
El ascenso del fanatismo en el siglo XXI
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El colapso de la civilidad y el ascenso del fanatismo reflejan una crisis global que bloquea el progreso y fomenta la desresponsabilización y el oscurantismo.
Mary Luz Alzate Zuluaga*
Crisis global y fractura institucional
Junto a la crisis global provocada por la precarización social y económica de grandes sectores de la población, se encuentran la crisis de los regímenes democráticos, la crisis de los ecosistemas derivada del cambio climático, y las crisis humanitarias ocasionadas por los distintos conflictos y guerras entre sujetos armados estatales y no estatales en el mundo.
El escenario socioeconómico y político de la tercera década del siglo XXI se ha sumergido en una crisis de envergadura indescifrable. Esta situación se evidencia en la fractura de instituciones que, durante siglos, han sido baluartes de civilidad, como las instituciones de educación superior, los medios tradicionales de comunicación, los partidos políticos programáticos y las organizaciones sociales, identitarias y de clase.

Fanatismo y distracción: un obstáculo para la emancipación
En un contexto de crisis generalizada, las condiciones que favorecen al fanatismo, ya sea de carácter fascista o de cualquier otra índole, se presentan con mayor facilidad, mientras que las oportunidades para propuestas emancipatorias se ven cada vez más limitadas. Una publicación reciente lo expresa de la siguiente manera:
“La noción ingenua de que las masas no actúan contra sus propios intereses ha sido aniquilada, y su opuesto exacto se ha demostrado a cada paso. Así, en cada nueva «crisis», la «alternativa» está representada por las fuerzas premodernas del fascismo, ya sea político o religioso. El colapso de la razón neoliberal se ha entendido como el colapso de la razón misma. Por tanto, nada más natural que el crecimiento del oscurantismo, perfectamente expresado en las fuerzas fascistas”.
Es por esto que una de las circunstancias opuestas a la emancipación es el fanatismo. Esa cierta proclividad a convertirse en seguidor ciego, obediente, pertinaz y acrítico con quien ejerce la dominación. Cada una de estas actitudes y formas de actuar se pueden recoger en lo que el filósofo, Ernest Bloch, definió como distracción, y que un filósofo contemporáneo francés, Jacques Rancière, denomina como formas del olvido de sí o atontamiento, esa disposición contraria a la emancipación intelectual.
Las implicaciones de tales actitudes en la vida social y política dificultan la reflexión moral sobre cualquier consecuencia política y la responsabilización en la vida en común. Es decir, una incapacidad para examinar cómo nuestras acciones individuales afectan a otras personas, incluso a aquellas que comparten nuestra misma procedencia o clase social.
El concepto de distracción, del filósofo alemán Ernest Bloch (1885-1977), entendido como una suerte de des-identificación con el lugar material que se ocupa, es una de las primeras condiciones que plantea una forma de descuido o desatención que impide el reconocimiento de la situación de clase en un momento histórico particular.
El autor escribía acerca de este tema previo a la Segunda Guerra Mundial en Alemania, momento en el que obreros, campesinos y pequeños burgueses vivían cierta ‘asincronicidad’, donde el presente no se experimentaba como tal. Así, el campesinado vivía en la nostalgia de una conciencia económica-ideológica pasada, que consistía en el apego a la idea romantizada de un pasado arraigado a la tierra (el feudo) y a las promesas de abundancia del futuro. Bloch diría de ellos que eran “los desactualizados, viviendo de la antigua y romántica protesta contra el capitalismo”.
Por su parte, los obreros también experimentaban su propia distracción, ya que podían verse arrastrados por la clase media y su espíritu indeciso; aunque su grado de organización (ya fuera a través de cuadrillas, grupos de obreros, sindicatos, movimientos sociales), y por más ubicados que se encontraran socialmente, al tener una ‘conciencia de clase’ o con un nivel suficiente de apropiación de su lugar social.
Pese a todo, vivían con el deseo de un futuro comunista, como una apariencia ideológica. De acuerdo con Bloch, durante el momento del ascenso del nazismo alemán, el presente tampoco regía sus acciones respecto de los pequeños burgueses —una clase desarticulada, automatizada e individualista, vivían una asincronicidad bajo unas condiciones materiales de escasez, pero desde un ánimo, percepción o deseo burgués.
El papel del líder en el fanatismo
Para Bloch, estas circunstancias hacían parte de una distracción de clase, una ausencia de polo a tierra frente a las condiciones materiales de existencia pauperizadas o proletarizadas, de suplantación de la voz del depauperado.
La idea de la distracción, como una respuesta explicativa del fanatismo, permite comprender que el hambre y la escasez no producen automáticamente una revolución; por el contrario, históricamente se ha visto que produce reacción, conservadurismo y romantización de un pasado que no fue y prepara un ambiente social y político para el fascismo. Lo que quiere decir, de acuerdo con Bloch, que el impulso contestatario del anticapitalista se va difuminando y termina por volverse una contestación reaccionaria.
Ante la escasez, no se busca transformar las condiciones sociales y económicas de existencia, sino que se opta por la defensa del mismo sistema productor de la proletarización. «El hombre de pocos recursos de ningún modo se rebela contra los de arriba» (2019, p.42), decía Bloch en esa época.
La mirada hacia estos ‘distraídos’ de Bloch, podría incluirse dentro de sus críticas al deseo del intelectual de turno de que las distintas agrupaciones de dominados reaccionaran de un modo determinado frente a la dominación. Este conformismo con lo que ocurre a los precarizados, o la falta de sentido de su propia realidad y coherencia con la misma, es una explicación plausible del espíritu fanático de la época pre-fascista y fascista.
Más de cincuenta años después de las reflexiones de Bloch, Rancière profundizará en la idea de la distracción como un menoscabo y olvido de sí, que termina siendo un menosprecio de los otros.
La cuestión de quiénes se atribuyen representaciones sociales o políticas de opiniones e identidades convierte la distracción en un elemento fundamental para el surgimiento de fanatismos políticos y religiosos. La escasez de información, la aceptación de verdades a medias y la manipulación de datos, por parte de comentaristas y expertos, son factores que distraen y que evolucionan con el tiempo, adaptándose a los cambios en los medios de comunicación y en los dispositivos que utilizamos para acceder a la información.
Esta distracción ha proporcionado un terreno fértil para las derivaciones fanáticas de corte fascista, alimentada a su vez de los ritos, los símbolos utilizados de modo litúrgico, las palabras cohesionadoras que van proporcionando un impulso común; la irratio es también capaz de seducir, dirá Bloch.
Lo anterior va permitiendo que entre las distintas agrupaciones sociales surja eso que se ha denominado una comunidad. La fuerza que permite la formación de una comunidad es una fuerza religiosa y mítica que requiere un líder acorde con dicha fuerza: alguien fuerte, salvador y organizador del destino común de la comunidad.
En este punto, de nuevo es Bloch quien permite orientar la reflexión de la importancia de ese líder para la configuración del fanatismo nacionalista o de cualquier otro corte:
El deseo de un Führer debe ser el más viejo de todos. Existe en la relación entre hijo y padre y en la búsqueda de una persona joven si el padre es un gaznápiro. Los animales grupales tienen a su macho fuerte a la cabeza, los cazadores que todavía no han dispuesto la división del trabajo, eligen a un jefe. La primera imagen del líder en un sentido espléndidamente humano la representa Moisés, al mismo tiempo es líder de los oprimidos y líder que lleva a la Tierra Prometida. (2019, 131)
La figura del líder ocupa el lugar de quien debe ser seguido, o de aquel que lidera el camino hacia esa «tierra prometida»; en el caso de la religión secular, hacia la búsqueda del paraíso y la felicidad en la tierra. Igualmente, el líder es quien ejerce un cierto control de las masas.
Ahora bien, ese líder puede tener unas características artificiosas o puede estar imbuido de una sabiduría práctica o teórica. Esto se aplica tanto al líder político como al líder intelectual, que ejerce una suplantación del deseo del pueblo. Lo cierto es que dependiendo del liderazgo será el tipo de control social sobre las masas.
Consecuencias del fanatismo en la vida social y política
Para finalizar, en relación con la denominada crisis de la subjetividad de la clase trabajadora, es fundamental comprender el fanatismo. Este fenómeno, entendido como una suerte de abandono de la libertad y de la responsabilidad tanto de uno mismo como de los demás, constituye uno de los problemas más cruciales.
Una vez el sujeto se abandona a la voluntad general, al pueblo y a la tutela del Führer de turno, no únicamente pierde, limita y auto-restringe su propia capacidad de discernir, decidir y actuar, sino que, y esto es lo más devastador y deshumanizante, experimenta un efecto de desresponsabilización respecto al destino de los demás.
Esto quiere decir que ya no hay ninguna implicación, cercanía o involucramiento con lo que le ocurra al otro. Los ejemplos que se han tenido desde la Segunda Guerra Mundial abundan en evidencia de esta afirmación; campos de concentración, gulags, dictaduras militares, hambrunas, crisis ambiental, entre otras.
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Acerca del autor

Mary Luz Alzate
*Docente Titular en Dedicación Exclusiva del Departamento de Ciencia Política Directora Centro de Pensamiento Crítico de Política, Ambiente y Sociedad. Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.
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