Acerca de la habitabilidad del daño y otras formas de dignificar la vida

Acerca de la habitabilidad del daño y otras formas de dignificar la vida

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El 2 de mayo de 2024 se cumplieron 22 años de haberse cometido la masacre de Bojayá en el medio Atrato chocoano, hecho que produjo más de 100 víctimas y el desplazamiento de 5.771 personas a la ciudad de Quibdó.  ¿Cómo sobreviven comunidades enteras al fragor de la guerra y sus secuelas? ¿qué queda después del daño y el aumento de la precarización social y económica? ¿Qué hacer con el dolor del ser querido asesinado o desaparecido?, ¿qué hacer con la nostalgia del lugar, la casa, los enseres y bienes perdidos al desplazarse forzadamente de su territorio? 

Las vivencias de las mujeres afroatrateñas revelan la vitalidad de sus trayectorias de recuperación, arraigadas en actividades creativas cotidianas, que protegen los ríos, los cuerpos y los ecosistemas. Nos ofrecen un valioso aporte epistémico al evidenciar una amplia gama de saberes, herramientas y discursos comunitarios, desafiando la narrativa hegemónica que las retrata únicamente como víctimas pasivas. Estas mujeres desafían esta visión al mostrar sus diversos roles de resistencia, afrontamiento y recuperación de la vida y sus recursos, a través del cuidado colectivo, a pesar de los hechos estructurales de vulnerabilidad y precarización.  Este enfoque nos insta a dirigir nuestra atención hacia las voces y experiencias de aquellos/as que han sufrido directamente la pérdida de sus seres queridos y la degradación de su entorno ecosistémico, tal como Quiceno Toro desarrolla con el concepto de «habitabilidad del daño» (2021).

La antropóloga Natalia Quiceno Toro en su investigación con las mujeres del Bajo Atrato chocoano titulada, Bordar, cantar y cultivar espacios de dignidad: ecologías del duelo y mujeres atrateñas (2021) indaga acerca de las formas de elaboración de los duelos y los aprendizajes ancestrales que se actualizan en estos ejercicios de cuidado y reparación frente al dolor de la pérdida por las distintas violencias vividas en el territorio.

La diversidad de formas de sobrevivencia y afrontamiento nos brindan oportunidades para reflexionar sobre valiosos aprendizajes, los cuales no son necesariamente únicos ni insignificantes, a pesar de no recibir la misma atención y notoriedad que los eventos de violencia y destrucción. Sanar heridas, reunirse para conversar sobre lo ocurrido, compartir emociones y reflexiones, encontrar apoyo en la comunidad, aprender de las destrezas, historias y conocimientos de otros y otras; todo esto contribuye a visualizar una vida plena en un territorio marcado por las cicatrices de la guerra. Estas vivencias pueden también abrir camino hacia la sostenibilidad económica, incluso mediante la creación de empresas colectivas que brinden medios de subsistencia.

Así es como se reconoce el valor transformador de estos conocimientos y tretas individuales y colectivas. Por ejemplo, en el cultivo de plantas y el conocimiento de sus propiedades curativas, se observa en ese hacer y aprender cotidiano con las hierbas un giro hacia el bienestar y el cuidado, tanto para quienes participan directamente como para sus familias y comunidades cercanas. También se evidencia en la confección manual de telones que recuerdan la memoria de lo acontecido durante el conflicto armado, como en el caso de los grupos de mujeres artesanas Guayacán en el municipio de Bojayá y Artesanías Choibá en el municipio de Quibdó, descrito por Quiceno Toro. Estas son situaciones testimoniales que reflejan el reconocimiento del daño, al mismo tiempo que constituyen ejercicios terapéuticos de sanación y perdón frente a los actos atroces vividos durante el conflicto armado.

Una reflexión similar suscita las prácticas de los alabaos y cantos de las mujeres afro atrateñas. En medio de la fuerza espiritual que las impulsa, estas mujeres recuperan la historia ancestral de sus comunidades, se brindan apoyo mutuo, encuentran consuelo y obtienen nuevos impulsos para sobrellevar el duelo.

Son ejercicios cotidianos que le restan poder a la guerra, como descubrió Rancière en los archivos históricos de grupos de obreros en el París del siglo XIX, tal como describe en su libro «La noche de los Proletarios». Estos obreros dedicaban horas de sus noches, más allá de dormir para descansar del trabajo, a la poesía y a reflexionar sobre su futuro deseado. De manera similar, las mujeres afro atrateñas le roban horas, días y experiencias de dignidad y curación a la guerra, dedicándose a prácticas que les permiten reconstruir sus vidas y reafirmarse más allá de ser solo víctimas, otorgando nuevos significados a sus territorios. Dándonos, de paso, una gran lección de vida y dignidad, esa es la fuerza emancipadora necesaria para impulsar los cambios significativos. La vida y el daño se afronta con valentía, no hay espera para los programas estatales, ni espacio para la indiferencia social o la desidia gubernamental  y de los funcionarios de turno. 

Acerca del autor

Mary Luz Alzate

*Docente Titular en Dedicación Exclusiva del Departamento de Ciencia Política Directora Centro de Pensamiento Crítico de Política, Ambiente y Sociedad. Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.

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Mary Luz Alzate

*Docente Titular en Dedicación Exclusiva del Departamento de Ciencia Política Directora Centro de Pensamiento Crítico de Política, Ambiente y Sociedad. Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.

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