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Europa no mejora: dilemas de política macroeconómica

Escrito por Miguel Montoya
Miguel Montoya RazonPublica

Miguel Montoya RazonPublica La economía europea parece hundirse en medio de la indecisión de sus líderes. Estados Unidos está reaccionando mejor. El debate teórico recomienda utilizar el gasto público como herramienta para salir de la crisis.

Miguel Montoya*

Miguel Montoya protesta indignados

Foto (cc) Joan Grífols

Cinco años después, Europa no mejora

Indudablemente la política fiscal cobra gran importancia ante la crisis en Europa y en Estados Unidos.  Por esta razón ha revivido la discusión teórica y práctica sobre este asunto.

Quienes reclaman  austeridad o  medidas conservadoras — como Daniel Gómez Gaviria  en esta misma revista — sostienen que en economías como la de España o de Grecia — con altos déficit fiscales y elevados niveles de deuda pública — los multiplicadores keynesianos derivados del gasto público son inefectivos para estimular el crecimiento económico, y al contrario, provocan un desplazamiento del gasto privado (crowding out).

De acuerdo con los seguidores de la austeridad, la manera de restablecer la actividad productiva y reducir el desempleo es reducir tanto el déficit fiscal como la deuda pública: ser prudentes, como afirma Gómez.

Pero ya transcurridos cinco años desde el comienzo de la crisis de 2008, la situación no mejora: España y Grecia registran tasas de desempleo excesivas  y el estancamiento caracteriza a las economías europeas (exceptuando Alemania) y a Estados Unidos.

Dogma debilitado

 

 

9.1 Miguel Montoya Dilema Austeridad Expansión Grecia protesta austeridad ThessalonikiFoto: Apostolos  

Primero una anotación con respecto al trabajo de Reinhart y Rogoff (R&R), cuyas críticas “exageradas y a veces infundadas” según Gómez, no invalidan que “el crecimiento económico de países altamente endeudados es menor que el de países comparables con menos deuda”.

Aquí cabe señalar que el error no fue solo haber excluido a Bélgica de la muestra de los países que crecen con niveles de deuda a PIB superiores al 90 por ciento, un límite arbitrario fijado por los investigadores.

En realidad, se cometieron dos tipos de errores y se avanzó una premisa discutible, que no puede minimizarse o soslayarse de manera tan simple, más aún cuando las conclusiones del análisis de Gómez tienden a reafirmar las conclusiones de R&R:

· El primer error — el más crítico según el estudio de los profesores y un estudiante de la Universidad de Massachusetts — fue la exclusión de 4 años de crecimiento de Nueva Zelanda con deuda mayor al 90 por ciento del PIB.  Si estos datos se incluyen, la tasa media de crecimiento es de 2,6 por ciento, resultado contrario al crecimiento negativo (–7,6 por ciento) que encontraron R&R, lo que desvirtuaría la relación de causalidad de deuda a crecimiento, y que tampoco se observa en el caso de España e Irlanda, como explica más abajo.

· Otro error metodológico es el de la ponderación de los datos y países. Por ejemplo, la tasa de crecimiento del Reino Unido durante 19 años con alta deuda (mayor al 90 por ciento) fue de 2,4 por ciento.  Nueva Zelanda tiene solo un año de crecimiento del -7,6 por ciento y deuda mayor al 90 por ciento. Pero a ambas cifras se les asigna la misma ponderación en el cálculo final. Igual pasa con el caso de Bélgica — al que alude Gómez — ya que este país registra 26 años con una deuda mayor al 90 por ciento y un crecimiento del 2,6 por ciento, pero solo cuenta como una observación.  Además se excluyeron deliberadamente algunos años de Nueva Zelandia y de Canadá con crecimientos económicos del 2,8 por ciento y 3 por ciento y una deuda a PIB superior al 90 por ciento.

· La premisa discutible: postular que el orden de causalidad va de la deuda hacia el crecimiento, cuando empíricamente la crisis ha probado una causalidad en sentido contrario. Países como España e Irlanda exhibían superávits fiscales antes de que detonara la crisis y mantenían los menores niveles de deuda a PIB de zona (ver más abajo cuadros 1 y 2).

Así mismo mostraban crecimientos excesivos basados en un boom del sector de la construcción y del endeudamiento privado. Si nos atenemos a la visión “clásica” de R&R, se habría debido concluir hacia 2007 que precisamente España e Irlanda serían los países que más iban a crecer, a juzgar por sus “fundamentales”.

España además revela una reducida participación del empleo público en aéreas como salud, educación, servicios sociales, escuelas de infancia y servicios de ayuda a las personas — lo que hoy constituye un serio obstáculo para su recuperación económica — una participación que además es muchísimo menor que la de Suecia y Finlandia, lo cual se reflejó en un ritmo de gasto público que de ninguna manera puede calificarse de expansivo, registrándose superávits fiscales durante los años previos a la crisis. 

Cuadro 1  

Miguel Montoya Europa no mejora 1

Cuadro 2

  Miguel Montoya Europa no mejora deuda

Gasto público: ¿impulso al crecimiento?

Ahora bien, lo realmente interesante de la discusión es el análisis del impulso que ejerce el gasto público sobre el crecimiento. Con respecto a la “equivalencia ricardiana”, donde se agota el efecto del gasto público sobre la economía — independientemente de si se financia con impuestos o con deuda — parte de la literatura ortodoxa acepta que las condiciones de este concepto son demasiado estrictas en la práctica. Incluso, un aumento del ahorro público puede reducir el ahorro privado[1].

En el sentido keynesiano, un aumento del gasto público genera un aumento del gasto privado (crowding in): es un componente básico en condiciones de crisis para compensar la reducción del mismo cuando los efectos de la bancarrota, del desempleo y de la desconfianza, no permiten que las expectativas induzcan la inversión.

No es casualidad que a pesar de la débil recuperación, se pueda vincular el gasto público en Estados Unidos con la incipiente reactivación económica y con la reducción del propio déficit fiscal, de lo cual ya hay evidencia para lo corrido de 2013[2], en vivo contraste con la austeridad en Europa, que no ha hecho sino sumir a la zona en una mayor depresión y agudizar los déficits fiscales y la deuda.

Claro, el impacto del gasto público tendrá más fuerza en la medida en que se oriente a la inversión en infraestructura, a recuperar la capacidad de gasto de los hogares mediante alivios a sus créditos hipotecarios (como en Estados Unidos)[3], a fomentar el capital humano, a crear empleo de última instancia.

En el caso latinoamericano, se debe orientar a crear las condiciones para el cambio estructural, al diseño de unas sólidas políticas industrial y agraria, y de la mano del sector privado, a modificar la estructura productiva basada en exportar materias primas para hacer el tránsito a una estructura productiva basada en bienes de mayor contenido en tecnología y conocimiento.  ¿Qué habría sido de Corea del Sur sin un rol activo de la política estatal y el gasto público orientado a apoyar sectores que fundamentaron el liderazgo tecnológico actual de este país?

Desde una visión estática del rol de la política fiscal, reflejado en unos multiplicadores que no capturan la capacidad del gasto público para amortiguar la reducción o la incapacidad del gasto privado para reactivar la economía — recomendar una política conservadora para enfrentar la crisis equivale a desconocer la capacidad del gasto público para elevar la demanda agregada, recuperar el tejido productivo y estimular las expectativas del propio sector privado: en últimas, generar las condiciones para alcanzar un crecimiento económico que eleve los ingresos tributarios y revierta la senda creciente de la deuda pública. [4]

La austeridad no está funcionando

 

 
Miguel Montoya Europa protesta Bank

Foto (cc) SEIU International

El aumento de la deuda pública en los países desarrollados — que tanto  preocupa a Gómez (y a los mercados) — es más bien el efecto (y no la causa) de una excesiva desregulación de los mercados de capital, que junto al rezago de los salarios frente a la productividad, generó un endeudamiento excesivo de los hogares en el tiempo. Esto se reflejó en un aumento de las ganancias de capital frente al trabajo en las cuentas nacionales, con una marcada concentración del ingreso.

Ante una demanda agregada vulnerable y el estallido final de las burbujas especulativas en Estados Unidos y en Europa, los Estados debieron asumir la quiebra del sistema financiero y el gasto derivado de activar los estabilizadores automáticos ante la caída del sector real, lo que aumentó el déficit y la deuda.  En estas circunstancias, la solución ha sido la austeridad, para no elevar aún más el déficit y la deuda, tras los costosos rescates bancarios.

Sin embargo, los efectos de la austeridad no dejan entrever una sólida recuperación del sector privado — pese a las bajas tasa de interés — mientras que las tasas de desempleo ascienden a niveles socialmente intolerables en países como España o Grecia.

Esta política adoptada en Europa ha derivado en lo que algunos economistas han denominado la “trampa fiscal” [5], donde la austeridad  — recorte del gasto y reducción de impuestos — crea un circulo perverso de bajo crecimiento, aumento de desempleo, reducción de la demanda agregada, caída de los ingresos tributarios, aumento del déficit fiscal y de la deuda, lo cual se traduce en aumento de tasas de los bonos soberanos, lo que exige reducir aún más el gasto, agudizando así el deterioro del déficit y la deuda.

La solución en Europa trasciende las políticas de cada país — ante las restricciones para aplicar una política monetaria, cambiaria y fiscal — y requiere la cooperación de las economías más solventes, como Alemania, para que eleven el gasto y reduzcan su superávit comercial.

Objetivo: reducir el desempleo

Ahora bien, se puede elevar el gasto público para absorber el desempleo —  si el Estado actúa como empleador de última instancia combinado con programas focalizados en los sectores más vulnerables —financiándolo mediante la emisión de bonos o de dinero (“sacrilegio” para los ortodoxos).

Una vez se consolide la recuperación y se llegue al pleno empleo, se retirarían los excedentes de liquidez para no inducir inflación.  Esta es la política macroeconómica que habría que discutir y afinar para reducir el desempleo en Europa: en últimas, la variable más importante, a juicio de Keynes, y por la que se debería evaluar toda política fiscal, según Lerner.

En suma el gasto público es una herramienta de corto plazo fundamental capaz de corregir desbalances tan severos como los que padece Europa, y con implicaciones positivas sobre el crecimiento de largo plazo. Los efectos sobre las tasas de interés de los bonos y de los créditos pueden ser compensados y estabilizados mediante la política monetaria: de hecho, los escasos anuncios del Banco Central Europeo acerca de su eventual intervención han logrado calmar a los mercados.

Esta política macroeconómica debería complementarse con políticas de reestructuración de deuda, disminución de la concentración del ingreso, políticas salariales, una mayor regulación de los mercados de capital, el retorno a la economía productiva frente a la economía especulativa y a la financiarización, y avanzar en la democratización de las instituciones multilaterales, hoy profundamente sesgadas a favor de los intereses del capital financiero[6].

Economista de la Universidad Nacional, y Maestría en Economía de la misma universidad.   

[1]  -Informe macroeconómico de América Latina y el Caribe de 2013. BID

   – RÖHN, O. (2010), «New Evidence on the Private Saving Offset and Ricardian Equivalence». OECD

      Economics Department Working Papers n.o 762, OECD Publishing. 

[2] La Oficina Presupuestaria del Congreso —  bipartidista — ha informado recientemente que el déficit fiscal se ha reducido al 4 por ciento del PIB, frente al 7 por ciento  registrado en 2012. La deuda de los hogares se ha reducido en 110 mil millones de dólares en el primer trimestre del año,, mientras que el número de créditos con una morosidad de más de 90 días ha disminuido del 6,3 al 6 por ciento. 

[3] Un gasto discutible es el salvamento de los bancos para restablecer el crédito, pero que en la práctica nunca otorgaron, y a cambio del cual se redujo nomina estatal, lo que aumentó el desempleo. 

[4] Existe en la literatura keynesiana el concepto de supermultiplicador, que explica el crecimiento del producto potencial en el largo plazo por impulso de la demanda y que combina el efecto acelerador (corto plazo) y el multiplicador en el largo plazo (Bortis, 1993; Serrano, 1995; De Juan, 2005). 

[5] Hannsgen, Greg and Dimitri Papadimitriou:  “Fiscal traps and macro policy after the Eurozone crisis.” 

[6] Para una complete visón de alternativas es interesante el libro de Navarro, López y Garzón “Hay Alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España”.

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