La guerra perdida de Israel - Razón Pública
Mauricio Jaramillo Jassir

La guerra perdida de Israel

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Mauricio Jaramillo-JassirTel Aviv se queda solo. Su arrogancia, el atropello a los Derechos Humanos y el nuevo “poder de los débiles” señalan que podemos estar ad portas de una tercera Intifada, que esta vez sería la definitiva.

Mauricio Jaramillo-Jassir*

Razones de la Intifada

El desplante que sufrió el vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, en su visita a Israel refleja el momento particular por el que pasan las relaciones entre dos aliados que por décadas coincidieron en diversos temas en el llamado Próximo Oriente. En medio de estas tensiones, algunos indagan por la posibilidad de un tercer levantamiento palestino, o Intifada, causado por una serie de agresiones y provocaciones por parte de Israel.

Se podría decir con justa causa que el gobierno de Tel Aviv ha cometido diversos errores de cálculo en sus acciones en el escenario internacional. En primer lugar, asumir que la división de los palestinos entre Hamas y Al Fatah, que los ha puesto al borde de una fratricida guerra civil, significa un margen de maniobra irrestricto. Esa actitud constituyó una gruesa falta de cálculo estratégica que ha diezmado su legitimidad internacional. Y en segundo lugar desconoce que la capacidad de Estados Unidos en el mundo ha sufrido un fuerte revés por los fracasos en Irak y Afganistán y la apremiante situación nuclear en Irán y Corea del Norte.

Los adeptos se van

Basta recodar lo sucedido en la Franja de Gaza a finales de 2008 en una operación a todas luces desproporcionada y que arrojó serias dudas en cuanto a los crímenes de guerra cometidos por las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI). Esta acción aparece hoy en día como innecesaria, tomando en cuenta que no se debilitó ni militar ni políticamente a Hamas.

No obstante, se puede señalar una crisis de Hamas en la Franja de Gaza, que no pasa necesariamente por la intervención militar israelí sino por el asilamiento internacional que en algunos casos se le endilga a un grupo considerado como terrorista por Occidente.

Los roces actuales con los Estados Unidos desnudan fragilidades en el posicionamiento exterior israelí y demuestran que su accionar externo pierde adeptos para su causa.

La fuerza de los débiles

En este orden de ideas vale la pena enumerar tres razones que explican por qué Israel está perdiendo la guerra en contra de una facción de los palestinos y por qué podría estarse gestando una tercera Intifada.

La primera tiene que ver con el aumento del poder de los débiles. A partir de 1950 comenzó un ascenso importante en el número de victorias de los actores débiles frente a los poderosos. En los últimos doscientos años el treinta por ciento de los conflictos armados han sido ganados por actores presuntamente débiles. Algunas cifras parecen inverosímiles a la luz de las doctrinas clásicas de seguridad pero adquieren validez si se miran dentro de la actualidad internacional:

  • Entre 1850 y 1899, el 79 por ciento de los conflictos en el mundo fueron ganados por actores fuertes
  • Entre 1900 y 1949 ese porcentaje se redujo al 65 por ciento
  • Entre 1950 y 1998 el 55 por ciento de los conflictos han sido favorables a los débiles.[1]

Desde el triunfo del Vietming sobre Francia, la escalada de victoria de los débiles sigue su curso. Y sin duda alguna la resistencia del Vietcong al ejército más poderoso del mundo dejó lecciones que parecen estar siendo ignoradas por el Estado hebreo. Bajo esta perspectiva se rescatan tres ideas que se derivan de la experiencia en Vietnam y que dan cuenta del poder cada vez mayor con el que cuentan los actores débiles.

1. Vietnam supuso el surgimiento del concepto de ventajas relativas en contraste con las absolutas.

En lo que tiene que ver con Israel y los palestinos queda claro que las ventajas de las que gozaba Tel Aviv en el pasado se vuelven más y más relativas con el paso del tiempo. La superioridad militar comienza a ser un obstáculo y está demostrado que la tecnología no ha sido suficiente para combatir con éxito a Hamas. ¿De qué manera la capacidad militar y la superioridad de recursos pueden derrotar la mística que hasta el momento ha demostrado tener Hamas? ¿En qué forma esos atributos de poder israelíes pueden minar la legitimidad de la que goza Hamas en algunas zonas de los territorios ocupados? Estas preguntas reflejan la complejidad que han adquirido las ventajas en la guerra, especialmente en un conflicto asimétrico como el que enfrenta a palestinos e israelíes.

2.  La guerra de Vietnam supuso el surgimiento de nuevos escenarios de combate más allá del llamado “teatro de operaciones”.

Es decir, las guerras no sólo se libran en el terreno militar, sino que se extienden a escenarios como el político, que en las últimas décadas ha ganado relevancia. Con la profusión de los medios masivos de comunicación en la segunda mitad del siglo XX, la sociedad está más interesada en conocer el curso de los conflictos, y en las sociedades democráticas como la israelí la presión de los ciudadanos en el medio político crece de manera vertiginosa.

Con la diplomacia paralela desarrollada con buen tino por los palestinos, Israel pierde espacios políticos en la esfera global. Desde 1973, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoció a la Organización para la Liberación Palestina como representante legítima del pueblo palestino, las victorias diplomáticas de esta nación no han cesado. El paroxismo de este proceso fueron los llamados Acuerdos de Oslo que gestaron las bases de lo que eventualmente será el Estado Palestino, así Hamas no los haya reconocido.

Recientemente, con la victoria en las urnas de la resistencia islámica en enero de 2006, y con el golpe de Estado en Gaza en 2007, se ha evidenciado un aislamiento internacional de Hamas que se ha traducido en una pauperización de la vida de los palestinos, especialmente en Gaza. No obstante, crece la presión dentro de los Estados europeos por reconocerlo como actor del proceso para el establecimiento de una paz duradera en Oriente Medio. Es tan claro lo que ocurre, que Hamas ha cedido en algunos puntos de su rígida agenda.

Tal vez el elemento más representativo de esta nueva posición haya sido el de no rechazar la posibilidad de volver a las fronteras de 1967. Dicho de otro modo, Hamas estaría dispuesto a aceptar dos pasos que pueden destrabar el proceso y permitir el fin del aislamiento: reconocer al Estado de Israel y aceptar el Estado Palestino en Cisjordania y en la Franja de Gaza.

Este tipo de posturas hacen que aumente la presión de algunos sectores de la sociedad europea para que se reconozca a Hamas. De esta forma, aunque salga derrotada en el escenario de operaciones, la resistencia islámica sigue ganando terreno.

3. Vietnam dejó como lección de importancia una variable que con el paso del tiempo se ha vuelto imprescindible para el análisis de las ventajas en los conflictos: la duración.

La duración define el margen de maniobra de los actores en combate y le ha otorgado una ventaja inestimable al actor irregular, ya que su desgaste con el paso del tiempo es menor. Henry Kissinger afirmó que las guerrillas “ganan las guerras cuando no las pierden”, lo que ilustra de manera precisa y sintética esta idea.

Para el caso de la disidencia palestina, la duración se puede aplicar a la guerra de desgaste (attrition war) y a la guerra prolongada (protacted war) que se han hecho evidentes a través de las crisis internas y políticas que han sacudido a Israel en los últimos años en virtud de los fracasos militares o, por lo menos, de la ausencia de victorias rotundas. Esto pone al descubierto que a medida que pasa el tiempo, la sociedad israelí exige resultados palpables que por la naturaleza de los principales enemigos de Israel en la actualidad (Hezbollah y Hamas) no son posibles de materializar.

El desastre en el Líbano

La segunda razón que explica por qué Israel puede estar perdiendo la guerra es la incursión de las Fuerzas de Defensa Israelíes entre julio y agosto de 2006, que significó un cambio trascendental en la posición estratégica y en la imagen de Israel en la región.

La resistencia ejercida durante más de 30 días por el “Partido de Dios”, Hezbollah, contra uno de los ejércitos más poderosos del mundo, deshizo el mito de una superioridad israelí irrestricta a la hora del combate. Las guerras de 1948, de 1956, de 1967 y de 1973 se habían dado entre Estados con ejércitos regulares. En contraste, el conflicto entre Tel Aviv y el Partido de Dios tiene varios matices que lo diferencian del resto de guerras árabe-israelíes.

Israel se vio confrontado a la lucha contra una guerrilla que no buscaba necesariamente vencerlo, sino no ser derrotada. Luego del cese al fuego entre las partes, para Israel fue humillante ver en las imágenes de la televisión libanesa a Hassan Nasrallah, secretario general de Hezbollah, proclamando la victoria del grupo. Aún peor, el informe interno israelí acerca de esa guerra (Comision Winograd), reconoció varios errores inexcusables cometidos por el entonces gobierno de Ehud Olmert. La publicación del informe, entre otros, explicó la salida de Olmert como primer ministro. Éste se había comprometido con un ideal imposible de concretar: la derrota total sobre Hezbollah.

Esta guerra demostró la combinación de medios regulares e irregulares de lucha por parte de Hezbollah. Combatió en la guerra como una guerrilla y en algunos casos como un ejército regular. En el escenario político libanés es uno de los partidos más fuertes con participación en el gabinete de gobierno y con legitimidad en el sur del país, que comienza con el reconocimiento popular y termina con el legal. Hezbollah es un actor regular e irregular a la vez y dicha combinación es muy difícil de manejar para Tel Aviv. Analistas como Armando Borrero han llegado a sugerir el concepto de Guerra Híbrida para conceptualizar esta idea.

Y los Derechos Humanos

Y la tercera razón que explica por qué Israel puede estar perdiendo la guerra tiene que ver con el tema de los Derechos Humanos. El peso de la sociedad internacional es cada vez mayor en el conflicto, y con él la sensibilidad respecto de un asunto que interesa al mundo entero.

En la Guerra Fría los Estados podían apelar a su soberanía como justificación para evitar la injerencia de terceros cuando se presentaban críticas por violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos. Esta lógica es hoy cada vez menos aceptada. Si bien Israel contaba con el respaldo de una parte importante de la sociedad internacional que veía en el Estado judío una víctima digna de ayudar, los papeles parecen haberse invertido en los últimos años.

Una arrogancia de mal gusto

A la luz de acciones como la de Sabra y Chatila en 1982, o la reciente incursión en Gaza, Israel ha proyectado una imagen de arrogancia que entorpece la promoción de su causa, especialmente en un sector que resulta vital en los Estados democráticos a la hora de ejecutar la política exterior: la sociedad. Esto es particularmente grave para el gobierno de Tel Aviv porque son esos Estados donde la causa judía cuenta con mayor apoyo.

En este sentido, es necesario recordar los desastres humanitarios en Ruanda, Srebrenica y recientemente en Darfur, con una incidencia mayúscula sobre el imaginario colectivo que se genera en la sociedad acerca de los conflictos en el mundo.

El tiro por la culata

En medio de este contexto, Israel emprendió una nueva campaña de colonización sin el aval de su principal aliado, Estados Unidos. Las protestas de los palestinos proliferan y se dan las condiciones para la promoción de la unidad entre Al Fatah y Hamas (por más efímera que resulte) en aras de un tercer levantamiento en contra de la ocupación. Israel ha decidido demostrar su control en la parte oriental de Jerusalén y es probable que con ello establezca las condiciones para la reconciliación entre los palestinos.

Finalmente en el cinematográfico ataque a la flotilla turca de carácter humanitario en costas de Gaza, Israel no sólo desafió a la comunidad internacional, tanto la estatal como la llamada “civil”, y con ello siguió perdiendo espacios políticos en el mundo. Puso en tela de juicio la relación especial que tiene con Turquía, un aliado de importancia capital en el Medio Oriente, y le dio un pretexto a Irán para seguir endureciendo su discurso contra el Estado hebreo.

Se repite la historia

Estos hechos tienen impacto directo en una sociedad que en las últimas décadas multiplica sus canales de participación para incidir en el orden mundial. Para ello basta ver la profusión de Organizaciones no Gubernamentales que promueven causas de todo tipo, algunas de ellas que coinciden en señalar la crisis del Estado como máximo representante de la sociedad en la esfera internacional.

No hay que olvidar que ante el anuncio del régimen de Mahmmoud Ahmadinejad, presidente de Irán, de enviar un buque hospital y dos flotas humanitarias a Gaza, hubo algo más de veinte mil voluntarios que se inscribieron en menos de dos días.

Israel pierde terreno, especialmente en lo civil, y con ello repite la historia de Estados Unidos en algunas regiones del mundo en donde ha ganado las guerras en lo militar pero ha tenido que enfrentar una humillante derrota en lo político. Ésa es tal vez la lección más palpable hasta ahora de la Guerra Asimétrica.

* Internacionalista de la Universidad del Rosario. Magíster en Seguridad Internacional del Instituto de Estudios Políticos de Toulouse y en Geopolítica del Instituto Francés de Geopolítica de París. Aspirante al Doctorado en Ciencia Política de la Universidad de Ciencias Sociales de Toulouse. Investigador en la Universidad del Rosario y asesor de Investigación en la Escuela Superior de Guerra.

Nota de pie de página


[1] Arreguin-Toft, Ivan. How the Weak win wars. A theory of asymmetric conflict en International Security Vo. 26 No. 1 (verano 2001) p.97

Acerca del autor

Mauricio Jaramillo-Jassir
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* Profesor de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario, autor del libro Anatomía heterodoxa del populismo. Editorial de la U. del Rosario.

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* Profesor de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario, autor del libro Anatomía heterodoxa del populismo. Editorial de la U. del Rosario.

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