
Sin párpados para los oídos, escuchando a nadie en particular
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La escucha es una manera de acceder al mundo, a su riqueza y su complejidad. Si ejercitamos nuestra capacidad de escucha podemos reconocernos en el entorno, en su realidad, y tenemos la oportunidad de ejercer la empatía. ¿Será que escuchar nos puede ayudar a construir una sociedad mejor, más consciente de sí misma, más empática?
Preludio y perifoneo
El primer concierto con una obra musical “culta” compuesta por mí fue cuando estudiaba música en la universidad. Los estudiantes de composición organizábamos conciertos y eventos para sonar y poner a prueba nuestras ideas. La obra con la que me estrenaba era una pieza multimedia, para cello, auditorio y diapositivas. En el programa de mano incluí la partitura de la obra, que no era del todo convencional y tenía varias frases sobre el silencio y la escucha. La pieza contenía más silencio que sonido. La sala estaba oscura y se iluminaba solo en las cortas intervenciones del chelo. Al finalizar la pieza, subí a agradecer al instrumentista y al público; hubo algunos aplausos —solo algunos— y el concierto siguió.
Lo realmente importante para mí ocurrió al día siguiente, saliendo de la universidad. En los torniquetes me crucé con una estudiante de otra facultad, me detuvo y, señalándome con el índice acusador, me dijo con tono de reclamo airado: “¡Usted, usted es el de la obra de chelo de ayer! ¡Por su culpa casi no puedo dormir! Desde que salí de ese concierto todo me suena: me sonaba el bus, me sonaba la cabeza, me sonaba la casa, ¡ahora oigo todo!”
Esta obra fue mi primera invitación exitosa a la escucha: caló en esa persona. Sentí que, más que hacer música bonita, mi propósito en la vida debía ser ese: escuchar e invitar a otros a la escucha. Eso fue hace un cuarto de siglo, y desde entonces no he parado de mandar invitaciones, con distintos formatos y en todas direcciones, como un carrito de los que venden aguacates en la calle.
1. Sin párpados en los oídos
Todos oímos, incluso si tenemos una discapacidad auditiva. El sentido del oído podría ser, en términos evolutivos, una especialización del tacto que nos permite acceder e interpretar las vibraciones del entorno circundante, con la piel, los oídos o cualquier sensor biológico que transduzca estas vibraciones a nuestro sistema nervioso¹. Además, no solo todos oímos, sino que lo hacemos todo el tiempo, como escribió el compositor canadiense R. Murray Schafer: el oído no puede cerrarse a voluntad porque no tenemos párpados en él. Ya dicho esto sobre el oír, voy a tratar de distinguir el “oír” del “escuchar”.
A todos nos han pedido alguna vez que escuchemos, pero no necesariamente nos hemos detenido a pensar en qué significa escuchar. A veces hay silencio de una de las partes mientras la otra habla. También puede haber una disposición especial —distinta del oír, siempre activo— para entender lo que dice la otra persona: tratamos de interpretar sus palabras, soltamos un poco nuestros prejuicios sobre ellas y sobre quien las dice. Si vamos más allá, podemos percibir cosas que las palabras del interlocutor no dicen, como de dónde viene la persona, su estado de ánimo, su estado de salud. Un humilde acto de comunicación, si nos abrimos a la escucha, puede contener información por volúmenes y dejarnos ver más de la complejidad del otro.
2. Escuchando a nadie en particular
¿Qué pasa si hacemos este ejercicio de vulnerabilidad y apertura sin dirigir la atención a una persona en particular, sino volcándola hacia todo nuestro entorno? A veces, para apreciar bien un cuadro, una mesa bien puesta o el diseño de una habitación, entrecerramos los ojos o suavizamos el foco para ver bien el conjunto. Los detalles desaparecen, pero empezamos a ver relaciones entre los objetos que componen el todo: el bosque y no los árboles.
¿Cómo entrecerrar los oídos, sobre todo si me acaban de decir que no tengo párpados en ellos? ¿Cómo desenfocar la escucha si no sé cuál es la lente? Muchos de nosotros no estamos entrenados —ni siquiera habiendo pasado por una educación musical— para discernir los sonidos de un entorno, pero sí podemos distinguir una voz de otra, reconocer una especie de animal, saber si la licuadora funciona apropiadamente y también dónde está: si está cerca, lejos, en la cocina o en otro lugar de la casa. Podemos adivinar las cualidades físicas de un espacio por el sonido; piense, por ejemplo, en la sensación que se percibe al entrar a un almacén de telas o de alfombras, o en la resonancia de los susurros dentro de una iglesia.
Si nunca lo ha intentado, una manera de empezar es esta: en el lugar donde esté, trate de encontrar los sonidos que perciba más lejanos, no importa si no sabe qué los produce, solo los que sienta lejos. Después, devuelva su percepción a los sonidos más cercanos e identifique cuáles produce su propio cuerpo y cuáles no —puede ser el roce con la ropa, la superficie en la que se sienta—. Tras identificar los más lejanos y los más cercanos, empiece a llevar la percepción poco a poco más lejos, vaya y vuelva. ¿Aparece algún patrón o alguna estructura en los sonidos que escucha? ¿Encuentra una relación entre ellos?
Aquí quiero describir una experiencia propia en un supermercado, donde el sonido de los motores de las neveras se interfiere entre sí sutilmente, y donde al desplazarme solo unos centímetros cambia la naturaleza de esa interferencia. Una tuerca suelta genera, con sus saltos, un patrón rítmico que casi invita a la danza y que está contrapunteado con el sonido de las registradoras; en un momento suena el reverberante y grave “bum” de una gran puerta cerrándose, completando la pieza. Aquí el entorno sonoro me está dando una música que nadie planeó: estoy siendo consciente de una combinación de sonidos, de sus ritmos, de sus cualidades sensoriales, sin que haya una intención creativa detrás, más allá de mi propia disposición a escuchar. Se puede encontrar arte casi en cualquier lugar.
Lo que acabamos de describir sería análogo a oír cuidadosamente las palabras de un interlocutor, aunque también podemos ir más hondo.

3. Inmersos en el significado
Si no nos quedamos solo con los sonidos, podemos seguir la historia que estos cuentan. No tiene que estar codificada en palabras: podemos reconstruirla a partir de indicios que a veces son más elocuentes que las palabras. Encontrarla implica no solo poner atención al sonido, sino tratar de imaginar las conexiones entre estos y su contexto, qué quiere decir la presencia de un sonido en un entorno.
Una tarde entre semana apago la música, abro la ventana y dejo que entren los sonidos. A lo lejos oigo el bramido grave y monótono de los motores de una avenida cercana; en mi casa, a mi gata acicalándose; el cantar destemplado de un transeúnte que balbucea una canción de Nirvana bajo mi ventana. Un grupo de adolescentes juega fútbol en el parque: se oyen los golpes al balón y los golpes de este contra la malla metálica cuando fallan un tiro al arco. Un párvulo habla animadamente a media lengua, con su voz agudísima, a lo lejos. “¡Manchas, Manchas, venga para acá!”, grita una mujer llamando a su perro. Mirlas y copetones suenan cada vez más fuerte. Se acerca una moto y apaga el motor. Claman alarmas de automóviles. “… no, parce, son como cien lucas y no tengo pa eso…”, dice la voz de un hombre joven que pasa cerca. La lavadora de los vecinos de arriba parece tocar música de Schubert. Se oye el sutil traqueteo de la rueda libre de unas bicicletas que pasan. “¡La rellena, fresquita, calentita la rellena!”, repite desde el parque el vendedor con su poderosa voz de barítono, con cadencia de canto gregoriano reverberando en los edificios cercanos. Se oye un coro de sirenas de ambulancias a lo lejos. Un adolescente grita celebrando un gol. Un ramalazo de viento sacude las hojas de los árboles y, por un segundo, se oye más que todo lo demás.
Esta descripción no es más que una sombra pálida de lo que puedo percibir en unos pocos minutos de escucha atenta; hay mucho más que los sonidos mencionados, están las cualidades particulares de cada uno y sus relaciones dentro de este entorno. Me dicen en qué lugar del mundo estoy, me esbozan cuáles son las luchas y los gozos de los seres que lo habitan, las dificultades en la comunicación, los códigos de implícitos de conducta y las transgresiones a estos, los rituales que nos unen como sociedad…
El entorno sonoro siempre genera información muy rica, local, única en cada lugar. Si me reconozco en este bosque de sonidos, puedo encontrar las conexiones entre mi vida y las de los otros, afuera de la ventana, y se hace evidente lo superficiales que son las diferencias.
4. ¿Por qué invito a la escucha?
Las razones que he tenido a lo largo de mi carrera para hacer estas invitaciones se han matizado con el tiempo, pero ha habido dos constantes.
Una es encontrar el gozo estético en situaciones y lugares que no están explícitamente destinados para eso. Aunque los resultados puedan ser fascinantes, considero que no es la razón principal, pues este tipo de escucha separa los sonidos de su realidad.
La razón principal es hacer de esto una práctica de la empatía: acercarse a la comprensión de que uno es producto y a la vez creador de su entorno —no solo el sonoro— y que, con el tiempo, uno puede llegar a reconocer las sutilezas y complejidades de cómo funciona el espacio del que somos parte, querámoslo o no, y a leer las historias que cuentan los sonidos de los ecosistemas y las sociedades que los producen.
Creo que esto puede ser un punto de partida, o una herramienta, para construir una sociedad mejor, en la que trascendamos los prejuicios y busquemos entendernos como colectivo, como un sistema vivo del que somos parte integral.
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Acerca del autor

Daniel Prieto
*Músico compositor, docente.
2 comentarios




Felicitarte por tu sensibilidad y agudeza sería tan escueto o cliché que … me quedo en silencio, adivino tu voz leyendo éste artículo, salgo al patio, (estaba en casa almorzando) y no te imaginas la diversidad de cantos de pájaros que nos habitan el Barrio.
Como me quedo corta, intentaré contarte que…
Anoche tuve una gran alegría…
Volvieron a sonar los tambores de Candómbe
Hacía mucho tiempo que no sonaban….
Se me alegró el alma y llegué a pensar… «algo podemos hacer»
Gracias por tan clara reflexión que me toca muy profundo
Gracias
Gracias por el artículo. Aproposito del tema, recomiendo el libro La magia del silencio de Kankyo Tannier: «El hecho de oír más cosas me conecta con el presente y, a fin de cuentas, con el silencio.»