“Eso no es de mujeres”: el deporte y los límites de lo femenino*
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“Eso no es de mujeres”: el deporte y los límites de lo femenino*

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El Mundial de Atletismo en Berlín, hace 15 años, fue inolvidable. Sin embargo, para Caster Semenya, marcó el inicio de una disputa judicial que cuestionó su identidad y dejó un debate abierto hasta la actualidad sobre el cuerpo femenino en el deporte.

Adelaida Acosta Posada** y Mariana Toro Taborda***

Hace quince años, Berlín fue escenario del duodécimo Mundial de Atletismo. Bajo un clima veraniego, alrededor de 75,000 espectadores llenaron el Estadio Olímpico para presenciar más de 40 disciplinas femeninas y masculinas. La mascota del evento, Berlino, posó orgullosa junto al jamaiquino Usain Bolt, quien rompió el récord mundial en esas competencias. 

Por otro lado, la australiana Dani Stevens, de 21 años, se coronó como la campeona más joven en lanzamiento de disco hasta la fecha. Este campeonato fue, sin duda, un evento memorable tanto para atletas como para espectadores.

La controversia

Para Caster Semenya, atleta sudafricana de 18 años, que compitió en los 800 metros, el evento marcaría el principio de una larga disputa judicial. Tras vencer en el certamen, con una ventaja de más de dos segundos, la reconocida deportista tuvo que enfrentarse a una avalancha de comentarios que ponían en duda que fuera mujer. La controversia se hizo aún mayor cuando el director de su escuela señaló públicamente que la atleta nunca había vestido una falda y que apenas se había percatado de que era mujer en undécimo grado. 

Con base en estos comentarios, y debido a su alto rendimiento, la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF) decidió someterla a una serie de pruebas para determinar su sexo. En su momento estas pruebas incluyeron a especialistas en: endocrinología, psicología, ginecología, medicina interna y un experto en género. 

Los exámenes 

La práctica de exámenes para determinar el sexo de las deportistas no es reciente. Entre 1946 y 1966 cada federación nacional debía validar que sus atletas fueran mujeres, con el fin de evitar que los hombres compitieran en los certámenes femeninos.

Sin embargo, frente a la sospecha de que el Bloque del Este enviaba hombres, o “falsas mujeres”, a competir se estableció una verificación obligatoria de sexo para cualquier mujer que quisiera participar en competencias internacionales de atletismo. Hoy en día, las preocupaciones históricas que impulsaron la implementación de estos exámenes parecen superadas. Aun así, los controles se siguen empleando. 

Los altos niveles de testosterona pueden deberse en algunos casos a diferencias en el desarrollo sexual (DSD por sus siglas en inglés), que pueden ser imperceptibles, incluso para las propias mujeres. A hoy no hay evidencia convincente de que las diferencias en el desarrollo sexual incidan en la capacidad física de los atletas. En el caso de Caster Semenya, el informe de los exámenes nunca fue conocido. Solo hubo rumores en torno a los resultados. 

Aproximadamente un año después, en 2010, la IAAF aceptó la conclusión de la comisión médica y permitió a la atleta competir como mujer. Pese a ello, en 2018 la entidad modificó el estándar de elegibilidad para las mujeres que contaran con altos niveles de testosterona. 

Semenya decidió acudir a los tribunales para denunciar que tales prácticas resultaban discriminatorias. La medida fue suspendida temporalmente, pero las decisiones del Tribunal de Arbitraje Deportivo y la Corte Federal Suprema de Suiza terminaron por respaldar la posición de la federación. Por lo tanto, la atleta solo podría competir si disminuía artificialmente sus niveles de testosterona. 

En su decisión, el Tribunal señaló que, si bien se trataba de un criterio discriminatorio, era necesario para preservar la integridad del deporte femenino. Era paradójico, sin embargo, que una prueba que pretendía asegurar la igualdad entre deportistas se empleara, exclusivamente, frente a las mujeres.

Foto: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Caster_Semenya_London_2012.jpg

Es preocupante que más de una década después se siga cuestionando el sexo de las competidoras.

La actualidad

Es preocupante que más de una década después se siga cuestionando el sexo de las competidoras. En los juegos olímpicos de este año han sido bastante sonados los casos de dos boxeadoras. La taiwanesa Lin Yu – ting y la argelina Imane Khelif, ganadora del oro y fuertemente acosada en las redes sociales por su apariencia física. 

En la historia de las competencias deportivas internacionales es el sexo de las competidoras el que se ha puesto en duda, no el de los competidores. Con frecuencia, además, se trata de mujeres racializadas cuya apariencia no se considera femenina. Hasta la fecha no se le ha negado la participación a un hombre por tener ciertos niveles de testosterona, y estos no suelen ser objeto de escarnio público por no tener una apariencia lo suficientemente masculina como para participar en la categoría deportiva correspondiente. 

Semenya, no conforme con las decisiones que había obtenido antes, decidió acudir al Tribunal Europeo de Derechos Humanos y ganó. Para la Sala Jurídica que analizó el caso, la deportista no había contado con suficientes garantías institucionales y procedimentales para asegurar que sus requerimientos se evaluaran de manera efectiva. En particular, porque su reclamo se refería a afirmaciones creíbles y fundamentadas de la discriminación padecida por sus niveles de testosterona. Ahora, la atleta está a la espera de que la Gran Cámara del Tribunal resuelva un recurso de apelación y decida definitivamente sobre el proceso.

La obligatoriedad de los exámenes, que surgió de un conflicto entre dos potencias mundiales, hoy se presenta como una excusa para que líderes políticos, personajes famosos y usuarios de redes sociales se atribuyan la autoridad de decirle a una mujer que no lo es.

Frente a casos como este, ha surgido la propuesta de clasificar a los deportistas según parámetros fisiológicos que influyen en su rendimiento, en lugar de hacerlo por sexo. ¿Es esta la solución? No lo sabemos. Un sistema basado en parámetros claros para la categorización deportiva podría ser menos discriminatorio y más objetivo, pero no está exento de problemas. Las pruebas necesarias para esta clasificación son costosas y no están al alcance de todos los atletas, lo que podría generar una nueva forma de discriminación, esta vez por el acceso a dichas pruebas.

La discusión es compleja y mantiene abierta la cuestión del cuerpo femenino como un territorio de disputa. La obligatoriedad de los exámenes, que surgió de un conflicto entre dos potencias mundiales, hoy se presenta como una excusa para que líderes políticos, personajes famosos y usuarios de redes sociales se atribuyan la autoridad de decirle a una mujer que no lo es. 

No estamos tan lejos de aquellas noticias de los años 2000 que mencionaban a un director de escuela insinuando que una mujer debía usar falda para serlo. Ahora, basta con ver los Juegos Olímpicos para concluir que una vencedora «no se ve como una mujer» y sentenciar que «no merece competir». El reto, entonces, no solo radica en pensar en sistemas de clasificación menos discriminatorios, sino en promover sociedades más inclusivas, donde no se nos diga que ser mujer es adaptarse a un molde.

*Razón Pública agradece el auspicio de la Universidad EAFIT. Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor.

Acerca del autor

Adelaida Acosta Posada
aacosta@razonpublica.org | + posts

* Abogada, especialista en responsabilidad y seguros, magíster en hermenéutica literaria y doctora en humanidades. Profesora de Escuela de derecho de la Universidad Eafit.

Mariana Toro Taborda

* Abogada. Magíster en Derecho Penal de la Universidad EAFIT y en Derecho Penal y Política Criminal de la Universidad de Málaga. Profesora de tiempo completo de la Universidad EAFIT y editora de la Revista Nuevo Foro Penal.

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Adelaida Acosta Posada y Mariana Toro Taborda

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