Las narrativas en torno a la paz total: ¿qué queda?
Foto: Cornare

Las narrativas en torno a la paz total: ¿qué queda?

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Parece ser que el presunto “fracaso” de la Paz Total es más bien un “fracaso” de todas las partes: un gobierno desbordado que no tuvo una oferta suficientemente clara y atractiva de desmovilización, y unos grupos armados que enmascararon en la apertura al diálogo el poco compromiso real con la paz.

En una reciente entrevista realizada por Los Informantes, los comandantes del frente de guerra Nororiental del ELN en Catatumbo, conocidos como alias Guerrero y alias Rodríguez, afirmaron que la Paz Total con el gobierno de Petro “ha fracasado”. ¿Qué implica que la guerrilla con la que se tenía una propuesta de paz más avanzada en el marco de los diálogos de la Paz Total la tilde abiertamente como un fracaso? ¿Qué particularidades tiene el hecho de que este mensaje venga desde un frente del Catatumbo y se transmita por uno de los medios de comunicación tradicionales masivos del país? 

La violencia en el Catatumbo a principios de año ha sido una de las más intensas recientemente, con más de ochenta muertos y alrededor de 56.000 desplazados, según Human Rights Watch del 26 de marzo. 

El municipio de Tibú, cerca de la frontera con Venezuela, ha experimentado esta violencia, lo que ha provocado el desplazamiento de personas hacia áreas urbanas del país. Cúcuta ha recibido más de 29.000 personas desde el inicio de los enfrentamientos entre disidencias y ELN en enero.

Sin duda alguna, no solo el recrudecimiento de la violencia en el Catatumbo, sino la constante situación crítica en Cauca y el control territorial y poblacional en Chocó, son temas que levantan interrogantes sobre la efectividad de las posibilidades reales para la paz que tenemos en algunas de las regiones del país. Sin embargo, atribuir el “fracaso” de la Paz Total a Petro sin un análisis profundo es insuficiente.

¿Ha fracasado la Paz Total? 

Aunque la violencia ha aumentado desde 2022, es complicado establecer una relación causal con el cambio de gobierno.  Por el contrario, este panorama está enmarcado en unos rezagos importantes de la implementación del Acuerdo Final de Paz firmado con las FARC-EP, la falta de garantías para firmantes de dicha paz y un claro desinterés político por la paz. 

Sin embargo, no todo es nuevo en el conflicto al que tristemente estamos acostumbrados como país. Se mantienen la regionalización del conflicto, la expansión de grupos armados desde la desmovilización de las FARC-EP y la influencia y control territorial sobre la población. 

Ante este panorama, el gobierno Petro-Márquez propuso un modelo de paz distinto.  Un modelo ambicioso que reconocía las falencias estructurales que alimentan la guerra, basado en una metodología que proponía negociaciones paralelas con varios grupos armados. Reconoce también que no basta con que el mayor actor armado, como las FARC-EP, entregue sus armas si otros actores armados pasan a ocupar sus territorios. 

La propuesta parecía pertinente e interesante. Sin embargo, la manera como fue diseñada propició dos situaciones:   

  • En primer lugar, uno de los efectos controversiales de la Paz Total fue la utilización mediática del discurso político por parte de los grupos armados.  Con el objetivo de ingresar a los diálogos de paz, los grupos comenzaron a exhibir posturas políticas que, en muchos casos, se distancian de las formas y fines de las organizaciones, pero que les eran útiles para acceder a conversaciones con el Estado y mantener legitimidad en los territorios. 
  • En segundo lugar, además del uso mediático del discurso político, otro error de la Paz Total fue la tensión que generó entre los distintos modelos de paz. Puntualmente, resulta polémico que la paz Total y el Acuerdo Final de Paz estuviesen constantemente en competencia. Seguimos, como país, poniéndole apellidos a la paz “de Santos” y a la “de Petro”, lo cual personaliza un proyecto que debe ser estatal y nacional. Las lógicas presidencialistas de la paz impiden un avance a largo plazo de políticas públicas engranadas con burocracias locales y regionales que respondan a una visión de paz estatal. Evidentemente las negociaciones de paz son políticas y gubernamentales, pero la implementación de los acuerdos es más silenciosa, en el sentido de que es menos mediática, más lenta y quizá más importante. El ruido generado por la implementación del Acuerdo Final en las mesas de negociación de la Paz Total demuestra la fragmentación de propuestas de paz, lo que impide una visión unificada del proceso.

Las cifras muestran cada vez más personas afectadas por la guerra y menos compromisos materializados de bandas y/o guerrillas con dejar las armas, dejar las economías ilegales y hacer la paz. 

La Armed Conflict Location and Event Data (ACLED), en su informe “La población civil de Colombia se enfrenta a una violencia menos letal, pero más generalizada durante la presidencia Petro”, registra el 2023 como uno de los años más violentos para la población civil. Con la particularidad de que esta violencia no necesariamente representa un aumento de asesinatos, aunque ha demostrado ser más cruda y severa. Esto se debe, principalmente, a que la expansión de grupos y organizaciones armadas se ha traducido en el aumento de enfrentamientos regionales.  

Foto: Policía Nacional de Colombia

Después de más de dos años de desarrollo, no se han logrado los resultados previstos, lo que genera incertidumbres para el futuro. La situación, sin duda, es crítica y desalentadora. Pero el panorama también deja aprendizajes valiosos: 

  • Las dinámicas de la violencia plantean retos para rastrear las reconfiguraciones del conflicto armado.  Pero también hay que tener en cuenta el papel que juegan las divisiones internas y la autonomía de los distintos frentes dentro de los grupos armados, así como las alianzas volátiles entre estos grupos, que cuando se rompen o incumplen pueden afectar directamente los niveles de violencia en los municipios.
  • La Paz Total y su aparente “fracaso” muestran que querer dialogar no es lo mismo que querer la paz. La experiencia de Comuneros del sur sugiere que cuando hay disposición es posible llegar a acuerdos, como sucedió con esos frentes del ELN. Sin embargo, la propuesta de múltiples negociaciones en paralelo corre el riesgo de fragmentar tanto al grupo armado como los esfuerzos del Estado. Es necesario regionalizar la paz sin perder la articulación nacional.

¿Qué implica que el ELN afirme que la paz total ha fracasado? 

La entrevista transmitida a través de Caracol parece más un último recurso para desviar la atención hacia la baja legitimidad de Petro por su pobre compromiso con el reconocimiento y el daño a las víctimas de la guerra.

El ELN debe asumir el costo político de su accionar. Esta guerrilla sigue en el discurso de responsabilizar al otro por sus acciones y, como lo afirma Guerrero en la entrevista de Los Informantes, siguen convencidos de la lucha armada. ¿Qué posibilidades reales de paz se pueden esperar entonces del ELN? Ni el discurso ni las acciones se corresponden con una intención de sacar las armas de la política y proyectarse en la vida civil. 

Es necesario que los grupos armados muestren compromiso y voluntad de dejar las armas y la violencia, y, aunque parezca obvio, hay que preguntarles directamente si están o no dispuestos a hacerlo. Porque todo tiende a indicar que no lo están. 

Entonces parece ser que el presunto “fracaso” de la Paz Total es más bien un “fracaso” de todas las partes: un gobierno desbordado que no tuvo una oferta suficientemente clara y atractiva de desmovilización, y unos grupos armados que enmascararon en la apertura al diálogo el poco compromiso real con la paz. 

¿Qué queda? 

Con el alza de violencia, pierde la política de Paz Total. Pierde la sociedad civil a la que se convocó para participar en diálogos regionales que sustentaran el eventual acuerdo. Pierde el ELN la posibilidad de llegar a un acuerdo con un gobierno de izquierda, y pierden la posibilidad que brindaba esta metodología de la Paz Total de ir implementado programas y políticas en los territorios a medida que se negociaba la paz. Y, sin duda, pierde legitimidad el gobierno nacional. 

El panorama hacia 2026 genera una mayor incertidumbre. Ante la débil acogida de discursos –y prácticas– de seguridad humana para contener las amenazas de los grupos armados, quedamos en un a un panorama en el que los discursos militaristas tienen un contexto favorable para expandirse, de cara a las futuras elecciones presidenciales.

Sin embargo, ante el desolador panorama, hay que rescatar los aprendizajes que quedan del proceso. Ganamos una metodología de paz distinta, sobre la cual debemos seguir trabajando para encontrar el tipo de paz que necesita Colombia. Queda claro que la paz debe ser regional y territorializada, conectada con las necesidades puntuales de los territorios, cuyos liderazgos sociales tienen identificadas de manera histórica. Queda claro que la paz funciona cuando involucramos a las comunidades y a las víctimas desde el principio. Y queda claro que tildar la Paz Total de éxito o fracaso es caer en una lógica dicotómica que no permite ver los matices. 

Le recomendamos: ELN dinamita la Paz Total con el gobierno

Acerca del autor

Paloma Bayona
pbayona@razonpublica.org | + posts

*Politóloga de la Universidad Javeriana e investigadora de la línea Conflicto, Estado y Paz en el Cinep/PPP.

Maria Jose Carranza

Practicante del equipo CINEP/ppp Estado, Conflicto y Paz. Politóloga con énfasis en estudios de conflicto y paz de la Universidad Javeriana.

1 comentarios

Paloma Bayona y Maria Jose Carranza

Escrito por:

Paloma Bayona y Maria Jose Carranza

Comentarios de “Las narrativas en torno a la paz total: ¿qué queda?”

  1. Saludos desde México. En los primeros meses del gobierno del presidente Belisario Betancur Cuartas, Diciembre de 1982 y Enero de 1983, los comités de Solidaridad mexicanos con Colombia, anunciaban la posibilidad de que hubiera paz en la patria de Gabriel García Márquez. Han pasado 42 años y la población colombiana ha sido víctima de la guerra, de los abusos del poder, del crecimiento del narcotráfico y el paramilitarismo, así como de crisis en las filas insurgentes y el reconocimiento de que esta larga guerra no la gana ningún grupo, ni gobierno. Solamente la pierde el Pueblo. Tenemos un Gobierno del Cambio, con Gustavo Petro; pero el Uribismo y ahora el apoyo Total de Donald Trump a la extrema derecha, impiden una vez más la Paz Total en Colombia. No nos engañemos. Los gobiernos de Estados Unidos, siempre han querido desestabilizar y asesinar a las y los colombianos. Atentamente, Fernando Acosta Riveros, Colombiano-Mexicano

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