La muerte de Gadafi: sombras sobre la justicia y colores de otoño - Razón Pública
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La muerte de Gadafi: sombras sobre la justicia y colores de otoño

Escrito por Massimo Di Ricco
Massimo Di Ricco

Massimo Di RiccoLa escena final del drama era previsible. Pero más allá de la anécdota histórica, flotan serios cuestionamientos en contra de la injerencia extranjera en Libia. La población no se callará y la primavera árabe aún no ha terminado. Siria y Yemen, los próximos objetivos. 

Massimo Di Ricco*

Genio y figura

Gadafi se fue. Capturado y casi seguramente ejecutado, a pesar de decenas de versiones contradictorias que seguirán apareciendo. Ejecutado por algún combatiente en una emotiva acción espontánea o por órdenes que llegaron de altos mandos, dentro o fuera del país.

Gadafi lo había declarado desde el comienzo de los bombardeos de la OTAN: moriría luchando en su tierra. No se fue a buscar inmunidad como Ben Alí en la Arabia Saudí de los petrodólares, ni siguió el ejemplo de Mubarak, que prefirió una farsa de juicio al exilio, bajo la sombra del cada vez más dudoso Consejo Militar de Transición. Gadafi se fue, coherente hasta el fin con sus palabras y su vida, sin llegar a compromisos.

En su última y desesperada lucha, se comparó con Omar al-Mukhtar, el líder de la resistencia libia contra los conquistadores italianos a principios del siglo pasado. Mukhtar enfrentó a los italianos durante ocho largos años. Con tal de realizar el sueño imperial de Mussolini, los italianos recurrieron a las armas químicas, a los campos de concentración en el desierto y al desplazamiento forzado de decenas de miles de personas. Finalmente capturaron a Mukhtar y lo ahorcaron tras un rápido proceso: la justicia de los ganadores.

Gadafi fue interceptado por los aviones de la OTAN a su salida de Sirte, después de ocho meses de persecución. En su épico y romántico delirio de omnipotencia, el difunto Gadafi ya no tenía mucho en común con Mukhtar, jefe de una resistencia anticolonial reconocida y legitimada por toda la población libia.

El excéntrico Gadafi dejó de serlo hace muchas décadas y con la acumulación de un poder omnímodo solo consiguió alimentar el deseo de venganza de gran parte de la población, víctima de su autoritarismo.

Venganza

Ha salido a las calles de Trípoli a los pocos minutos de la confusa noticia de la muerte de Gadafi y contesta con júbilo a las preguntas del reportero de Al-Jazeera: “¡es un día de gran emoción, un día de libertad para todos los libios!”.

El periodista la reta preguntando si no hubiera sido mejor llevar al líder libio frente a un tribunal para juzgarlo por sus crímenes. Respuesta tajante: no le importa, lo único que quiere es celebrarlo. Es la cara más simple de la venganza después de años de opresión.

Tampoco a los demás libios les importa mucho haber perdido la oportunidad de ver al Coronel tras las rejas; tampoco les interesaba formar una Comisión de la Verdad que hiciera luz sobre los años del régimen. Y tampoco le importa a Hilary Clinton quien, a miles de kilómetros de distancia, celebra feliz la muerte del dictador con un grito de sorpresa.

De todo menos justicia

Pero no se puede comparar una ejecución con la justicia. La justicia que se aplicó en este caso fue sumaria y ya consuetudinaria, tras la operación contra Bin Laden este mismo año. Ambos personajes resultan incómodos, incluso las discusiones inútiles sobre sus respectivas sepulturas. La costumbre de llevar a los criminales frente a la justicia ya resulta anticuada.

Con Gadafi se fueron 42 años de intrigas y de secretos internacionales que las cancillerías de varias potencias mundiales preferirían que no salgan a la luz: financiación de grupos armados, intentos de asesinatos, contratos millonarios e intrigas de un hombre que, gracias al poder económico de sus recursos naturales, pretendió jugar un rol más allá del Mediterráneo; sin ir muy lejos, el presidente Santos dijo esta semana que los computadores de “Reyes” demostraron que “Gadafi tenía relaciones con las FARC”. No hay mucho que celebrar en su muerte, bajo el velo de oscuridad que ensombrece sus secretos y ante la caída libre del derecho local e internacional.

Guerra y justicia difícilmente van por el mismo camino, y el caso de Libia no escapa a este teorema. Todas las partes abusaron de la violencia, como quedó reseñado en informes recientes de Amnistía Internacional, que acusan tanto a las fuerzas del Consejo Nacional de Transición (CNT) como a los fieles a Gadafi de cometer ejecuciones sumarias, torturas y secuestros, en total desprecio del derecho internacional humanitario.

Así mismo el accionar de las potencias extranjeras, todas profundamente involucradas con el conflicto, se refleja en otro informe reciente que señala la presencia de un fluido comercio de armas, que alimentaba a ambos bandos: bombas-racimo españolas, cohetes rusos, minas de fabricación brasileña, lanzacohetes franceses, y son solo algunos países de un largo listado, que siguen suministrando armas a los otros países de la región que enfrentan protestas populares, como Siria y Yemen.

Desde cero y sin instituciones

La justicia no tiene motivos para celebrar la muerte de Gadafi: mal precedente para el futuro de un país que empieza desde cero y enfrenta montañas de cuestiones por resolver. Esta nueva era fue inaugurada por una pomposa declaración de liberación del país, después de nueve meses de conflicto interno. Ya el Consejo Nacional de Transición —formado en su mayoría por antiguos miembros del entorno de Gadafi que abandonaron al Coronel antes de que se hundiera— tendrá que fijar fechas para la transición política.

La división política entre las diferentes facciones dentro de la nueva Libia —de carácter regional y tribal principalmente— resultará determinante y no se pueden descartar ulteriores ajustes de cuentas. Las instituciones tienen que ser reconstruidas por entero. El Ejército ya no existe, pero sí miles de ciudadanos en armas que tendrán que apaciguar su sed de venganza y elegir un camino institucional, ya sea civil o como parte de una nueva estructura castrense.

No existen por el momento partidos políticos y solo se puede contar con un embrión de sociedad civil, que se ha ido formando espontáneamente durante estos meses: simples ciudadanos que se organizaron para hacer realidad la derrota de la dictadura. Los libios hoy tienen la ventaja de poder extraer lecciones de lo ocurrido en Egipto y Túnez durante sus respectivas transiciones: identificar los obstáculos y los actores que pondrán trabas en este proceso de reconstrucción.

Con la muerte de Gadafi también se pone punto final a la intervención extranjera directa. Se acallan las dispendiosas armas, se anula una zona de exclusión aérea que ha marcado otro nuevo precedente en el derecho internacional, pero sin duda seguirá la intromisión extranjera en los asuntos libios.

Injerencia extranjera

Siempre habrá intereses políticos que vayan más allá de la genuina determinación popular por buscar justicia: las potencias extranjeras, de cualquier bando, que intervinieron directamente en Libia, están intentando hacerlo en Egipto, lo hacen a diario en Yemen y se agazapan detrás del silencio que rodea a Siria.

Declarar muerta la primavera árabe y analizar los eventos en Libia como el inicio de una nueva intervención colonial de las fuerzas occidentales en África reduce el valor histórico de lo ocurrido en estos meses y de sus actores locales.

Las grandes potencias seguirán sobornando a una nueva élite local, siempre inclinada a estos compromisos, pero no encontrarán una población agradecida y apaciguada. La muerte de Gadafi y las concomitantes elecciones en Túnez, que representan el primer paso hacia la creación de nuevas instituciones, nos dicen que el camino marcado desde la primavera es aun largo, pero sigue vigente.

Estos intereses no pueden desconocer todo un movimiento espontáneo de sublevación. En contra de los intereses siempre presentes de estas potencias postcoloniales se expresarán los mismos que salieron a la calle buscando acabar con décadas de autoritarismo, tanto en Libia como en los otros países árabes. El carácter anticolonial de estas revueltas se manifestará cuando llegue el momento.

Para poder entender la diferencia entre la hipocresía política, los intereses de las élites y los sentimientos reales de la población que desencadenaron estas sublevaciones, es preciso escuchar durante las celebraciones de la muerte de Gadafi en las plazas repletas de Trípoli y de Bengazi a ciudadanos y combatientes que invocan con cantos y gritos los nombres de Bashar al-Assad y de Alí Abdullah Saleh: son los próximos objetivos de una revolución que no ha abandonado nunca su carácter y solidaridad regional.

Mucha arrogancia

Es señal de arrogancia pensar de forma simplista que los libios lograron liberarse de Gadafi solo gracias a la ayuda internacional.

Arrogancia también de quienes celebran la muerte de Gadafi como una victoria de la justicia, ocultando que hasta diciembre de 2010 ellos mismos recibían al líder libio en medio de besos y abrazos en sus palacios.

Arrogancia también de quienes declaran muerto todo un movimiento popular de sublevación árabe gracias a la intervención extranjera.

Arrogancia, en fin, de quienes apoyaron a Gadafi por razones ideológicas o de interés político y que ahora pretenden honrarlo como mártir.

Profesor visitante en el Departamento de Historia de la Universidad Nacional de Colombia. Doctor en Estudios Culturales Mediterráneos de la Universidad de Tarragona, ha sido investigador en la Universidad Americana de Beirut (Líbano) y en la organización Egyptian Initiative for Personal Rights (EIPR). Corresponsal de varios medios italianos y españoles desde Beirut y El Cairo.

 

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