Bienal de aprendizaje | Fundación Razón Pública 2025
Foto: Alcaldía de Bogotá

Bienal de aprendizaje

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Llama la atención que en el núcleo central de esta Bienal no haya artistas egresadas de las Facultades de Artes públicas que funcionan en las universidades públicas de Bogotá.

O la impecable transducción de un gobierno improvisado(r). Bien vista, la Bienal Internacional de Arte y Ciudad BOG25-Ensayos sobre la Felicidad, es un infortunado intento por quitarle presión política a su promotor: una Alcaldía Mayor empecinada en la impopularidad, que comenzó quitándonos el agua para pasar a embutirnos en buses que no paran en ninguna parte mientras nos mantiene tragando peligrosas proporciones de asbesto-cemento particulado. Esa misma que se esfuerza a fondo por demostrar que le quedó grande el manejo de basuras, mientras deja que la delincuencia sea quien regule el uso del espacio público —estableciendo fronteras invisibles y toques de queda zonificados. No por nada se asocia este evento de antigestión con la nefanda portada de la revista Semana del 3 de agosto de 2019, donde se defendía el desastre que habría de ser el último gobierno títere de Álvaro Uribe Vélez: un (peligroso) ensayis.

Basado en una premisa curatorial que parece estar entre la gobernanza pasivo-agresiva y el cinismo —¿en serio, “Ensayos sobre la Felicidad”, en la Bogotá actual?—, este evento se ha distinguido por la sobreactuación de sus intervenciones en espacio público, hasta un nivel tal que ha dejado para el recuerdo “obras” no tan memorables por ser concienzudos proyectos de land art, sino éxitos del mercadeo más vil (el camionado de flores que el Día del Amor y la Amistad botó una empresa en la cuadra gomela del canal de la Avenida Jiménez), o el ninguneo más racista (la roca neoliberal de Iván Argote tapando el pedestal ubicado en la Plazoleta que, precisamente, la comunidad misak recuperó en una de las fechas más importantes del reciente Paro Nacional). Todo ello adobado con convenientes pizcas de mezquindad contra el mismo público que no se deja de invitar a través de un cubrimiento tipo influencer nervioso, para que venga a unos espacios donde no lo quieren. No olvidemos que en todo comunicado de prensa relacionado con este evento, cuando se toca el asunto del dinero se señala esta como la Bienal que más dinero ha recibido a lo largo de la historia de la República.

Sin embargo, este manual de contrapromoción urbana no habría sido tan rigurosamente aplicado si sus responsables les hubieran hecho caso a las métricas que advertían bajo todo pronóstico que sería un riesgo enorme dejarse llevar por el embale revisionista o el automanierismo curatorial. Me explico: lo primero tiene que ver con la particular angustia de las influencias que sufre la Secretaría de Cultura de Bogotá, metida de lleno en hacer el Primer Festival Internacional Artístico de lo que sea; lo segundo, a que sus curadores se dedicaron a copiar la iniciativa que hace más de una década ensayó su mandarín supremo, José Ignacio Roca Acosta-Madiedo, en otra ciudad colombiana igualmente agobiada por la falta de carácter gubernamental (y la dombernabilidad) —la Medellín de 2007, donde organizó el, atención al inspirado título: MDE07. 

Más acelerados que aceleracionistas, Secretaría y curadores quisieron expandir la inercia del Festival Internacional de Artes Vivas 2024 hacia el campo de las artes plásticas y visuales. Traducción: no entendieron los cambios que este sector ha experimentado durante los últimos quince años. Spoiler: ninguno de los curadores de esta Bienal ha trabajado con organizaciones de base ni ha realizado curadurías panorámicas de arte actual durante los últimos diez años. 

En fin, una ignorancia supina que quiere ver las artes plásticas bogotanas de 2025 como si estuviéramos en 2007. Y no, ahora estas no son exclusivamente plásticas y visuales, ni exclusivamente producidas por clases medias, ni exclusivamente concentradas en el Eje ambiental. Todo lo contrario, ahora las artistas se forman a través de la gestión de teras de información, se decantan por los ejercicios transmedia, proceden de barrios de clase obrera e intervienen, cooperan y cocrean con comunidades donde ensayan juntas mejores modos de vivir. He ahí una promesa de felicidad social que la organización no quiso valorar. 

La desazón con este Festival comenzó tras hacerse pública la conformación de su Comité. Una vez supimos que lo integrarían Elkin Rubiano —dotado con una microexperiencia curatorial que no supera las dos exposiciones propias—, María Wills —que salió disparada de la dirección curatorial de la Colección de arte del Banco de la República—, Jaime Cerón —curador dependiente de quien solo se sabe cada vez que cualquier gobierno de cualquier tendencia ideológica necesita armar un evento artístico a las patadas— y el experto en sí mismo Roca Acosta-Madiedo, no esperábamos gran cosa. Aunque sí nos dedicamos a barruntar con qué habrían de salir.

Al examinar sus hojas de vida, puedo afirmar que el afán y el lugar común funcionarial fueron las premisas de quienes los invitaron. Otro ataque de analfabetismo contra el campo artístico del país, esta vez bajo la forma de grupo de inexpertos invitados a dar una mirada desactualizada hacia este sector: la promesa de una felicidad rota que solo se disfruta por horas en una mínima porción del territorio sabanero, más la desconexión con modalidades creativas sostenidas por parte de quienes sí se dedican a pensar formas efectivas de construir. 

Por esto, a nadie sorprendió cuando se supo su postulado curatorial. Una cosa que intentaba ser broma infinita, pero no llegaba a burla cruel. Que, además, se fue confirmando a medida que eran desgranados los nombres de las personas invitadas. Cada vez que hablábamos del tema, íbamos perfeccionando un tecnochiste que sintonizaba la metodología de ese cuarteto con la inteligencia artificial generativa. El embeleco ese de la felicidad parecía salido de un prompt redactado a ocho manos y que decía: “Organízame un listado de artistas colombianos vigentes entre 2005 y 2015, uno o dos de sus émulos actuales, súmale cinco artistas mexicanas, porfa, e inclúyele alguna vaina con flores en la parte menos puerca del Eje ambiental. Y Alfredo Jaar”.

La cosa es que el chatbot alucinó a Beatriz González y así quedó el proyecto. Traducción 2: oportunidad perdida para tantas y tantas curadoras serias, con años de experiencia, que se han forjado como expertas en calibrar el devenir de contextos donde participan/se desenvuelven y que han construido/acompañado/programado espacios institucionales capaces de subsistir sin recursos públicos —o sea, no son Arteria—, que forjan en sus comunidades asociaciones de producción y reactivación económica al lanzarse sin complejos hacia territorios desconocidos.

Lo mismo con las universidades públicas. Conjugando el conocido “todo ninguneo es político”, llama la atención que en el núcleo central de esta Bienal no haya artistas egresadas de las Facultades de Artes públicas que funcionan en las universidades públicas de Bogotá. Casi ninguno de la Nacional, menos de la Licenciatura de la Pedagógica y cero del programa de la ASAB. Ojalá sus curadores se hubieran comportado gomelamente y hubieran favorecido a la gente del club: por ejemplo, redundando en la presencia de egresadas del alma máter de artes visuales de la universidad de la ciudad. Digo, si tiene pregrado, maestría y doctorado, ¿por qué sólo la contactaron para poner estudiantes que cuidaran obras y guardaran las llaves durante la muestra?

Sí, toda Bienal es una oportunidad para hacer crecer el turismo —y la gentrificación—, pero llama la atención que las sedes se concentraran en espacios tan desconectados. A pesar del deliberado desconocimiento de la ciudad por parte del Comité curatorial, resulta extraño que dentro de todas las entidades de la Alcaldía que pusieron logo, ninguna hubiera recordado que quizás habría valido la pena preguntarles a las Alcaldías Menores que desde la pandemia han actualizado —en algunos casos bien, en otros mal— las bases de datos de agrupaciones, entidades, fundaciones sin ánimo de lucro y espacios que operan en sus entornos. De pronto así la improvisación habría pasado a ser real inclusión.

Foto: El Chico sin Cabello de Pan. Creador de cómics, ilustrador y casi animador, con un gusto particular por explorar el caos latinoamericano y su interacción con la cultura pop

Termino llamando la atención sobre el autismo institucional de este primer intento. Incoherente que no se hubiera invitado a hacer parte del eje principal de la muestra a la programación de la Luis Ángel Arango o, de nuevo, de la sala de exposiciones de la ASAB. Cito a Federico Ardila Garcés, doctor en historia de la Universidad Nacional (sede Medellín), que en su libro Las tramas del modernismo. Mecenazgo, política y sociedad en las bienales de arte de Coltejer, 1968-1972 nos recuerda que el crecimiento del campo artístico siempre va de la mano con la articulación de entidades que lo acojan satisfactoriamente: al ampliarse el Salón Nacional de Artistas durante la década de 1960, el Museo Nacional de Colombia, “que albergó por muchos años ese importante evento, fue reemplazado en las ediciones de 1966, 1967 y 1969 por un nuevo espacio inaugurado en 1957: la sala de exposiciones de la biblioteca Luis Ángel Arango”.¹ Es decir: campo artístico complejo = mejores instalaciones. Por eso es que todas las muestras alternas de esta Bienal quedaron tan apretaditas: demasiado arte para sitios demasiado chiquitos. 

Pero, en fin, se trata de una bienal. Es decir, queda la esperanza de que dentro de dos años la hagan personas que de verdad conozcan el contexto nacional, no la (des)organicen en un brunch de media hora, no se tiren toda la plata en publicidad para Instagram y, de verdad, hagan algo relacionado con el Arte de una Ciudad cuyos habitantes siempre merecemos algo medianamente mejor (que este gobierno).

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¹ Editado por la Universidad del Rosario, este importante libro de historia del mecenazgo artístico empresarial colombiano del siglo XX fue resultado de una investigación doctoral que también contó con el apoyo del Programa para doctorados nacionales de Colciencias y el Programa para la internacionalización del conocimiento de la Universidad Nacional. Véase, pág. 17

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Guillermo Vanegas
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Docente universitario, crítico de arte, curador y editor

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