
Mercados de los cuerpos de mujeres y niñas: La estafa del consentimiento y la coartada del conservadurismo
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La dignidad humana no es materia disponible en los mercados y la explotación no se legitima por la mera existencia de un contrato. Frente a la normalización de la injusticia, la única respuesta digna es la denuncia ilustrada, no la transacción.
El cuerpo en la economía del consentimiento
Pocas ficciones han resultado tan funcionales al sostenimiento de la desigualdad como la glorificación del consentimiento. El derecho moderno, en su engolada pretensión de neutralidad, ha elevado el “consentimiento” a categoría de salvoconducto ético, al transformarlo en absolución automática de toda práctica, por degradante que sea. Basta pronunciar la palabra mágica: “consintió”. Y así se entierra toda discusión ética y política bajo una lápida de legalismos. ¿Quién necesita justicia cuando tiene contratos? ¿Para qué hablar de opresión, si se exhibe un documento firmado? Se celebra la firma sin preguntar en qué condiciones se estampó. Mientras tanto, las estructuras que generan precariedad permanecen intocadas y se aplaude como “libre elección” lo que no es más que resignación ante la necesidad. Esta es la gran estafa: convertir la desesperación en virtud y llamar autonomía a lo que es institucionalización de la desigualdad.
En Colombia, este fenómeno se ha resuelto –cuando se resuelve– con una simplonería casi pueril: “¿Consintió?” Y cerrada queda toda puerta al pensamiento crítico. Pero hasta la dogmática civilista más ortodoxa reconoce que donde impera la necesidad, la libertad es un simulacro. Y, sin embargo, allí mismo es donde las grandes proclamas liberales se desvanecen y dejan a las mujeres atrapadas en la más perversa forma de invisibilidad: la del falso empoderamiento.
Conservadurismo y feminismo
No se engañen: el conservadurismo no se resiste a ciertas legalizaciones por un noble amor a la justicia. Se resiste porque eso obligaría a ventilar en la plaza pública lo que ha preferido dejar en los oscuros salones del ámbito privado: lo femenino, lo doméstico, lo naturalizado, es decir, lo considerado irrelevante para la política de verdad, esa que decide destinos. El objetivo no es preservar la autonomía, sino garantizar la jerarquía. La historia es vieja y conocida: incluso la violencia contra las mujeres fue durante siglos un asunto “doméstico”, cuidadosamente retirado de la escena pública. Cuando se priva de lenguaje político la violencia, se la diluye en eufemismos: “conflictos de pareja”, “problemas familiares”, “tragedias inevitables”.
No es casualidad. Es la genealogía del pensamiento moderno en su versión más masculina y excluyente. Rousseau, tan aclamado por sus vindicaciones sobre la libertad, fue también quien dejó claro que la deliberación política era asunto de varones. Las mujeres, guardianas del hogar, debían limitarse a lo natural, a lo biológico, a lo intrascendente.
Y esa herencia sigue viva. Hoy, lo concerniente al cuerpo de las mujeres sigue en los márgenes, mientras se naturaliza su exposición a la violencia y a la explotación. Hablamos de “violencia de pareja” porque nos da pavor nombrar la brutalidad patriarcal en su justa dimensión. Seguimos envolviendo el feminicidio en abstracciones universales, esas que en nombre de lo “humano” terminan siempre por invisibilizar lo femenino.
El feminismo no está aquí para restaurar un orden jurídico-moral. Está aquí para dinamitar las arquitecturas de la subordinación. No se trata de hacer retoques al patriarcado, sino de impugnarlo de raíz. Cuando el conservadurismo exige a las mujeres que callen y no incomoden, el feminismo exige visibilidad, libertad no domesticada y dignidad innegociable. Y es que hay explotaciones tan antiguas que han aprendido a disfrazarse de libertad. Hoy, con impúdica modernidad, se nos quiere convencer de que vender el cuerpo es la más alta expresión de la autonomía. Pero no nos perdamos en retóricas edulcoradas: no toda elección es libre porque alguien la haga. Entre la necesidad y la libertad hay un abismo, y en ese abismo se ha instalado un mercado que compra cuerpos y los llama, sin rubor, “servicios”.
El problema es, como siempre, de una inquietante sencillez: se ha confundido el progreso con la expansión ilimitada del mercado, y la emancipación con la posibilidad de elegir entre formas de servidumbre. No es conservadurismo afirmar que los derechos no se mercadean. No es retrógrado defender que la verdadera libertad no se alcanza alquilando el útero ni vendiendo la piel. Si a eso lo llaman conservadurismo es porque han renunciado a la idea misma de emancipación. En medio de esta confusión interesada, florecen las “alianzas ruinosas”: pactos entre supuestos emancipadores y fuerzas conservadoras. Pactos que sacrifican principios en el altar de la eficacia inmediata. No se equivoquen: no es lo mismo liberar que ordenar, ni emancipar que disciplinar.
La falacia de la autonomía moderna
La gestación subrogada no es más que un eco de las viejas obsesiones eugenésicas: fragmenta la maternidad en funciones de laboratorio y reduce a la mujer a mera portadora biológica. Se aplaude como conquista lo que no es sino la conversión de la maternidad en un asunto contractual, donde los deseos del cliente se imponen sobre el cuerpo de la gestante. ¿Y qué decir de las legislaciones que permiten a los contratantes decidir sobre la continuidad del embarazo? Eso no es autonomía, es la más cruda mercantilización de la vida humana. Se ha convertido la gestación en un servicio, el útero en bien de alquiler y el embarazo en proceso de producción sujeto a normas de calidad.
Paradójicamente, se nos presenta esta práctica como un ataque a la familia tradicional, cuando en realidad la reproduce con precisión quirúrgica: reduce la maternidad a una función biológica y glorifica el vínculo patriarcal de la paternidad genética. ¿Y la prostitución? Se nos repite, con pasmosa superficialidad, que “todos trabajamos con el cuerpo”. Como si ser reducido a cuerpo fuera lo mismo que trabajar con él. No confundamos: no es lo mismo usar el cuerpo como herramienta de trabajo que ser uno mismo la mercancía.
Una mujer en situación de prostitución no es una trabajadora cualquiera; es el producto, la materia y el medio de producción a la vez. ¿Y llaman a esto libertad? Si normalizamos que el útero pueda alquilarse y que el cuerpo se integre al mercado como cualquier otro bien, entonces hemos aceptado que la pobreza tiene precio y que la dignidad humana admite rebajas. Entonces, llamemos a las cosas por su nombre: no estamos regulando libertades, estamos organizando la subordinación. La igualdad no puede construirse a costa de convertir los cuerpos de las mujeres en un recurso económico permanente. Si ese es el futuro que se ofrece hoy, es un futuro extraordinariamente viejo, presentado hoy como progreso.

No en su nombre, sino por obligación democrática
Sé que no faltará quien, con la ceja bien en alto, cuestione: ¿qué hace un varón opinando sobre feminismo? Entiendo la desconfianza; durante siglos, los varones no dialogaron con las mujeres, dictaron sobre ellas. No para escucharlas, sino para decretar qué debían ser, hacer y soportar. Schopenhauer –célebre también por su misoginia– lo dejó claro sin pudor: “Como la hembra es una continuidad a lo largo de la naturaleza, se sigue que una vaca, una perra, una gallina y una mujer se parecen mucho más entre sí que una mujer y un hombre”. No es sólo una frase brutal, es un programa de dominación: enseñar a las mujeres su sitio y recordar a los varones que sus cuerpos son objetos de uso. Sometidas o subordinadas… y si se atreven a resistir, eliminadas. La prostitución y los vientres de alquiler –llámeseles con el eufemismo que se prefiera– no son conquistas modernas, son la reedición pulida de esa misma lógica patriarcal.
No hablo en su nombre, no es necesario. Tienen voces y mentes poderosas. Hablo porque la injusticia disfrazada de progreso debe ser desenmascarada y, sobre todo, porque el silencio de mis congéneres es complicidad. Callar es colaborar. Por eso tomo la palabra para amplificar, no para sustituir, lo que ya han dicho –con autoridad– Marcela Lagarde, Amelia Valcárcel, Sylviane Agacinski, Rosa Cobo, Alda Facio, Alicia Miyares y María Cristina Hurtado: no toda emancipación es real, no todo contrato es legítimo y no toda elección es libre.
Hace apenas unos días, el presidente Gustavo Petro escribió: “Privatizar el Estado se llama neoliberalismo, empobrece los derechos que se vuelven ganancias particulares y crimen”. Sería oportuno añadir que mercantilizar a las mujeres y las niñas –como mercancía sexual o como vasijas biológicas, por usar la implacable expresión aristotélica– es neoliberalismo en su forma más depredadora. La desigualdad no se combate con más desigualdad, y no, el neoliberalismo no es emancipador. Lo que no se puede nombrar con vergüenza, se defiende con cinismo.
¿Queremos, de verdad, institucionalizar la desigualdad bajo la apariencia de una política pública, envuelta en celofán y vendida como la última innovación progresista? ¿Queremos normalizar la existencia de mujeres y adolescentes cuya única función social sea satisfacer, a precio tasado, los deseos de quienes pueden pagar? No nos engañemos: lo que hoy se presenta como emancipación no es sino la versión de lujo de la vieja explotación.
Y alguien, con la ligereza de quien jamás ha debido vender su piel para sobrevivir, sentenciará: “Hay muchos feminismos”. Cierto, pero no todos merecen tal nombre. Hay un neofeminismo de mercado, un feminismo oxímoron, un “feminismo neoliberal” que se pasea, cómodo y complacido, por los escaparates del capitalismo global. Nada tiene que ver con el feminismo liberal republicano, ese que abrió a las mujeres las puertas de la ciudadanía, conquistó derechos civiles y disputó la plaza pública hasta arrancarle a la historia conquistas irreversibles. No es lo mismo Butler que Amorós, ni los juegos performativos del deseo equivalen a la lucidez ilustrada y radical de Beauvoir.
El feminismo que se limita a reclamar el derecho a elegir entre cadenas de oro y de hierro, pero cadenas al fin, no es feminismo: es el espejismo de la libertad en el escaparate del mercado. Importa, y mucho, volver a la “mística de la feminidad” de Betty Friedan, a la denuncia implacable del “contrato sexual” de Pateman. A esas que no temieron decir, con toda claridad, que lo privado es político y que no toda servidumbre consentida merece ser respetada.
¿Puede llamarse feminismo esta caricatura complaciente con los mercados, ese que no rompe cadenas, sino que les pone diseño de autor y etiqueta de lujo? No, ese debate ya está resuelto. Las maestras lo dejaron claro: la igualdad no se conquista abriendo vitrinas donde se ofertan cuerpos; se conquista cerrando de una vez por todas esas salidas falsas que la pobreza impone como condena. Hoy no estamos realmente ante debates éticos ni políticos sobre la prostitución o los vientres de alquiler. No nos engañemos: lo que se abre no son espacios de deliberación, son auténticas “ventanas de overton”, esos dispositivos ideológicos que buscan naturalizar lo inaceptable, desplazar lo impensable hacia lo tolerable y finalmente convertirlo en política de Estado.
El feminismo, en su raíz ilustrada y racionalista, se sabe abolicionista. Porque entendió –desde Wollstonecraft hasta Amorós– que la dignidad humana no es materia disponible en los mercados y que la explotación no se legitima por la mera existencia de un contrato. Por eso insisto: no es un debate lo que pretenden, es un proceso de normalización. Y frente a la normalización de la injusticia, la única respuesta digna es la denuncia ilustrada, no la transacción.
Y no lo olvidemos jamás: lo que no aceptaríamos jamás para las hijas de las clases medias y altas, no podemos justificarlo como destino inevitable para las más pobres. Si esto parece radical, es sólo porque nos hemos acostumbrado a lo inaceptable. Y cuando lo inaceptable se vuelve costumbre, la tarea urgente no es justificarlo mejor, sino denunciarlo con más fuerza.
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Acerca del autor
Luis Miguel Hoyos
*Catedrático de Constitucionalismo, Filosofía Moral y Política. Experto en Inclusión Social y Políticas Inclusivas.
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El doctor Luis Miguel Hoyos devela en este profundo artículo la instrumentalización y cosificación de los cuerpos y las vidas de las mujeres donde los deseos de los más privilegiados se imponen sobre los derechos humanos y la dignidad.Es atípica una reflexión tan informada e ilustrada por parte de un varón académico que solo se explica por una auténtica renuncia a una masculinidad privilegiada y violenta que es el soporte de las grandes discriminaciones hacia las mujeres, es un escrito con perspectiva crítica y ética que enriquece el análisis de temas que tradicionalmente se le adjudican solo a las mujeres y al feminismo y lo convierte en una responsabilidad de la humanidad por la igualdad y la dignidad.