Laura Restrepo. Demasiados Héroes. Alfaguara, Bogotá, 2009
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Laura Restrepo. Demasiados Héroes. Alfaguara, Bogotá, 2009
William Díaz Villarreal
Laura Restrepo ha insistido en que Demasiados héroes (2009), su última novela, constituye un intento por distanciarse de los recursos literarios de Delirio (2004). La literatura es, dice ella, una búsqueda de caminos siempre renovados, de formas diferentes de contar, y por eso el escritor está siempre a la caza de nuevos estilos y registros narrativos. En Demasiados héroes, Restrepo no sólo rompe con el ritmo frenético de los monólogos y los extensos párrafos de Delirio e impone la forma del diálogo como estrategia narrativa; también reduce la influencia explícita que tienen ciertas figuras históricamente importantes en los detalles de la trama: ni la Junta Militar ni los líderes de la resistencia política argentina tienen, en Demasiados héroes, un efecto tan directo y contundente sobre el destino particular de los protagonistas como Pablo Escobar, sus sicarios y testaferros en Delirio. La última novela de Restrepo busca, como ella misma ha afirmado en varias entrevistas, acercarse más al mundo interior y privado -su propio mundo interior y privado, se podría agregar, pues la novela es en gran medida autobiográfica- que a los protagonistas de grandes acontecimientos históricos.
Pero a pesar de estas diferencias evidentes, también hay afinidades innegables entre las dos novelas. En primer lugar, el motor que anima la narración en ambas es la progresiva revelación de un acontecimiento del pasado que explicaría la situación actual de los personajes. "Supe que había sucedido algo irreparable en el momento en que un hombre me abrió la puerta de esa habitación de hotel y vi a mi mujer sentada al fondo, mirando por la ventana de muy extraña manera", dice la primera oración de Delirio, y el resto de la novela es el descubrimiento de los acontecimientos "interiores" y "exteriores" -para utilizar la terminología de Restrepo- que condujeron a la mujer a este cuarto y que le provocaron una profunda crisis nerviosa. El comienzo de Demasiados héroes plantea un enigma parecido: "Necesito saber cómo fue -le dice Mateo a su madre-. El episodio oscuro, quiero saber cómo fue exactamente". No es casual que tanto Mateo como el marido de la mujer que aparece misteriosamente en un cuarto de hotel en Delirio llamen "episodio oscuro" al acontecimiento que se convertirá en el motivo de sus averiguaciones. El descubrimiento del "episodio oscuro" es, para ambos, la llave que les permitiría abrir la puerta del secreto que ha tejido los hilos de su destino.
Este acontecimiento no es, por supuesto, el único hecho importante de las novelas, pero sí ocupa el lugar central. En el caso de Delirio por ejemplo, la prehistoria del "episodio oscuro" se remonta a la vida familiar de la protagonista, y llega incluso a la infancia de su abuelo. Como sea, la eficacia de esta novela se encuentra en el hecho de que toda la energía narrativa se canaliza, por así decir, en la revelación progresiva del "episodio oscuro": la novela termina precisamente cuando el lector, arrastrado por una narración viva y llena de intriga, reconstruye las piezas del rompecabezas que permiten ver el episodio como la síntesis de toda la trama.
Demasiados héroes se desarrolla de acuerdo con un principio similar, aunque con una diferencia fundamental: el "episodio oscuro" que permitiría descubrir los secretos de los dos héroes no tiene nada de misterioso. Desde las primeras páginas, el lector conoce en términos generales los hechos por los que pregunta Mateo, y sabe que tanto éste como la madre han hablado del asunto muchas veces: hace tiempo, cuando el niño apenas tenía dos años, Ramón (su padre) lo secuestró y lo llevó clandestinamente a Argentina. Ahora, más de una década después, Lorenza (la madre) y Mateo viajan a Buenos Aires a entender esa historia de la que éste hace parte y que lo atrapa "como una red". Es cierto que fue un acontecimiento traumático y que "está sepultado bajo una montaña de verdades a medias", pero su "oscuridad" tiene una causa más bien accidental: simplemente, el niño era tan pequeño entonces que no le queda ningún recuerdo del episodio, y por eso éste posee, para él, un halo de misterio que en realidad nada tiene que ver con la ignorancia de los hechos, ni por parte del lector ni de los protagonistas.
En Delirio, el descubrimiento del enigma tiene un sentido vital más o menos pleno, porque en él se juegan la vida los personajes más importantes. Aguilar, el marido, quiere saber qué pasó con su mujer porque su comprensión le permitiría salvar la relación con ella, a quien ama profundamente. Por eso la lógica narrativa de la novela, que tiene mucho de historia de detectives, le calza como un guante: descubrir el enigma es hacer evidente toda una red vital de circunstancias apremiantes. Demasiados héroes está concebida de un modo similar, pero el hecho de que el misterio del "episodio oscuro" esté resuelto desde el principio traslada las preguntas del lector a otro ámbito. Ya no es el enigma de los hechos del pasado, sino el desarrollo de las relaciones humanas después del suceso traumático lo que podría servir como motor narrativo. Sin embargo, la novela se atiene tercamente al esquema detectivesco y el lector, que sabe desde el comienzo que el secuestro sólo duró unas semanas, es guiado por la pregunta -un tanto banal pues los dos protagonistas conocen ya la respuesta- de cómo fue que la madre logró rescatar al hijo.
Esto no significa que la novela no reflexione sobre la relación entre los dos protagonistas. Ambos representan generaciones cuya experiencia es, digamos, inconmensurable. Lorenza, la madre, pertenece al grupo de antiguos militantes de izquierda de la década de 1970, era una joven de origen burgués que encontraba su razón de ser en la resistencia política y en la lucha contra la opresión -por eso terminó por ir a Argentina en los tiempos de la dictadura, se dedicó a la actividad política, se enamoró y tuvo su hijo con Ramón, un líder de la resistencia clandestina-. Pero esos eran tiempos pasados: ella es ahora una mujer madura y una escritora reconocida que no ha renunciado a sus ideales, pero que tiene una vida privada por atender. Esta vida se reduce prácticamente, y de un modo casi enfermizo, a una sola persona, que proporciona el contrapunto irónico de toda la novela: Mateo, el hijo adolescente, que parece inmune a los intereses políticos de ella. Más que escéptico, Mateo es un muchacho indiferente a la lucha política y a los proyectos utópicos: lo suyo es el rock, la moda y el play station.
En última instancia, el abismo aparente entre madre e hijo tiene una razón simple: hablan lenguajes diferentes. En un perfil de su padre que le pidió alguna vez el psicólogo del colegio, Mateo escribe:
"Lorenza (no sé si ya dije que así se llama mi madre) y Ramón (ese es el verdadero nombre de mi padre) fueron opositores clandestinos a una dictadura sangrienta. Es una palabra muy de Lorenza, eso de sangrienta, o mejor dicho muy de los de su generación, que son aficionados a hablar de represión, que es otra de sus palabras, y a hablar de sangre. Dicen dictadura sangrienta, ríos de sangre, país ensangrentado. Cuando se lo critico, se defiende diciéndome tienes razón, hoy día no se puede hablar de sangre, es de mal gusto hablar de sangre, a menos que seas cirujano o carnicero."
La madre todavía piensa en héroes, en la revolución y en la justicia social; es -o más exactamente fue, cuando era joven- una mujer entregada a la causa política, capaz de entregarle al Partido la herencia que le había dejado su padre muerto -la finca en la que pasó los días más felices y tranquilos de su infancia-. Pero lo que quiere el hijo es entender su propia historia, comprenderse a sí mismo. "Me pintas un Ramón que parece un superhéroe de dibujos animados", le dice a Lorenza en cierto momento. "Ese personaje no tiene nada que ver con el Ramón que es mi padre. Mi padre es un tipo que hace guachadas, un atraquito de mierda y además frustrado, y ni siquiera tiene cojones para dar la cara, para venir a darme una explicación". Los comentarios del joven ironizan los ideales revolucionarios de la madre y los hacen relativos, pero no ocurre lo mismo en el sentido contrario, y por eso Mateo aparece a menudo como un jovencito insoportablemente mimado e innecesariamente sabihondo. Sus debilidades, de hecho, se pueden explicar fácilmente con la psicología silvestre de una madre de buena fe: Mateo siente miedo, por ejemplo, de enfrentar al padre ahora que ha llegado a Buenos Aires, y para huir de este temor se deja devorar por los tres reinos de Dinasty Warriors, su juego favorito en el play station.
Demasiados héroes también se ocupa del enfrentamiento de un individuo con su recuerdo de la experiencia de las dictaduras en el Cono Sur, y quiere acercarse a la actualidad palpitante de esta historia dolorosa. Restrepo ha dicho en muchas entrevistas que la novela latinoamericana ha relegado "lo interior" al ámbito de la poesía lírica y las telenovelas, y que Demasiados héroes constituye un intento por superar esta carencia. Posiblemente una de las limitaciones más dicientes de la novela se encuentra precisamente en que "lo interior" parece reducirse al esclarecimiento de un episodio personal, cuya oscuridad es en últimas aparente. De regreso en Buenos Aires, Lorenza se lamenta porque sus recuerdos íntimos de los días en Argentina se limitaban "a la trama central", son "escuetos y apegados a lo sucedido, sin utilería ni escenario, y lo que es más raro, casi sin palabras". Sin embargo, las huellas de la utilería y el escenario que ella percibe en Buenos Aires no dejan de cumplir, a lo largo de la novela, un papel puramente marginal. Por eso, la emoción de Lorenza al comprobar, por ejemplo, que el color de las baldosas de un patio coinciden con las de su recuerdo es sólo comparable en intensidad a la pasión con la que el ritmo de la narración -dirigida a la dilucidación del episodio oscuro- olvida este descubrimiento.
No sería exagerado, afirmar que el material de esta novela -un material sin duda rico, complejo y difícil- es traicionado por su forma íntima, demasiado apegada a la estructura de Delirio. El peso específico de la revelación del acontecimiento traumático es tan grande, que la verdadera experiencia de la dictadura es arrastrada al lugar común. Lamentablemente, del viaje de Lorenza y Mateo sólo queda el asombro de ella al descubrir la verdadera identidad de los compañeros de lucha, y una que otra revelación que tanto las memorias escritas de los antiguos disidentes como el cine argentino han hecho ya hace mucho tiempo: las estrategias para no parecer sospechosos, los seudónimos, la censura de la prensa, lo que se dice a escondidas sobre los desaparecidos y los torturados -que la Junta niega- y la actitud autoritaria de los milicos. Sólo hay quizá un fragmento en el que lo verdaderamente "interior" brilla momentáneamente bajo la forma de una reflexión: Lorenza dice que la primera vez que sintió verdaderamente que la dictadura existía y apretaba no fue cuando vio a los milicos allanando una casa:
"Fue más bien una tarde en un café cualquiera, más o menos a la semana de haber llegado, cuando se percató de la desaprobación y la ira con que unas personas mayores miraban a una pareja de jóvenes que se estaban besando en una de las mesas. Poco después, iba por una avenida en una de las últimas tardes de otoño, y como hacía algo de calor, llevaba puesta una falda de algodón ligero con la que se le debían transparentar un poco las piernas, pero un poco nada más, y al subirse a un colectivo escuchó un insulto, agudo, vibrante de indignación, que le gritaba un hombre desde la acera: ¡vestite, puta, o andate a un cabaré a mostrar las gambas! Ahí supo que la dictadura la ejercían no solamente los militares, sino también una parte de la población sobre la otra, y que no sólo era política sino también moral, como un agua podrida que iba impregnándolo todo, hasta los pliegues más íntimos de la vida".
Esta brillante reflexión, sin embargo, no cumple otro papel que el de la utilería y el escenario, y por eso, a pesar de los esfuerzos de Lorenza, sólo sirve de objeto decorativo, indiferente a las demandas de la "trama central" del relato.
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William Díaz
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