Alvaro Acevedo, autor en Razón Pública
Foto: Pxhere

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Vivimos en un mundo sin empatía, consumido por superficialidades absurdas. Los medios de comunicación se encargaron de llevarnos a ese mundo, y por eso la infancia vive adormecida bajo los efectos de las redes sociales.

Álvaro Acevedo Merlano*

La metáfora de la fiesta

Luis organiza una fiesta en su casa a las 8 pm.

A esa hora llegan Manuel y Carlos, quienes empiezan a tomar licor. Dos horas más tarde llega Pablo, que está bajo los efectos de la cocaína. Se dirige a la cocina por un poco de agua.

A las 11 pm llega Regina y es recibida por Luis. Ambos pasan por la sala, donde Manuel y Carlos están discutiendo. Luis conduce a Regina hacia la cocina y regresa a la sala. Ahí observa que la discusión entre Manuel y Carlos se complicó, pues Carlos está golpeando brutalmente a Manuel. Él intenta separarlos pero es inútil.

En ese preciso momento llegas tú, tocas la puerta y Luis corre a abrir. Al instante, Carlos deja de golpear a Manuel y él, muy adolorido, decide devolverle un golpe para defenderse de su agresor. Cuando entras lo único que logras ver es el golpe de Manuel. Inmediatamente piensas que Manuel es el agresor. Empiezas a compartir con todos, pero ignoras lo que hizo Carlos y acusas mentalmente a Manuel.

Luís, como anfitrión, hace lo posible para que no te enteres de lo que pasó antes de que llegaras porque es más amigo de Carlos que de Manuel.

El papel de los anfitriones en esta realidad lo cumplen los medios de comunicación. Son “nuevas” tecnologías ideologizadas e ideologizadoras, pues son los artífices de las realidades que quieren plasmar.

En un momento te levantas por un poco de agua a la cocina y, como no sabes dónde está, Luis te guía. En la cocina Pablo está tratando de violar a Regina, pero no lo puedes ver porque Luis, al percatarse, evita que llegues ahí. Luis miente y te afirma que solo están jugando, que así se tratan ellos, que no está pasando nada. Te logra persuadir de que vuelvas a la sala y sigas en la fiesta.
Foto: Pexels - En la actualidad, los acontecimientos duran en la memoria colectiva solo por pocas semanas debido al gran flujo de información que circula en la red.

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Creadores de realidad

El papel de los anfitriones en esta realidad lo cumplen los medios de comunicación. Son “nuevas” tecnologías ideologizadas e ideologizadoras, pues son los artífices de las realidades que quieren plasmar.

Evidentemente, construidas de acuerdo con los intereses de quienes los financian. Por eso fabrican cortinas de humo para evitar que las generaciones emergentes comprendan lo que está pasando.

Los medios trabajan incansablemente para evitar que sepamos que el agredido se está defendiendo de una tradición plagada de abuso y avasallamiento, y lo que hace es luchar por recobrar la humanidad de la que fue despojado en el pasado, de recuperar el derecho que le fue usurpado.

Lastimosamente se encargan de que no sepamos que están violando a esa amiga en la cocina, a esas millones de Reginas que son ultrajadas. Nos dicen todo el tiempo que no está pasando nada, que esa es la manera normal como se desarrolla la fiesta.

Los anfitriones son responsables de que los recién llegados crean que la fiesta comenzó con su llegada, así que ocultan verdades previas. Además, seleccionan cuidadosamente elementos de la historia que más les convengan para hacer una colcha de retazos que luego bautizan como realidad. De esta manera evitarán mencionar muchas injusticias para deslegitimar el valor de las luchas y la resistencia.

Muchos nunca llegaremos a preocuparnos o a poder indagar sobre el pasado, por lo que apoyamos o rechazamos ideas sin comprenderlas del todo.  Por eso caemos en una falsa libertad y más en la realidad capitalista que vivimos. Nos sentimos libres de elegir en un mar de mercancías tangibles o digitales, pero no vemos quién escogió los productos.

Por otro lado, vivimos con la constante presión de comprar nuestra vida. Trabajamos incansablemente, la mayoría, para poder pagar nuestros gastos y ahorrar lo suficiente para morir dignamente. Aunque eso debería ser lo mínimo.

La juventud hipermediada, hipervinculada e hiperveloz

Ahora, la juventud es vista como la edad adulta en potencia, como una fase temporal pensada siempre en el futuro y no en el presente. Esta desconexión del presente hace que las nuevas generaciones vivan en un mundo de fantasía, utópico, y no en la realidad actual.

Estamos cada vez más cerca de una realidad distópica, como en las películas, donde los seres viven en una perpetua amnesia social. Quizá Saramago se adelantó al pensar en un mundo de ciegos.

A esto se suma el ritmo acelerado de la vida contemporánea. La hipervelocidad con la que se desencadenan los acontecimientos hace que un hit musical, una película exitosa, un video viral, una marca reveladora, o hasta la vida útil de un meme, permanezcan en la memoria colectiva por unas cuantas semanas. Luego el acontecimiento será reemplazado por otro de igual o menor utilidad.

Las nuevas generaciones, con ese impulso veloz, consumen contenidos a una velocidad acelerada —1.5x o 2.0x—. Sencillamente no hay tiempo que perder. Este ímpetu pone un velo sobre el mundo que se habita, como si los sentidos perdieran su propia esencia. Las nuevas generaciones están desapegadas del mundo, porque no reconocen lo que está delante de sus ojos.

Además, la aceleración dio pie a un mar de información imposible de asimilar. Por eso encontramos individuos incapaces de vincularse con una cultura; las nuevas generaciones no cuentan con el tiempo necesario para apropiarse de alguna manifestación sociocultural.

Muchos nunca llegaremos a preocuparnos o a poder indagar sobre el pasado, por lo que apoyamos o rechazamos ideas sin comprenderlas del todo. Por eso caemos en una falsa libertad y más en la realidad capitalista que vivimos. Nos sentimos libres de elegir en un mar de mercancías tangibles o digitales, pero no vemos quién escogió los productos.

Último, pero más aterrador, es el hecho de que la celeridad actual hace que la memoria sea mucho más selectiva y caprichosa. Cuando estamos en un mundo acelerado no alcanzamos a guardar recuerdos porque no somos conscientes de lo que nos sucede. Hoy, por ejemplo, los grandes artistas temen al olvido, convertirse en espejismos pasajeros que abundan en esa red de todos y de nadie, donde estamos virtualmente unidos, donde estamos conformados por códigos binarios.

Así, los que algún día fueron referentes, hoy no son recordados más que un meme gastado. Los humanos nacen y mueren, con tal rapidez y constancia, que quienes no sean atrapados por el agujero negro del olvido, serán los héroes del mito en el nuevo amanecer.

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Alvaro Acevedo

Escrito por:

Alvaro Acevedo

*Etnógrafo, antropólogo, poeta, narrador y ensayista, profesor e investigador a de la Universidad de la Costa, doctorando en bioética, magíster en Educación y cibercultura, magíster en Comunicación y Desarrollo, director del grupo de investigación Community.

ISSN 2145-0439

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