Más allá de ganadores y perdedores: cuatro conclusiones de las elecciones al Congreso
Foto: Gobernación de Boyacá

Más allá de ganadores y perdedores: cuatro conclusiones de las elecciones al Congreso

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Más allá de proyecciones y cábalas, por ahora dudosas, sobre las presidenciables, presento a continuación cuatro conclusiones sobre la reconfiguración del poder político a partir de los resultados de las votaciones al Congreso.

Las elecciones legislativas del pasado 8 de marzo son el primer retrato que arrojan las urnas de la reconfiguración del poder político durante los cuatro años del primer gobierno de izquierda: ¿Qué ha cambiado? ¿Qué sigue igual? ¿Qué tendencias inesperadas aparecen? 

Desde finales del año pasado, las encuestas nos habían empezado a ofrecer indicios que no podíamos ignorar, aun si cuestionaban algunas certezas y supuestos que los analistas y estrategas políticos daban por sentados. Es claro, en particular, que no estamos en un proceso pendular en el que la opinión esté rechazando a la izquierda y abrazando una reacción de derecha. Pero si bien el oficialismo fue el ganador neto de la jornada, no se puede descartar que la derecha, en particular el uribismo, regrese al poder.

Más allá de proyecciones y cábalas, por ahora dudosas, sobre las presidenciables, presento a continuación cuatro conclusiones sobre la reconfiguración del poder político a partir de los resultados de las votaciones al Congreso.

La consolidación de dos bloques antagónicos, dominantes, pero no mayoritarios

Al igual que en las mediciones recientes de opinión, las únicas identidades políticas claras y fortalecidas que se vislumbran en las votaciones al Congreso son las de los bloques petristas y uribistas. Para la circunscripción nacional al Senado, tanto el Pacto Histórico como el Centro Democrático llevaron listas cerradas y se impusieron cómodamente sobre los demás partidos. Antes de los escrutinios, el partido del Gobierno amplió su representación en cinco senadores y llegó a 25, más de lo que el Centro Democrático alcanzó en 2018. La lista sumó respaldos clientelistas (como el del clan Torres), pero también disciplina, organización e identidad partidista. El uribismo recuperó parte del terreno que había perdido hace cuatro años, y la derecha “dura”, sumando la lista de Salvación Nacional respaldada por Abelardo de la Espriella, alcanzó los 22 senadores. Pero no lo hizo a costa de la izquierda, sino de fuerzas más tradicionales de derecha y centro-derecha. Las identidades contrapuestas de estos dos bloques, construidas cada una alrededor de una figura fuerte y caudillista, dominan el debate político, pero ninguna de las dos es mayoritaria. Sumados a su votación en el Senado, así como a las encuestas de opinión, no alcanzan el 50%. La otra mitad aparece entre diluida, cooptada y desorientada, pero será la que defina la Presidencia.

La fragmentación y la cooptación del resto de fuerzas

La votación también corroboró el declive de los partidos tradicionales: el Liberal, el Conservador, la U y Cambio Radical perdieron varias curules. Comparado con las épocas de Uribe y Santos, lo más llamativo es la caída de los partidos de la U y Cambio Radical, otrora superpoderosos. Esto, sin embargo, refleja más continuidad que rupturas en las prácticas políticas. El auge y la caída de esas agrupaciones son el resultado de los vaivenes de las estructuras y los clanes políticos regionales, al son del poder de cooptación del gobierno nacional de turno. No solo sus fuerzas se han reducido, sino que, al igual que en el Partido Verde, también están internamente fragmentadas entre el oficialismo y los opositores. Los logos de esos partidos no remiten a ninguna identidad política y no tienen más oficio que el de los avales. Petro, por supuesto, no innovó en el uso de la “mermelada” para comprar aliados. Pero en su caso, esa práctica tiene un elemento que recuerda más a Uribe que a Santos: no solo busca sumar apoyos, sino neutralizar competidores al apoderarse de sus aliados. Uribe, en su momento, aplicó esa táctica contra Vargas Lleras, y el petrismo la ha usado contra Claudia López. 

Foto: Función Pública

La casi desaparición de las figuras independientes de opinión

Entre los resultados más visibles (y más desalentadores) de estas elecciones están la baja participación y la “quemada” de la mayoría de las figuras que, fuera del petrismo y del uribismo, habían logrado reconocimiento en la opinión pública por su labor parlamentaria. Fueron en especial muy notorios los casos de Jorge Enrique Robledo y Angélica Lozano, quienes durante años han figurado de manera constante entre los más calificados por los líderes de opinión.

¿Qué pasó? La versión petrista es que la opinión los castigó por ser críticos con Petro y por “traicionar al pueblo”. La retórica de “traición” la dirigen con particular acrimonia contra Lozano y su copartidaria del Verde, la actual representante Katherine Miranda. La propia senadora Lozano se ha quejado de los efectos que pudo tener la manera como el aparato de propaganda petrista distorsionó el papel (en verdad muy positivo) que ella desempeñó en el trámite de la reforma laboral. Sin embargo, se ha pasado por alto que en la misma lista del Verde se quemaron, y con menos votos que Lozano, varios de los más caracterizados y “leales” petristas, como Fabián Díaz, León Feeddy Muñoz e Inti Asprilla. Lo que todos ellos tienen en común no es su posición frente al Gobierno, sino que llevan más de un período en el Congreso. Estamos ante una dinámica acelerada, despiadada y no necesariamente positiva de renovación de la representación parlamentaria. Es posible que en ella estén incidiendo las ya descritas estrategias agresivas de cooptación por parte del Gobierno. Pero también parecen responder a tendencias más de fondo que vale la pena analizar con mayor detalle.

 Política Tik-Tok y nuevas lógicas de representación 

El partido Alianza Verde nunca se ha caracterizado por su coherencia ideológica. Tampoco ha estado libre de politiqueros, de escándalos de corrupción y de dudosas o confusas coaliciones. Ha sido, sin embargo, una plataforma política para el surgimiento de liderazgos variopintos fuera de las fuerzas políticas tradicionales. Es interesante, por eso, revisar cómo se reconfiguró su bancada de senadores en estas elecciones.

En contraste con lo ocurrido con Angélica Lozano y Katherine Miranda, la única congresista actual del Verde que logró un crecimiento significativo en su votación fue la senadora animalista Andrea Padilla (pasó de alrededor de 40.000 a más de 108.000 votos). Además de su labor legislativa, Padilla es muy activa en sus interacciones dentro y fuera de las redes sociales, con acciones como rescates y jornadas de esterilización de mascotas, o recibiendo y amplificando denuncias de maltrato a animales. Junto con ella, la revelación de la lista Verde fue la de un hasta hace poco anónimo influencer que se dedica a denunciar “elefantes blancos” (obras inconclusas) a través de sus redes sociales y quien obtuvo 121.000 votos.  El senador más votado de la lista fue, nuevamente, el youtuber J. P. Hernández, si bien disminuyó un poco su votación (de más de 170.000 a algo menos de 160.000). En estos cuatro años, JP derechizó su perfil e intentó proyectarse como un Bukele colombiano. Sin embargo, su votación fue ampliamente superada por otro político influencer de derecha, Daniel Briceño, quien fue elegido a la Cámara con más de 260.000 votos solo en Bogotá. Briceño ha logrado ese reconocimiento por las denuncias de presuntas irregularidades en la contratación estatal que presenta, basadas en la información disponible en el sistema público de información SECOP.

Padilla, el “Elefante Blanco” y Briceño tienen en común formas de interactuar y representar a la ciudadanía más directas y concretas que las tradicionales. Esas formas de interacción, que la ciudadanía reconoce y valora, reemplazan a los que tradicionalmente han sido los principales espacios de acción y reconocimiento de los congresistas: los debates de control político y el trámite de las leyes. Si bien la ciudadanía las puede percibir como acciones más efectivas de control del poder, reflejan formas más simplistas de concepción de la política y dejan por fuera debates complejos que quizás afectan de manera más trascendental el interés público. Por ejemplo, los congresistas que han hecho debates y denuncias sobre la situación del sistema de salud no lograron un reconocimiento electoral siquiera comparable al de esas figuras.

Conclusión 

Las elecciones legislativas no son, por supuesto, extrapolables a las presidenciales. En las primeras, las estructuras políticas locales y las interacciones clientelares siguen jugando con fuerza, mientras que en cambio han perdido buena parte de su capacidad de incidir en la elección presidencial. Pero no por eso dejan de ser un termómetro útil de los cambios en el ánimo político y en la opinión, ni podemos desechar los más de veinte millones de ciudadanos que participaron en ellas como mera expresión de “maquinarias”. 

Las nuevas prioridades y formas de interacción de la ciudadanía con los espacios políticos recuerdan el carácter efímero y plano de las interacciones en redes sociales como Instagram y TiK-Tok. Además de representar un reto para los estilos más tradicionales de representación política, introducen un mayor grado de incertidumbre sobre el comportamiento de la opinión pública de cara a las presidenciales. Por fuera de los sólidos bloques petristas y uribistas, cualquier fenómeno viral de quince segundos podría terminar definiendo la elección del próximo presidente.   

Le recomendamos: Las consultas: entre la rutina institucional y sus efectos electorales

Acerca del autor

Isabel Arroyo
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*Doctora en Historia, docente universitaria, consultora de Datos&Relatos

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