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Elecciones en medio de un ambiente político distorsionado

Escrito por Marcela Prieto

Guerra sucia, espionaje y apatía son apenas las muestras de una democracia que sufre de enfermedades viejas y enfermedades nuevas: reelección, politización de la justicia, desconfianza ciudadana y desconexión de los discursos con el país real.

Marcela Prieto*

No tan distintos

La campaña presidencial de 2014 pasará a la historia como una de las más sucias y distorsionadas de la historia.

También es de notar que los dos candidatos ganadores, Óscar Iván Zuluaga y Juan Manuel Santos, que fueron compañeros de gabinete durante el gobierno Uribe, no tienen en realidad muchas diferencias en su visión del país y del rumbo que este debe tomar.

Los dos se encuentran en el mismo segmento del espectro político, uno ligeramente más a la derecha que el otro, y ambos defienden la economía de mercado como base para  generar riqueza y la democracia representativa como sistema político.

Óscar Iván Zuluaga y Juan Manuel Santos, que fueron compañeros de gabinete durante el gobierno Uribe, no tienen en realidad muchas diferencias en su visión del país y del rumbo que este debe tomar. 

Por eso, el debate entre ellos se reduce a una disputa marcada por su profunda enemistad personal. Y a una guerra sucia que busca acabar con la honra del contrincante y que no aporta nada a la discusión sobre políticas públicas que necesitan y deben presenciar los votantes.

El proceso de paz es el campo de batalla de esa guerra sucia, como un falso dilema usado para confundir, crispar y enfrentar a los ciudadanos. Falso dilema porque la inmensa mayoría de los colombianos queremos la paz, y es verdad de Perogrullo que “una Colombia sin guerrilla será mejor que una con guerrilla”.  

También parece claro que la mejor forma de acabar con la guerrilla es a través de una negociación. Por tanto, la única diferencia entre Santos y Zuluaga estará en la capacidad de negociación que demuestre cada uno y en que tal vez no de lo mismo negociar con un gobierno desgastado que con uno nuevo y recién legitimado por las urnas.   


Marcha por la salud en Medellín.
Foto: Colectivo desde el 12

Acabar la reelección

Pero lo más importante es preservar la calidad de nuestras instituciones. Y hoy por hoy el principal factor distorsionante de la democracia colombiana es la reelección.

En un país con partidos políticos tan débiles y con bajísimos niveles de confianza ciudadana, a cualquier político le seduce la posibilidad de quedarse en el poder el mayor tiempo posible.

Recordemos a Uribe cuando insistía en que necesitaba quedarse en el poder para alcanzar sus metas de gobierno, aduciendo “razones” como el “Estado de opinión” o la “hecatombe”.

¿Y acaso no dijo Santos, en su deseo de mostrarse como defensor de las instituciones y distanciarse del legado uribista, que la reelección no era una buena idea y que mejor sería eliminarla?

Pues resulta que Santos presidente fue cediendo a la tentación de sentirse irremplazable. Primero fue aquello de que “el corazoncito me empuja y me dice ciertas cosas, la cabecita me dice otras”; después vino los de “si voy a reelección, sería por dos años”,  luego avanzó a que “aspiro a que en un año… se reelijan mis políticas”, al anuncio oficial de su candidatura y ahora a la hecatombe que el país sufriría si Zuluaga le gana este 15 de junio.   

De aquí el espectáculo penoso de todo el aparato estatal al servicio abierto o apenas encubierto del candidato-presidente, y el del retiro de altos funcionarios públicos para salir a defenderlo y a repartir volantes en las calles. Los servidores públicos son eso: servidores públicos, no de su jefe en campaña electoral.

Y hoy por hoy el principal factor distorsionante de la democracia colombiana es la reelección.

Por eso es necesario el compromiso público de los dos candidatos para acabar con la reelección. Tal vez una manera de lograrlo sería adoptar la tesis del periodo único de seis  años, que hace algún tiempo propuso el mismo Santos.  Y  por su parte la candidata Ramírez prometió ante un notario que no aspiraría a la reelección, Clara López  sostuvo que “la reelección es un tóxico para la democracia”, y Peñalosa prometió  “no buscar reelegirse en 2018 si los colombianos le dan la ‘bendición’ en los próximos comicios”.

Justicia politizada

Otro peligro que nos acecha, y cada vez con más fuerza, es la politización de instituciones esenciales del Estado, como son la Fiscalía, la Procuraduría, la Registraduría, el Consejo Nacional Electoral y las altas cortes.

La independencia de las instituciones es crucial para el buen funcionamiento del Estado democrático, pues son ellas quienes garantizan el cumplimiento de las normas y aseguran un balance de poder real frente al Ejecutivo.

Por eso es lamentable ver un procurador tan controvertido, un fiscal que actúa más como abogado de la reelección que como fiel cumplidor de los acuerdos eventuales que se alcancen en La Habana, o un ex presidente que recusa al fiscal general y opta por entregar “en reserva” a la Procuraduría la “información” sobre hechos gravísimos que habrían de haber sido despejados antes de que los colombianos depositemos nuestro voto decisivo.    

Bien lo decía la directora de Transparencia Internacional al referirse a Venezuela: “el principio del fin” se dio cuando la gente comenzó a dudar de sus instituciones judiciales y de sus entes de control. Se cometió el error de no diferenciar entre la persona y las instituciones; y cuando apareció la figura de un caudillo mesiánico estaba abierta la puerta para “ordenar la casa” de modo autoritario.

Era cuestión de tiempo. Puede pasar en Colombia, sin importar de qué lado del espectro político surja esa opción autoritaria.


La ex-candidata presidencial, Marta Lucía Ramírez.
Foto: Registraduría Nacional del Estado Civil

Desconfianza ciudadana

Preocupa también la falta de confianza ciudadana en la política y en los gobernantes. Esto se expresa en el mayor abstencionismo, el voto en blanco, las marchas campesinas, las protestas estudiantiles, los grupos de indignados y las vías de hecho que cada vez se hacen más frecuentes al tramitar los conflictos sociales.

Entre los dos contendores para segunda vuelta y la mayoría de los colombianos existe una desconexión profunda, pues ninguno de los dos logra captar sus preocupaciones y necesidades verdaderas.

Según todas las encuestas, lo que más interesa a los colombianos son el empleo, la salud, la educación, la corrupción y la justicia.

En materia de seguridad, a los colombianos les importa más la seguridad ciudadana que el conflicto con las FARC y el ELN. Esto no significa que la ciudadanía sea indiferente respecto del futuro de las negociaciones de paz, pero sí que estos grupos al margen de la ley ya no son percibidos como amenazas inminentes al Estado.

El cambio de intereses es resultado de muchos factores, entre ellos el que se haya mantenido un buen nivel de crecimiento económico por varios años, el que hayan salido de la pobreza más de 2 millones de personas, el que haya disminuido el desempleo, y el que se haya fortalecido una clase media que demanda calidad en las políticas públicas.

La verdadera paradoja es que el gobierno Santos tiene mucho que mostrar en estas materias, y sin embargo no lo ha hecho debido más que todo a su obsesión con el proceso de paz.

Guerra sucia

Como en ninguna otra elección presidencial, en la de 2014 han prevalecido  los rumores e interpretaciones malintencionadas, el video del “hacker” en un caso y n el otro la llamada “prueba reina” sobre narco-dineros  en la campaña Santos 2010, cuyas cabezas se asoman pero no acaban de salir a la luz.

El escenario hubiera sido distinto si los medios hubieran propiciado más debates, y Marta Lucía Ramírez, Clara López o Enrique Peñalosa  habrían tenido la opción real para  pasar a la segunda vuelta.

No menos lamentable ha sido el papel de los medios de comunicación; Juan Gossaín lo dijo con todas las letras: su comportamiento a lo largo de esta contienda electoral “da vergüenza”. Ellos deben limitarse a informar de manera objetiva y con la mayor imparcialidad posible; pero esta vez casi todos los medios importantes e influyentes han tomado partido en forma descarada o subrepticia.

El escenario hubiera sido distinto si los medios hubieran propiciado más debates, y Marta Lucía Ramírez, Clara López o Enrique Peñalosa  habrían tenido la opción real para  pasar a la segunda vuelta.

Esos tres candidatos fueron quienes, pese a tener todo en contra, pusieron sobre la mesa los temas que más les preocupan a los colombianos. Los dos punteros, sin embargo, insistieron en seguir enfrascados en sus escandalosas disputas, robando la atención del público y conquistando así sus victorias relativas.

 

* Politóloga de la Universidad de los Andes con maestría en Políticas Públicas de la Universidad de Oxford. Analista habitual de Portafolio. Desde 2006, directora ejecutiva del Instituto de Ciencia Política y directora de la revista Perspectiva.

@marcelaprietobo 

 

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