La piel del zorro y la bestia del corazón - Razón Pública
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La piel del zorro y la bestia del corazón

Escrito por William Díaz

Reseña escrita por William Díaz Villarreal

Herta Müller nació en 1953 en la región de Timisoara, al occidente de Rumania. Ella desciende de los suabios del Banato, un grupo étnico de origen alemán cuyos asentamientos en Rumania se remontan al siglo XVII. Su padre fue soldado de las SS en la Segunda Guerra, cuando el régimen fascista de Antonescu estaba aliado con Hitler; pero cuando se impuso la dictadura comunista, los alemanes rumanos se convirtieron en el chivo expiatorio de los pecados del nacionalsocialismo rumano; por eso, su madre fue enviada por un tiempo a un campo de trabajo. Durante el régimen comunista de Ceaucescu, Herta Müller fue perseguida por los servicios secretos a causa de su simpatía por el Aktionsgruppe Banat, un grupo cultural y poético de resistencia política. Sus primeras obras fueron censuradas por el régimen comunista, y después de muchas persecuciones, decidió, junto con el que entonces era su esposo, abandonar Rumania y huir hacia la República Federal Alemana en 1987, donde vive desde entonces. Su obra, que incluye cuentos, novelas, poemas y ensayos, fue galardonada en año pasado con el premio Nobel de Literatura.

Su primera novela de gran envergadura, El zorro era ya entonces el cazador (Der Fuchs war damals schon der Jäger), fue publicada originalmente en 1992 y traducida al español por Juan José del Solar para Plaza y Janés en 1996. Por una de esas razones que sólo entienden los editores, el título fue abreviado a La piel del zorro, y así fue reeditada por Siruela el año pasado. Este título se refiere al elemento narrativo sin duda más importante de la novela. Adina es una profesora de escuela en una ciudad industrial al final de la era de Ceausescu en Rumania durante los años ochenta. Está siendo espiada por un agente de la securitate (el servicio secreto) que es, de hecho, el amante de su mejor amiga. Cada vez que el espía entra a escondidas al pequeño apartamento de Adina, le corta una extremidad a la vieja piel de zorro que ella tiene extendida al frente del armario, pero vuelve a dejarla unida al resto, como si nada le hubiera pasado. Cuando ella vuelve del trabajo, encuentra todo como lo había dejado en la mañana, salvo por algunas pipas de girasol o una colilla de cigarrillo que flotan en el inodoro y la piel del zorro, aparentemente intacta, pero recortada.

Sin embargo, el motivo de la piel del zorro mutilada aparece bastante tarde en la novela. Lo que Müller presenta en las primeras páginas es el retrato de una ciudad industrial, pobre, sucia, desolada y amenazante donde tiene lugar la acción. Los álamos parecen cuchillos que apuntan hacia el cielo, los niños de la escuela tienen los ojos vacíos y su piel está cubierta de verrugas por la contaminación, en los suburbios apesta a las pezuñas y los cuernos quemados del matadero, el óxido de la fábrica de alambre impregna la ropa de los trabajadores y sus manchas ya no pueden borrarse. A veces alguien se suicida o se deja morir, y cuando un obrero pierde la vida en un accidente de trabajo, el director de la fábrica llena de aguardiente la boca del cadáver para que el olor del alcohol se impregne en la carne. Así, los inspectores que harán el levantamiento podrán escribir en su informe que el trabajador estaba borracho y que las condiciones de seguridad de la fábrica no tuvieron nada que ver con el accidente. En el fondo de este mosaico surge una y otra vez la imagen que aparece en los periódicos y cuelga de las paredes de las oficinas: la foto del dictador, Ceaucescu, con un mechón de pelo en la frente y un ojo, ambos brillando en el papel: es que, como dice la narradora, todo lo que brilla observa.

La piel del zorro es en cierto sentido una novela difícil de leer, pues los acontecimientos centrales de la trama no son tan evidentes. Müller es consciente de que la recreación de una vida amputada por un régimen totalitario debe transitar por un camino angosto entre dos precipicios: no puede ni convertirse en una prosa fácil de denuncia, ni falsearse con ornamentos, idealizaciones o la representación de una continuidad artificial de la experiencia vivida. Por eso, la realidad en su novela está fracturada, la narración avanza y retrocede en el tiempo según los personajes recuerdan o los objetos evocan el pasado, y el punto de vista se concentra en pequeños rasgos personales o en objetos triviales. El mechón de pelo en la frente del dictador, el lunar en el cuello del espía, el pelo que se amontona en las peluquerías, los rollos de alambre oxidado de la fábrica, la luz que se cuela entre los álamos, el polvo y el aire malsano, los escupitajos y las cáscaras de girasol en el suelo se convierten así en los verdaderos protagonistas de la novela, y hay que mirar a través de ellos, por decirlo así, para descubrir la historia de los personajes de carne y hueso.

En comparación, la historia de la segunda novela de Müller, La bestia del corazón -publicada originalmente en 1994- es mucho más clara. También se ocupa -como casi toda su obra- de la vida destruida por los servicios secretos en tiempos de Ceausescu. La historia comienza con el suicidio de Lola, una joven que ha llegado a una escuela superior rumana para estudiar ruso. La narradora en primera persona es una de sus compañeras de cuarto en la residencia estudiantil. Antes de suicidarse, Lola le ha dejado a escondidas su cuaderno privado; en las últimas páginas, habla de un embarazo y del profesor de educación física, que es un miembro importante de la sección local del Partido. Asustada, la narradora esconde el cuaderno bajo llave, pero éste pronto desaparece: al parecer, ni siquiera las llaves de los baúles sirven para defenderse de la omnipresencia del poder. Lola hacía parte de las juventudes del Partido y ahora es expulsada póstumamente y repudiada en un acto público al que todas las estudiantes de la escuela deben asistir. La narradora, que comienza a odiar secretamente a los profesores de la escuela, al Partido y a sus compañeras de habitación, conoce entonces a tres jóvenes estudiantes, antiguos amigos de Lola, que tienen ideas revolucionarias y escriben canciones populares de protesta. En ellos encuentra un grupo en el que puede confiar. Los cuatro se hacen amigos, se encuentran a escondidas para hablar de literatura prohibida y del régimen asfixiante. Pero pronto todos ellos se convierten en víctimas de la persecución estatal, de la interceptación de las cartas que les escriben a sus familias, de los interrogatorios, las amenazas, el miedo y la desesperanza.

En La bestia del corazón se repiten muchos elementos de La piel del zorro. Frases cortas describen un ambiente sucio y desesperanzado en la región del Banat rumano, el hambre y la enfermedad de los trabajadores y, en general, la atmósfera de lo que Müller misma llama la "dictadura de la aldea": una mezcla de ignorancia, autoritarismo, corrupción y supersticiones que refuerza el miedo y, por supuesto, sirve para magnificar la imagen del dictador, que adquiere a veces dimensiones épicas que recuerdan las novelas latinoamericanas sobre el tema:

"Y el dictador se sube a su helicóptero y sobrevuela el país, las llanuras, los Cárpatos […]. La ciudad se contrae junto a su sien antes del aterrizaje. Pernocta en el lugar donde aterriza. Y por las calles del lugar donde pernocta circula lentamente un autobús con tablas clavadas sobre las ventanillas. En el autobús hay jaulas de alambre. Se detiene delante de cada casa, pues en cada casa recogen los gallos y los perros y se los llevan. Sólo la luz puede despertar al dictador, dijo la hija de la criada, los quiquiriquís y los ladridos lo vuelven imprevisible. Las viejas piernas viriles podrían detenerse en medio de la ciudad, dijo, de camino al balcón de la ópera, donde pronunciará su discurso. Podría cerrar un instante los ojos porque al amanecer un gallo cantó en su sueño o un perro ladró. Podría ser que cuando abra lo negro en el ojo vuelva a ver allí la ópera, estire la mano y diga que hay que derribar la ópera porque donde hay una ópera no puede alzarse ningún bloque de viviendas." (La piel del zorro)

 El retrato de la vida aldeana contiene también un elemento cómico, en gran parte porque las cosas serias de la vida deformada por el poder total aparecen siempre con una mueca grotesca. Los trabajadores empobrecidos tienen así siempre algo de caricatura o de figura de circo; incluso hay enanos, hombres con enormes verrugas y lunares, locos que esperan eternamente a sus mujeres -desaparecidas por los servicios secretos- en las puertas de las cárceles, mujeres de cuerpos flacos y ganchudos, obreros pálidos y pintados con óxido de las fábricas de hierro, el aserrín de los aserraderos o la sangre de los mataderos. Y todos, todos sin excepción, roban algo: el hierro de la fábrica, o la madera de los aserraderos. Después de terminar sus estudios, cada uno de los cuatro amigos de La bestia del corazón es enviado a trabajar a una aldea diferente:

"A Georg le tocó en suerte una ciudad industrial por tres años, en la que todos hacían melones de madera […]. La ciudad yacía en el bosque. Ningún tren o bus llega allí. Sólo camiones con conductores taciturnos a los que les falta un par de dedos en la mano […]. Los camiones llegan vacíos y regresan cargados de troncos de árboles. Los trabajadores se roban los restos de madera y hacen parquet con ellos, le dijo Georg a Edgar. El que no roba no es tomado en serio en la fábrica. Por eso, cuando ya toda la casa tiene pisos de parquet, ellos no pueden dejar de robar y de poner parquet. Lo ponen a lo largo de las paredes, hasta el techo" (La bestia del corazón)

Herta Müller no se concibe a sí misma como una autora que quiere "dar testimonio" de algo, pues para hacerlo hay que contar con un lenguaje lleno, que tenga un sentido pleno. Su literatura, dice ella, proviene del silencio, más que del afán testimonial. Este silencio no sólo se impone por la condición política del régimen totalitario, también surge de la diferencia entre el dialecto suaboalemán que aprendió de niña y el alemán culto que aprendió en la escuela y en el cual escribe sus novelas. Pero, más allá de estas circunstancias biográficas, el silencio es para ella el motor fundamental de la poética. "No es cierto que haya palabras para todo, ni que uno piense siempre en palabras", escribe en un ensayo. "Los ámbitos internos no corresponden a la lengua, ellos lo arrastran a uno hacia donde las palabras no pueden permanecer". Para decir lo que no existe en palabras, dice, existe en la lengua cierta fuerza poética que se cristaliza en el lenguaje cotidiano. La expresión "bestia (o animal) del corazón" (Herztier) es un ejemplo. Esta palabra, dice Müller en una entrevista, la aprendió de su abuela, quien la empleaba para designar esa parte de los seres vivos que sólo le pertenece exclusivamente a cada uno, que no es física ni espiritual y que los individuos muestran de vez en cuando. En la novela, se convierte en un objeto casi real, cargado de un sentido simbólico profundo:

"Delante de nuestras bocas se arrastraba el aliento en el aire frío. Ante nuestros rostros partió una manada de animales voladores. Le dije a Georg: Mira, tu animal del corazón se muda. Georg levantó mi quijada con el pulgar: tú y tu animal del corazón suabo, rió. Sus gotas de saliva salpicaron mi cara. Yo bajé la mirada y vi el dedo de Georg posado debajo de mi quijada. Las coyunturas de sus dedos eran blancas y sus dedos estaban azules por el frío. Me limpié las gotas de saliva de la mejilla […]. Dije, para ayudarme: eres de madera. Nuestros animales del corazón volaban como ratones. Dejaban su piel tras de sí y desaparecían en la nada. Cuando hablábamos sin detenernos uno tras otro, se quedaban más tiempo en el aire" (La bestia del corazón)

Por medio de las imágenes penetrantes (que a veces resultan intraducibles), estas novelas elevan la realidad sórdida a un plano que bien podría llamarse poético. El rostro de un niño "huele a fruta guardada"; en "las silenciosas calles del poder", donde viven los inspectores, directores, agentes del servicio secreto y oficiales, el viento "siente miedo cuando tropieza"; cada mes, las mujeres ponen algodón entre sus piernas para absorber "la sangre de los melones", con la cual mantienen cerca a sus maridos (La piel del zorro).

 Hay un poema de Rose Ausländer, poetisa en lengua alemana de origen judío, que sintetizaría en pocas palabras la tarea de Herta Müller como escritora. Según la versión española de la revista en línea Tierra de nadie, este poema titulado "Lengua materna" dice: "Me he transformado / en mí misma / de instante en instante / hecha añicos / por el camino de la palabra / Lengua materna / recomponme / mosaico humano". Las dos novelas de Müller constituyen, en efecto, un intento privado por recomponer a través de la palabra aquello que el régimen de Ceausescu hizo añicos: la vida amputada de miles de individuos empobrecidos, vaciados por un régimen totalitario y perseguidos por sus servicios secretos. Pero la vida deshecha no puede revivirse artificialmente bajo la forma de una historia continua con un comienzo un nudo y un desenlace, a la manera de la narración tradicional. Por eso, Müller la recompone a partir de jirones de experiencia y de palabras que, como recortadas de un periódico, conforman juntas un "mosaico humano". Este mosaico es un proyecto poético de gran alcance.

Reseña escrita por William Díaz Villarreal

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