Alice Munro. La vista desde Castle Rock (2009) - Razón Pública
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Alice Munro. La vista desde Castle Rock (2009)

Escrito por Patricia Trujillo

Alice Munro. La vista desde Castle Rock (2009)

Patricia Trujillo

Una niña, hija de granjeros, camina todos los días a la escuela. En su primer año de bachillerato, su ruta coincide con la de una niña vecina, un año mayor. La niña se siente importante al caminar con Dahlia y hablar con ella, pues es popular en la escuela, a pesar de venir de una familia poco respetable, pues tiene un padre violento y una madre que va siempre con botas de goma y un abrigo gastado. Un día, Dahlia le avisa que no seguirá caminado con ella porque se irá a vivir con su hermana mayor. Meses después, Dahlia la alcanza a la salida de la escuela. Va a acompañarla, dice, porque quiere ir a casa de sus padres. No va de visita. Va a espiar desde los arbustos cercanos, a cerciorarse de que su padre no está golpeando a su hermano menor. Ambas se esconden y observan cómo el padre y el hermano entran las vacas al establo. El padre cojea, y Dahlia se alegra. Quisiera tener una pistola, dice, y matar a su padre. Pasaría un tiempo en prisión, pero él se llevaría su merecido. La niña se pregunta por qué Dahlia se lo cuenta. Más tarde, convierte esta historia en una anécdota para divertir a su familia: "había aprendido cómo hacer esto de manera que no se me regañara por ser sarcástica o vulgar, o que se me dijera que era demasiado lista para mi propio bien. Había llegado a dominar un estilo inexpresivo, casi recatado, que hacía reír a la gente incluso cuando creía que no debía reírse, y que hacía difícil decidir si yo era inocente o maliciosa".

Esta anécdota es parte de "Padres", uno de los cuentos del último libro traducido al español de Alice Munro, titulado La vista desde Castle Rock (el libro se publicó en el 2006; la traducción es del 2009). La cita puede tomarse como una definición, indirecta, del estilo de la escritora canadiense. A menudo, sus  narraciones son descritas como sencillas, sin pretensiones, sin estratagemas narrativas evidentes y "sin juegos pirotécnicos".  Se admiran los mecanismos, casi  imperceptibles, por los que penetra en el punto de vista de sus personajes y provoca la empatía con ellos. Se admiran también los sutiles cambios de registro, de tiempo o de punto de vista que provocan resonancias en eventos aparentemente cotidianos y carentes de importancia.

Estas resonancias aparecen en "Padres" a través del contraste entre tres historias diferentes. Una es la de Dahlia; otra es la de Frances, una niña un poco menor que la narradora y con quien también caminó hacia la escuela. Frances es hija de dos norteamericanos, recién llegados al pueblo. Podría pensarse que el origen citadino y los vestidos finos de Frances la harían una niña popular entre sus compañeras. En realidad, sucede lo contrario. Pronto es convertida en objeto de burla. El relato sugiere que esto es, en parte, culpa de la narradora. A pesar de ello, Frances sigue haciendo esfuerzos para hablar con la narradora camino a la escuela, y la invita a comer en su casa. Durante la comida, a la narradora le desconciertan las atenciones y las bromas de los padres de Frances, y sus demostraciones de cariño, pues contrastan con la rígida autoridad de su familia. La cercanía de los padres de Frances a su hija la enferma un poco, le parece una invasión de su privacidad. Y, sin embargo, a pesar de que esta visita es tan singular, o más, que su campaña de espionaje con Dahlia, la niña no cuenta nada a su familia.  Quizá hay algo atractivo en la comida que nunca antes había probado, en el árbol de navidad y en las revistas de cine que tiene Frances; quizá siente una cierta culpa al no haber intentado trabar una verdadera amistad con ella y al haberse aprovechado de su invitación. La familia de Frances tampoco cuadra con los juicios morales de su familia. La narradora sabe que la historia no provocará un efecto predecible de condena o diversión.

El tercer padre es el de la narradora, que, aunque es un "hombre de honor, de buenas aptitudes y de buen humor", también golpea a la niña en varias ocasiones, y le inflinge no sólo dolor físico, sino una vergüenza profunda, un sentido de indefensión parecido al que ella siente en casa de Frances al recibir las atenciones del padre de ésta.  Pero, continúa la narradora, a ninguno de los miembros de su familia se le habría ocurrido comparar su propia situación con la de Dahlia, pues ellos son "gente decente".

Así, la yuxtaposición de las tres historias hace que cada una resuene con nuevas dimensiones. Aparte de dar una explicación a los orígenes de la vocación literaria en el deseo de la niña de entretener a sus padres y sus hermanos, dicha yuxtaposición deja algunas preguntas flotando en el aire. Quizá la más inquietante de todas sea sobre las dimensiones morales de los relatos. El placer que se obtiene de una narración, ¿se debe a que confirma las ideas que se tienen sobre los otros? ¿Es suficiente la ambigüedad del relato, la mezcla de indignación y comicidad, para poner a tambalear los prejuicios? La contraposición de los tres padres también da una idea de la complejidad del carácter de la niña, que sufre las limitaciones de la moral de su familia, y de su propia posición social, pero que también las comparte y no duda en juzgar a los otros a partir de ellas. Las anécdotas del cuento son las fachadas de los conflictos interiores, y la estrategia narrativa de Munro es ir aludiendo, poco a poco, a las complejidades emocionales de sus personajes, sin llegar nunca a dar una explicación de ellas. Los personajes suelen encontrarse en situaciones que son el resultado de distintas ambivalencias y fuerzas en tensión: los lazos familiares y el deseo de independencia, los impulsos de la sensibilidad individual y el temor a ser ridiculizado o juzgado, los rasgos del carácter que se transforman a lo largo de los años, o que, a pesar de las circunstancias, permanecen. En el cuento "Bajo el manzano", la protagonista, que se acerca a la adolescencia, siente el impulso de tenderse bajo los árboles para contemplar el cielo a través de las ramas florecidas, pero escoge un manzano lo más lejano posible de su casa, para evitar "hacer el tonto" frente a su familia, que considera la naturaleza como una mera fuente de alimentación. Su abuela, en "Ganándose la vida", es descrita como una mujer fuerte e independiente, pero que también ha acogido los principios de la religión presbiteriana, en la que no había sido educada, con mucha más rigidez que la familia de su marido.

En muchos cuentos, las complejidades del carácter y de la situación de los personajes son descritas por la superposición de diversos planos temporales. En "Caras", perteneciente al último libro que ha publicado Alice Munro (Too much happiness, 2009), el narrador entrelaza tres momentos de su vida: su primera infancia, cuando trabó amistad con una niña vecina, las conversaciones que tuvo con su madre en su primera juventud, poco después de la muerte de su padre, y la época en que, luego de pensionarse, arregla la casa de su madre para venderla. En ninguno de los tres momentos le sucede algo impresionante o determinante, pero a través del paso de uno al otro el lector, y el mismo protagonista, van descubriendo que cada uno de ellos es un nudo de circunstancias complejas, de caminos que nunca se tomaron, decisiones que nunca se llevaron a cabo, preguntas que nunca se hicieron. Alice Munro escribe acerca de la forma en que la gente cuenta su propia vida, a través de omisiones y mentiras. Narra también la manera en que estas versiones de la realidad alteran las relaciones con los otros, la trama de la experiencia misma, y ayudan a conformar la realidad, momento a momento, aparentemente sin grandes crisis.  

Alice Munro escribe, ante todo, acerca del mundo de su infancia y adolescencia, la Canadá rural de los años cuarenta y cincuenta. Se trata de una sociedad pequeña, con reglas morales estrictas, que apenas comienzan a relajarse por las presiones económicas y los procesos de modernización. Las cualidades de negociante de la madre, por ejemplo, son consideradas como una vergüenza por la abuela. De una muchacha se espera que, antes de cumplir veinticuatro años, se haya casado y haya tenido su primer hijo.  Toda la familia trabaja en la casa o en la granja, siete días a la semana, no para acumular riquezas sino porque el trabajo es parte de la vida, algo que se hace con la regularidad de las estaciones. Es un mundo ya desaparecido, y que Munro evoca vivazmente, pero sin nostalgia, y sin condenarlo a favor de una sociedad nueva.

Esta visión del pasado es particularmente vívida en La vista desde Castle Rock. El libro se divide en dos partes. Una, compuesta por cinco relatos y titulada "Sin ventajas", tiene como tema la historia familiar, desde los tatarabuelos lejanos, hasta los esfuerzos de los padres por sacar adelante su granja. Munro alterna la reflexión de corte ensayístico, la narración, y fragmentos de cartas o diarios escritos por sus antepasados, con un efecto similar al de la yuxtaposición de los tiempos o de los puntos de vista en otros relatos. Las limitaciones del lenguaje de los documentos, la escasez de datos, se compensan con los pasajes narrativos que reviven el pasado con inmediatez. Los vuelos de la imaginación se controlan  a través de los documentos, de los vacíos en ellos y de la conciencia de que la experiencia descrita en el relato no es más que una conjetura. Este contraste es especialmente fecundo en el cuento que da título al libro, y que narra el viaje de los antepasados desde el valle de Ettrick, en Escocia, hasta Ontario. Al comienzo, el viejo James sube con su hijo y un grupo de amigos borrachos a lo alto del castillo de Edimburgo, y les señala el horizonte. A lo lejos se divisa una línea de tierra. "América", dice. La distancia entre Escocia y el Nuevo Continente no se ve tan grande por la altura a la que están, aclara uno de los hombres. Años después, Andrew se dará cuenta de que la línea en el horizonte no era sino la isla de Fife. "Y aún así, nunca supo si los hombres de la taberna se habían burlado de su padre, o si había sido su padre el que les había gastado una broma".

La segunda parte del libro contiene seis historias que, de acuerdo con la autora, no son memorias, porque tienen bastante de invención, pero tampoco son como otros cuentos, pues, ante todo, explora su vida, su yo pasado. Así pues, dichos relatos le "ponen más atención" a la verdad de la existencia de lo que hacen comúnmente los cuentos, pero tampoco se ciñen a la verdad "lo suficiente como para jurar por ellos". El resultado es un grupo de narraciones interconectadas que se parece bastante a sus otros cuentos y que relatan distintas épocas de la vida: los primeros amores de la adolescencia, a escondidas de los padres, el primer trabajo como sirvienta en la casa de campo de una familia citadina, la época justo antes de casarse, cuando prepara el ajuar con su abuela y su tía abuela, la vuelta al hogar ya adulta, luego de la muerte de la madre, los paseos por el campo, en la vejez, en medio de un susto por un diagnóstico de cáncer. Todas ellas tienen el sello de inexpresividad sin pretensiones, pero de profundas alusiones que caracteriza su narrativa y que hace de Munro una de las autoras más importantes del Canadá hoy día.

Alice Munro nació en Wingham, Ontario. Su primer libro, Dance of the Happy Shades, apareció en 1968. Recoge cuentos escritos a lo largo de quince años. Su única novela, Lives of Girls and Women, fue publicada en 1971. En el 2009 recibió el premio Man Booker International, el más prestigioso del Reino Unido. Algunos de sus libros ya traducidos al español son Las lunas de Júpiter; El progreso del amor; Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio; Secretos a voces y Escapada.

 

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