Un nuevo aniversario de una guerra interminable
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Un nuevo aniversario de una guerra interminable

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Cualquier solución será compleja y tendrá costos muy altos. La paz, de alcanzarse, será muy precaria. El dolor y el resentimiento por los muertos, los heridos y los millones de desplazados persistirán.

El pasado 24 de febrero se cumplió un nuevo año de la invasión a gran escala de Rusia a Ucrania, un episodio más de una estrategia de largo aliento de Putin con respecto a sus países vecinos y que, de hecho, comenzó en 2004 con la anexión de la península de Crimea. Las acciones seguidas por Rusia con Ucrania forman parte de una política más amplia desplegada por el líder ruso desde que llegó al poder, en un proceso que tiene que ver con posicionar a Rusia nuevamente como potencia global superando, como dijo el propio Putin, la humillación sufrida en el proceso de desmantelamiento de la Unión Soviética.

Diplomacia rota y ambiciones imperiales: un conflicto que marca el siglo XXI

La guerra que computa en cuatro años cientos de miles de muertos y 1,8 millones de bajas según CSIS y millones de desplazados, modificó para siempre la relación de Europa con Rusia y también el vínculo entre las potencias occidentales. La relación de Rusia con Europa fue atravesando diferentes etapas desde que Putin llegó al poder en el año 1999 como primer ministro, y ocupó el cargo de presidente por primera vez en el año 2000. Todas sus acciones desde su primer día de gobierno indicaban un camino sin retorno, que tuvo su punto crítico en la invasión de la península de Crimea en 2004 y la posterior intervención en el Donbás en el año 2013, detenida parcialmente por los incumplidos acuerdos de Minsk I y II firmados en 2014 y 2015, respectivamente.

Si bien existían señales muy claras del camino que seguiría Putin para evitar una nueva ampliación de la OTAN en países fronterizos (como se preveía con Ucrania, cuyo proceso de acercamiento a la Unión Europea fue frenado por Rusia), Europa apostó a la contención con el liderazgo de Angela Merkel, pero con el llamativo paso de generar una dependencia energética de una potencia agresora. Cabe recordar que el gasoducto Nord Stream 1 se inauguró en 2012, incluso antes de que se cerrara el primer acuerdo de Minsk. Este hecho no deja de llamar la atención y sigue pendiente de explicación, mucho más cuando en 2021 culminaron las obras del Nord Stream 2, que no llegó a utilizarse luego de una inversión millonaria.

La guerra como reflejo de la debilidad de la institucionalidad internacional

La guerra en Ucrania no es solo un resultado de cómo gestionó Europa su relación con Putin, quizás confiando en que no daría el paso que finalmente concretó en febrero de 2022. Esta acción también es el resultado de un fenómeno de mayor envergadura, asociado a la debilidad de las instituciones internacionales y a las emergencias de nuevas potencias, pero principalmente a una definición que Putin adoptó desde su primer día en el poder.

La debilidad de Europa, que desde hace años atraviesa cambios sistémicos, sumada a la debilidad de la política internacional proyectada a nivel global en la Presidencia de Biden, impulsó a Putin a seguir adelante con su ambición expansionista.

La transición o quiebre del Sistema Internacional, constituido luego de la Segunda Guerra Mundial, favoreció el accionar de potencias expansionistas y la activación de un sinnúmero de conflictos latentes. Además, de estos cambios estructurales y aún inciertos en cuanto a su futuro, la aparición de Trump sin duda terminó de agregarle otros delicados ingredientes al ya convulsionado escenario global. Las posiciones del presidente estadounidense en su segundo mandato, tanto respecto a la OTAN como a su relación con Europa, son la razón por la que no existen incentivos del lado ruso para poner fin a una guerra que ya se ha convertido en el mayor conflicto desde la Segunda Guerra Mundial.

La guerra de Ucrania registró diferentes etapas en estos cuatro años, con resultados militares relativamente estancados en cuanto al nivel de ocupación de los territorios, donde Rusia sigue controlando íntegramente la península de Crimea y gran parte de la región del Donbás, entre otros territorios ucranianos. Se calcula que cerca del 20% del territorio de Ucrania está en manos de Rusia. 

Los esfuerzos por alcanzar la paz fueron varios, pero en todos los casos se presentaron acciones desordenadas y una enorme falta de coordinación entre Estados Unidos y Europa, dos aliados que trabajan por separado en las acciones para llegar a una tregua e iniciar el demandado proceso de paz. 

El accionar de Trump intentando avanzar con Rusia en un acuerdo de paz sin Europa ni Ucrania sentados en la mesa, sumado a la humillación que sufrió Zelenski en la Casa Blanca frente a periodistas de todo el mundo por las polémicas apreciaciones del vicepresidente de Estados Unidos (las que a la postre fueron apoyadas por Trump), solo alimentaron la posición de fortaleza de Putin, el que, cabe recordar, fue recibido con honores y aplausos de parte de Trump en su histórico encuentro en Alaska.

Más allá de las diferencias entre las potencias occidentales respecto a la guerra en Ucrania y de la cercanía que ha mostrado Trump con Putin, Estados Unidos sigue apoyando al país europeo, como naturalmente lo hace Europa, que ha reaccionado con firmeza, convencida de que de la evolución de este conflicto depende gran parte de su futuro. Las diferencias con Estados Unidos y sus cuestionamientos a la OTAN, sumados a las posiciones del presidente de Estados Unidos sobre Groenlandia, minaron casi de forma definitiva la confianza entre los países occidentales, lo que, por cierto, es una muy buena noticia para Putin y otras potencias que avanzan en la conformación de nuevas alianzas en un proceso de quiebre del Sistema Internacional.

Los conflictos recientes como la guerra entre Israel y Hamás, la inestabilidad en África, las crecientes diferencias entre Estados Unidos y China respecto a la cuestión de Taiwán, y ahora la nueva guerra entre Irán y Estados Unidos e Israel, ya extendida a los países árabes, sin duda favorecen los intereses de Putin, que no encuentra incentivos para negociar, o mejor dicho para ceder en sus llamadas líneas rojas, como la entrega de los territorios ya ocupados.

Foto: Belga News Agency Los esfuerzos por alcanzar la paz fueron varios, pero en todos los casos se presentaron acciones desordenadas y una enorme falta de coordinación

Conclusión: soluciones complejas y dolorosas

La posible tregua en este conflicto dependerá de hasta dónde están dispuestos a ceder tanto Ucrania como Europa, a partir de lo que a esta altura parece una realidad: Rusia no se retirará de los territorios ocupados, posición que, además, ha sido públicamente apoyada por Estados Unidos. En las negociaciones parece descartarse el ingreso de Ucrania a la OTAN, a cambio de acuerdos bilaterales de seguridad que garanticen la futura integridad territorial del país europeo.

Por otro lado, la Unión Europea, que enfrenta muchos cuestionamientos internos, deberá definir si asume el enorme desafío del ingreso de este país al bloque, lo que abrirá una polémica por parte de muchos miembros que, entre otras cosas, no quieren asumir los enormes costos de la reconstrucción del país.

Cualquier solución será compleja y tendrá costos, lamentablemente mayormente para el país agredido, que tendrá que ceder. La paz, de alcanzarse, será muy precaria. El dolor y el resentimiento por los muertos, los heridos y los millones de desplazados persistirán por siempre, por lo que ya se está ante una guerra interminable.  

Le recomendamos: La paz imperial para Ucrania: entre la lucha regional y el riesgo global

Acerca del autor

Ignacio Bartesaghi
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*Director del Instituto de Negocios Internacionales de la Universidad Católica del Uruguay

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