
La estatua de Sofía Vergara: glorificación y engaño
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Difícil es creer que un monumento de nariz respingada constituya un homenaje y no otro adefesio que la Alcaldía de Alejandro Char impone en el Gran Malecón, mientras construcciones destinadas a la cultura llevan varios años acechadas por el deterioro del comején burocrático y el olvido estatal.
Una semana después de develar la estatua de 7,5 metros en homenaje a la actriz Sofía Vergara, en Barranquilla, se aplazó nuevamente la entrega del edificio de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico, clausurado hace casi una década. La nueva fecha tiene doble filo: en agosto se entregará sin teatro, y en octubre, con teatro pero sin auditorio, según dijo a El Heraldo este martes durante una visita a la escuela el vicecontralor de la República, Carlos Mario Zuluaga. Si se entrega, entonces, será incompleta. Se había dicho que para septiembre de 2024 estaría lista, pero la fecha cambió como ha cambiado con cada entrega programada. Antes, en 2017, fue cerrada tras el derrumbe de algunos techos y el riesgo de nuevos colapsos. El salón de grabado y un taller de música fueron los primeros en venirse abajo hace quince años, cuando se desplomaron sin dejar víctimas, con excepción de los alumnos y docentes que quedaron en la intemperie académica.
El edificio de Bellas Artes es una mansión republicana ubicada en el corazón de El Prado, un barrio centenario donde han desaparecido incontadas edificaciones que hoy serían patrimoniales. En un barrio vecino, contiguo al popular barrio Abajo, el Amira de la Rosa —el teatro de la ciudad— también lleva varios años acechado por el deterioro del comején burocrático y el olvido estatal. Después de mucha expectativa e incertidumbre, en 2018 el Banco de la República lo recibió en donación y se hará cargo del recinto, pero la Alcaldía y la Gobernación lo han asumido como un incordio, y solo aparecen —como en Bellas Artes— para anunciar fechas o cortar cintas que luego resulta que hacían parte de una simulación. Puro teatro, como se dice.
De modo que si Sofía Vergara quisiera —porque no nos cuesta soñar— impartir clases de actuación en su ciudad natal, o recibirlas si fuera una estudiante, o asistir a una obra como espectadora, la tendría sumamente difícil con las salas y aulas teatrales en obra negra o amenazando ruina. O qué digo: ya la tienen difícil los que estudian una carrera profesional de arte, música, teatro, danza, y los que tratan de promover o hacer cualquier actividad cultural en la ciudad. Incluso los hacedores del Carnaval, que cada año desfilan y organizan bailes y eventos con el trabajo solitario de sus uñas; solo al recibir “homenajes” son rodeados por funcionarios que los buscan para sacarse una foto enmarcable.
Más difícil es creer, ahora, que un monumento de nariz respingada como de bisturí, constituya un homenaje y no otro adefesio que la Alcaldía de Alejandro Char impone en el Gran Malecón. Con sus ocho años de vida, este espacio, que inauguró los trancones y las visitas por el río Magdalena en Barranquilla, es tratado por la Alcaldía como la sala de su casa con el pretexto de seguir dotándolo de atractivo turístico. En la misma orilla, flanqueada por árboles raquíticos y vallas salpicadas de herrumbre, se inauguró, en diciembre de 2023, la escultura de otra famosa barranquillera, Shakira, hecha por el mismo escultor, Yino Márquez (responsable también de las estatuas de los cantantes Joe Arroyo y Esther Forero en otras zonas de la ciudad). Impulsadas por el posteo en redes sociales de las mismas artistas, las noticias de los monumentos a Shakira y Sofía Vergara resonaron en los medios del mundo. Tal vez porque han dado el resultado esperado, el día de la inauguración de la estatua de la actriz —10 de julio, en su cumpleaños— se anunció un “Paseo de la Fama”, un guiño a la avenida hollywoodense en la que Vergara plantó sus huellas. Esta exhibición de maniquíes —todos con el sello de lo inexpresivo o expresivamente vacuo— que contribuyen a divulgar el mensaje prefabricado del orgullo local solo será viable a través de un acto propio de una administración desmemoriada y acéfala: trasladar otras esculturas, que llevan años en otros lugares, hasta el muelle turístico con sus vecinas de metal fundido. Como quien mueve un portarretrato al pasillo principal para que todos lo admiren.
No tengo nada que añadir sobre los sobrados dones y méritos que tienen estas estrellas para ser homenajeadas, ensalzadas o esculpidas. No hay, sin embargo, motivo para que un mismo escultor —¿el oficial?— se ocupe de embalsamarlas a todas. A veces, como en los ready-made, se hace ‘arte’ con lo que no es o no lo parece a primera vista. Otras, con lo que se considera o es ‘artístico’ se hace basura o algo más deleznable: politiquería. Mientras la Alcaldía nos vende la porción de ciudad en la que decidió poner el dedo, en el centro, a unos tres kilómetros del Gran Malecón, la nueva sede del Museo de Arte Moderno de Barranquilla se encuentra hace tiempo inconclusa. Dicen que se entregará en noviembre, después de acumular el polvorín que le arroja su vecino, el Parque Cultural del Caribe, otro espacio clausurado junto a su Museo del Caribe y que carece de una fecha —una cifra aplazable— de recuperación. Probablemente ninguno de estos lugares se mencionó en el reciente Foro de Desarrollo Local de la OCDE que la Alcaldía aprovechó para inaugurar e invitar a ver la nueva estatua.

El Gran Malecón, con sus restaurantes del Caimán del Río, sus parques infantiles, ciclorruta, jardines enanos, bancas, islas y plazas de comidas y su permanente estado de feria a lo largo de cinco kilómetros de ribera, se diseñó como un espacio para que Barranquilla dejara de darle la espalda al Magdalena, frente al que ahora se construyen costosas torres de apartamentos y se acogen eventos de toda clase. Allí, como si posaran para las fotos y selfies, las nuevas esculturas sí le dan la espalda al río. Pero bien pensado: no iban a mirar a las aguas para contemplación de las iguanas, las garzas, los paseos por el Magdalena o las ocasionales vaharadas de podredumbre salitrosa. Igualmente, la creación de estas esculturas le da la espalda a la ciudad, y poco se articula con sus deteriorados —pero existentes— procesos culturales. Que hayan participado, en la elaboración, estudiantes de la Escuela Distrital de Artes (EDA), que la Alcaldía ha querido disfrazar de una universidad (que no es) solo tiene peso anecdótico, pues sus nombres ni siquiera figuran en la placa al pie del monumento. La cobertura de la prensa local ha sido cómplice de un mensaje zalamero, y en los últimos años ha contribuido a la glorificación de paralelepípedos sin ninguna gracia ni significación, pero con mucha visibilidad, como la Ventana al mundo y la Aleta del tiburón, fabricados en honor a un evento deportivo y al Junior F. C.
Tanta erección de monumentos es, además de ¿fálica?, inconducente. Es evidente que intentan elevar el orgullo entre paisanos y cultivar una idiosincrasia a fuerza de hierro y hormigón, mientras son saqueados los teatros, los museos, los espacios públicos y la universidad pública. Por no mencionar las extorsiones, otro sistema empeñado en el desangre, que en el último lustro ha obligado a cerrar más de 250 locales comerciales y asesinado a tenderos (¿otra omisión en la agenda OCDE?). Por eso, en vista de la invasión de efigies doradas que se avecina, el problema no es establecer si las esculturas son “feas” o no —que es solo una parte, y no menor, del asunto—, o si sirven para tomarse selfies o atraer visitantes y turistas, sino que su emplazamiento resulta impositivo, inconsciente y arbitrario. Hay jóvenes —barranquilleros, sí— que ni siquiera saben quién es Sofía Vergara y acaban de enterarse gracias a una escultura que parece puesta para la difusión de un engaño: que en la ciudad se valora y promueve el arte. Pero ningún artista se homenajea creando espacios para venerar ciegamente su imagen. La tendencia a convertir a los artistas en figurines sin ninguna relación con nada es otra muestra del desprecio por las condiciones en que se gesta su trabajo, incluso cuando han sido consagrados mundialmente. Y poco importa si las agasajadas aplauden el homenaje: la escultura no se hizo para reacción de ellas. Aunque la ciudad ya arde con la pregunta: ¿cuándo vendrá la Toti a verla, a verse, a vernos?
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Acerca del autor

Kirvin Larios
*Escritor y periodista cultural nacido en Barranquilla. Autor del libro de relatos Por eso yo me quedo en mi casa. Ganador del Tercer Concurso de Crítica Literaria de la revista mexicana Letras Libres y el Premio Nacional de Periodismo Digital Xilópalo.
4 comentarios





Excelente nota de opinión, refleja la poco o nula política pública que sobre cultura ha elaborado la alcaldía de Barranquilla. Más cemento y menos cultura.
Se le olvida al columnista que la gran mayoría de los espacios de los que habla son responsabilidad del MinCultura, BanRepublica, y Gob. del Atlántico, solo el MAMB es responsabilidad de la Alcaldía. Que estentlocalizados en Bquilla no hace que sean responsabilidad de la Alcaldía.
Respecto al malecón, muy a su pesar, es el principal espacio pode la ciudad y el más utilizado por los bquilleros que llegan de todos los barrios de la ciudad.
Crecí en la ciudad sin ver nunca el río, solo se podía ver cruzando el puente Pumarejo o yendo a Las Flores. Me alegra que ahora todos en la ciudad nos relacionamos con el río.
Qué bien que en un medio como Razón Pública se le dé visibilidad a lo otro que pasa en Barranquilla, que no son solo los shows montados para mostrar una ciudad perfecta.
Interesante artículo.