El reto histórico de dos matemáticos - Razón Pública

El reto histórico de dos matemáticos

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fredy canteLa propuesta de Mockus y Fajardo tiene que superar la faceta negativa del poder político, e innovar con los poderes del intercambio y de la integración. Este argumento sería inútil y contraproducente si se tratara de políticos tradicionales. Sin embargo, la fórmula verde está conformada por matemáticos que valoran la argumentación.

Freddy Cante*

La esperanza verde no la dan meras estadísticas

Jorge Luis Borges afirmó que "ser colombiano es un acto de fe"; y Gabriel García Márquez, en su cuento "Algo muy grave va a suceder en este pueblo", muestra cómo cualquier día amanece con una ola de hechos que obligan a la  gente a huir del pueblo sólo por el comentario pesimista de una ama de casa.

La realidad en Colombia suele superar la ficción. En los últimos años el pueblo ha estado enceguecido por la fe en un caudillo que ha puesto a marchar al país con la certeza de que la seguridad democrática es la única cura para todos sus males.

Ciegos de fe han creído en rumores publicitarios y en maquilladas señales de éxito.

El país será viable si despierta de tal embotamiento y constata que la cura ha resultado peor que la enfermedad. Este despertar sólo se logra si el electorado elige una opción distinta al uribismo.

Es urgente crear un mayor efecto de contraste, mostrar más nítidamente que la alternativa liderada por Mockus presenta virtudes como la transparencia y la argumentación; el carácter sagrado de la vida y de los recursos públicos; la promoción de los sentimientos morales por encima de los incentivos materiales; y el control civil a los militares, además del creciente uso de la acción política no-violenta.

Una nueva reelección fue negada por los jueces, quienes defendieron la estabilidad constitucional por encima de los caprichos de los gobernantes de turno y la emotiva y embotada opinión pública.

No obstante, las pasadas elecciones de marzo y los recientes sondeos electorales muestran que una mayoría de la población insiste en botar su voto por más de lo mismo.

Una de las pocas sorpresas agradables de la incertidumbre actual (señal inequívoca de democracia), es la creciente intención de voto por Mockus.

Las encuestas y sondeos de opinión (una sofisticación estadística para jugar con la fe, la esperanza y el rumor del pueblo elector) hoy nos sitúan en una disyuntiva.

En el peor de los casos, el destino será previsible y ganará un uribista. En el mejor de los casos, en las presidenciales de mayo puede ocurrir algo distinto a nuestro record histórico e imponerse la victoria de una opción renovadora.

Seguridad ciudadana y moralidad

Teniendo en cuenta aquellas realidades de la convivencia urbana que se pueden medir y palpar, es innegable que Mockus y Fajardo han mostrado avances significativos aunque, lamentablemente, propensos al retroceso propio de la contingencia inherente a la acción política.

Pese a sus innovaciones pedagógicas en la política y a sus tentativas de cambio cultural, la tarea en Bogotá y Medellín está inconclusa.

Los problemas de ilegalidad, manipulación de las leyes, y corrupción pública y privada son de extrema gravedad. La amenaza de las FARC y de las viejas y nuevas formas de paramilitarismo son apenas un componente de esta bomba de tiempo.

Un verdadero desafío para Mockus y su equipo radica en combinar sabiamente la argumentación con la fuerza. Para generar unos comportamientos legales y fomentar unos valores de civilidad son acertados el arte, la pedagogía, el ejemplo y la argumentación.

Para enfrentar a los grupos violentos se requiere la fuerza, y una perspectiva que evite que esta cura resulte peor que la enfermedad.

El país no puede seguir marchando como un ejército o un rebaño. La idea de la "unión hace la fuerza" es compatible con la democracia popular que defendieron autores como Rousseau; el autoritarismo inherente a la seguridad democrática se ha nutrido del pesimismo de Thomas Hobbes en su Leviatán.

Si Mockus y sus coequiperos osan combatir diversas formas de corrupción y erradicar cualquier brote de falsos positivos deberían aplicar la política de incentivos materiales en su más mínima expresión y hacer más énfasis en afectar los sentimientos, las emociones y, por tanto, fomentar el cumplimiento voluntario de los deberes entre los ciudadanos.

Esto equivale a dejar en segundo plano La riqueza de las naciones y apostarle más a la teoría de los sentimientos morales de Smith.

Cualquier gobierno heredero de las consecuencias económicas de Uribe afrontará la inviabilidad financiera y aún militar de la seguridad democrática. Por si fuera poco, también la secuela del pacifista del fiasco de las zonas de distensión y negociaciones laxas (que también las hubo en este gobierno, en relación con los paras).

La opción de la acción política no-violenta, en particular los métodos de disrupción, acción directa y estrategias postmilitares de seguridad, enseñados por maestros como Gandhi, Mandela y Sharp pueden ser una luz al final del túnel. La persistencia en no negociar lo innegociable y en mantener una lealtad a principios políticos y a la carta constitucional son enseñanzas teóricas de otros maestros como Elster y Hirschman.

El economista K. Boulding mostró que además del poder destructivo (militar) y del poder de intercambio (los sobornos y los incentivos), existe el poder integrador, el cual consiste en generar vínculos sociales y en crear alternativas de futuro.

Es de tal importancia el poder integrador, que líderes como Jesucristo o Gandhi han sido más influyentes que líderes militares como Napoleón o capitanes de la industria como Rockefeller. El país requiere hoy más de los poderes de intercambio y de integración, que de la destrucción.

Aún hay que aprender de la acción colectiva

El triunfo electoral parece una meta distante, todavía. En su historia reciente ambos matemáticos jugaron al llanero solitario y el final de su epopeya fue trágico.

Al menos esta vez no repitieron la historia en forma de comedia y sorprendieron con una acción colectiva cuya moraleja resulta apropiada para los nuevos tiempos. Si queremos pasar a la etapa de "la unión hace la fuerza" esto exige deponer los egos, erradicar cualquier tentativa de salvador o caudillo individual, y apostarle al trabajo en equipo y, por lo mismo, a la descentralización y delegación de poderes.

Aunque ambos matemáticos sean sobradamente inteligentes y estén rodeados de mentes brillantes, resulta demasiado pretencioso que ellos solos puedan producir un coherente y apropiado plan de desarrollo para Colombia.

Hace poco más de una década el profesor Adam Kahane, autor del sugestivo libro Cómo resolver problemas complejos (en donde cuenta su experiencia en Sudáfrica y Colombia), hizo un ejercicio de prospectiva con nuestro país.

En un encuentro, líderes de diversos sectores del país (empresarios, sindicalistas, guerrilleros, paramilitares, estudiantes, etc.) no se limitaron a discutir los problemas de Colombia, sino que osaron sugerir unos posibles escenarios futuros. Puesto que la resolución de los complejos problemas que aquejan a nuestro país exige el conocimiento de diversos puntos de vista y la voz de diferentes sectores sociales, lo más pertinente es que se repita una reunión análoga con aires más renovadores.

Esta modalidad de acción colectiva, nuevamente con invitados de todos los sectores sociales y las disímiles fuerzas económicas y políticas de Colombia, podría no sólo ser un valioso insumo para la construcción de un plan de desarrollo sino, además, para la posible conformación de un futuro equipo de gobierno.

Una política con principios y con valores

El pasado 14 de marzo se asomó la punta de un Iceberg (la pequeña Babel del tarjetón electoral) que apenas es el síntoma de un problema más grave.

En la historia original se relata que el asno de Buridán murió por ser incapaz de elegir. Tal animal murió de inanición porque, enfrentado a dos porciones de alimento que parecían igualmente atractivas (dos bloques de heno), no pudo decidir cual debería comer. En nuestro país, aunque los electores no sean tan asnos, ha sido demostrado que pueden perecer o enfermarse gravemente a causa de una intoxicación. Ellos se enfrentan a media docena de bloques de heno aparentemente alimenticios ("partidos políticos") y al interior de cada uno con decenas o aún cientos de visibles frutos rojos (candidatos que claman por un voto preferente).

Si fallaban en la pequeña Babel del tarjetón entonces su voto resultaba anulado como ocurrió en cientos de miles de casos. Y los que "acertaron" terminaron favoreciendo con su voto a partidos con elementos impuros (contaminados de parapolítica y otras formas de criminalidad), y apoyando a toda clase de camaleones que siempre se las arreglan para militar en todos los partidos y participar en todos los gobiernos como les permite su aberrante don de cambiar de color.

Santos dijo que tan sólo los idiotas no cambian de opinión cuando las circunstancias varían. Pero el problema fundamental de Santos, Noemí, y aún de otros candidatos, es que durante su vida política se han comportado como camaleones. Han confundido gustos con valores, o quizás han carecido de ellos.

Cuando un individuo tiene gustos puede cambiar fácilmente de opinión y de parecer, como quien cambia de camiseta o de marca de cerveza. Pero cuando una persona es fiel a unos valores, a una ideología, a una visión del mundo, se aferra a tales principios y sólo en caso de un cataclismo social o una colosal lección de la historia, se le derrumba el mundo y comienza a mutar hacia otro sistema de valores.

En un país decente, los partidos políticos serían más pocos, y en lugar de nombres de marca de jabón como "Cambio Radical", "Partido de la U", o siglas sospechosas como PIN, existirían claros y clásicos apelativos como: derecha, centro e izquierda. Una clara delimitación de campos ideológicos y una acción política basada en principios, evitarían la persistencia de camaleones que finalmente no saben de qué color ponerse, de tanto haber cambiado de color de camiseta partidista.

Una alternativa distinta -como la esperanza verde liderada por los dos matemáticos- podría aprovechar su oportunidad histórica para promover una movilización social en torno a unos principios y a unos valores. Con mayor fuerza urge convocar a todos los electores, independientemente de su filiación partidista, para movilizarse por una nueva forma de hacer política, centrada en los valores de la transparencia y la civilidad.

La tarea es ardua y dolorosa. En su colectividad deberían comenzar por erradicar cualquier impureza de las que poseen mayoritariamente otros partidos. También han de rescatar opciones de justicia y seguridad social para superar el simplista conservadurismo de su congresista con mayor votación quien, simplemente, pide cadena perpetua para los violadores de niños.

Un cuestionamiento a la legalidad democrática

Finalmente, en cuanto a la idea de una "legalidad democrática", se sugiere que los matemáticos y sus notables asesores económicos examinen detalladamente los problemas de desigualdad y conflicto social que existen en Colombia.

La seguridad democrática estuvo sesgada a favor de los sectores más opulentos y convirtió a la seguridad y a la justicia misma en bienes posicionales (accesibles sólo a quien pueda pagar más por ellos).

Las constituciones, las leyes, y las políticas no son perfectas ni neutrales. Están sesgadas con frecuencia a favor de los sectores más poderosos económicamente. Es relativamente fácil hacer cumplir normas referentes a convenciones urbanas como el semáforo y la cebra. Es más difícil suponer que todo el mundo va a cumplir las leyes y contratos que reglan la más caótica y conflictiva vida social.  

En consecuencia se insiste en que una democracia debería dejar vías abiertas para distintas formas de protesta e insumisión social, incluso para la objeción de conciencia y la desobediencia civil.

*Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia y Docente en la Universidad del Rosario.

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