
El fútbol todavía habla romance
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Quizá los Mundiales no los ganen las lenguas romances. Quizá los gane, con una frecuencia extraordinaria, el ecosistema futbolístico que se formó alrededor de dichas lenguas.
España conquistó su segunda Copa del Mundo después de derrotar a Argentina en la final de 2026. El resultado no solo aumentó el palmarés español, también confirmó una particularidad histórica.
De los 23 Mundiales disputados, 18 han sido ganados por países cuyas lenguas principales descienden del latín. Argentina, Uruguay y España suman siete campeonatos en español; Brasil tiene cinco en portugués; Italia, cuatro en italiano, y Francia, dos en francés. Los cinco títulos restantes se reparten entre Alemania, con cuatro, e Inglaterra, con uno.
El dato es llamativo, pero puede conducir rápidamente a una explicación equivocada, ya que las lenguas en sí mismas no forman delanteros, no organizan defensas ni ejecutan penaltis. Que hables portugués no hace que tengas ventaja deportiva para una bicicleta, ni el italiano a una barrida.
Sin embargo, una lengua, además de ser un sistema de comunicación, también conecta territorios, reduce distancias culturales, facilita migraciones y permite que personas e instituciones intercambien conocimientos. En el fútbol, esa capacidad de conexión ha contribuido a formar corredores por donde circulan jugadores, entrenadores, empresarios e ideas tácticas.
Quizá los Mundiales no los ganen las lenguas romances. Quizá los gane, con una frecuencia extraordinaria, el ecosistema futbolístico que se formó alrededor de dichas lenguas.
De la fascinación a la institución
El fútbol moderno fue codificado en Inglaterra durante el siglo XIX y se expandió por medio de rutas comerciales, ferroviarias, portuarias e imperiales. Marineros, comerciantes, trabajadores y profesores británicos llevaron el juego a Europa continental y América Latina. Sin embargo, los ingleses no conservaron el monopolio de su interpretación.
En Río de la Plata, los clubes vinculados inicialmente con comunidades británicas fueron apropiados por inmigrantes, estudiantes, obreros y sectores urbanos en expansión. En Brasil, el fútbol dejó de ser una práctica restringida a ciertas élites y se convirtió en uno de los escenarios centrales de representación nacional. En España e Italia se integró en sociedades marcadas por fuertes identidades regionales, migraciones internas y procesos conflictivos de construcción nacional.
Muchos clubes surgieron de barrios, fábricas, escuelas, universidades y asociaciones de inmigrantes. Primero apareció la fascinación, después vinieron el nombre, el uniforme, la cancha, el campeonato y la memoria.
Entonces, recepción del juego, aprenderlo y luego, la organización alrededor de este.
Los clubes convirtieron el entusiasmo momentáneo en una pertenencia hereditaria. Los hijos recibieron equipos, rivalidades, relatos, con héroes y villanos anteriores a su nacimiento. La pasión creó organización y la organización permitió que la pasión sobreviviera a quienes la habían iniciado.
Así se formaron culturas capaces de producir jugadores durante generaciones. Pero la tradición local, por sí sola, tampoco explica el éxito internacional. Lo particular de los grandes países futbolísticos de lenguas romances es que sus tradiciones no permanecieron encerradas dentro de las fronteras nacionales.
El jugador (trans)Atlántico
Durante buena parte del siglo XX, los futbolistas suramericanos comenzaron a recorrer una ruta reconocible: barrio, club, liga nacional, Europa y selección.
El jugador argentino, uruguayo o brasileño se formaba inicialmente en su país, se destacaba en el campeonato local y después emigraba hacia una institución europea. Desde allí regresaba periódicamente a la selección con nuevas experiencias tácticas, métodos de entrenamiento y hábitos profesionales.
Pero ese viaje no era una transferencia unilateral de talento. El jugador también modificaba el fútbol que lo recibía.
Diego Maradona comenzó en Argentinos Juniors, se consagró en Boca Juniors, pasó por Barcelona y terminó convertido en la figura más importante de la historia del Napoli. Su éxito no representó solamente el triunfo de un argentino en Italia. También alteró la geografía simbólica del fútbol italiano: un club del sur desafió el poder económico y deportivo del norte alrededor de una figura suramericana.
Lionel Messi representa un caso todavía más complejo. Salió de Rosario cuando era adolescente y completó su formación futbolística en Barcelona. No fue únicamente un argentino que triunfó en España ni un producto español nacido en Argentina. Fue el resultado de una relación transatlántica.
Argentina produjo el talento inicial de Messi, pero así también Barcelona. Messi transformó el club catalán, mientras su experiencia en España transformó la selección argentina.
La oposición entre países productores y receptores se vuelve entonces insuficiente. Existe una formación compartida: el jugador nace dentro de una cultura futbolística, se perfecciona en otra y reúne ambas experiencias cuando representa a su selección.
La final entre España y Argentina en 2026 condensó esa historia. Parecían enfrentarse dos tradiciones nacionales separadas, pero llevaban décadas intercambiando jugadores, entrenadores y conocimientos. El principal símbolo argentino del siglo XXI se había formado en Cataluña. A su vez, los clubes españoles habían sido transformados por generaciones de argentinos, uruguayos y brasileños.
En aquella final no se encontraron dos mundos aislados, sino también se enfrentaron dos resultados distintos de una historia común.
Del jogo bonito al “jogo europeu”
Las dos últimas selecciones brasileñas campeonas permiten observar con claridad la transformación.
Brasil ganó los Mundiales de 1958, 1962 y 1970 con equipos cuyos futbolistas pertenecían exclusivamente a clubes brasileños. La selección era una concentración extraordinaria del campeonato nacional.
En 1994 el panorama había cambiado. Romário jugaba en Barcelona; Bebeto, en Deportivo de La Coruña; Dunga, en Alemania, y Taffarel, en Italia. El talento continuaba produciéndose en Brasil, pero una parte creciente de su desarrollo profesional ocurría fuera del país. En 2002 la transformación era completa. Ronaldo, Rivaldo, Roberto Carlos, Cafú, Ronaldinho y Lúcio pertenecían a clubes de Italia, España, Francia y Alemania.
Mucho se ha hablado en los últimos años que esta “europeización” del fútbol ha actuado en detrimento del fútbol brasileño, y del jugador brasileño, donde la gambeta, la jugada individual, y libertad del jugador se percibe cercenadas por los sistemas europeos. Y si bien esto amerita una mirada más profunda a los propósitos de este texto, lo cierto es que también dicho discurso ha sido utilizado para opacar errores de gestión organizacional, así como también omite el hecho de que Brasil conquistó su cuarto y quinto Mundiales con selecciones que, desde el punto de vista laboral, se encontraban dispersas mayoritariamente por Europa.
La nación futbolística brasileña ya hace tiempo no coincide con el territorio nacional.
La lengua como infraestructura
La cercanía lingüística ayuda a explicar algunos corredores importantes. Portugal, España e Italia han funcionado como entrada privilegiada para los jugadores brasileños, argentinos y uruguayos. El compartir lenguas o su gran cercanía reduce los costos de la adaptación, facilita el trabajo de representantes, entrenadores y redes de observación. Asimismo, a la lengua se agregan migraciones históricas, vínculos familiares, consumos culturales compartidos y una larga familiaridad entre mercados futbolísticos.
Francia configura otra ruta. Su fútbol no depende principalmente de la migración suramericana, sino de sus conexiones con África, el Caribe francés y otros territorios vinculados con su historia colonial. La lengua francesa, la ciudadanía y las diásporas conectan las academias metropolitanas con poblaciones cuyos orígenes familiares se encuentran fuera de Europa.
Por eso no existe un bloque romance homogéneo. Brasil no juega como Argentina, Francia no produce jugadores de la misma manera que Italia y Uruguay no representa la misma relación entre fútbol y sociedad que España. Lo que comparten no es tanto un estilo uniforme, sino una alta capacidad para conectar territorios y hacer circular conocimientos.
La lengua no es que haya determinado cómo se juega, pero sí ha ayudado a construir los canales por donde el juego se transforma.
Un ecosistema de coevolución
Las selecciones se transforman dentro de un ecosistema en el que las ligas producen efectos unas sobre otras.
Argentina se beneficia de que sus futbolistas compitan en España, Italia, Inglaterra, Alemania o Francia. Pero esos campeonatos también cambian al recibir argentinos. Brasil exporta jugadores a todo el mundo, pero sus futbolistas regresan a la selección con aprendizajes adquiridos en diferentes sistemas.
Portugal fortalece sus clubes mediante la captación de brasileños y otros suramericanos. España ha integrado durante décadas talento argentino y uruguayo, mientras entrenadores españoles y metodologías desarrolladas en sus clubes influyen de regreso en América Latina.
No circulan únicamente jugadores. También viajan ideas tácticas, métodos de entrenamiento, conocimientos médicos, representantes, modelos de formación y culturas de vestuario. Un ejemplo visible en este Mundial fue el hecho de que seis técnicos argentinos dirigieron selecciones del continente americano.
En ese sentido, el resultado es una forma de coevolución. Clubes europeos que moldean talento suramericano, y estos a su vez transforman los clubes europeos. Las selecciones reciben jugadores formados en el extranjero y lo combinan con experiencia y conocimientos que ya no pertenecen enteramente a un solo país.
La excepción inglesa
Inglaterra plantea la objeción más evidente. La Premier League concentra una parte enorme del talento internacional y, sin embargo, la selección inglesa solo ha ganado un Mundial.
Esto demuestra que atraer a los mejores futbolistas no garantiza que el país receptor produzca una selección campeona. Una liga puede ser poderosa porque reúne trabajadores extranjeros, mientras sus beneficios deportivos se distribuyen entre varias selecciones.
Conviene distinguir entre éxito comercial, calidad del campeonato y rendimiento del equipo nacional. Inglaterra puede organizar el espectáculo futbolístico más rentable sin dominar las Copas del Mundo.
Alemania demuestra, además, que es posible construir una tradición campeona fuera del espacio romance. Sus cuatro títulos se explican por la fortaleza institucional de sus clubes, la formación juvenil y su capacidad de reforma. La Bundesliga también participa del mercado mundial de futbolistas.
No existe, por tanto, un circuito romance cerrado. La globalización extendió las rutas y convirtió a Inglaterra y Alemania en destinos centrales para jugadores suramericanos.
La hipótesis más prudente es que los países romances desarrollaron tempranamente corredores especialmente densos, sostenidos por la lengua, las migraciones, las instituciones y una larga historia de intercambios. Es decir, una ventaja histórica.
Extractivismo y desigualdad
El sistema tampoco es igualitario. La emigración puede fortalecer a las selecciones suramericanas, al mismo tiempo que debilitar sus campeonatos. Cuando los mejores jugadores salen cada vez más jóvenes, las ligas nacionales pierden figuras, calidad y continuidad.
Europa concentra el capital, la infraestructura y los torneos más rentables. Suramérica conserva una extraordinaria capacidad de producción, pero sus clubes dependen con frecuencia de vender talento para sobrevivir.
La circulación produce aprendizaje, pero también extracción.
Un jugador formado en un barrio brasileño o argentino puede generar la mayor parte de su valor económico en una empresa europea. Después regresa temporalmente para representar a una selección cuyo sistema local recibió apenas una fracción de esa riqueza.
El ecosistema beneficia a las selecciones sin beneficiar necesariamente, en la misma proporción, a las ligas que forman a sus jugadores.
Una geografía otra
El fútbol suele describirse como universal, pero su éxito continúa concentrado en determinadas rutas, y el nuevo campeón, España, lo confirma. Los países campeones cuentan con clubes centenarios, academias, entrenadores, redes de observación y memorias ganadoras acumuladas. Su ventaja ya no se encuentra únicamente dentro de sus fronteras, también se encuentra distribuida entre los clubes del mundo donde juegan sus futbolistas.
Esa geografía puede cambiar. Las selecciones africanas y asiáticas cuentan cada vez con más jugadores formados en Europa; las metodologías circulan más rápido que nunca y las diásporas permiten combinar diferentes sistemas de formación.
El próximo campeón inédito no aparecerá porque una nueva lengua haya aprendido a jugar al fútbol. Puede que aparezca cuando otro ecosistema alcance la densidad suficiente para producir talento, conectarlo con los principales centros de competencia y recuperarlo dentro de una selección.
Hasta entonces permanecerá una rareza histórica: el deporte codificado y distribuido por los ingleses ha sido conquistado, en casi cuatro de cada cinco ocasiones, por países de lenguas derivadas del latín. No porque en el latín le sobrevivan en sí mismos regates y paredes, sino porque alrededor de esas lenguas se han construido los corredores más antiguos y fértiles de la historia del fútbol.
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Acerca del autor
Leonel Buelvas
*Doctor en Comunicación de la Universidad Iberoamericana (CDMX); magíster en Estudios de la Cultura, con mención en Comunicación de la Universidad Andina Simón Bolívar (Quito), y profesional en Lingüística y Literatura de la Universidad de Cartagena (Cartagena de Indias).
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