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Maestría Paola Holguin

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El gobierno de Gustavo Petro llegó al Ministerio de Cultura con la intención explícita de modificar el modelo anterior. La ministra Patricia Ariza encarnó esa ruptura poniendo el énfasis en un discurso que reivindicaba una cultura vinculada a las comunidades, los territorios, los movimientos sociales y una lectura política de la memoria. Luego el Ministerio pasó a llamarse de las Culturas, las Artes y los Saberes, un gesto simbólico, pero cambiar el nombre de un ministerio no es cambiar la política cultural. La salida de Ariza y la sucesión de encargos y ministros: Jorge Zorro, Juan David Correa y Yannai Kadamani, dejaron al descubierto el problema de fondo: una cartera que necesita políticas de largo plazo no tuvo continuidad ni siquiera dentro de un mismo gobierno.
Con Juan David Correa la gestión cultural adquirió un tono abiertamente combativo. Correa no llegó sin experiencia: escritor, periodista, editor y gestor cultural, había trabajado en Fundalectura y en la Biblioteca Nacional y participado activamente en la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Lo discutible fue que durante ese período se mezclaran la gestión pública, la discusión ideológica y las posiciones personales, con confrontaciones que terminaron trasladándose al terreno institucional.
Esa politización alcanzó también a proyectos emblemáticos: el Hospital San Juan de Dios, el Museo Afro, el Galeón San José, el idioma español, la religión católica y las transformaciones planteadas en el Museo Nacional y el Icanh, cuya magnitud exige continuidad y evaluación.
Con un gobierno de derecha era previsible que el péndulo cambiara de dirección. La designación de Paola Holguín como ministra de las Culturas generó mucha inquietud en sectores del mundo cultural, pero también la esperanza razonable de que, tras las turbulencias anteriores, se privilegiaran la experiencia, la formación y el conocimiento especializado en la conformación de los equipos directivos.
Los primeros nombramientos no confirman esa esperanza. Se han producido designaciones en instituciones fundamentales como la Biblioteca Nacional, el Archivo General de la Nación, la Quinta de Bolívar, el Museo de la Independencia y el Instituto Caro y Cuervo. Varios de los nombrados tienen experiencia importante en gestión cultural, administración pública o comunicación, y no tiene sentido descalificarlos de entrada. Pero hay una pregunta que debería ser obligatoria para cualquier gobierno, independientemente de su orientación política: ¿basta una experiencia general en gestión cultural para dirigir instituciones que requieren conocimientos altamente especializados?
El nombramiento de Julia Cristina Daza en la dirección de la Biblioteca Nacional plantea interrogantes tanto por su perfil profesional como por la manera como se produjo su presentación ante los funcionarios de la institución. Comunicadora social y periodista, con trayectoria en la gestión pública, empresarial y la cooperación internacional, su hoja de vida no muestra experiencia específica en bibliotecología ni en gestión del patrimonio bibliográfico. A esta inquietud se suma un episodio revelado por La Silla Vacía: durante el acto de presentación realizado el primero de octubre, Daza ingresó al auditorio al son de una canción de campaña de Abelardo de la Espriella, ante funcionarios y contratistas de la Biblioteca. El hecho plantea serias preguntas sobre la necesaria separación entre las instituciones culturales del Estado y los intereses políticos del gobierno de turno, así como sobre el respeto que merecen los servidores públicos en escenarios que deberían estar al margen del proselitismo. La Biblioteca Nacional, fundada en 1777 y responsable de custodiar una parte fundamental de la memoria documental del país, no puede convertirse en escenario de adhesiones políticas ni en instrumento de una determinada visión ideológica de la cultura. Más allá de las controversias sobre su nombramiento, lo que está en juego es la autonomía institucional y la garantía de que la preservación, la investigación y la divulgación de nuestro patrimonio bibliográfico respondan al interés público y no a las prioridades políticas de quienes gobiernan.

El caso más delicado es el de la viceministra de los Patrimonios, las Memorias y la Gobernanza Cultural, Aglaé Dinora Caraballo Mercado. Su hoja de vida oficial destaca más de 25 años como comunicadora social, especialista en gerencia de proyectos, artista y gestora cultural, sobre todo en el ámbito del folclor y la gestión cultural regional. Es una trayectoria valiosa, pero no es evidente que corresponda a la complejidad técnica de un viceministerio que no se limita a la promoción cultural: tiene a su cargo la política estatal de preservación, conservación, intervención, protección y salvaguardia del patrimonio cultural de la Nación.
El terremoto del 10 de agosto de 2026, que dañó el patrimonio cultural de varios departamentos, convirtió esa duda en un problema concreto. El primer balance del Ministerio identificó cuarenta bienes de interés cultural del ámbito nacional afectados; semanas después, el Gobierno informó de 378 bienes, doce centros históricos y trece manifestaciones de patrimonio inmaterial, y se expidió una resolución para facilitar primeros auxilios y acciones urgentes. Es una de las mayores emergencias patrimoniales de los últimos años y exige diagnóstico, priorización de riesgos, coordinación con las autoridades territoriales, conocimiento en conservación y restauración, gestión de recursos y presencia institucional sobre el terreno.
Para eso existe un viceministerio de patrimonio. En septiembre, la ministra Holguín recorrió Manizales, Aguadas, Pácora, Salamina, Pereira, Armenia, Filandia, Quimbaya, Montenegro, Cali y Buga para verificar daños, escuchar a las comunidades y avanzar en una ruta de reconstrucción. Sin embargo, en la información oficial que he podido verificar no aparece un recorrido equivalente de la viceministra Caraballo, lo que contrasta con la visibilidad de su agenda en otros escenarios y plantea una pregunta institucional, no personal: ¿dónde está el liderazgo del Viceministerio de Patrimonios frente a la mayor emergencia patrimonial que ha enfrentado este gobierno?
Lo ocurrido esta semana en el Archivo General de la Nación, una capacitación sobre Evaluación PosT Desastre para el Sector Cultura en Colombia con el apoyo de la Unesco, muestra una preocupante desconexión entre el Ministerio y los territorios afectados. Casi dos meses después del terremoto, cuando las comunidades y autoridades locales llevan semanas enfrentando la emergencia, apenas comienza a estructurarse desde Bogotá una respuesta específica, con una primera asistencia de US$60.000 claramente insuficiente frente a la magnitud de los daños. Más que una respuesta oportuna, esto plantea interrogantes sobre la capacidad técnica y el liderazgo del Viceministerio para enfrentar una emergencia patrimonial de esta dimensión.
No se trata de exigirle que sea a la vez arquitecta restauradora, arqueóloga, conservadora, historiadora, archivista y museóloga; ningún funcionario reúne todas esas competencias. Se trata de que quien ejerce la máxima responsabilidad política sobre los patrimonios comprenda la complejidad de esos campos, dialogue con sus especialistas y ejerza un liderazgo técnico y político visible. Con cientos de bienes afectados, esa ausencia pesa más que cualquier debate ideológico.
Hay aquí una paradoja. El país cuenta con historiadores, antropólogos, arqueólogos, archivistas, restauradores, conservadores, museólogos, arquitectos especializados en patrimonio, bibliotecólogos, científicos de materiales y gestores culturales, formados durante décadas en programas de pregrado, especialización, maestría y doctorado.
Hay personas que han dedicado diez, quince o veinte años a aprender cómo conservar una colección, intervenir un edificio histórico, investigar un objeto arqueológico, administrar un archivo o construir una exposición. Quienes trabajamos en su formación tenemos derecho a una pregunta incómoda: ¿para qué forma Colombia a estos profesionales si, a la hora de dirigir las instituciones que protegen el patrimonio, la especialización se vuelve un criterio secundario?
El caso del Instituto Caro y Cuervo muestra que la politización no es exclusiva de la izquierda. Su actual director, Sergio Esteban Vélez, ha generado controversia por declaraciones y contenidos sobre escritores colombianos y por el uso de espacios institucionales para expresar determinadas posiciones sobre la literatura y la cultura.
El Instituto tiene una responsabilidad académica y científica que trasciende las opiniones de quien lo dirige. Su misión: el estudio de la lengua, las literaturas y la cultura colombianas, exige pluralidad intelectual, rigor científico y respeto por la diversidad de enfoques. Convertir sus canales en escenarios de confrontación cultural o de moralización de la literatura sería tan inconveniente desde la derecha como lo habría sido desde la izquierda.
El gobierno Petro mostró los riesgos de una cultura politizada desde la izquierda; el actual corre el riesgo de reproducirlos desde la derecha. Ayer se usaban de manera dogmática categorías decoloniales; hoy pueden usarse con la misma rigidez categorías conservadoras. Ayer se miraba con sospecha lo que representara tradición; hoy podría mirarse así el pensamiento crítico o progresista. En ambos casos el error es idéntico: sustituir el conocimiento por la ideología.
Un museo no debe ser de izquierda ni de derecha. Un archivo no debe ser progresista ni conservador. Una biblioteca nacional no debe obedecer a una doctrina política. Un instituto científico no debe convertirse en escenario de cruzadas culturales. Estas instituciones pertenecen al Estado, pero sobre todo pertenecen a la sociedad.
Los gobiernos tienen derecho a establecer prioridades culturales, decidir cuánto invertir y qué programas y proyectos impulsar. Lo que no deben es confundir política cultural con control político de las instituciones. Cuando cada gobierno llega convencido de que debe refundarlo todo, el país pierde algo más valioso que un programa: pierde continuidad.
¿Qué haría falta para que la política cultural sobreviva a los gobiernos? Para empezar, definir perfiles profesionales claros para los cargos directivos de las principales instituciones, fortalecer los mecanismos de selección y evaluación, garantizar que la experiencia específica pese de verdad en los nombramientos y crear indicadores públicos que midan resultados y no discursos.
Haría falta también proteger la continuidad de los grandes proyectos patrimoniales y dar a las universidades y comunidades académicas un papel real en las políticas públicas: no para legitimar decisiones ya tomadas, sino para participar en su formulación, evaluación y seguimiento.
La cultura necesita política, pero no politización; necesita gobiernos, pero no depender de ellos; necesita comunidades, pero también especialistas. Y necesita funcionarios que entiendan que dirigir una institución cultural no es un premio político ni una plataforma para defender convicciones personales, sino una responsabilidad pública.
La cultura no pertenece a Petro ni a Abelardo, ni al ministro de turno ni a una corriente ideológica. Pertenece a la sociedad colombiana. Por eso quienes la custodian deben llegar a sus cargos por lo que saben y por su compromiso con lo público, no por su afinidad con el gobierno de turno.
Porque un gobierno dura cuatro años. Una institución puede durar un siglo. Y la memoria de un país, si sabemos conservarla, debería durar mucho más.
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El 21 de septiembre, una operación de la fuerza pública en la zona rural de Santa Marta, según el reporte oficial, resultó en la muerte de alias Cholo, identificado como el segundo cabecilla de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN). En los días siguientes, la organización promovió medidas que restringieron la movilidad y afectaron el comercio y el transporte. No interesa aquí valorar la operación, sino lo que revela la secuencia: afectar una estructura de mando no elimina la capacidad del grupo para intervenir en la vida económica de la población.
En la Sierra Nevada, además, ese control económico va mucho más allá de las rentas del narcotráfico. Las ACSN han consolidado un modelo de control sobre las economías legales e ilegales y sobre la regulación de la vida cotidiana. La Defensoría del Pueblo ha registrado, por ejemplo, cobros por cada bulto de café comercializado, así como exacciones y restricciones sobre hoteles y negocios vinculados al turismo en la Troncal del Caribe. El control armado se inserta así en circuitos económicos legales y termina afectando las mismas condiciones bajo las cuales se produce, se comercializa y se invierte en el territorio.
Ese episodio, además, ocurre en un contexto más amplio de reconfiguración de la violencia. Tras la salida de las FARC como organización armada nacional, los actores se fragmentaron y se recompusieron: según el territorio, compiten, se dividen, se alían o consolidan formas de control relativamente estables.
Un reciente informe de la Fundación Ideas para la Paz describe precisamente un escenario de mayor fragmentación, recomposición de los grupos armados, expansión de economías ilegales y pérdida de capacidades estatales en distintos territorios. Por eso, la pregunta de seguridad más útil no es solo qué organización controla hoy un territorio ni cómo debilitarla, sino por qué esos territorios siguen ofreciendo condiciones para ser disputados sucesivamente.
Una parte importante de la respuesta pasa entonces por transformar la economía política territorial que hace posible y reproduce ese control: las rentas, los mercados y las reglas, formales e informales, que determinan quién produce, comercia y se moviliza, bajo qué condiciones y en beneficio de quién.
El Bajo Cauca antioqueño lo muestra con claridad. En un trabajo realizado en 2025 por IFIT y la Fundación Ideas para la Paz, encontramos que, en torno a la minería de oro, existe un sistema en el que participan mineros, comercializadores, propietarios de maquinaria, financiadores y organizaciones armadas. Estas últimas cobran “tributos”, intervienen en la provisión de insumos y actúan como reguladores de facto sin necesidad de explotar directamente el mineral. Al mismo tiempo, los capitales externos permiten reponer con rapidez la maquinaria afectada por las operaciones estatales, de modo que golpear un solo eslabón tiene un efecto limitado.
La magnitud del problema es considerable: la minería informal e ilegal dominaría cerca del 85% del mercado regional y, entre 2019 y 2024, el número de equipos dedicados a la extracción de oro en el río Nechí pasó de 105 a 335. La paradoja es que esa economía cuenta con mecanismos ágiles de financiación, insumos y comercialización, mientras que quienes intentan formalizarse enfrentan trámites complejos y una institucionalidad que se ha alejado del territorio. En estas condiciones, las economías ilegales resuelven problemas de coordinación que la institucionalidad legal no logra resolver. Por eso, la pregunta de fondo no es solo cómo sancionar la informalidad, sino cómo hacer competitiva la legalidad.
Las investigaciones recientes del Cesed en Vista Hermosa, Meta, y Puerto Guzmán, Putumayo, añaden una advertencia. El estudio Transiciones entre economías (i)lícitas y regulaciones armadas en el posacuerdo muestra que el tránsito entre coca, ganadería y minería de oro no implica necesariamente una transición hacia la formalidad ni hacia una mayor capacidad del Estado. Las infraestructuras sociales y económicas construidas durante el conflicto pueden persistir y adaptarse a nuevas actividades.
La ganadería lo ilustra bien: es una actividad legal, pero su expansión puede darse sobre estructuras informales de propiedad, ocupaciones de tierras y arreglos en los que los actores armados siguen incidiendo. Sustituir coca por ganado o por oro no transforma, por sí solo, el orden territorial. Lo relevante es qué estructura productiva se construye, cómo se distribuyen y reinvierten las rentas, qué capacidades quedan localmente y quién regula esos procesos.

El Catatumbo presenta un escenario opuesto. Si en el Bajo Cauca la ilegalidad regula una actividad que otros producen, allí la coca la integra. Ha sido competitiva no solo por el ingreso que genera, sino también porque a su alrededor existe una cadena que resuelve lo que cualquier productor necesita: financiamiento, comprador, transporte y acceso al mercado.
La economía legal, en cambio, suele llegar por partes. El crédito depende de una entidad, la tierra de otra, la vía de otra y la asistencia técnica de una más, con presupuestos y plazos distintos. Por eso sustituir una economía ilícita no se reduce a sustituir un cultivo. La dificultad radica en lograr que la infraestructura, la tierra, el crédito, la comercialización y la agregación de valor se articulen en el territorio.
Tampoco es correcto decir que allí el Estado está ausente: hay fuerza pública, alcaldías, entidades nacionales, transferencias y obras. El problema es que esa presencia puede ser fragmentada e insuficiente para modificar las relaciones económicas y políticas del territorio.
Colombia lleva cuatro décadas ensayando respuestas. El Plan Nacional de Rehabilitación buscó relacionar la paz con la presencia institucional y el desarrollo; los Programas de Desarrollo y Paz apostaron por fortalecer capacidades y coaliciones territoriales; las políticas de consolidación intentaron coordinar seguridad, justicia, infraestructura y alternativas económicas, y el Acuerdo de Paz de 2016 recogió parte de esos aprendizajes al dar prioridad a 170 municipios PDET.
Pero el balance no es simplemente una historia de fracasos. Hay regiones en las que las condiciones económicas, institucionales y de seguridad han cambiado significativamente. La Misión para la Transformación del Campo del DNP destacó, por ejemplo, la contribución del Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio a la inclusión y a la generación de condiciones para la paz. El oriente antioqueño ofrece otra trayectoria relevante: durante varias décadas se han superpuesto la inversión en infraestructura, la industrialización, las universidades, las organizaciones empresariales, las instituciones regionales y una creciente diversificación productiva, aunque con profundas diferencias internas y tensiones sobre el uso del territorio.
Estos casos no ofrecen modelos para replicar ni permiten atribuir la transformación a una única intervención. Sí muestran que los equilibrios territoriales pueden cambiar cuando la mejora de la seguridad coincide con la acumulación de bienes públicos, capacidades institucionales y empresariales, acceso a mercados y coaliciones sociales y económicas capaces de sostener esos cambios en el tiempo.
Transformar un territorio no consiste solamente en ejecutar más recursos o reemplazar una actividad productiva por otra, sino en modificar quién controla las rentas, cómo circula y se reinvierte el valor generado y qué actores adquieren capacidad e incentivos para sostener reglas e instituciones más incluyentes. Una nueva carretera o una inversión productiva importan no solo por su efecto directo, sino también por los encadenamientos, las empresas, las capacidades y las relaciones de poder que ayudan —o no— a construir.
La pregunta, entonces, es por qué esos círculos virtuosos aparecen en unos lugares y no en otros. Las explicaciones de los resultados más limitados son conocidas: discontinuidad entre gobiernos, captura de recursos por redes políticas locales, coordinación sin capacidad efectiva sobre prioridades y presupuestos, y una secuencia en la que llegan primero la fuerza pública o las obras y después, tarde o nunca, el crédito, la justicia, los mercados o las capacidades institucionales. También es necesario evitar que las intervenciones civiles queden subordinadas a los tiempos de una estrategia estrictamente militar.
En los territorios donde esas restricciones persisten, se reproducen equilibrios conocidos: las economías ilegales financian actores armados; estos regulan actividades y poblaciones; las instituciones tienen menor capacidad para hacer cumplir las reglas, y las economías legales enfrentan mayores restricciones. Pero la relación también puede operar en sentido contrario: instituciones más capaces, empresas, encadenamientos productivos y actores locales con intereses de largo plazo pueden ir modificando las condiciones que hacían posible ese equilibrio.
La primera es que, sin seguridad, no hay desarrollo posible. Es cierto que la seguridad es una condición necesaria, pero no garantiza la sostenibilidad: si cambia la presencia de un grupo y permanecen las rentas, los obstáculos a la formalización y los mecanismos de captura, el resultado puede ser transitorio.
La segunda es que el desarrollo productivo tampoco reduce automáticamente la violencia. La inversión puede funcionar como enclave, atraer extorsión o intensificar disputas por la renta. El criterio no es invertir más, sino observar quién captura el valor, cuánto queda en la región, qué capacidades genera y quién regula la actividad.
La tercera es política. Los equilibrios territoriales se sostienen en redes con capacidad de veto: élites locales, intermediarios, funcionarios y actores armados. Transformarlos produce ganadores y perded ores, y por eso el Estado debe anticipar su reacción: proteger a quienes se formalizan y revisar quién captura los recursos públicos antes de que lleguen al territorio.
Al mismo tiempo, la aparición de empresas regionales, trabajadores calificados y cadenas de valor puede ampliar el número de actores interesados en reglas previsibles, en infraestructura y en mercados legales.
El Gobierno está definiendo ahora el Plan Nacional de Desarrollo 2026-2030. Según el DNP, su formulación parte de prioridades como la reconstrucción y la transformación de los territorios afectados por las recientes emergencias, el desarrollo desde las regiones, la seguridad, la inversión privada y la eficiencia estatal.
Hay señales interesantes. El Gobierno puso en marcha doce Encuentros Regionales y anunció un capítulo denominado “Colombia desde las Regiones”, con énfasis en la descentralización diferencial, la inversión estratégica, el fortalecimiento de capacidades y la articulación Nación-territorio.
En Chocó, por ejemplo, el DNP ha planteado articular conectividad, formalización minera, energía y desarrollo económico dentro de una intervención territorial.
La pregunta es si estas señales se convertirán en una estrategia para los territorios donde convergen la violencia, las economías ilegales y la baja capacidad estatal. Propongo cinco criterios para evaluarla:
A diez años del Acuerdo de Paz, y en medio de una nueva reconfiguración de la violencia, la pregunta para el nuevo gobierno no es solo cómo recuperar el control frente a cada grupo armado, sino cuál es su estrategia para transformar los sistemas de rentas, de regulación y de debilidad institucional que permiten que determinados territorios sean disputados una y otra vez.
Las operaciones de seguridad pueden alterar estructuras armadas y modificar correlaciones de fuerza, pero esos cambios difícilmente serán sostenibles si permanecen las rentas, la formalidad sigue siendo poco competitiva y las instituciones no logran regular eficazmente la vida económica. El desafío es articular la seguridad con la transformación productiva, fortalecer las instituciones y acumular capacidades locales que modifiquen progresivamente los incentivos y las relaciones de poder.
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Al cumplirse tres años desde el ataque perpetrado por el Hamás contra Israel, el 7 de octubre de 2023, han sido innumerables los artículos de prensa rememorando aquella trágica mañana para 1.251 israelíes que perdieron la vida ese mismo día, y el cautiverio que iniciaría ese mismo día para 250 israelíes y para sus familiares, que tomó fin para los últimos de ellos en el mes de octubre de 2025. Incontables también han sido los testimonios de las familias israelíes afectadas y los planes y proyectos de vida truncados que esta trágica fecha significó para ellas.
No obstante, pocos han sido los artículos en indicar que fue esta misma tarde/noche del 7 de octubre del 2023 en que Israel iniciaría una ofensiva militar contra civiles palestinos, con bombardeos indiscriminados y desproporcionales en zonas densamente pobladas de Gaza, que se han mantenido hasta este 7 de octubre de 2026: se trata de una operación de “venganza” contra una población civil desarmada por parte del mejor ejército del mundo, beneficiado del mejor presupuesto y acompañado de los mejores servicios secretos, dotados de lo último en materia tecnológica, rastreo e intercepción de escuchas. Para esta fecha del 7 de octubre de 2026, fueron escasos los testimonios recogidos en los medios de prensa internacionales de familias palestinas en Gaza o fuera de ella, afectadas por esta tragedia que no ha terminado y que sigue sumando más dolor cada semana desde aquella fatídica fecha.
Esta omisión, bastante notable y notoria, al revisar lo que se publicó el 7 de octubre de 2026 en los principales medios de prensa, responde en gran parte al paulatino proceso de deshumanización de la población palestina de Gaza, a la que se han sumado innumerables salas de redacción, periodistas y columnistas en muchas partes del mundo desde hace tres años.
Este reciente reportaje de la cadena de noticias AlJAzeera pone en evidencia las instrucciones internas en varias salas de redacción de grandes medios internacionales en Europa y Estados Unidos para asegurar, desde hace ahora tres años, una cobertura periodística en la que se maquillen estas exacciones a repetición del ejército israelí y se minimice el daño sufrido por la población civil palestina. Un reciente informe de Francesca Albanese, Relatora Especial de Naciones Unidas sobre Palestina, revela y detalla el nivel de complicidad de muchas salas de redacción y de plataformas en esta deshumanización observada en la cobertura periodística desde hace tres años.

Contrario al cerco informativo campante en muchas partes del mundo, incluida Costa Rica, el cerco de la justicia internacional se ha ido cerrando sobre Israel como Estado, y sobre sus actuales dirigentes, con dos órdenes de arresto desde noviembre de 2024 siempre vigentes contra el actual primer ministro de Israel y su exministro de Defensa emitidas por la justicia penal internacional de La Haya. Y con una acción interpuesta por Sudáfrica contra Israel por genocidio que se tramita en La Haya desde diciembre de 2023.
El premio Nobel de la Paz, otorgado este 9 de octubre a la jurista sudafricana Navanethem Pillay (también conocida como Navi Pillay), reconoce su labor incansable como expresidenta de la Comisión de Investigación sobre la situación en Palestina, cuyos informes están disponibles desde 2021. Una de sus primeras intervenciones públicas después del 7 de octubre de 2023 (en abril de 2024) resuena como una clara advertencia desoída por muchos en el mundo. Este análisis realizado por Democracy Now con destacados juristas, este 9 de octubre detalla el alcance y el significado del Nobel de la Paz en su edición del 2026. La versión en castellano del último informe de esta Comisión de Investigación de Naciones Unidas (junio del 2026) está disponible en este enlace: en el caso de nuestros estimables lectores en Costa Rica, se recomienda transmitir (discretamente) a los actuales jerarcas de Procomer y de Comex (así como de otras entusiastas entidades que fomentan el libre comercio con Israel), lo que plantea el punto 93, así como a la nueva titular de la diplomacia costarricense, que estrenará sus funciones oficialmente la próxima semana en la Casa Amarilla. La contundencia de la intervención del excanciller de Costa Rica en el período 2006-2010 pronunciada el pasado 8 de octubre de 2026 en el Salón de Expresidentes de la Asamblea Legislativa también puede serles de gran utilidad.
Es de notar que el otorgamiento del Nobel de la Paz se da en plena escalada de Estados Unidos contra la Corte Penal Internacional (CPI): ya no se trata de sanciones a su personal, a su fiscal y a sus jueces, sino ahora a la CPI como institución (véase comunicado oficial del 8 de octubre de la CPI así como este video con las declaraciones de la Presidenta de la CPI denunciando esta nueva insólita iniciativa del actual ocupante de la Casa Blanca).
Más allá de las diversas iniciativas de Estados Unidos para desviar la atención sobre Gaza, en particular de cara al pasado 7 de octubre, este otro reportaje de la misma prensa israelí publicado en el Times of Israel revela cosas de una persona muy cercana al primer ministro el 7 de octubre de 2023 y que ha decidido finalmente salir de su silencio. Con respecto a la salud mental en Israel, este otro reportaje de la televisión francesa se refiere a una cifra que oscila entre 50.000 y 70.000 reservistas y militares en Israel que sufren del síndrome al regresar de Gaza, con muchos de ellos que terminan por suicidarse, dado el tipo de instrucciones de sus superiores que debieron acatar durante los días que portaron el uniforme en Gaza.
En el último informe de Naciones Unidas sobre la situación en Gaza al 6 de octubre de 2026, las cifras consignadas de personas fallecidas son 74.032; se contabilizan 21.283 niños y 10.983 mujeres, así como 5.100 adultos mayores. No está de más recordar que las autoridades sanitarias de Gaza únicamente registran cuerpos identificados, por lo que la cifra de víctimas mortales es mucho mayor que la de los cuerpos sin vida que yacen bajo escombros de inmuebles bombardeados. Se puede útilmente completar su lectura con la del informe de lo que ha ocurrido en los demás territorios palestinos ocupados (al 2 de octubre) en los que la arremetida de colonos contra familias palestinas en Cisjordania sigue su curso, así como la demolición acelerada de casas en Jerusalén Oriental.
Uno de los mayores mitos mantenidos por el aparato de comunicación israelí en estos tres años, entre muchos más, es el haber presentado el ataque del 7 de octubre de 2023 como un ataque que tomó completamente por sorpresa a las máximas autoridades israelíes: revelaciones hechas por Haaretz el 8 de septiembre en Israel obligaron al primer ministro a volar urgentemente a Emiratos Árabes Unidos para pedirle a su máxima autoridad que niegue lo revelado por Haaretz, días después de anunciar que llevaría a los periodistas israelíes responsables de esta filtración ante la justicia israelí. La técnica, que consiste en intimidar a periodistas de investigación israelíes, también se aplicó a los directores del documental “Naza” presentado durante la Bienal de Venecia de 2026, y que provocó una larga ovación de los presentes: este documental no solamente atemoriza a círculos políticos y militares en Israel, como bien lo apunta desde el mismo titular este artículo publicado en Magazine+972 en Israel.
Con respecto a lo indicado en este artículo del WallStreetJorunal sobre otra advertencia recibida por la oficina del primer ministro israelí días antes del 7 de octubre, esta vez por parte de los servicios de inteligencia de Egipto, al parecer, enjuiciar desde Israel a periodistas de investigación ante tribunales norteamericanos resulta más complejo que ante la justicia israelí.
Estas y muchas otras revelaciones hacen ver que la oficina del primer ministro ignoró un sinnúmero de advertencias semanas y días antes del 7 de octubre de 2023: dicho en otras palabras, la máxima autoridad en Israel estaba al tanto de los planes de ataque del Hamás y sabía que se daría en los primeros días del mes de octubre de 2023. Este completo reportaje, difundido en Francia en días recientes, revela que el apoyo económico al Hamás por parte de Catar desde 2018 formaba parte de una estrategia asumida por el actual primer ministro israelí.
Estas revelaciones explican en gran parte los pretextos a los que, tanto el actual primer ministro como su coalición extremista en la Knesset, han recurrido para evitar a toda costa la creación de una comisión de investigación independiente en Israel que examine las circunstancias exactas en las que tuvo lugar el ataque del Hamás y las responsabilidades en el seno de los altos mandos israelíes por lo sucedido el 7 de octubre de 2023.
La irresponsabilidad de los estrategas de la oficina del primer ministro es aún mayor si se considera que el festival Nova de música en el que perdieron la vida la mayoría de las muy jóvenes víctimas israelíes el 7 de octubre del 2023, se realizó en Israel a muy escasos kilómetros de la frontera con Gaza, y que los batallones de soldados israelíes usualmente vigilando la frontera con Gaza fueron, semanas antes, trasladados a Cisjordania: al respecto, quisiéramos creer que el profundo dolor que ha embargado a muchas familias en Israel desde el 7 de octubre de 2023 no los aleje de la rendición de cuentas al que deben someter sus actuales autoridades y de la exigencia de justicia.
Las víctimas palestinas que siguen cayendo cada semana en Gaza, pero también en Cisjordania, son cada una de ellas un proyecto de vida que se trunca y un profundo dolor que embarga a todos sus familiares. Pese a la obviedad de la frase anterior, no se logra reflejar adecuadamente este drama humano que se ha repetido una y otra vez durante los últimos tres años en los principales medios de prensa extranjeros y nacionales. Más allá de esta triste realidad en materia de cobertura periodística, los activistas y defensores de Palestina y muchas otras entidades abocadas a la defensa de la justicia y del derecho internacional saben que la arremetida sin precedentes contra la justicia penal internacional de La Haya por parte de Estados Unidos persigue un único objetivo: garantizar la impunidad a los dirigentes de Israel.
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Pasó ya la fase primera de rescate y de organización de ayudas de alimentación y albergue para las víctimas del terremoto y urge, ahora, acometer la recuperación para las personas y en los territorios afectados. En particular, para El Chocó, esto supone la reposición de viviendas, colegios, equipamientos de salud, mercados y otras edificaciones institucionales y comerciales, así como las redes de servicios públicos.
Pero, sobre todo, también supone una verdadera construcción de bienestar y riqueza que, de forma injusta, este país le ha escamoteado al Chocó. En efecto, no es justo que el departamento con los peores indicadores de pobreza sea inmensamente rico en recursos naturales: agua, bosques, fibras, fauna, minerales. Significa que esta riqueza ha sido para otros, no para los chocoanos.
Pero entremos en materia: la reconstrucción primero
A la fecha, la Gobernación del Chocó reporta un total de 20.000 viviendas averiadas, de las cuales 3.200 totalmente destruidas, localizadas en 30 municipios. Esta dispersión dificulta y encarece la construcción de nuevas viviendas y las obras de reparación de lo reparable, por la distancia, estado o carencia de vías y, naturalmente, la inexistencia de insumos materiales y técnicos localmente.
Así, pareciera ser un proceso que tomará tiempo y que mantendrá a muchas familias en condiciones precarias, de desarraigo y con ruptura de sus redes familiares y sociales. En efecto, el proceso seguramente pasará por la verificación de la aptitud de los predios, la elaboración de diseños arquitectónicos y técnicos, identificación y validación de adjudicatarios, consolidación del cierre financiero, aplicación a subsidios, licencias y, finalmente, obra física y entrega.
Una alternativa para reducir tiempos y, eventualmente, recursos, es acudir a la modalidad de vivienda de interés cultural VIC, desarrollada en conjunto por los ministerios de Cultura y Vivienda, en cumplimiento a lo establecido por el Plan Nacional de Desarrollo 2018-2022, “Pacto por Colombia, Pacto por la Equidad”, e incorporado en la ley 2079 de 2020 (ley de vivienda y hábitat) sancionada por el presidente el 14 de enero de 2021, y cuyo artículo 6° define:
«ARTÍCULO 6. DEFINICIÓN Y ENFOQUE DIFERENCIAL DE LA VIVIENDA DE INTERÉS CULTURAL VIC. Con miras a garantizar el enfoque diferencial y el respeto por la diversidad cultural en el marco de la formulación y ejecución de las políticas e instrumentos en materia de vivienda; se adopta la siguiente definición de vivienda de interés cultural:
La vivienda de interés cultural VIC, se caracterizará por estar totalmente arraigada e imbricada en su territorio y su clima; diseño, construcción, financiación y criterios normativos obedecen a costumbres, tradiciones, estilos de vida, materiales y técnicas constructivas y productivas, así como a mano de obra locales. Las normas técnicas deberán incorporar los atributos y las condiciones de la VIC que reconozcan sus particularidades, siempre que se garantice la seguridad de sus moradores.
En el entorno urbano, la vivienda de interés cultural será aquella que se localice en suelo urbano y se encuentren en Sectores de Interés Cultural (SIC) o en edificaciones que hayan sido declaradas como Bienes de Interés Cultural (BIC), por el nivel nacional o municipal. La planeación y diseño de obras a partir del reciclaje de edificaciones o vivienda nueva se sujetará a los parámetros técnicos que para tal efecto expida el Ministerio de Cultura y el Ministerio de Vivienda, Ciudad y Territorio.
En el entorno rural disperso y centros poblados serán requisitos esenciales para el diseño y planeación de las obras: los materiales locales, sistemas constructivos, formas de implantación, resguardo, la topografía, los espacios de habitación, así como los procesos de diálogo social que garanticen la participación comunitaria y trabajo requeridos.
En su concepción, la VIC busca resultados en varios campos: una solución arquitectónica adecuada a necesidades, actividad ecónimica y costumbres de la población local y al clima; economía ambiental al utilizar materiales renovables (maderas, guadua, fibras, pajas) y minimizar el transporte de insumos; ofrecer trabajo a mano de obra local tanto sabedores como aprendices y, eventualmente, establecer empresas de construcción local.
Así, como lo afirma el documento base, “desde la cultura no se entiende la vivienda solo como una construcción, como una unidad; es también parte del ecosistema, de un territorio concreto, por lo que se relaciona armónica e íntegramente con el entorno natural, el clima, los recursos locales, la base económica del territorio y las tradiciones y costumbres de su población”.
Ahora bien, en eventos sísmicos se cuestiona de inmediato a los materiales y se promulga como únicos aceptables los “modernos” (concreto y hierro). Así fue en Popayán en 1983 y en el eje cafetero en 1999.
En Popayán se dañaron efectivamente muchas cubiertas de las construcciones coloniales por falta de mantenimiento, pero no la mayoria de las casas mismas; no fue el caso de las edificaciones modernas, muchas de ellas colapsaron totalmente. Y es que una clave es que las construcciones pesen menos.
En el caso del eje cafetero, las evaluaciones realizadas por la Universidad Nacional, sede Manizales, concluyen que la prueba la pasaron exitosamente las de bahareque y guadua, las técnicas tradicionales de esa región.
Y pocos días después del reciente sismo el señor alcalde de Pereira hizo unas declaraciones desde una edificación que sí quedó en perfecto estado.

Cabe anotar, sucintamente, que estos materiales y técnicas están reconocidos y normados en la NSR10, tanto para materiales de tierra, como para madera y guadua, así que cumplen con las exigencias constructivas y de sismo resistencia, asunto fundamental porque la vulnerabilidad no está en el material; está en un correcto diseño estructural y en su cumplimento por parte del ejecutor de la obra.
El otro asunto es ¿de esto quién sabe? Muchos sabedores en el país: maestros, carpinteros, arquitectos, ingenieros. De hecho, tal vez la mejor experiencia la tiene el gobierno en las Escuelas Taller ET de Mincultura, en especial la ET de Boyacá en Tunja.
Seguramente vale la pena hacer una prueba en alguno de los municipios chocoanos; podría resultar más rápido, más económico y generar un ingreso y un propósito común, todo ello valioso en estos momentos. Y para su financiación existen diversas fuentes: subsidio estatal, obras por impuestos, iniciativas solidarias privadas, créditos a entes territoriales, etc.
La construcción de una vez
Mencionaba más atrás que el Chocó ha sido injustamente tratado, dejado al margen del avance del país, rezago, además, muy largo, como lo ilustra El Tiempo el 12 de septiembre pasado en su sección Hace 100 años, bajo el título “Los graves problemas del Chocó”.
Dicen los chinos que toda crisis es una oportunidad; ojalá sea ésta la que permita que el Chocó dé el salto a la prosperidad que puede y merece. Que se haga efectivo el plan Marshall anunciado, como se hizo en su momento en la Europa aliada.
Se ha anunciado un conjunto de proyectos de gran magnitud; bienvenidos. Ideal sería si se acompañan de otros más locales y al tiempo globales; basados en su enorme riqueza natural y cuyos réditos retornen directamente a sus habitantes. Su riqueza es la biodiversidad de esta región; insumo para alimentos, medicamentos, licores, perfumes, moda y otras industrias. A ello se sumaría la riqueza maderera y de fibras del Chocó en una cadena de altísimo valor agregado: Arquitecturas Cultivables, idea original del arquitecto Luis Alfonso Triana (qepd) a partir de su trabajo de escenografía de la película La estrategia del caracol.
Un metro cuadrado de construcción convencional pesa una tonelada. Tonelada de metales y minerales que extraemos al planeta y que no podemos devolverle. No solo hemos usado un número incalculable de billones de toneladas, sino que se estima una población global de diez mil millones para 2050, esto es, cuantiosas extracciones sin claridad de las consecuencias para el planeta.
Dos estrategias se perciben para minimizar esta acción: usar racionalmente lo ya construido y acudir a materiales renovables; este es el fundamento de Arquitecturas Cultivables. La tierra, el árbol, la guadua, las fibras y las pajas son todas materia prima renovable y reutilizable y el Chocó es rico en estas riquezas.
Y ¿qué se hace con eso? Construcciones completas, componentes arquitectónicos, muebles, entre otras. Para mercados convencionales o para nuevos nichos. Por ejemplo, el cambio climático está trayendo más huracanes y más intensos a las zonas costeras; significa que, con materiales naturales livianos, podemos fabricar casas que se desarman y guardan mientras pasa el huracán que ha avisado que viene con una semana de antelación para, luego rearmarlas en vez de perderlas. O lo que el ex viceministro de Agricultura Roberto Forero llamaba la casa Mont Blanc, es decir, la que es exclusiva y pocos tienen. Solo dos ejemplos, hay más aplicaciones y mercados.

Naturalmente no solo Colombia es un potencial productor para estas demandas, pero tiene ventajas comparativas enormes. Es uno de los cinco países sobre el ecuador que cuenta con todos los pisos térmicos –de hecho, el más extenso de ellos– lo que significa: 1) podemos cultivar cualquier especie del planeta, 2) al no tener estaciones, podemos sembrar en todo momento del año, 3) tenemos una notable diversidad y exclusividad de especies y 4) lo que crece en 25 años en Chile o en 40 en Finlandia, aquí crece en 12 o 15, sin contar el milagro de la guadua, lista en apenas cuatro. Hay que aprovechar esas ventajas, especialmente notorias en territorios como el chocoano.
Los retos son dos: generar la institucionalidad pública, privada y comunitaria para operar esta cadena y formar excelentes operadores, desde artesanos hasta diseñadores, así como en áreas comerciales y administrativas. Mientras tanto, se puede iniciar con aliados externos.
La apuesta de fondo también es global; el mundo clama por un ambiente más sano y, en ello, la reforestación es un imperativo. Hoy, infortunadamente, el bosque no tiene valor, es un estorbo para la ganadería, la agricultura extensiva, los cultivos ilícitos, la minería. Pero cuando el 10% de una hectárea produzca una casa Mont Blanc que se vende por cientos de miles de dólares, resembrar bosques será el gran negocio.
Queda aquí una invitación para convertir al Chocó en una primera e innovadora fábrica de construcciones de Colombia. Así se haría realidad el plan Marshall y, como nota nostálgica, que no resulte como esa joya del cine español “Bienvenido Mr. Marshall” que filmó García Berlanga en los años cincuenta.
Una corta adenda
Será ya para el próximo desastre, pero duele ver la vida que van a pasar personas sin techo por el tiempo que tome la reconstrucción de viviendas. Pero hay disponibilidad de albergue en otras ciudades no afectadas. Pensar en la recuperación o, mejor, no colapso de las funciones vitales (el albergue una de ellas), es una tarea necesaria y pendiente. Tal vez, organizar información de disponibilidad en ciudades no afectadas sea útil para quienes, mediante arriendo, prefieran pasar los meses o años en otro lugar hasta recuperar su hogar.
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La construcción de cárceles constituye una medida costosa, superficial y poco eficaz, que ha demostrado ser deficiente en la práctica. Aunque gran parte de la población pueda creer, de manera intuitiva, que es la mejor alternativa para combatir la criminalidad y se le venda a la ciudadanía como la estrategia definitiva para acabar con los problemas del sistema penitenciario, la propuesta del actual gobierno de ampliar el sistema carcelario desconoce deliberadamente un amplio número de alternativas en materia de política criminal que se han planteado desde hace tiempo y que podrían arrojar mejores resultados.
A pesar de que la evidencia empírica demuestra el fracaso de la cárcel como mecanismo de resocialización y de reducción de la reincidencia, se insiste en su uso porque, detrás de los establecimientos de reclusión y de los servicios que estos requieren, operan grandes incentivos lucrativos e intereses políticos. Por un lado, el gobierno que las promueve gana réditos políticos privando de la libertad a una población mayoritariamente pobre y con bajos niveles de escolarización y, por otro lado, quienes se encargan de edificarlas y de brindarles servicios se lucran del castigo; todo esto en medio de arraigados entramados de corrupción que involucran a políticos, contratistas, directores de centros carcelarios, personal administrativo, empresas privadas, población privada de la libertad y guardia.
La solución a la crisis del sistema penitenciario no puede basarse en la salida reduccionista y superficial de construir más cárceles; requiere acciones coordinadas por parte de los distintos actores involucrados en el diseño e implementación de la política criminal. Reducir la toma de decisiones al Ejecutivo implica desconocer la relevancia del Congreso de la República, de la Rama Judicial, de la Fiscalía, de la Policía, del INPEC y de todas las demás instituciones con representación en el Consejo Superior de Política Criminal, así como de la academia y de la sociedad civil.
A continuación, y con el propósito de pasar del diagnóstico a las propuestas, se expone un conjunto de soluciones —distintas de la edificación de nuevos centros de reclusión— que han sido recomendadas de manera recurrente por expertos en materia político-criminal y que, a pesar de su imperfección, resultan mucho más eficientes y eficaces.
Aunque suene contraintuitivo para algunos, el primer paso para superar la crisis carcelaria no pasa por construir más establecimientos, sino por evitar que las personas lleguen a ellos. Para lograrlo, es necesario transformar el paradigma: reemplazar la perspectiva punitiva y carcelaria por un enfoque preventivo, acompañado de políticas sociales. Hay que atacar la raíz del problema y no limitarse a sus consecuencias. En términos de acciones concretas a corto y mediano plazo, se destacan las siguientes alternativas:
La primera es desincentivar y reducir drásticamente el recurso a la detención preventiva. En Colombia, a julio de 2026, según los últimos datos publicados por el Observatorio de Política Criminal, se encuentran privadas de la libertad en calidad de sindicadas —es decir, sin haber recibido condena— un total de 74.228 personas (el 50,77 % de ellas con medida intramural). Por lo tanto, en lugar de celebrar la construcción de nuevas cárceles para sindicados, como lo hizo Hugo Acero en un reciente artículo en este medio, lo apremiante es dejar de abusar de la detención preventiva.
La segunda consiste en promover y utilizar los mecanismos de justicia restaurativa, terapéutica y transformadora, en lugar de apelar sistemáticamente a la privación de la libertad como vía predilecta para resolver los conflictos sociales. La cárcel ha demostrado ser un mecanismo incapaz de reparar a las víctimas o a las comunidades afectadas por conductas delictivas. Asimismo, urge ampliar y garantizar el uso de subrogados penales y penas alternativas a la prisión, en lugar de insistir en restringirlos.
En Colombia ya se ha dado un gran avance con la Ley 2292 de 2023, conocida como la Ley de Utilidad Pública, que es un mecanismo de justicia restaurativa con enfoque de género que permite sustituir las penas privativas de la libertad por la prestación de servicios comunitarios. Está dirigida específicamente a mujeres cabeza de familia condenadas por delitos como el hurto o delitos relacionados con estupefacientes, cuyas penas no excedan de ocho años. Su propósito central es mitigar el impacto negativo del encarcelamiento en los núcleos familiares y ofrecer alternativas al sistema punitivo tradicional que faciliten la inclusión y la resocialización. Este tipo de iniciativas deberían ampliarse, promoverse y, sin duda, utilizarse para otras poblaciones.

Una tercera alternativa consiste en crear un sistema integral que garantice la atención pública a la población que ha estado privada de libertad. De nada sirve que las personas estudien o trabajen en el interior de los penales si, al recobrar su libertad, no consiguen empleo ni encuentran quién les arriende una vivienda. Contar con antecedentes penales en el país significa, en la práctica, quedar con las manos atadas para la reincorporación social: la mayoría de las empresas privadas les cierran las puertas, los bancos restringen la apertura de cuentas y el propio Estado, como mayor empleador, se niega a contratarlas. Resulta absurdo que el Estado invierta cuantiosos recursos en programas de resocialización para luego negarles oportunidades laborales. Si se busca reducir la población carcelaria, es primordial eliminar las barreras asociadas a los antecedentes penales para desincentivar la reincidencia.
Una cuarta ruta consiste en revisar de manera integral las penas mínimas y máximas previstas en el Código Penal. El endurecimiento punitivo, impulsado por discursos políticos oportunistas, ha provocado un incremento desproporcionado de las sanciones, vulnerando el principio de proporcionalidad. Como resultado, se observa una sobrepoblación penitenciaria y una evidente arbitrariedad sistémica, reflejada en penas desmedidas para delitos de bajo impacto social pero de alta visibilidad mediática, en contraste con conductas de mayor gravedad. Incluso, resulta imperioso avanzar hacia la descriminalización y despenalización de aquellas conductas que, por sus características e impacto social, no deben ser tratadas por el derecho penal ni sancionadas con cárcel.
Finalmente, como quinta línea de acción, se deben implementar medidas estructurales con altas probabilidades de éxito: fortalecer la defensoría pública para garantizar una representación adecuada de las poblaciones vulnerables, aplicar enfoques diferenciales rigurosos en la política criminal y diseñar estrategias basadas en evidencia empírica y no en prejuicios.
En los próximos meses, el Consejo Superior de Política Criminal deberá definir los lineamientos rectores para los próximos años. Veremos entonces si sus integrantes se dejan seducir por los intereses políticos del Ejecutivo y las presiones corporativas de quienes lucran con la construcción de cárceles, o si, por el contrario, impulsan una política criminal sensata que responda de manera estructural a la crisis del país.
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El gobierno ha ordenado varias medidas para recuperar el control de las cárceles. Trasladar cabecillas criminales a establecimientos de mayor seguridad, nombrar policías y militares retirados como directores, adecuar buques de guerra como cárceles flotantes, intensificar las requisas, aislar a los líderes de las organizaciones criminales, y construir megacárceles.
Estas acciones pueden dar resultados inmediatos, pero necesitan acompañarse de cambios en la guardia del INPEC, particularmente para combatir la corrupción y recuperar el control efectivo de los establecimientos.
Algunos pueden comenzar de inmediato, aun con los escasos recursos disponibles.
Hasta el momento, el presidente ha ordenado trasladar a más de 350 presos a cárceles de mediana y alta seguridad para impedir que sigan delinquiendo, especialmente mediante la extorsión. La medida puede funcionar temporalmente, pero el problema de fondo sigue siendo la corrupción y la falta de control del INPEC al interior de los establecimientos carcelarios.
Hay que recordar que una parte del grave problema de extorsión se agravó con los traslados de presos realizados a comienzos de siglo, medida que extendió esta actividad criminal a otras cárceles y regiones porque también se desplazaron las redes delincuenciales, mientras que el INPEC no ejerció el control que le correspondía.
Cuando los cabecillas son enviados a otras regiones, parte de sus organizaciones y familias también se desplaza. Así, la actividad criminal llega a las ciudades receptoras. Por eso, sin cambios en el personal de vigilancia y nuevos mecanismos de control, los resultados de los traslados difícilmente serán duraderos.
Estos traslados pueden ser una oportunidad para seleccionar a los mejores guardianes del INPEC, que los hay, y asignarlos a los establecimientos donde van a permanecer los delincuentes más peligrosos. Otra posibilidad consiste en incorporar una nueva guardia penitenciaria, con un régimen especial, para determinadas cárceles de mediana y alta seguridad, sin mezclarlos con los guardias del INPEC.
Los nuevos funcionarios podrían seleccionarse entre expolicías y exmilitares, previa capacitación penitenciaria. La experiencia permitiría comparar los resultados de los establecimientos con personal actual y aquellos que cuenten con una nueva guardia.
El nombramiento de expolicías y exmilitares como directores de las cárceles es una buena decisión, aunque limitada.
Los nuevos directores podrán nombrar a parte del personal administrativo, pero tendrán que trabajar con los guardianes actuales del INPEC, quienes permanecen en los establecimientos las 24 horas del día, los siete días de la semana. Los directores no pueden estar presentes todo el tiempo ni supervisar personalmente todos los espacios.
Para recuperar el control de las cárceles se necesitan cambios importantes en la guardia penitenciaria. No basta con sustituir a los directores y a algunos funcionarios administrativos, hay que depurar la actual guardia carcelaria y penitenciaria.

El presidente ordenó desarrollar la estrategia REMAS (Reclusión Especial Marítima de Alta Seguridad), que propone utilizar buques de la Armada Nacional como cárceles flotantes en altamar.
La idea resulta atractiva porque permitiría aislar a los cabecillas, impedir que sigan delinquiendo y sancionar a quienes mantienen sus actividades criminales durante la reclusión.
Sin embargo, como explica el vicealmirante retirado Antonio José Martínez Olmos en un artículo publicado en Semana, utilizar buques de guerra como cárceles implica retirar unidades de sus funciones militares. El vicealmirante advierte que “Un buque de guerra no es una plataforma flotante disponible para cualquier necesidad del Estado: encarna soberanía, disuasión, presencia naval y capacidad de desarrollar operaciones navales en defensa de los intereses nacionales”.
Martínez Olmos propone una alternativa: el arrendamiento de una nave mercante mediante el llamado fletamento a casco desnudo, figura reconocida por la Ley 2133 de 2021. Esta modalidad permitiría disponer de una plataforma civil sin retirar un buque de sus funciones militares.
El vicealmirante advierte que el arrendamiento no autoriza por sí solo la creación de una cárcel flotante. Serían necesarios un fundamento legal expreso, regulación penitenciaria, control judicial, certificaciones de seguridad y coordinación con la autoridad marítima.
También sería indispensable distribuir las responsabilidades. El INPEC conservaría la custodia interior; la USPEC adecuaría el barco y respondería por mantenimiento de la infraestructura y el abastecimiento; el Ministerio de Justicia conduciría la política penitenciaria; la DIMAR ejercería sus competencias marítimas; el MinTIC intervendría en el control de las comunicaciones; la Fiscalía investigaría las redes externas, y la Armada asumiría la seguridad marítima.
En definitiva, adecuar un buque de guerra podría resolver parcialmente un problema penitenciario, pero crearía otro para la Armada, cuya misión no consiste en administrar cárceles. A la propuesta le faltan planeación, un diagnóstico detallado y claridad sobre los recursos necesarios.
El Gobierno también ha propuesto construir varias megacárceles, inspirado en el modelo de Nayib Bukele en El Salvador, criticado por las violaciones de los derechos humanos, como expuse en un artículo que publiqué en Razón Pública.
Frente a esta propuesta, el ministro de Justicia, Iván Cancino, aseguró que “no se trata de meter a todo el mundo preso por capricho, sino de buscar alternativas para aliviar la grave crisis de hacinamiento carcelario que padece el país y cortar de raíz la delincuencia y las extorsiones que se ordenan desde el interior de los penales”.
Ojalá se mantenga esta posición razonable.
La construcción de nuevas cárceles ofrece una oportunidad para transformar el sistema penitenciario, combatir la corrupción y la ineficiencia del INPEC y la USPEC, y garantizar que el Estado, y no los delincuentes, controle los establecimientos.
Para funcionar adecuadamente, las nuevas cárceles deben contar con personal administrativo, guardianes y funcionarios encargados de la resocialización que sean nuevos y estén por fuera del régimen actual del INPEC y la USPEC.
El personal debería ingresar mediante procesos rigurosos de selección y capacitación, y contar con un régimen laboral que mejore el profesionalismo y el bienestar de los funcionarios y establezca límites a su sindicalización por tratarse de un cuerpo armado del Estado, como sucede con la Fuerza Pública.
La construcción y el funcionamiento de las nuevas cárceles deberían cumplir cinco condiciones:
La recuperación del control de las cárceles no depende solamente de trasladar presos, nombrar nuevos directores o construir establecimientos. Depende, ante todo, de contar con funcionarios capaces, mecanismos efectivos de vigilancia, control y una administración que impida que las organizaciones criminales sigan gobernando desde los centros de reclusión.
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Colombia modernizó sus terminales, pero todavía no dispone, en cada complejo portuario, de una instancia permanente que articule puertos, accesos, autoridades, ciudades y corredores. El desafío ya no es administrar mejor cada pieza, sino gobernar el funcionamiento de la red en su conjunto.
Un contenedor puede bajar rápidamente de un buque y, sin embargo, tardar días en continuar su viaje. Puede quedar atrapado por una carretera congestionada, un patio saturado, una inspección no coordinada o una interrupción del corredor. El terminal habrá cumplido su tarea, pero la carga seguirá detenida.
Esta aparente contradicción resume uno de los principales desafíos portuarios de Colombia. Durante las últimas décadas, las concesiones, la inversión privada y la modernización de equipos han permitido el desarrollo de terminales especializados y competitivos. Sin embargo, la eficiencia del muelle no garantiza la eficiencia de la cadena logística que conecta el puerto con las empresas y los consumidores.
El problema no está solo en el puerto. Aparece, sobre todo, en las relaciones entre organizaciones que tienen competencias legítimas, pero parciales. Por eso Colombia necesita pasar de la administración de terminales a la gobernanza de sus redes logístico-portuarias.
Colombia no carece de institucionalidad portuaria. La Ley 1 de 1991 transformó el sector y abrió un amplio espacio a las sociedades portuarias y a la inversión privada. Hoy intervienen el Ministerio de Transporte, la Agencia Nacional de Infraestructura, la Dirección General Marítima, la Superintendencia de Transporte, la DIAN, las autoridades ambientales, los gobiernos territoriales y diversas entidades responsables de las carreteras, los ríos y la seguridad.
El vacío es diferente: en los principales complejos portuarios no siempre existe una función local, estable y reconocible que reúna a esos actores para gestionar el desempeño del conjunto. Hay autoridades con responsabilidades marítimas, contractuales, aduaneras, ambientales o territoriales, pero no necesariamente existe una instancia responsable de articular el flujo completo de la carga.
Esto produce una paradoja. Cada entidad puede cumplir correctamente sus funciones y, aun así, el sistema puede producir un resultado deficiente. Se fiscalizan contratos, se autorizan arribos, se realizan inspecciones y se regula el tránsito, pero nadie responde por el tiempo total, la confiabilidad o el costo que experimenta la carga desde su origen hasta su destino.
La propia política pública reconoce parte de esta dificultad. La Política Nacional Logística plantea la necesidad de articular el sistema y mejorar la eficiencia de las cadenas, mientras que la Política Nacional Portuaria, aprobada en 2023, incorpora la relación de los puertos con el territorio, la sostenibilidad y la modernización institucional. El paso pendiente es convertir esos lineamientos nacionales en capacidades permanentes de coordinación en cada zona portuaria.
Los problemas más difíciles surgen donde termina la responsabilidad de un actor y comienza la de otro. Un terminal puede programar bien sus operaciones, pero no controla el estado del corredor vial. La autoridad de tránsito puede ordenar la circulación, pero no decide cuándo se retira la carga. La aduana controla las mercancías, aunque sus tiempos afectan a patios, camiones y buques. La ciudad regula el suelo y la movilidad, pero las decisiones portuarias modifican su territorio.
Buenaventura muestra con claridad esta interdependencia. A comienzos de 2026, el Ministerio de Transporte instaló un Puesto de Mando Unificado, con la participación de varias entidades, para responder a las dificultades que afectaban la operación. Días después, se adoptaron medidas relacionadas con los contenedores vacíos, las demoras y la congestión. La reacción conjunta fue necesaria, pero también dejó una lección: la coordinación no debería comenzar cuando la congestión ya se ha convertido en una crisis.
Algo similar ocurre con la información. Crear ventanillas digitales, sistemas de citas y plataformas institucionales es un avance, pero conectar computadores no equivale a gobernar los datos. Se necesitan definiciones comunes, información confiable, reglas de acceso y responsabilidades claras para su actualización. De lo contrario, la digitalización reproduce en las pantallas la fragmentación que antes existía en los documentos y los trámites.
También están la relación puerto-ciudad, la adaptación al cambio climático, la descarbonización y la seguridad. Ningún concesionario puede resolver por sí solo el suministro energético necesario para electrificar las operaciones, reducir las emisiones de los camiones, preparar a toda la comunidad portuaria ante una emergencia o compatibilizar el crecimiento del puerto con la vivienda, el turismo y la movilidad urbana.

Hablar de gobernanza en red no implica imponer la misma estructura en todos los puertos. Las interdependencias varían según el territorio.
En Buenaventura, las prioridades incluyen los accesos terrestres, la programación de camiones, los depósitos de contenedores, la seguridad y la relación entre el puerto y la ciudad. En Cartagena pesan más la coordinación entre múltiples terminales y actividades marítimas, la conectividad terrestre y la expansión urbana. En Barranquilla, la confiabilidad del canal de acceso y la relación entre el río y el mar exigen decisiones técnicas y financieras continuas. En Santa Marta, la convivencia con la ciudad, el turismo y las exigencias ambientales ocupa un lugar central. En Urabá existe la oportunidad de organizar, desde el inicio, la coordinación logística, territorial y social en torno a la nueva capacidad portuaria.
La respuesta, por tanto, no es crear una burocracia idéntica en cada lugar. Es acordar quién convoca, qué decisiones deben compartirse, cómo se resuelven las controversias, qué información se utiliza y quién responde cuando el desempeño conjunto se deteriora.
La fragmentación también se refleja en los indicadores. El país mide toneladas, contenedores, inversiones, productividad del muelle y cumplimiento de contratos. Son datos necesarios, pero la empresa usuaria vive otra realidad: tiempo total puerta a puerta, esperas, variabilidad, inventarios, trazabilidad y costos logísticos.
Según la Encuesta Nacional Logística 2024, el costo logístico representó el 15,6% de las ventas de las empresas. La cifra mejoró respecto a 2022, pero confirma que la logística sigue siendo decisiva para la productividad. Una operación rápida en el muelle puede ocultar costos trasladados a los camiones, los depósitos, los inventarios o las fábricas.
La unidad de desempeño debe ser el recorrido de la carga a través del complejo portuario y su corredor. Esto exige indicadores compartidos sobre tiempos de espera, confiabilidad, congestión, continuidad operativa, emisiones y recuperación tras una interrupción. Lo que no se observa como red difícilmente puede gobernarse como tal.
Colombia no requiere necesariamente otra gran entidad nacional ni trasladar las competencias de los organismos existentes. Necesita instituir, en cada complejo portuario estratégico, una función permanente de articulación, con un mandato claro, un liderazgo reconocido y capacidad técnica.
Esa función debería contar, al menos, con cinco elementos: un acuerdo formal que defina quién convoca y cómo se elevan las decisiones; una visión operacional compartida basada en datos confiables; indicadores que midan la cadena y no solo a cada organización; protocolos conjuntos para congestiones, inspecciones, cierres y emergencias, y una cartera integrada de inversiones que sincronice terminales, canales, carreteras, ferrocarriles, zonas logísticas y desarrollo urbano.
El sector privado debe participar porque opera gran parte de la infraestructura y posee información esencial. Las entidades públicas deben proteger el interés general, la competencia, la seguridad y el medio ambiente. Los gobiernos territoriales y las comunidades también deben intervenir, porque el puerto transforma el espacio donde viven y trabajan.
La gobernanza en red no elimina la autonomía de cada institución ni reemplaza las concesiones y la regulación. Conecta a las instituciones en torno a resultados que ninguna puede lograr por sí sola. Su éxito no se medirá por el número de reuniones, sino por menos incertidumbre, decisiones más rápidas y cadenas más confiables.
Colombia puede seguir modernizando sus terminales e incorporando tecnología. Pero, si no gobierna las interdependencias, una parte creciente de esas inversiones se perderá entre una institución y otra. El desafío portuario ya cambió de escala: no consiste únicamente en administrar puertos, sino en gestionar redes que conectan terminales, ciudades, corredores y cadenas productivas. Reconocerlo es el primer paso. Lo siguiente consiste en asignar, en cada complejo, un mandato explícito para gobernar esa red.
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El Mecanismo Internacional de Expertos Independientes para la Promover la Justicia y la Igualdad Racial en el Mantenimiento del Orden, de las Naciones Unidas, conocido como EMLER, por sus siglas en inglés o también como Mecanismo George Floyd, acaba de hacer público su informe final (A/HRC/63/72/Add.1) tras su visita a Colombia, realizada del 4 al 14 de mayo de 2026, por invitación del gobierno. “La visita tuvo por objeto examinar las buenas prácticas y los retos a los que se enfrenta el país, con el fin de abordar el racismo sistémico que sufren las personas africanas y afrodescendientes y promover la justicia y la igualdad raciales en el contexto del mantenimiento del orden”.
El informe del EMLER aborda una amplia gama de cuestiones: Racismo sistémico; perfilamiento racial; uso innecesario y excesivo de la fuerza, cuotas policiales mínima (que evocan la directiva que derivó en los llamados falsos positivos), entre otras, en un contexto de prácticas sistemáticas de violencia policial:
“El Mecanismo recibió información preocupante sobre esta cuestión en el marco del “estallido social” de 2021. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en Colombia documentó que entre el 28 de abril y el 31 de julio de 2021 se cometieron graves violaciones de derechos humanos, incluidas privaciones arbitrarias de la vida, violaciones a la integridad personal, detenciones arbitrarias, violencia sexual y de género, así como actos de discriminación y racismo en el contexto de la protesta. La Oficina verificó 46 muertes ocurridas en el contexto de las protestas, de las cuales 44 correspondían a civiles y 2 a policías, y señaló que en al menos 28 de esas muertes habría existido participación de agentes de la policía, incluidos miembros del Escuadrón Móvil Antidisturbios de la Policía Nacional”.
Igualmente, el Mecanismo constató que la represión de la protesta tuvo impactos diferenciados y desproporcionados sobre poblaciones racializadas, en particular afrodescendientes y pone de presente los altos niveles de impunidad.
El informe EMLER llega en un momento muy oportuno para Colombia, entre otras, por las siguientes razones:
Desafortunadamente no se trata de un caso aislado. En efecto, apenas un día después se registró la muerte del joven Ricardo Andrés Rodríguez, denunciado ampliamente como un “falso positivo” en el marco de un operativo de la Fuerza Pública contra bandas criminales en Magdalena y luego, apenas una semana más tarde, se sumó la muerte de Alfredo Echeverry de 28 años muerto en Villa Rica, Cauca, al parecer, en circunstancias muy similares a las de Donován.
Las Conclusiones y Recomendaciones del EMLER. El informe destaca que “El Mecanismo escuchó testimonios profundamente angustiosos de madres y familiares cuyos hijos afrodescendientes fueron matados por agentes de policía en circunstancias sospechosas, confusas o insuficientemente esclarecidas. En varios casos, las familias informaron que, pese al paso de muchos años, las investigaciones no han arrojado avances significativos, no han recibido información actualizada de la Fiscalía y los presuntos responsables continúan en libertad o incluso prestando servicio dentro de la institución policial, sin que se hayan impuesto sanciones penales o disciplinarias efectivas”
(…) El Mecanismo recibió además testimonios de personas que señalaron que, cuando las víctimas son afrodescendientes, la voluntad institucional para exigir responsabilidades de manera efectiva suele ser escasa o inexistente”

Entre las recomendaciones del EMLER se destacan las siguientes: a) “Dar prioridad a la rendición de cuentas por el perfilamiento racial y el uso excesivo de la fuerza contra personas afrodescendientes, especialmente en los casos que hayan ocasionado la muerte. b) Investigar y juzgar estos hechos de manera pronta, efectiva e imparcial mediante una estrategia especializada y dotada de recursos suficientes, garantizando que las investigaciones analicen el papel que la discriminación racial, los estereotipos y los prejuicios puedan haber desempeñado en el incidente. Garantizar el acceso de las víctimas y sus familiares a recursos efectivos, medidas de protección y acompañamiento psicosocial con enfoque étnico-racial y diferenciado”. La práctica del perfilamiento racial ocupó un lugar central.
La respuesta del Gobierno de Colombia al informe del EMLER. El 25 de septiembre la Cancillería hizo público un comunicado en el que señaló: “…reafirma su compromiso con la promoción y protección de los derechos humanos, la igualdad racial, la lucha contra todas las formas de discriminación y la garantía de los derechos de las personas afrodescendientes y de las comunidades étnicas del país.
Este compromiso permanece plenamente vigente y no ha experimentado modificación alguna desde la posesión del presidente Aberlardo De La Espriella el pasado 7 de agosto. Todas las políticas y medidas que adopte el Estado en materia de seguridad y lucha contra las economías ilícitas se desarrollarán dentro del marco de la Constitución, la Ley y el Estado de derecho…”.
En contraste con lo anterior, la declaración de Colombia, del pasado 7 de octubre, al cierre del 63º período de sesiones del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, en la que toma distancia de algunos conceptos respaldados por anteriores gobiernos, incluidos los referidos a género en sentido amplio, derechos sexuales y reproductivos, discriminación interseccional y racismo estructural e institucional ha causado alarma en la comunidad de los derechos humanos, que la considera regresiva.
Más allá del informe EMLER y del caso Donován. El informe sobre violencia policial y la muerte del joven Donovan, revelan un fenómeno de especial gravedad y de gran relevancia en el abordaje de la cuestión de los afrodescendientes. Sin embargo, tales cuestiones se inscriben en un contexto más amplio. En efecto, se considera que los afrodescendientes constituyen el chivo expiatorio por excelencia de la instrumentalización política del racismo y la xenofobia, así como de los discursos de odio que tantos réditos electorales le están derivando a fuerzas extremistas, que, cada vez más, se sirven de herramientas digitales y de inteligencia artificial para inflamar a electores desprevenidos, aunado a su creciente uso en la gestión migratoria y la seguridad.
En el caso específico de Colombia, el informe EMLER interpela a las instituciones concernidas, al Movimiento Social Afrocolombiano y a otras partes interesadas a priorizar las medidas de prevención, mitigación y, según proceda, sanción y reparación. La incorporación de la dimensión étnico racial en los contenidos de los cursos de formación a los miembros de la Fuerza Pública, sería un paso hacia adelante.
Ojalá que los casos de Donovan, Rodríguez y Echeverry no queden en la impunidad y que sirva de impulso al esclarecimiento de otros casos, incluido el de Anderson Arboleda, de 19 años quien murió el 21 de mayo de 2020, tras un presunto ataque de miembros de la Policía Nacional, en el marco del control de las medidas de restricciones de circulación de personas con ocasión del Covid 19.
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¿Qué lugar ocupa la cultura en la democracia colombiana?La controversia alrededor del Programa Nacional de Estímulos del Ministerio de Cultura pone a ese sector en el centro de una discusión que va mucho más allá de los recursos para artistas y gestores. Lo que está en juego es la idea que cada gobierno tiene sobre la cultura y sobre el papel que debe cumplir el Estado frente a ella.
El Gobierno Nacional ha explicado la suspensión de algunas modalidades de estímulos por presuntas inconsistencias fiscales y administrativas. Los ex ministros de Cultura de Petro, en cambio, aseguran que la cartera dispuso los recursos necesarios para cumplir sus compromisos y que proveyó un presupuesto histórico para el sector. Pero en medio de esta disputa entre gobiernos hay algo que debería preocuparnos todavía más: el hecho de que la cultura se convierta en otro campo de batalla política.
El gobierno de Gustavo Petro hizo de la cultura uno de sus ejes de política pública. Su principal apuesta fue Sonidos para la Construcción de Paz, un programa de formación artística para niñas, niños, adolescentes y jóvenes que buscaba llevar la formación artística a territorios donde históricamente había sido limitada. Para ello anunció una expansión de gran escala, con la meta de llegar a un millón de niñas, niños, adolescentes y jóvenes. Sin embargo, cuando se examina su ejecución, aparecen problemas que van más allá de la medición: durante 2025, cuando el programa debía estar consolidándose, la documentación revisada registra vinculaciones de artistas formadores de apenas dos y cuatro meses, y en muchos territorios de apenas 2.6 meses, en medio de retrasos en varios convenios. También se presentaron retrasos en los pagos, un problema especialmente delicado cuando se trata de garantizar la continuidad de procesos de formación artística.
Esto obliga a mirar con cuidado las cifras de cobertura anunciadas durante el cuatrienio anterior: coexistieron distintas formas de contabilizar beneficiarios, participantes, atenciones y procesos formativos, lo que dificulta establecer con precisión el alcance efectivo del programa. La distancia entre las metas anunciadas y las condiciones en que se ejecutó la política merece, por lo menos, una evaluación más rigurosa.
Lo ocurrido debería ser una lección para cualquier gobierno: ni desmontar lo anterior solo por haber sido concebido por el adversario, ni conservarlo intacto por razones políticas. Que hablen sus resultados, no su origen. La cultura necesita justamente lo contrario a una política de trincheras.
Hay en todo este episodio una tensión que nos pone en alerta. El actual Gobierno, que dice defender por encima de todo la Constitución y la ley, no puede desconocer la dimensión cultural de nuestro contrato social ni el rango que la Carta del 91 le otorga a la cultura. El artículo 70 establece que el Estado debe promover y fomentar el acceso a la cultura en igualdad de oportunidades y reconoce que sus diversas manifestaciones son fundamento de la nacionalidad. El artículo 71 garantiza la libertad de la búsqueda del conocimiento y de la expresión artística, establece que los planes de desarrollo deben incluir el fomento de la cultura y dispone que el Estado ofrezca incentivos para quienes desarrollen y fomenten sus distintas manifestaciones.
Es decir, los estímulos a la creación artística no son un capricho de un gobierno de izquierda, ni una concesión generosa a un grupo de artistas. Hacen parte de una concepción constitucional de la cultura como asunto público. Y esa concepción no le pertenece a una corriente política: la cultura no es patrimonio exclusivo del progresismo.
Aquí conviene hacer una distinción que a veces se pierde en medio del antagonismo. La cultura no riñe con las posturas políticas. Al contrario: es uno de los espacios donde esas posturas pueden convivir. Una sociedad culturalmente viva admite al liberal y al progresista, pero también al conservador y al de pensamiento más tradicional. La cultura no puede ser un territorio reservado para una determinada sensibilidad política. Puede acoger las posiciones conservadoras y tradicionales, las distintas concepciones de familia, de nación, de sociedad, de religión e individuo.
El Estado no está llamado a producir ni avalar una cultura oficial para garantizar la existencia de una cultura nacional. Y eso vale también para el progresismo: su defensa de la diversidad no puede convertirse en una forma de exclusión frente a quienes piensan distinto. La cultura tampoco puede caer en una política de cancelación que deje de escuchar, exhiba o estigmatice al otro porque sus ideas resultan incómodas o no encajan con la sensibilidad dominante de un momento determinado.
El presidente Abelardo de la Espriella lo dijo después de ganar las elecciones: afirmó que su propósito era gobernar para todos los colombianos, incluidos quienes no habían votado por él. Esa promesa adquiere una particular importancia cuando se habla de cultura, porque gobernar para todos también significa reconocer que no todos pensamos igual ni compartimos la misma idea de país.
Por eso sorprende la manera en la que definió el presidente su anunciada “batalla cultural”. En su discurso de posesión dijo que su gobierno libraría esa batalla para “recuperar el valor de la familia, el mérito, la disciplina, el respeto por la ley, el amor por la patria, la creencia en Dios y la responsabilidad individual”. Esto cae más en el terreno de una campaña por la educación cívica tradicional que en una amplia comprensión del bloque cultural de la Constitución colombiana.
No hay nada malo en que el presidente tenga una concepción de los valores que quiere promover. El problema comienza cuando una concepción particular de esos valores pretende convertirse en la única concepción legítima desde el Estado. Y ahí la historia colombiana vuelve a ser pertinente.
Durante buena parte del siglo XIX, aquello que hoy llamaríamos política cultural estuvo parcialmente articulado alrededor de la instrucción pública y la educación. No existía todavía un Ministerio de Cultura ni una política cultural como la entendemos hoy. Había, en cambio, una preocupación por formar ciudadanos, alfabetizar, crear escuelas, formar maestros y construir una idea homogénea de nación.
No hay nada malo en que el presidente tenga una concepción de los valores que quiere promover. El problema comienza cuando una concepción particular de esos valores pretende convertirse en la única concepción legítima desde el Estado. Y ahí la historia colombiana vuelve a ser pertinente.
La Regeneración llevó esa relación entre Estado, educación, religión y formación ciudadana a una expresión mucho más definida. La Constitución de 1886 estableció que la religión católica era la de la nación y señaló expresamente que la educación pública sería organizada y dirigida en concordancia con ella.
No se trata de decir que la Colombia de hoy esté regresando a 1886. Las circunstancias son otras y la Constitución es otra. Pero sí cabe recordar qué ocurre cuando el Estado decide que, además de administrar los asuntos públicos, debe definir qué tipo de ciudadano quiere formar a partir de una determinada concepción moral, religiosa o cultural.
La Corte Constitucional ha señalado que la Carta de 1991 adoptó una fórmula de Estado laico, basada en el pluralismo, la igualdad y la libertad religiosa, y que ello implica la neutralidad del Estado frente a las distintas creencias. La Carta reconoció la diversidad cultural, protegió la libertad artística y estableció que en las instituciones educativas debe impartirse instrucción cívica y enseñarse la Constitución, junto con prácticas democráticas de participación. No eliminó la tarea del Estado de formar ciudadanos: cambió el horizonte de esa formación.
Por eso preocupa lo que está ocurriendo, por ejemplo, en el Instituto Caro y Cuervo. No porque esa institución, adscrita al Mincultura, tenga que pertenecer a una corriente ideológica, sino precisamente porque no debería pertenecer a ninguna. Una biblioteca, un museo, un instituto de investigación, una escuela de arte o un programa de estímulos pueden albergar ideas que se contradicen entre sí. Esa es una de las riquezas de la cultura. En ella caben el desacuerdo, la provocación, la tradición, la ruptura, la fe y la irreverencia. También caben quienes piensan que la sociedad debe cambiar y quienes consideran que algunas de sus formas tradicionales merecen ser preservadas. El problema aparece cuando la política deja de discutir las obras y las ideas y empieza a convertir a sus autores en objeto de señalamiento.
Que algunos escritores y artistas hayan incomodado al establecimiento en distintos momentos de nuestra historia no debería sorprendernos. Lo que sí debería preocuparnos es que la transgresión artística o la vida al margen de ciertas convenciones empiecen a utilizarse como argumento para estigmatizar a quien crea: el artista echado a perder, el caso sin remedio, el vago que pinta, escribe o hace teatro. Una suerte de sospecha moral que termina convirtiéndose en señalamiento político: el arte que incomoda, el arte que no sirve, el arte que huele mal.
Y entonces aparece Gonzalo Arango. Su búsqueda de Dios en los últimos años de su vida forma parte de su historia y no tendría sentido desconocerla. El problema es convertirla en una suerte de redención retrospectiva, como si el poeta irreverente, el nadaísta, el escritor que desafió las convenciones de su tiempo necesitara a estas alturas salvarse de sí mismo. Es la misma lógica que puede llevar a señalar o santificar a un creador según encaje o no en la batalla cultural de turno.
¿Qué sigue? ¿El Museo Nacional cuestionando a Débora Arango o a Beatriz González porque sus obras resultan incómodas? ¿Se prohibirán los libros de Fernando Vallejo y de José Asunción Silva? La cultura no se fortalece corrigiendo el pasado para hacerlo coincidir con las convicciones del presente. Tampoco se fortalece borrando lo que hizo una administración simplemente porque pertenece al gobierno anterior. Los gobiernos pasan. Las políticas culturales que funcionan deberían poder sobrevivirlos.
En Argentina, el gobierno de Javier Milei trasladó la política cultural al ámbito de la Secretaría de Cultura de la Presidencia y emprendió una reorganización que incluyó la disolución, transformación y reubicación de distintos organismos culturales. Las formas son distintas y los contextos también. Pero esa experiencia permite hacerse una pregunta incómoda: ¿hasta dónde puede llegar una batalla cultural cuando deja de ser una disputa por los valores y empieza a traducirse en decisiones sobre las instituciones que sostienen la cultura?
Porque, cabe recordarlo, dicha institucionalidad no fue una creación del petrismo. Es herencia directa de la Constitución de 1991 y de la Ley General de Cultura de 1997. La Ley 397 desarrolló los artículos 70, 71 y 72 de la Carta, creó el Ministerio de Cultura y estableció que el Estado debe impulsar los procesos culturales en un marco de reconocimiento y respeto por la diversidad, al tiempo que prohíbe ejercer censura sobre el contenido ideológico y artístico de las realizaciones y proyectos culturales. Incluso dispuso el traslado al nuevo Ministerio de Cultura de una entidad que hasta entonces estaba adscrita al Ministerio de Educación.
Desmontar o subordinar esa institucionalidad supondría, por tanto, algo más que mover una dependencia de un ministerio a otro. Podría implicar un cambio en la concepción misma de la relación entre Estado y cultura. La entonces ministra de Educación, Viviane Morales, manifestó en su momento que había que “sacar la ideologización” de las aulas y habló de una campaña para recuperar valores que, a su juicio, habían sido desplazados por una cultura que identificaba como woke. Hoy ya no ocupa esa cartera: renunció al Ministerio de Educación en septiembre y fue reemplazada por Ilva Myriam Hoyos. Pero sus declaraciones hacen parte de la misma conversación acerca de los valores que debe promover el Estado y hasta dónde puede llegar una concepción particular de esos valores cuando se convierte en política pública.

Tal vez esa sea la discusión que hace falta recuperar en medio de esta confrontación: no si la cultura es de izquierda o de derecha, sino qué lugar ocupa en la democracia. Porque una política cultural verdaderamente pública no tiene que imponer una manera de pensar. Tiene que garantizar las condiciones para que muchas maneras de pensar puedan expresarse, interpelarse y convivir.
Umberto Eco advertía que, entre los rasgos del Ur-Fascismo —una forma de fascismo capaz de reaparecer bajo distintas circunstancias históricas— está la desconfianza hacia una cultura identificada con el pensamiento crítico y que, en ese marco, el desacuerdo puede llegar a ser interpretado como traición. También advertía sobre un populismo que pretende hablar en nombre de un pueblo concebido como una entidad monolítica, negando la diversidad de los ciudadanos.
Este llamado aplica para todos los extremos: la cultura se empobrece cuando se le exige obediencia. La cultura no debería ser el territorio donde un gobierno gana una batalla contra el anterior.
Para mí, la cultura es más una trama que una batalla. Es uno de los pocos lugares donde una sociedad puede aprender a vivir con sus diferencias sin tener que ocultarlas ni silenciarlas. Tramar es entretejer, disponer los hilos de algo hasta darle forma. Pero también es urdir, preparar algo que todavía no se muestra del todo. En ambos sentidos hay una idea de construcción, una expectativa in crescendo. La diferencia está en si aquello que tramamos busca encontrarse con otros hilos o cerrarse sobre sí mismo.
Hablar de una trama es poner en relación experiencias distintas, cruzar memorias, enlazar lenguajes, hacer posible que una persona entre, aunque sea por un instante, en el mundo de otra. Porque la trama tiene también una acepción negativa: puede fraguar identidades cerradas, fabricar enemigos donde no los hay, construir relatos que solo dejan lugar para quienes comparten una determinada postura. La pregunta, entonces, no es si la cultura debe sentar una posición. La pregunta es qué hacemos con las incontables posiciones que la cultura pone en diálogo, cuando no en conflicto.
Quizá esta sea una de las tareas más importantes de una democracia: no conseguir que todos pensemos lo mismo, sino construir las condiciones para que podamos seguir pensando distinto, habitando la misma Constitución, existiendo en el mismo país.
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*Una versión de este texto se publicó en Contexto Media el 05 de octubre de 2026.
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