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El poder de la música: cerebro, emoción y comunidad

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La música puede intensificar un estado de ánimo, acompañarlo o incluso transformarlo. La música no es solamente recreación, pasatiempo o distracción. Es parte de nuestra cultura, de nuestra memoria y de nuestra identidad como especie.

¿Alguna vez se han preguntado por qué existe la música? Esa sucesión de sonidos organizados en el tiempo que reconocemos como una melodía. O, mejor aún, ¿qué ocurre en el cerebro cuando hacemos música?

Daniel Levitin, uno de los principales investigadores de la relación entre el cerebro y la experiencia sonora, explica en El cerebro musical (2019) cómo escuchar o interpretar música activa una compleja red cerebral relacionada con el movimiento, la memoria, el lenguaje, la emoción y la atención. Pero su reflexión va más allá de la neurociencia: en Seis canciones que explican la evolución humana (2008) plantea que la música contribuyó al desarrollo de la cooperación, el aprendizaje y la cohesión social. Para ello identifica seis tipos de canciones vinculadas a nuestra evolución: amistad, alegría, conocimiento, consuelo, amor y religión.

La música suele entenderse a partir de tres elementos fundamentales: el ritmo, la melodía y la armonía. El ritmo organiza los pulsos fuertes y débiles; la melodía desarrolla una secuencia de alturas en el tiempo, y la armonía surge de la superposición de sonidos que aporta contexto y significado. Aunque podemos estudiarlos por separado, en la experiencia musical estos elementos se relacionan constantemente.

La música también puede explicarse desde otras disciplinas. La física permite comprender el sonido a partir de las vibraciones y sus frecuencias, mientras que principios como la serie armónica muestran la relación entre sonido y matemáticas. Las antiguas flautas encontradas en diferentes culturas son, además, una evidencia de que la organización de los sonidos ha acompañado al ser humano desde tiempos remotos.

Moviéndonos al compás

El neurocirujano bumangués William Ómar Contreras López entiende el ritmo como algo que va mucho más allá de una sucesión organizada de sonidos. En sus investigaciones ha estudiado cómo los estímulos rítmicos pueden influir en los patrones de movimiento y la actividad neuronal, particularmente en personas con párkinson. Una de sus líneas de trabajo se relaciona con el fenómeno que denomina No Freezing: momentos en los que pacientes que presentan dificultades para iniciar o mantener un movimiento logran desplazarse con mayor facilidad al seguir un estímulo rítmico, incluso a través de acciones tan sencillas como bailar. Como dice el investigador: “Un cerebro con ritmo es un cerebro sano”.

Esta relación entre música, movimiento y cerebro también ha estado presente en mi experiencia. Desde mi formación como músico surgió el interés por explorar el uso de la música con fines terapéuticos, tanto en mi proyecto de pregrado (El diseño sonoro en la terapia audio verbal en niños con implante coclear – 2011) como en el de posgrado (Musicoterapia como apoyo a la terapia de lenguaje, un estudio de caso a una usuaria con déficit en el procesamiento auditivo – 2015). Mi trabajo se centró particularmente en niñas y niños con pérdida auditiva, y allí pude observar la importancia de la música en los procesos de desarrollo del lenguaje.

Las canciones, el ritmo y el movimiento permitían trabajar diferentes dimensiones de la rehabilitación. Caminar, saltar, jugar o seguir un pulso —actividades relacionadas con la motricidad gruesa— podían convertirse en el punto de partida para desarrollar habilidades más precisas, relacionadas con la motricidad fina y la producción del habla.

Pero el ritmo no solo pone en movimiento al individuo. También puede poner en movimiento a una comunidad. Los tambores tienen una cualidad particular: permiten hacer música mientras se construyen vínculos. Recuerdo el Congreso Internacional de Musicoterapia realizado en Bogotá en 2013, donde la musicoterapeuta Lia Rejane presentó un trabajo sobre la construcción social a través de las batucadas en las favelas de Brasil. Allí, el tambor no era solamente un instrumento musical; era también un medio para encontrarse con otros.

En Colombia, a su vez, se han desarrollado diferentes experiencias de musicoterapia comunitaria que utilizan la música en procesos de reconstrucción del tejido social en comunidades afectadas por el conflicto armado y el desplazamiento forzado.

De igual manera, tuve la oportunidad de conocer de cerca algunas de estas experiencias durante una visita con el grupo Teatro Comunidad, en el marco del “XXXI Encuentro Nacional Comunitario de Teatro Joven”. Allí pude acercarme al trabajo de la Fundación Nuestra Gente, ubicada en la comuna 2 de Medellín, que desde hace más de tres décadas utiliza el arte —teatro, música, danza y pintura— como herramienta de construcción social. Canciones, comparsas y obras de teatro se convierten allí en espacios de encuentro, expresión y construcción de comunidad.

Sinapsis melódicas

Es interesante pensar cómo la música puede describir un lenguaje, un lugar geográfico, una emoción o incluso una situación. En El cerebro musical, Daniel Levitin plantea que la música es también un reflejo de nuestra evolución como especie y de la manera como construimos nuestra identidad y nos relacionamos con el territorio.

Hace algunos años, mientras investigaba músicas del Amazonas, alguien me recomendó escuchar a la Banda de Pífanos de Carauru interpretando Baiãos y maracatu. La experiencia me sorprendió ya que sentí que podía reconocer algo de ese territorio a través de sus sonidos. Era como si la música mostrara un paisaje que no estaba viendo: una sonoridad en la que encontraba un vínculo entre la Amazonia brasileña y la colombiana.

Esta capacidad de la música para comunicar y preservar información también aparece en la propuesta de LeviStin en su libro El cerebro musical sobre las seis canciones que explican la evolución humana. En muchas culturas, donde la escritura no ha sido el principal medio para conservar información, las canciones continúan siendo una herramienta fundamental para recordar historias y conocimientos. No es casualidad que todavía hoy utilizamos canciones para enseñar los números, las vocales o determinados conceptos a los niños.

Levitin explica que la melodía puede facilitar la memorización de una manera que el lenguaje hablado por sí solo no siempre consigue. Menciona en su libro El cerebro musical (2019) los experimentos realizados por D. C. Rubin sobre la relación entre la letra y la melodía. En estas investigaciones se comparaba la capacidad de las personas para recordar fragmentos extensos de texto con su capacidad para recordar canciones. Mientras los participantes tenían dificultades para recordar buena parte de los textos, podían recuperar una mayor cantidad de información cuando esta estaba acompañada por una melodía. Incluso cuando olvidaban algunas palabras de la letra, eran capaces de continuar tarareando la canción.

Pero la melodía no solo parece facilitar la memoria; también exige al cerebro una compleja coordinación de procesos. Cuando hacemos música intervienen diferentes regiones relacionadas con la planificación del movimiento, el lenguaje, la comprensión lingüística, la memoria y la atención. Levitin menciona, entre otras, zonas de la corteza prefrontal y premotora, así como áreas relacionadas con el habla y la planificación de los movimientos de los músculos orales y faciales.

Esto permite entender por qué hacer música está lejos de ser una actividad localizada en una sola zona del cerebro. Para desarrollar una capacidad musical tan compleja, el cerebro humano tuvo que evolucionar como un sistema integrado, capaz de coordinar diferentes funciones. Quizás ahí se encuentre una de las razones por las que una melodía puede permanecer en nuestra memoria durante décadas: mientras la escuchamos, no estamos activando una sola parte del cerebro, sino estableciendo múltiples puentes neuronales.

Rueda de emociones

Las emociones están estrechamente relacionadas con el tipo de música que escuchamos. La música puede intensificar un estado de ánimo, acompañarlo o incluso transformarlo. Cuando estamos alegres o eufóricos, podemos buscar canciones que potencian esa sensación; cuando estamos tristes, podemos elegir músicas que nos acompañen o prolonguen ese estado emocional.

Muchos nos hemos preguntado cuál es el elemento más importante de la música. Para algunos será el ritmo; para otros, la melodía, y para otros, la armonía. Esta última tiene una relación particular con las emociones, ya que pequeñas variaciones armónicas pueden transformar el contexto de una melodía y cambiar la manera como la percibimos. El cine nos ha enseñado mucho sobre esto. A través de sus bandas sonoras ha desarrollado y, en cierta medida, estandarizado el uso de recursos musicales para acompañar situaciones de tensión, alegría, tristeza, misterio o tranquilidad. Una misma melodía puede adquirir un significado completamente diferente cuando cambia la armonía que la acompaña.

Sin embargo, hablar de emociones en la música también implica hablar de cultura. Nuestra experiencia musical está ligada al lugar donde crecemos, a las músicas que escuchamos y a las experiencias que construimos alrededor de ellas. Existen ciertos elementos rítmicos, melódicos y armónicos que pueden asociarse con determinadas respuestas emocionales, pero estas relaciones no son necesariamente iguales para todas las personas.

La investigadora Kate Hevner fue una de las primeras en estudiar de manera sistemática la relación entre las características musicales y las respuestas emocionales. A partir de sus investigaciones desarrolló un círculo de adjetivos que permitía relacionar diferentes características de la música con determinadas cualidades emocionales. Su trabajo abrió una puerta para comprender que la música puede generar asociaciones emocionales reconocibles, aunque estas siempre están atravesadas por la experiencia de quien escucha.

Si pudiéramos entrar en la banda sonora personal de cada persona, probablemente encontraríamos grandes diferencias. Una canción que para alguien representa alegría puede resultar tensa o triste para otra persona. Una melodía que para algunos evoca una celebración puede recordar a otros una pérdida o un momento difícil.

Por esta razón, en musicoterapia uno de los primeros pasos es realizar un assessment, una valoración que permite conocer la historia musical de cada persona. No se trata únicamente de saber qué música escucha, sino de comprender qué significado tiene para ella, qué recuerdos despierta y cómo se relaciona con esa música. La experiencia musical, entonces, deja de ser solamente un conjunto de sonidos y se convierte en una historia personal.

Tal vez en esto se encuentre la particularidad de la armonía: no solo cambia el sentido de la melodía, sino también su significado emocional.

¡Hagamos música!

Todas las personas tenemos la capacidad de hacer música. En primera instancia, contamos con nuestro instrumento natural: la voz. También podemos hacerlo a través de instrumentos de percusión, cuerda, viento y muchas otras posibilidades. Con el paso de los años quizá nuestro aprendizaje sea más lento o sintamos cierta resistencia a comenzar algo nuevo, pero nuestro cerebro continúa recibiendo información, adaptándose y aprendiendo durante toda la vida.

La música es una de las expresiones más importantes del ser humano, no solo por su impacto cognitivo, sino también por su dimensión social. Interpretar un instrumento implica poner en juego el movimiento, la memoria y la atención, pero cuando hacemos música con otras personas también aparecen el encuentro, la comunicación y la construcción de vínculos.

Recuerdo una charla a la que fui invitado en el marco de un festival de rock en Bogotá. Uno de los colegas contó una historia que siempre me ha acompañado. Después del terremoto del Eje Cafetero, en 1999, comenzaron a llegar diferentes ayudas: alimentos, ropa y otros elementos necesarios para quienes habían perdido sus hogares. Sin embargo, entre las cosas que las personas pedían había algo que podía parecer menos urgente: grabadoras y música. Aquellas personas necesitaban escuchar música. Necesitaban ese ritmo, esa melodía, esa armonía que les permitiera sobrellevar lo que estaban viviendo.

Quizás por eso la música ha permanecido junto a nosotros durante miles de años. No es solamente recreación, pasatiempo o distracción. Es parte de nuestra cultura, de nuestra memoria y de nuestra identidad como especie. Como afirma Daniel Levitin (2019), la música preparó el camino para conductas más complejas como el lenguaje, las obras cooperativas de gran alcance y la transmisión de información importante de generación en generación.

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Acerca del autor

Nicolas Torres
nicolastorres@razonpublica.org |  + posts

*Bajista, compositor y productor. Magister en Enseñanzas Musicales con especialización en Jazz y Música Moderna. Magíster en Musicoterapia y en Música con énfasis en Ingeniería de Sonido.

3 comentarios

Nicolas Torres

Escrito por:

Nicolas Torres

*Bajista, compositor y productor. Magister en Enseñanzas Musicales con especialización en Jazz y Música Moderna. Magíster en Musicoterapia y en Música con énfasis en Ingeniería de Sonido.

3 comentarios de “El poder de la música: cerebro, emoción y comunidad

  1. LA MÚSICA, despierta mi la sensibilidad, es como acercarse uno a la fuente de un Díos que elabora sonidos para la satisfacción corporal. La música que producen los instrumentos bajo la dirección del hábil y talentoso director, valga la redundancia.

  2. Es muy marcado, el papel que ha jugado la música en el desarrollo de la humanidad, pues ha sido el puente mediante el cuál los miembros de tribus, clanes y en general las diversas formas de asociación qué la especie humana usa pará socializar, han encontrado en la música y sus componentes camino más corto pará despertar sentido de pertenencia ideosincracia.

    El aporte de la música en los diferentes estados emocionales qué en frenta un individuo es invaluable y si ritmos, letras se combinan con etapas y experiencias de la vida qué sin importar cuánto tiempo ha pasado desde el suceso qué marcó un antes y un después, cada vez que suenan esas melodías, es inevitable viajar en el tiempo y por un pequeño instante volver a vivir ésas experiencias.

  3. Estimado Nicolás, excelente escrito y que buena información recibe hoy mi cerebro, con respecto a la música, no soy no he sido un investigador por temas tan importantes como este, me en canta escuchar música y cuando puedo escuchar busco variedad, aún conservo el gusto por la música romántica y en general bailable y variada, que buena información ha recibido hoy mi cerebro estaré más atento a percibir la variedad de sonidos instrumentales y vocales.
    Por favor un libro si es que no lo has escrito para todos las personas especialmente por aquellos que están estudiando la magnífica y excitante música.
    Tu talento para la música también lo expresas en la escritura, excelente escritor.
    Dios te siga iluminando y brindando sabiduría.

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