
Sorpresa y democracia
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Aprendamos de las elecciones en Estados Unidos. Aprendamos que no oír a los demás es la raíz de la polarización, aprendamos que el respeto y el diálogo pueden cerrar las brechas que nos dividen
La sorpresa como síntoma de desconocimiento
En los últimos días hemos observado y quizás participado en una experiencia conocida: la mitad de un país toma una decisión, y la otra mitad se sorprende.
Uno se sorprende ante lo extraño, lo inesperado, lo contrario a lo que suele ocurrir o se anticipa. Así, es de suponer que la decisión de la mayoría de los votantes estadounidenses resulta extraña e inesperada, como ocurre con muchas decisiones en democracias polarizadas.
¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo ocurre que durante semanas un candidato da razones a una comunidad para que vote por él y después la mitad del país no entienda por qué lo hicieron? Esta pregunta tiene un reverso: ¿Cómo puede ser que durante semanas una candidata dé razones para que voten por ella y después la otra mitad del país no comprenda por qué no lo hicieron?
Para esto, hay dos explicaciones que, aunque simples, son verosímiles y preocupantes: medio país escuchaba al candidato y el otro medio a la candidata. Pocos escucharon a ambos. Menos aún realizaron la tarea de comparar razones y decidir sobre la base de dicha comparación. Así, muchos no saben realmente a favor de qué votaron quienes lo hicieron de manera distinta.
Ya entrados en el juego de las preguntas y las conjeturas, cabe seguir indagando: ¿cómo consigue tanta gente no oír un discurso omnipresente, que los acompaña al trabajo, interrumpe su descanso y se filtra hasta las cocinas y dormitorios de las casas?
Aquí surge otra explicación simple, verosímil y preocupante: están convencidos de que quienes no piensan como ellos son malos o irracionales. Por eso no oyen nada, pues creen que no hay nada que oír.
El mito del bien contra el mal
No es nada nuevo, pero es importante recordarlo: el mito de que la historia consiste en una lucha entre el bien y el mal inhibe la deliberación. Si en toda contienda política unos son buenos y otros malos, no hay que oír sino a una mitad, ni pensar en nada más.
En efecto, sí sé que soy bueno y alguien no está de acuerdo conmigo, entonces él es malo o, como mínimo, está equivocado. A la gente «buena» no le gusta hablar con la gente «mala». Prefieren asumir la misión de «sacar del error» a quienes consideran equivocados.
El problema con esta misión es que está frustrada desde el comienzo: creemos que están equivocados y que su error los lleva «por el camino del mal». Entonces los exponemos ante nuestros valores para que reconozcan su error, se avergüencen en público y se sientan culpables en privado por todo el daño causado.
Esta estrategia no funciona porque ellos tienen otros valores o, a veces, los mismos en un orden diferente; pero no lo sabemos porque no los oímos.
La deliberación como herramienta democrática
Naturalmente, cuando privamos a los demás de nuestra escucha, parecen irracionales. Como no los oímos, las únicas razones que conocemos bien son las nuestras y, a la luz de estas, deberían estar de acuerdo con nosotros. Es increíble que no lo estén. Deberían llegar a nuestras conclusiones, necesariamente.
El problema de fondo radica en que las opciones políticas no son necesarias, sino posibles: son elecciones. Por eso, la deliberación implica buscar al otro, adaptarse a él, invitarlo a inferir y conseguir que quiera. Nada lo obliga: es su elección. Por eso habría que oírlo.
¿Y qué oirían si lo hicieran? Bueno, en el caso de los políticos profesionales, puede ser difícil saberlo. Sin embargo, hay alguien más a quien oír: a sus votantes. Los votantes que no son como nosotros, a quienes, en cualquier caso, los políticos buscan convencer.
Seguramente habría cosas que oír allí, aunque distintas: otros valores, otros temores, otras reglas y, por supuesto, otros medios para otros fines. A veces también otros medios para los mismos fines.
A partir de ahí, no se trata de refutarlos para que se conviertan. Puede ser asunto de encontrar coincidencias, cerrar las distancias más cortas y hallar una forma de vivir juntos. No felizmente juntos, como en un cuento de hadas, sino civilmente juntos, como en una democracia.
La sorpresa, o mejor, lo sorprendente, como sugería Aristóteles, no es tanto un atributo de las situaciones como una reacción que indica nuestra ignorancia. Lo extraño no es más que lo desconocido. En el caso de las sorprendentes decisiones de las democracias polarizadas, nuestra ignorancia radica en desconocer a los otros: cómo piensan, qué creen, qué prefieren y, sobre todo, las razones que tienen para ello.
Claro está, esta sorpresa colectiva no sería preocupante si en este aspecto Colombia estuviera mucho mejor que Estados Unidos. Lamentablemente, no es así, o al menos no tanto como para ignorar el tema.
Hacia un respetuoso disenso
Para evitarnos sorpresas desagradables, tendríamos que realizar más foros públicos y prestar atención a lo que se dice en ellos. Por ejemplo, en el último foro público de Ciudad Di-SCiente, organizado por la Universidad EAFIT, el tema más frecuente fue la infancia y la adolescencia. Podríamos empezar a construir consensos sobre lo que queremos para ellos, sobre lo que todos los colombianos quisiéramos garantizarles.
Asimismo, dado que el segundo tema más frecuente fueron las violencias basadas en diferencias de género, sería oportuno oír una mayor variedad de voces. No para culparnos mutuamente, sino para conocer las distintas versiones de una historia que podemos construir juntos.
En un respetuoso disenso, atendiendo a las posibilidades de generar consensos, podríamos tramitar con menos sorpresa y menos trauma los desacuerdos que persistan.
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*Razón Pública agradece el auspicio de la Universidad EAFIT. Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor.
Acerca del autor
Julder Gomez
*Profesor e investigador del Área de Lenguaje de la Escuela de Artes y Humanidades de la Universidad EAFIT
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