La academia muerta | Fundación Razón Pública 2025
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La academia muerta

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La academia ha muerto, o más bien ha sido torturada lentamente hasta su agonía. Es el fin de la academia como la conocimos. Después de siglos de tradición y transformación, se ha llegado a un punto de inflexión histórico. La academia, en su forma clásica –aquella concebida por Platón desde el origen mismo de su nombre– ha concluido su ciclo.

Hace un tiempo leí en The Atlantic un concepto que me llamó mucho la atención: el de “Internet muerto”. Esta expresión, aunque rodeada de un aura conspirativa, hace referencia a cómo las nuevas dinámicas en la red y el creciente flujo de información ya no se dan principalmente entre seres humanos. Gran parte de estos datos son ahora intercambiados entre bots o inteligencias artificiales que operan las 24 horas del día, alrededor del mundo, desde los epicentros de intercambio de información. Llegué a pensar que, tal vez, estamos exagerando al imaginar un posible apocalipsis digital. Llamarlo “Internet muerto” me parecía un tanto dramático. También consideré que esta realidad, de ser posible, ocurriría sólo en el mal llamado “Primer mundo” o en los principales núcleos de desarrollo e innovación digital como Silicon Valley y Shenzhen.

Con el tiempo comprendí que no era exactamente como lo imaginaba. Tal vez ese Internet muerto está mucho más presente en la vida diaria de lo que creemos. Hoy, se ha instalado silenciosamente en nuestra cotidianidad, como parte inevitable de nuestra rutina, como el pan de cada día.

Con el surgimiento, la consolidación y la expansión imparable de la Inteligencia Artificial (IA) –que ya no se limita al texto, sino que abarca video, audio, presentaciones y mucho más– la red se ha visto saturada de contenido generado por máquinas. Lo más inquietante es que es la misma IA la que alimenta y retroalimenta la red con más contenido artificial, en un ciclo que parece no tener fin.

Ahora, el concepto ya no me parece tan descabellado. De hecho, diría que no solo es Internet lo que parece haber “muerto”. Con la llegada de la IA, Internet es solo un escenario de muchos que funcionan sin la intervención directa de la conciencia o de la vida humana. No quiero sonar trágico, pero me resulta inquietante pensar en un mundo que siga operando aunque nosotros ya no estemos plenamente presentes en él. De hecho, las industrias y empresas comenzaron a transformarse –y a morir en cierto sentido– desde hace mucho tiempo, incluso desde la Revolución Industrial. Con la tecnificación de los procesos productivos, una sola máquina ensambladora reemplazó a cientos de trabajadores. Muchos espacios antes dominados por seres humanos han sido ocupados por máquinas. No necesariamente por inteligencias artificiales, pero sí por una forma de automatización que, al no estar viva, podría considerarse una automatización que expulsó –o incluso “asesinó”– la presencia humana del ámbito laboral.

Lo que comenzó a ser reemplazado fue lo asociado con lo mecánico y repetitivo. Se creía que ese sería el límite: que las máquinas solo sustituirían al ser humano en tareas simples y reiterativas. Al principio, pensadores como Wiener, Maynard e incluso Marx advirtieron sobre los peligros de este reemplazo. Pero otros minimizaron esas preocupaciones, al considerarlas temores infundados. Aseguraban que ese cambio liberaría a la mente humana y le permitiría dedicarse a actividades más creativas, complejas y “auténticamente humanas”.

No obstante, estas visiones omitían una pregunta fundamental: ¿Quiénes realmente tendrían acceso a esos trabajos intelectuales? ¿Quiénes quedarían fuera de ese privilegio? Incluso la educación, tanto universitaria como escolar, comenzó a verse afectada. Los docentes empezaron a preocuparse por su posible reemplazo, y la educación –como institución cultural milenaria, históricamente resistente al cambio– también empezó a inquietarse.

En muchos espacios educativos todavía persiste el modelo tradicional: el maestro al frente, el estudiante como receptor pasivo. Un enfoque largamente cuestionado por Paulo Freire, quien criticó con fuerza la llamada “educación bancaria” y propuso, en su lugar, una pedagogía liberadora centrada en el diálogo, la participación y la reflexión crítica.

A pesar de estas reflexiones y avances, el temor nunca desapareció. Intelectuales de renombre reconocían: “Sí, hay miedo… pero no importa”. Lo mismo ocurrió con la invención de la imprenta y con cada gran transformación tecnológica en la historia: primero desconcierto, luego rechazo y, finalmente, adaptación. Algunos llegaron a hablar de un “homicidio masivo” del papel docente: aulas vacías, profesores reemplazados por computadoras y una educación deshumanizada.

Otros, en cambio, desestimaban tales visiones como exageradas, propias de una postura apocalíptica que no se correspondía con la realidad. Argumentaban que el miedo era comprensible, pero infundado; que la tecnología no sustituiría al maestro, sino que lo potenciaría.

Y, sin embargo, la historia se repite. Primero fue la escritura, luego la máquina de escribir, después su versión eléctrica, más tarde el computador y, finalmente Internet. En cada una de estas etapas emergió el mismo miedo: que la tecnología transformara radicalmente la docencia, desplazara al maestro o incluso desmantelara las formas tradicionales –y por mucho tiempo consideradas incuestionables– de construir conocimiento.

Cuando llegaron los computadores y luego el acceso masivo a Internet, surgieron nuevas alarmas. Algunos pensaban que “Ctrl C” y “Ctrl V” marcarían el fin de la educación, que los jóvenes ya no podrían aprender de verdad, que el pensamiento crítico iba a desaparecer. Era, sin duda, una visión extremista, pero fue muy extendida en su momento.

Sin embargo, la realidad fue otra: poco a poco nos fuimos adaptando. Luego llegó Google y, con él, nuevas preocupaciones. Ya no era solo el copiar y pegar: ahora se podía buscar cualquier cosa. Y surgió otra inquietud: ¿si todo está en Google, qué sentido tiene aprender? ¿Cómo van a estudiar los jóvenes si ya no necesitan memorizar, si no necesitan al docente como antes? El temor reaparecía.

Los grandes fatalistas, los llamados “apocalípticos” con una visión extremista, advertían que la educación perdería su poder, su esencia, su razón de ser. Por otro lado, estaban los críticos optimistas, los “integrados” –siguiendo la clasificación de Umberto Eco–, los tecnofóbicos y los tecnofílicos, los que celebran la tecnología y los que la temen. Todos, desde sus diferentes posturas, coincidían en algo: en cada revolución tecnológica se desata el mismo ciclo de miedo, resistencia, adaptación y transformación.

Decían que “esto siempre pasa”, que “la gente siempre termina adaptándose”. Y tenían razón… hasta cierto punto. Porque con la llegada de la IA, el ciclo parece haberse repetido, pero con una intensidad inédita. Nuevamente surgió el temor: ¿qué va a pasar si la IA puede hacer los trabajos por los estudiantes? ¿Qué lugar queda entonces para el aprendizaje auténtico?

Y claro, como docentes, no somos policías. No estamos ahí para vigilar, para perseguir, para sospechar de todo. Pero, aun así, muchos se ven obligados a pasar horas usando detectores de IA para confirmar si un texto fue generado por una máquina. Lo irónico es que esos detectores también son IA. Y luego surge otra IA que puede “humanizar” los textos generados para que no parezcan hechos por IA. Es un juego infinito, una carrera entre inteligencias artificiales, donde el ser humano parece cada vez más un espectador.

Al final, tanto los extremistas y fatalistas como los integrados, optimistas o tecnofílicos terminan en el mismo punto: todos están utilizando IA, ya sea para combatirla, adaptarse a ella o resolver problemas generados por ella.

El entorno educativo –como muchos otros– comienza a impregnarse de IA. Ya no como una herramienta externa: ahora es parte integral del proceso, del conflicto, de la solución, del cuestionamiento… e incluso del problema. La IA ha permeado todos los niveles del sistema educativo, desde las aulas escolares hasta los espacios universitarios y de investigación.

En un comienzo, muchos docentes reaccionaron con alarma: se indignaban al descubrir que sus estudiantes usaban estas herramientas para elaborar sus trabajos. Con el tiempo, esa indignación se fue disipando, especialmente cuando los mismos docentes empezaron a aprovechar la IA para corregir, resumir, diseñar rúbricas o formular exámenes. Lo que fue inicialmente una condena tajante, terminó en una contradicción evidente: se reprende el uso de IA por parte del estudiante, pero se recurre a ella para evaluar su desempeño.

Hoy, la academia –desde la educación básica hasta la universidad– se ha convertido en gran parte en una conversación entre inteligencias artificiales, con intervención humana limitada. Estudiantes presentan trabajos generados por IA, mientras los docentes los califican con el apoyo de otras herramientas similares. Lo que parecía impensable hace pocos años, hoy es una práctica habitual.

El ámbito académico se ha transformado en un circuito de automatización: un ciclo en el que gran parte del contenido es generado, procesado y evaluado por herramientas inteligentes, mientras los humanos actuamos más como árbitros que como protagonistas. Esta realidad no se limita a la educación. En la investigación científica ocurre algo similar: los experimentos se diseñan con software asistidos por IA, el análisis de datos lo realizan algoritmos, los artículos se redactan –al menos parcialmente– con herramientas automatizadas, y hasta las revisiones por pares se hacen con IA. Incluso las respuestas a los revisores son, en muchos casos, generadas por la misma tecnología. El resultado es un panorama académico desolador, donde el diálogo genuino entre conciencias humanas –lo que hemos entendido como comunicación– parece diluirse entre capas y capas de automatización.

Lo mismo ocurre con las tesis: las corrigen utilizando IA, elaboran conceptos con IA y luego los propios estudiantes las ajustan… también con IA. Todo termina por convertirse en un monólogo entre inteligencias artificiales, o quizás en una diatriba, una conversación interminable entre máquinas que simulan el pensamiento humano.

Y esto es lo que bien podríamos llamar la academia muerta. Hoy muy pocas personas viven verdaderamente el proceso de creación del conocimiento sin la asesoría, la intervención o la total permeación de la IA. No estoy aquí siendo apocalíptico, ni tampoco haciendo una apología ingenua de la tecnología. Constato lo evidente: aquel concepto de Internet muerto ha dado paso, ahora, a la academia muerta.

Sí, la academia ha muerto, o más bien ha sido torturada lentamente hasta su agonía. Y no me refiero a su desaparición literal, sino al fin de la academia como la conocimos. Después de siglos de tradición y transformación, hemos llegado a un punto de inflexión histórico. La academia, en su forma clásica –aquella concebida por Platón desde el origen mismo de su nombre– ha concluido su ciclo. A esto se suma la crisis del modelo universitario contemporáneo, en el que muchos estudiantes ya no encuentran sentido a asistir a la universidad para aprender aquello que desde hace décadas está disponible en Internet, de forma gratuita y accesible.

Lo que ocurre hoy con la IA es apenas la culminación de un proceso que venía desgastando el corazón mismo de la vida académica. Ya nada será igual. Desde la irrupción de la IA, el mundo ha cambiado de forma radical. Y aún más evidente es que la academia también ha mutado. Lo que alguna vez fue un proceso de construcción de conocimiento basado en el diálogo humano, la reflexión compartida entre maestros y estudiantes, está experimentando una modificación irreversible. Hoy, más que actores centrales, somos testigos: observamos cómo una nueva forma de inteligencia –artificial– comienza a protagonizar la creación y el desarrollo del conocimiento del futuro.

No se trata solo de la ausencia de vitalidad biológica en los espacios de aprendizaje; incluso con cuerpos presentes, con estudiantes y docentes vivos, respirando y con corazones latiendo, la sensación es la de una inercia automatizada. Se ha perdido el pulso humano. Estudiantes entrenados para obedecer, repetir, memorizar sin sentido; docentes que parecen haber olvidado que frente a ellos hay personas que sienten, dudan, padecen, necesitan ser vistas.

El declive comenzó cuando el sentido fue desplazado por el número. Cuando todo se volvió indicador y se empezó a evaluar el valor de la educación únicamente por métricas, estándares y resultados, se comenzó a desdibujar lo esencial: la vida. En ese afán de medir todo, se asfixió la creatividad, se apagó la chispa del pensamiento auténtico, se erosionó la posibilidad del vínculo humano en la enseñanza. La IA, que podría ser una herramienta para liberar a los docentes del exceso de tareas administrativas y permitirles enfocarse en lo fundamental –acompañar, provocar el pensamiento, dialogar–, corre el riesgo de convertirse en una nueva trampa de automatización que ahonda aún más el vacío. Lo que debería enriquecer la experiencia pedagógica termina por suplantarla.

En este escenario, muchos docentes, movidos por una genuina preocupación, han buscado en las redes nuevas estrategias pedagógicas que integren la IA. Sin embargo, la mayoría de esas propuestas reproducen la lógica de lo inmediato, lo superficial, lo mecánico. Se automatizan tareas, se replican formatos, se privilegia la rapidez sobre la profundidad. El lenguaje que circula es cada vez más plano, más funcional, menos crítico. Se entrena para responder, no para comprender; para producir, no para transformar.

Y surge una pregunta esencial: ¿qué papel nos queda como seres humanos en este ecosistema? ¿Estamos destinados a ser simples receptores de la información que las máquinas generan? ¿O todavía podemos convertir ese conocimiento en algo con sentido, con historia, con humanidad? Porque si la IA produce conocimiento, pero carece de experiencia, nosotros deberíamos dotarla de sentido. De lo contrario, seríamos apenas su huella biológica, su sombra pasiva.

La paradoja es inquietante: la promesa era que la IA nos liberaría para dedicarnos a lo más creativo, a lo más profundamente humano. Sin embargo, asistimos a una inversión irónica de los papeles: ahora es la IA la que compone música, escribe poesía, desarrolla teorías filosóficas, mientras los humanos –cada vez más presionados por el rendimiento y la inmediatez– consumen, copian, repiten. Este contraste no debería ser ignorado ni normalizado.

Aun así, queda una posibilidad. Tal vez la nueva academia redescubra el valor insustituible de la experiencia para la construcción del conocimiento. Tal vez los estudiantes vuelvan a las aulas no solo para cumplir requisitos, sino para vivir la experiencia de pensar con otros, de crear, de equivocarse, de imaginar. Tal vez entendamos que el conocimiento no es solo acumulación de datos, sino vivencia compartida. Y en ese redescubrimiento, la academia podría renacer: no como archivo de saberes encapsulados, ni como fábrica de títulos, sino como un espacio vivo de encuentro donde la tecnología acompañe, pero no suplante; donde el conocimiento no solo se transmita, sino que se cree colectivamente, con el corazón y con la mente.

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Acerca del autor

Alvaro Acevedo
aacevedo@razonpublica.org | + posts

*Antropólogo, poeta y ensayista. Magíster en comunicación y desarrollo, magíster en educación y cibercultura, doctor en bioética. Profesor e investigador de la Universidad de la Costa. Profesor de la IED Brisas del río, director del grupo de investigación Community.

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Alvaro Acevedo

Escrito por:

Alvaro Acevedo

*Antropólogo, poeta y ensayista. Magíster en comunicación y desarrollo, magíster en educación y cibercultura, doctor en bioética. Profesor e investigador de la Universidad de la Costa. Profesor de la IED Brisas del río, director del grupo de investigación Community.

2 comentarios de “La academia muerta”

  1. Suena aterrador y, sin embargo, además de reconocer una visión tan certera, este excelente análisis, tan bien formulado, para los que desconocemos el tema, aún nos deja un pequeño espacio de esperanza, muchas gracias al autor y a la revista.

  2. De reconocer que con la IA se estarían creando nuevos valores en la academia, el asunto es hacerlos conscientes a las audiencias del espacio digital, para ello debemos reconocer que : i) la muerte del modelo clásico de enseñanza puede ser el nacimiento de una nueva pedagogía del encuentro; ii) la saturación de IA puede obligarnos a redefinir qué significa aprender, pensar, dialogar; y iii) el desgaste institucional académico, puede abrir paso a formas comunitarias, transdisciplinarias y públicas del saber. Allí, aunque su texto no lo dice explícitamente, se hace una llamada a las ciencias sociales. En un mundo donde las humanidades y la educación están siendo desplazadas por lógicas de eficiencia algorítmica, las ciencias sociales pueden y deben cumplir tres funciones fundamentales: i) Las ciencias sociales no estudian solo datos: estudian vivencias, relaciones, emociones, poder, cultura, sufrimiento y esperanza. Son las disciplinas mejor equipadas para defender la singularidad del ser humano ante la estandarización digital; ii) su artículo sugiere que podemos automatizar la evaluación, la escritura, la docencia. Pero ninguna IA puede dotar de sentido vivencial y ético al conocimiento. Las ciencias sociales, como heredera del pensamiento crítico (Freire, Foucault, Habermas, Fanon, Arendt…), son esenciales para preguntar “¿para qué y para quién es este conocimiento?”; y iii) Cuando la educación se vuelve cuantificación (indicadores, estándares, métricas), se despolitiza. Las ciencias sociales pueden devolverle su carácter transformador: volver a formar sujetos críticos, activos, participantes. No solo reproducir lo dado, sino imaginar lo posible.

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