El centro en la encrucijada: o se consolida o vuelve a ser comparsa en 2026*
Foto: Instituto Nacional para Ciegos

El centro en la encrucijada: o se consolida o vuelve a ser comparsa en 2026*

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El centro político en Colombia tiene, en las próximas presidenciales, una oportunidad histórica. Las siguientes ideas permitirían consolidar su liderazgo nacional.

Este mes se divulgaron encuestas presidenciales cuyos resultados indican que la principal corriente política en Colombia es el centro, o con mayor precisión, el electorado sin definición que no se vincula con la izquierda ni con la derecha. La mayoría de los ciudadanos activos en política considera que ambas vertientes carecen de un proyecto integrador y plantean relatos que dividen a la sociedad. Sin embargo, como mostró la elección presidencial de 2022, ante la fortaleza de una de las dos tendencias, el centro suele adherirse a la eventual ganadora por la falta de un acuerdo programático que articule sus demandas. Si esta situación persiste, el centro volverá a ser comparsa de la izquierda o la derecha en 2026. Para evitarlo, resulta necesario consolidarlo como fuerza autónoma con capacidad para ofrecer un proyecto nacional alternativo.

Este mes también se cumplen cuarenta años de la toma guerrillera y la retoma militar del Palacio de Justicia. Esta conmemoración refleja visiones excluyentes de país, frente a las cuales el centro debe articular una narrativa distinta. La primera sostiene que las fuerzas armadas de Colombia cargan con toda la responsabilidad de los crímenes perpetrados el 6 y 7 de noviembre de 1985. La segunda atribuye a la guerrilla del M 19 y a sus descendientes políticos la responsabilidad total de la violencia de esos días. Estas dos interpretaciones históricas expresan proyectos incompatibles de país.

La primera mirada, asociada con la izquierda, parte de la premisa de que la organización política colombiana es esencialmente violenta, pues a lo largo del tiempo se ha caracterizado por la exclusión política, económica, social y cultural. Una oligarquía bicentenaria habría retenido los recursos esenciales del país, dejando a la mayoría una fracción mínima para su sustento. En ese marco, amplios sectores inconformes intentaron transformar el sistema, pero la misma oligarquía bloqueó las iniciativas mediante el uso de la violencia estatal. La represión contra los reformistas habría alentado la aparición de una minoría que tomó las armas para promover la revolución total y la reivindicación de los sectores explotados. Décadas de lucha armada y millones de víctimas produjeron una condena de la violencia, aunque la idea de la oligarquía que impide el cambio continúa. Por ello, la izquierda contemporánea impulsa reformas no concertadas bajo el supuesto de conocer las necesidades del pueblo mejor que otros actores.

La derecha sostiene que la sociedad colombiana es inmejorable y debe preservarse sin concesiones. Quienes plantean cuestionamientos son presentados como elementos que generan inestabilidad y alteran la concordia social. Por ello, el Estado asume la obligación de vigilar a los antagonistas, armados o no, que ponen en riesgo la cohesión del país. Desde esta perspectiva, los sectores reformistas se interpretan como enemigos internos que la fuerza pública debe contener o neutralizar, en tanto serían simpatizantes de las guerrillas. Tras la desmovilización de los grupos paramilitares y el funcionamiento de la justicia transicional, la derecha redujo su anticomunismo. Sin embargo, persiste la idea de que la sociedad colombiana opera como un conjunto coherente sin conflictos, los cuales serían promovidos por actores externos interesados en destruir el orden existente, ya sea como herederos del comunismo de ayer o como expresiones locales del castrochavismo de hoy. Esta visión conduce a etiquetar como vándalos, cuando no terroristas, a estudiantes y trabajadores que reclaman mejoras en sus derechos mediante manifestaciones.

Como legados de la Guerra Fría, ambos proyectos resultan obsoletos e insostenibles, porque desconocen la trayectoria histórica del país, la pluralidad de la población colombiana, las transformaciones de sus demandas y el contexto regional e internacional. Un proyecto alternativo, ubicado en el centro, debe actualizar los principios republicanos de igualdad y libertad formulados hace dos siglos. Esto implica: 1) relatos de nación acordes con la diversidad colombiana; 2) ampliación de la economía de mercado y distribución del producto mediante políticas tributarias, inversión social e infraestructura para disminuir la desigualdad y cerrar brechas regionales; 3) eliminación de la violencia como herramienta para modificar o bloquear el cambio social; 4) desmantelamiento del crimen organizado en el eslabón principal de su cadena de valor, entre otros puntos.

La consolidación del centro exige acuerdos programáticos sobre estos temas y otros asuntos sustanciales. En síntesis, se trata de respaldar un proyecto socialdemócrata que otorgue coherencia a sus propuestas y supere la idea de un centro sometido al vaivén de la fuerza relativa de la izquierda o la derecha. Es momento de que las bases de los partidos de centro o alternativos definan consensos fundamentales, o serán absorbidos por las dos orillas en una nueva expresión del bipartidismo.

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*Una primera versión de este texto se publicó el 24 de noviembre en Contexto Media.

Acerca del autor

Carlos Diaz
carlosdiaz@razonpublica.org | + posts

* Doctor en Historia por El Colegio de México, docente de la Universidad Tadeo e investigador del Archivo General de la Nación.

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* Doctor en Historia por El Colegio de México, docente de la Universidad Tadeo e investigador del Archivo General de la Nación.

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