
Mujica como síntesis de Uruguay
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El camino de Mujica fue el camino de Uruguay y de una buena parte de América Latina.
Pepe Mujica adquirió fama fuera de Uruguay cuando se convirtió en presidente de la República en 2010. Su forma de vivir, vestir y hablar llamó la atención sobre la singularidad del personaje. El mundo se comenzó a enterar de que este presidente había sido un guerrillero de izquierda, que estuvo preso en calabozos bajo tierra durante la dictadura [1973-1985] y que cuando volvió la democracia a Uruguay eligió vivir sin rencor, decidió dejar las armas y luchar por los votos. Y que también entendió que comenzó queriendo cambiar el mundo y que ahora se conformaba con cambiar la cuadra de su casa. Mujica encierra una paradoja potente: él es un personaje excepcional porque parece una persona común. En estas líneas quiero mostrar cómo el camino de Mujica fue el camino de Uruguay y de una buena parte de América Latina.
El sueño revolucionario y los tiempos del calabozo
José Mujica nació en 1935 en el área rural de Montevideo. Su padre murió cuando él tenía 7 años, y desde entonces ayudó a su madre en el cultivo de flores que vendían en ferias. Fue a la escuela y el liceo públicos y en este último comenzó a militar en el gremio estudiantil. Mujica se inició en la vida política en una época convulsa del país. Durante su juventud le tocó vivir el fin el de las vacas gordas. El Estado de bienestar criollo, basado en los buenos precios de los productos primarios que se exportaban, comenzó a hacer crisis en la posguerra. Como respuesta, por primera vez los uruguayos sacaron del poder al Partido Colorado, que basaba su hegemonía política en el control de un Estado omnipresente y clientelar. El Partido Nacional, típicamente asociado a los intereses del campo, llegó al Gobierno en 1959 y José Mujica comenzó a trabajar como secretario de Enrique Erro, ministro de Industria y Trabajo. Esa changa (forma coloquial de referirse al trabajo) le duró poco porque al ministro Erro lo destituyeron por oponerse a la política económica (que incluía seguir los lineamientos del novel FMI).
Para Mujica y otros sectores progresistas había dos elementos que impedían el desarrollo de América Latina. El imperialismo yankee y la oligarquía latifundista atrasada que disfrutaba de una economía agrícola altamente improductiva. La revolución cubana alentó los sueños revolucionarios de una parte de la izquierda latinoamericana. Sin embargo, las diferencias sobre las rutas hacia una sociedad nueva eran tan grandes como el propio continente. Entre 1963 y 1964 y con el liderazgo del exsocialista Raúl Sendic, José Mujica participó de la fundación del grupo de guerrilla urbana Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T). Ante las diferencias ideológicas de una izquierda altamente teórica y los lineamientos de la URSS, los tupamaros abrazaron la idea de que la mucha discusión separaba a la izquierda, pero la acción la unificaba.
Entre mediados de los sesenta y hasta la desarticulación del aparato armado del MLN-T en 1972, los tupamaros asaltaron bancos, a familias ricas, tomaron por unas horas una pequeña ciudad y crearon la Cárcel del Pueblo, donde secuestraron figuras políticas vinculadas a hechos de corrupción o a la represión de la predictadura. Como grupo armado también ejecutaron a un agente del FBI que enseñaba métodos de tortura a las Fuerzas Conjuntas, así como militares y policías. La ejecución de un peón rural que había descubierto un escondite en un campo minó la simpatía popular de los tupamaros.
Mujica cayó preso cuando la toma de Pando en 1969; se fugó con otros cien guerrilleros del penal de Punta Carretas en 1971 y volvió a caer preso en 1972. Esta última vez, las Fuerzas Armadas controlaban la represión en el país y Mujica y otros ocho líderes del MLN-T pasaron a ser considerados rehenes. Si el MLN-T volvía a cometer una acción armada, los rehenes serían ejecutados. Entre 1972 y 1985 los rehenes fueron recluidos en aljibes, calabozos, siempre aislados. Mujica siempre contaba que las torturas y el aislamiento lo enloquecieron por un rato. Dijo que los milicos lo llevaron a una psiquiatra que estaba más loca que él (y que eso lo hizo sentir cuerdo). Después de eso lo dejaron leer libros de agronomía y naturaleza, y allí dejó de pensar que la CIA le había puesto un chip en la cabeza para leerle la mente. El Pepe solía contar que en los calabozos aprendió que las hormigas gritaban y que había domesticado una ranita para hacerle compañía.

Redemocratización y pacificación
Apenas fueron liberados por la dictadura, los líderes tupamaros comunicaron que la organización seguiría militando políticamente, esta vez dentro de la institucionalidad democrática. Los tupamaros en general, y Mujica en particular, salieron de la cárcel afirmando que no tenían cuentas pendientes con nadie. Que habían ido a la guerra y habían perdido. Pepe siempre decía que en su jardín no tenía lugar para cultivar el rencor y que había cosas que no se podían resolver. Eso no obstaculizó que los tupamaros militaran junto al resto de la izquierda para anular por referéndum la ley que otorgaba impunidad a militares y policías que participaron en la represión de la dictadura. En 1989, en las segundas elecciones democráticas, el 56% de los uruguayos prefirió mantener la Ley de caducidad de la pretensión punitiva del Estado¹.
El ingreso de los tupamaros al Frente Amplio (FA) en 1989 no fue fácil. Distintos sectores de la izquierda se opusieron a su ingreso. El general (r) Líber Seregni, fundador del FA, mantuvo la misma tesis que en 1971, según la cual la izquierda debía estar unida sin exclusiones. Así, los tupamaros ingresaron plenamente a la competencia democrática como un sector político del FA en 1989 y obtuvieron dos diputados, pero Mujica sería elegido en 1994. Allí comenzó su proyección mediática. Durante su primer período como diputado, Mujica dijo que se sentía un florero que adornaba con su aspecto la democracia. Dentro de Uruguay, el carisma del Pepe llegó a su apogeo en 2004, cuando le aportó el 35% de todos los votos del FA. Ese año, la izquierda llegó por primera vez al poder, en lo que algunos llamaron el fin de la transición democrática.
Pepe Mujica fue una pieza clave en la reconciliación de Uruguay con su pasado violento y en la opción de un camino pacífico para la resolución de los conflictos. Mujica simboliza la lenta trayectoria que siguió la política uruguaya para consolidarse como sociedad democrática.
Mujica como símbolo de una sociedad democrática y republicana.
Cuando les mostré las imágenes de los funerales de Estado de José Mujica a unas colegas chilenas, me dijeron que les llamaba la atención que las rejas del edificio del parlamento fueran tan bajas. Les respondí que ni el parlamento, ni la Casa de Gobierno de Uruguay tienen vallas ni rejas y que el vallado era ocasional para organizar la fila de ingreso al velorio. Eso también es parte del legado de Mujica.
Aunque los primeros años de posdictadura tuvieron distintos episodios represivos, líderes políticos y ciudadanos fueron construyendo un consenso político sobre la importancia de los valores republicanos y democráticos.
La figura de Mujica sintetiza una larga tradición uruguaya de cercanía entre los líderes políticos y el ciudadano común. Mujica contaba que cuando era niño le vendía flores al presidente Luis Batlle Berres, que viajaba en ómnibus desde la zona rural de Montevideo hasta la casa de Gobierno. Jorge Batlle, hijo de Batlle Berres y presidente durante la crisis económica de 2002, dijo que seguía caminando por la calle para que la gente pudiera verle la cara e insultarlo llegado el caso. Decía que eso alimentaba la república.
José Artigas, prócer de Uruguay, decía que naides es más que naides. Mujica repetía esa frase hasta el cansancio y aseguraba que él vivía y hablaba como las mayorías. También afirmaba que los gobernantes deben vivir como las mayorías y no como las minorías. Esa idea de igualdad simbólica es crucial para respetar la dignidad del otro y construir sociedades pacíficas.
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¹La ley 15.848 de caducidad de la pretensión punitiva del Estado se promulgó en 1986 y establecía que no serían juzgados los delitos de motivación política cometidos por funcionarios militares y policiales durante la dictadura.
Acerca del autor

Lihuen Nocetto
*Doctor en Ciencia Política. Profesor de la Universidad Católica de
Temuco, Chile. Investigador asociado del Centro de Políticas Públicas
(UCT).
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