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Benedicto XVI en Cuba

Escrito por Guillermo Hoyos
Benedicto XVI Cuba Anyelik

Benedicto XVI Cuba Anyelik

Guillermo HoyosEl filósofo analiza el mensaje profundo que los medios masivos no captaron: los valores auténticamente humanos pueden ser compartidos por las religiones y por la democracia moderna.

Guillermo Hoyos *

Buscar el sentido, dejar la frivolidad

En El Nombre de la RosaUmberto Eco presenta una de las épocas más convulsionadas de la cristiandad. La novela se desarrolla en un monasterio benedictino, sumamente influyente y poderoso, ubicado en los Apeninos septentrionales italianos, y allí se despliega el debate teológico–político del siglo XV:

  • por un lado los delegados del Papa, domínicos inquisidores, perseguidores de la supuesta herejía de una rama de los franciscanos: los espirituales, fanáticos de la pobreza apostólica;
  • por otro lado, la lucha por el poder entre el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y el Papado desterrado en Aviñón;
  • en el medio, los benedictinos –por encima del conflicto– en su espiritualidad marcadamente teológica dogmática,
  • y finalmente, el filósofo franciscano Guillermo de Ockham, discípulo de Roger Bacon, empeñado en descubrir en la gran biblioteca de la abadía benedictina el libro II de la poética de Aristóteles.

Pienso que esta referencia puede servir como clave de lectura del viaje de Benedicto XVI a la Cuba comunista, previa escala política en un México laico. Nos podría ayudar a comprender su significado más justamente que como lo editorializa con su mejor frivolidad El Tiempo, para el que “no deja de ser interesante la presencia del jefe del catolicismo allí, que, de todos modos, atrae la atención del mundo hacia Cuba”.

Síntesis profunda y coherente

Para Benedicto, este segundo viaje a Latinoamérica está inscrito dentro de su concepción multicultural del cosmopolitismo, como lo afirmaba Joseph Ratzinger en su memorable debate de 2004 como teólogo con el filósofo Jürgen Habermas en torno a las relaciones entre razón y religión. En este debate el futuro Papa destacaba la presencia en el actual panorama de “las culturas tribales africanas y también de las culturas tribales latinoamericanas, incitadas por ciertas teologías cristianas”.

Ya durante su vuelo a México— en total coherencia con el exitoso viaje de su predecesor Juan Pablo II y de la más moderna teología católica — indica que el objetivo fundamental es redescubrir a Dios como la orientación fundamental de nuestra vida y como fundamento de los valores que construyen la sociedad.

Se trata de un Dios que responde a nuestra razón, porque en el avance de la ciencia vemos la racionalidad del cosmos y somos capaces -gracias a la razón práctica pragmática- de comportarnos razonablemente. Se trata de una síntesis de varias concepciones teológicas:

  • el Dios grande y majestuoso, el de los benedictinos;
  • el Dios pequeño que está cerca de mí, que me orienta, el Jesucristo pobre de los franciscanos;
  • y el Dios de la opción preferencial por los pobres de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) de 1968, el de las teologías de la liberación.

Liberación, capitalismo y socialismo

Por ello cuando le preguntan los medios si cree que puede hablarse todavía en una forma positiva de la «teología de la liberación», después de excesos como el marxismo y la violencia, opina que la fe sirve para liberar a la razón de los falsos intereses y así crear en la doctrina social los modelos sustanciales para una colaboración política, sobre todo para la superación de esta división social, antisocial, que por desgracia existe.

Y agrega: “No sé si la palabra ‘teología de la liberación’, que también puede interpretarse muy bien, nos ayudaría mucho”.

No descalifica la teología de la liberación como una de las respuestas a la opción por los pobres de la Iglesia, pero sí conceptúa “que la ideología marxista, como se la concebía, ya no responde a la realidad: así ya no se puede responder y construir una sociedad; deben encontrarse nuevos modelos, con paciencia y de manera constructiva”.

papa benedicto xvi

Quienes aplaudieron estos conceptos antes de que el Papa aterrizara en Latinoamérica debieron haber oído otro pasaje de la entrevista donde acentúa que la “Iglesia tiene la gran responsabilidad de educar las conciencias, educar en la responsabilidad moral y desenmascarar el mal, desenmascarar esta idolatría del dinero, que esclaviza a los hombres sólo por él; desenmascarar también las falsas promesas, la mentira, la estafa, que está detrás de la droga”.

Y si a la llegada a Latinoamérica desliga la Iglesia de toda vinculación exclusiva con opciones políticas tradicionalmente democráticas o con democracias “fetiche” -como diversas formas de liberalismo-, a su salida tampoco deja de enfatizar sus críticas tanto al capitalismo realmente existente, al consumismo craso, como al socialismo de Estado.

No otro es el sentido al evocar la luz del Señor para “estrechar la concordia y hacer fructificar lo mejor del alma cubana, sus valores más nobles, sobre los que es posible cimentar una sociedad de amplios horizontes, renovada y reconciliada. Que nadie se vea impedido de sumarse a esta apasionante tarea por la limitación de sus libertades fundamentales, ni eximido de ella por desidia o carencia de recursos materiales. Situación que se ve agravada cuando medidas económicas restrictivas impuestas desde fuera del país pesan negativamente sobre la población”.

Podría pensarse que se trata de una complicidad del Vaticano con los Castro. Pero el cinismo no bastaría para comprender esta “nueva” amistad, acentuada por la entrevista a Fidel y no al presidente de Venezuela.

De hecho el presidente de Cuba despide a Benedicto destacando que “satisface a nuestro país estar entre los que más han hecho por la vida, la libertad y la dignidad humanas. Compartimos la certeza de que sólo la movilización de la conciencia de los pueblos, el respeto mutuo, el diálogo y la cooperación permitirán al mundo hallar soluciones a los más graves problemas”.

Un poder moral

¿Y el balance de la visita? Ciertos politólogos y medios proponen la evaluación por resultados. Desde la cuantificación del crecimiento de la fe católica en la isla hasta impactos políticos tangibles en la lógica schmittiana de ganadores y perdedores, de amigos y enemigos.

Y si no logran constatar más catolicismo, menos marxismo, más confrontación directa entre el Vaticano y el régimen cubano o el de sus oponentes, se explican por qué esta visita — a diferencia de la anterior de Juan Pablo — pasó inadvertida internacionalmente. Nada sensacional naturalmente. La conclusión es que la visita fue interesante, relevante, pero no cambió nada.

Quizá debamos más bien tomar como criterio de evaluación el sugerido por el mismo Benedicto al comenzar su peregrinación, en esta amplia reflexión ofrecida a los medios:

  • “La Iglesia no es un poder político, no es un partido, sino una realidad moral, un poder moral. Dado que la política debe ser fundamentalmente una realidad moral, la Iglesia, en este aspecto, tiene que ver fundamentalmente con la política.”
  • “…Repito lo que acabo de decir: el primer pensamiento de la Iglesia es educar las conciencias y así crear la responsabilidad necesaria; educar las conciencias tanto en la ética individual como en la ética pública. Y aquí quizás algo ha faltado.”
  • “…En América Latina, y también en otros lugares, en no pocos católicos se percibe cierta esquizofrenia entre moral individual y pública: personalmente, en la esfera individual, son católicos, creyentes, pero en la vida pública siguen otros caminos que no corresponden a los grandes valores del Evangelio, que son necesarios para la fundación de una sociedad justa. Por tanto, hay que educar para superar esta esquizofrenia, educar no sólo en una moral individual, sino en una moral pública”.

O sea que también la Iglesia ha aprendido en un mundo globalizado, pluralista, multicultural y cosmopolita. Que puede estar presente, junto con otros credos, en sociedades complejas de Estados laicos, liberales, conservadores, social demócratas y socialistas. Que en dichas sociedades anima, al igual que otras religiones y también que las mismas ideologías de quienes no son musicales religiosamente, el sentido trascendente, espiritual, libertario y solidario del ser humano, para emancipar a la sociedad civil del individualismo posesivo, del materialismo y economicismo como valores superiores o absolutos.

Esto significa, por un lado, que hay separación entre Iglesia y Estado, lo que no significa quedarse en la intimidad de las familias o en el recogimiento de la sacristía, y por otro, que las religiones, las iglesias en plural, tienen no sólo derecho, sino compromiso de acompañar en lo público a la sociedad civil en la búsqueda del bien común. Las iglesias: ni prisioneras en sus templos ni habitantes de las sedes de gobierno.

Ganador: la democracia

Entonces, y para dialogar con los que no perciben resultados, ¿quién salió ganando: la Iglesia como institución, su celebración dogmática, apologética y triunfalista, su opción por los pobres, la justificación religiosa del individualismo económico?

cuba

Benedicto — representante de la Iglesia Católica — proclamó como opción política correcta: la de una sociedad civil en la que puedan participar tanto liberales como socialistas, que se comprometan real y efectivamente con la libertad de la persona, el bien común y la subordinación de la economía a la política.

Queda entonces como pregunta final: ¿gana la sociedad civil — es decir la democracia — cuando la censura del modelo único capitalista o socialista no sólo exige de los ciudadanos creyentes o no creyentes orientarse por la verdad y la libertad, sino que los compromete con valores morales fundamentales del ser humano?

Se dice que estos valores son los del cristianismo, no sólo los de la Iglesia, pero también dignos de ser los de otras religiones y culturas, los del laicismo, los del marxismo, los del liberalismo clásico.

Es decir, son los fundamentos de la democracia moderna, al mostrar que ésta no es sólo razonabilidad pragmática, que como tal amenaza marchitarse sin los valores morales de los derechos humanos, de la solidaridad, de la justicia y de la equidad.

Corresponde a expertos en diplomacia evaluar si esta especie de teología política negativa puede ser jugada en un póker político cargado de valores distintos de los meramente económicos y si puede resultar algo más que interesante o relevante. De hecho habría que evaluar el aporte de la visita a Cuba desde una perspectiva latinoamericana.

El Nombre de la Rosa termina con esta sentencia: nomina nuda tenemus -(de la rosa) no nos queda sino el nombre-. En vísperas de la modernidad, los nominalistas ilustrados descubrían que sólo tenemos palabras, si queremos entendernos como sociedad civil, una vez se han ido los dioses que nos amaban tanto que nos dejaban ser. Palabras cargadas de valores humanos articulados políticamente: una forma de lucha alternativa a la guerra.

* Pontificia Universidad Javeriana. 

Benedicto XVI Anyelik

 

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