se habla de "paz": la firma de un acuerdo político, de un tratado. Esta imagen toca sin duda el posible inicio de una paz. Pero ésta solo se consigue cuando el respeto de lo acordado, se convierte efectivamente en norma del ejercicio político.

Propongo que entendamos la "paz", del modo inverso a como hemos entendido la "guerra" al comienzo de este escrito. Si la guerra se define como "la simple continuación de la política por otros medios", la consecución de la paz, no es otra cosa que la restauración de la política y la renuncia a la guerra y a toda forma de violencia como instrumento político válido. Esto significa que la paz y lo político se encuentran estrechamente relacionados. La paz es la existencia de un espacio político de amplio y de diverso espectro, en el cual la totalidad de los ciudadanos puede expresar libremente su pensamiento y promover armónicamente sus propios fines.

La paz no es un estado utópico y permanente de las sociedades, sino la construcción continua y mutua de un espacio político que se redefine cada vez. Cuando dicho espacio experimenta sus límites, si no se amplía, corre el peligro de transformarse en guerra. En realidad, la democracia no está amenazada porque un adversario puede siempre venir a acabar con nuestra vida, sino más bien porque ya no es posible considerar opciones políticas diferentes, a la de aniquilar a todo adversario.

Lo que se requiere en estos casos no es, por tanto, la neutralización de aquellos "otros" que no piensan y no actúan como "nosotros", sino su inclusión en la búsqueda de una solución compartida, tal como lo ha sostenido Mockus en diversas oportunidades. Pero ¿cómo podemos superar los límites que experimenta el entendimiento mutuo? ¿Cómo promover nuestros fines individuales o colectivos, sin recurrir a atajos o a medios inadecuados, cuando las circunstancias se muestran especialmente adversas?

V

Si es cierto que toda guerra tiene siempre un elemento político, es decir, racional, entonces éste puede llegar a ser expresado con razones, en lugar de actos violentos. El ejercicio de la ciudadanía, es decir, la posibilidad de una democracia efectiva, radica en aprender a transformar nuestros fines políticos, con su respectiva carga emocional, en argumentos que puedan ser discutidos en el espacio político, ya se trate éste del espacio íntimo de la familia, del trabajo, de las instancias democráticas establecidas constitucionalmente o del debate mediático a gran escala.

Esto no sólo permite al individuo o al grupo del caso liberar sus tensiones, sino que transforma el odio y el rencor, en elementos que pueden ser discutidos y que la sociedad puede entonces aprovechar. De ahí la importancia de la educación ciudadana en la construcción de un país; un tema en el que Mockus ha sido pionero.

Desde luego, nadie puede encontrar un acuerdo, si no está abierto y dispuesto para ello, o si presupone de antemano que su interlocutor es el peor de los seres humanos posibles. Se necesita, pues, otro punto de partida. En una auténtica democracia, no se intenta imponer a otro las propias razones, sino que se le hace partícipe de ellas, para que "sus razones" y las "mías" puedan juntas encontrar una adecuada vía de desarrollo. Lo que se requiere entonces, es aprender a llevar auténticos diálogos en el ámbito de lo público.

El verdadero diálogo se caracteriza por conducir a las partes, a un estadio que ninguna de ellas había considerado antes. Frente a la imposición autoritaria y arbitraria de un fin, en el diálogo surge lo común, como algo inesperado. Lo que así se origina, enriquece nuestra mirada, nos lleva a una comprensión más amplia de las cosas y nos proyecta aún más lejos, hacia nuevas metas y nuevos acuerdos posibles. Aquello que se juega en el diálogo, en cada oportunidad, es la ampliación del "nosotros", es decir, la creación y el mantenimiento del espacio mismo en el que nos movemos y en el que permitimos que otros permanezcan a nuestro lado.

Por eso la democracia es posible solamente a la manera del diálogo, del intercambio público de ideas en un marco no violento y de mutuo respeto. La guerra y la democracia son contradictorias. No a veces, sino siempre.

Con estos elementos, podemos ya entender aquella enigmática frase de Mockus que se  citaba al comienzo y que retomo completa:

"Por ahora lo que quiero afirmar es que, más allá del intercambio clientelista de los favores y de las extorsiones que articulan puntualmente intereses y más allá de las acciones más ampliamente organizadas en estrategias, hay otras formas de hacer política más elementalmente centradas en las palabras que articulan razones. Y cuando las palabras se agotan, queda el arte. Democracia deliberativa como la línea de base y, para circunstancias límite, arte que interrumpe el intercambio habituado y posibilita desvíos inusitados". (Mockus 2004, p. 4).

El diálogo y la deliberación democrática dan muestra de su relevancia y necesidad, precisamente, cuando las cosas no van bien. Es allí cuando más se requiere de la capacidad de encontrar salidas alternas, ingeniosas, que permitan desbloquear las situaciones y encontrar soluciones.

El poder del arte se encuentra, justamente, en que promueve una experiencia capaz de dislocar o de descolocar la opinión estática y endurecida de las partes, para abrir la posibilidad de volver a avanzar hacia la construcción de un acuerdo común. El arte nos saca de las posiciones férreas previamente asumidas, nos muestra y nos dice las cosas de tal modo que nos vuelve "sensibles", para aquello respecto de lo cual no tenemos o habíamos perdido la comprensión.

Ante la ceguera que padecen quienes se obstinan en una posición absoluta, las múltiples formas de arte permiten acceder con ojos renovados, a una nueva manera de ver los problemas. Cuando las palabras se agotan y cuando todo parece estar perdido, se requiere volver un poco atrás, para adquirir una nueva perspectiva de las cosas, y entonces volver a intentarlo.

VI

En lugar de pretender "asegurar" el propio espacio, ante la incapacidad de incluir o de involucrar a los "otros" en él, la propuesta política y pedagógica de Mockus busca  transformar al adversario, aprendiendo de él y con él. En este sentido, no se trata de "vencer" a toda costa a un "enemigo", sino de reformar los códigos de conducta, de manera que entonces sea posible encontrar con él, un espacio hasta entonces inexistente, para ponerse a discutir y para, desde allí, construir juntos. La educación no se entiende aquí como la imposición de un saber previamente adquirido, sino como un proceso desde el cual todos aprenden, se forman y se transforman, como copartícipes de un espacio político común.

Aquí no hay normas ni valores absolutos, sino una continua búsqueda de lo común desde el encuentro vivo y sincero con el otro. En este sentido: "Gobernar es como escribir. Gobernar es escribir. Gobernar es más exactamente co-escribir." (2004, p. 9).

En realidad, la paz no depende solamente de la voluntad de una sola persona o de un grupo de personas. El primer paso hacia la paz es simple, realizable y concierne al conjunto de los ciudadanos. Consiste en apropiarse del espacio político, rechazando públicamente toda acción o conducta, que tenga como consecuencia la reducción de dicho espacio. Pero para que esto sea posible, es necesario ir cambiando el modo como comprendemos la política. La política no es el "negocio" de unos cuántos, sino aquello que hace posible la fijación y consecución de toda meta individual o colectiva. El ser humano tiene en el espacio político el elemento en el que transcurre su vida. Cuidar del espacio político, es cuidar de sí mismo.

Esa es la gran enseñanza de Aristóteles.

Está por verse todavía, si Colombia consigue convertirse en un ejemplo de ejercicio democrático, al elegir a un representante que no entra en los sucios juegos de la política tradicional, sino que ofrece como alternativa un proyecto político-pedagógico, cuyo fundamento no es otro que la esencia misma de la verdadera democracia.

Ojalá los políticos colombianos tengan la sabiduría para reconocer el valor de esta propuesta e incorporar en sus prácticas políticas, líneas claras de conducta responsable, que dignifiquen el ejercicio de la política. Ojalá muchos ciudadanos, independientemente de sus preferencias electorales, se sientan inspirados a ejercer su ser político, auto-regulándose y sabiendo poner límites adecuados a las malas prácticas, en el marco del mutuo respeto y de la no violencia. Quizá entonces, los colombianos habrán aprendido algo que los acerque, con buena voluntad y mucho trabajo, al camino de la paz.

*Filosofo, y Diploma de Estudios Avanzados (DEA) en la Universidad Complutense de Madrid. Hace parte del Círculo Latinoamericano de Fenomenología (CLAFEN). Actualmente se desempeña como profesor de tiempo completo en la Universidad de Antioquia, Colombia.

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